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29 de mayo de 2020

Ese quiosco de antaño


Hay ocasiones en las que al reavivar un recuerdo de infancia, no te limitas a ejercitar tu cuota de nostalgia, sino que realizas un acto de justicia ... un homenaje a algunos que pasaron de puntillas, hicieron el bien con las dos manos y ya sólo les recuerdan sus más próximos y fieles allegados.

En la acera de la primera manzana de los impares del Paseo María Agustín andaba instalado en los años 60 y 70 un puesto de golosinas que regentaba un matrimonio encantador: respondían a los nombres de Pascual y Jorja y por entonces me parecían mayorcísimos, aunque seguro que por en aquellos tiempos su edad no llegaba ni de lejos a la que ahora tenemos los niños que fuimos sus incondicionales clientes. 

Al principio el puesto consistía en un sencillo carro de ruedas, que si la memoria no me falla llevaban y traían desde casa a diario. Con el tiempo el "establecimiento" se modernizó, alzándose un kiosko de madera que creo recordar era verde.

Allí, durante años, compraba los paquetes de pipas, cacahuetes o kilos, los chupa-chups, chicles -bazooka , dubble dubble, cosmos, ...-, palotes, regalices, sidral y otras fruslerias. También se exhibían productos de mayor fuste como almendras garrapiñadas, pastillas de café con leche, caramelos Sugus y chocolatinas redondas de Nestle, ... material que resultaba inalcanzable para el presupuesto personal de un chaval de la época.

El puesto se beneficiaba de una ubicación privilegiada: estaba a las puertas del acceso a la vieja estación de autobuses de "Agreda automóvil", había consultas cercanas de médicos y dentistas, era lugar de paso a la antigua estación del Portillo y, por encima de todo, era ruta habitual de los alumnos y alumnas que iban y volvían, cuatro veces al día, a los colegios de la zona.

Pero sobre todo, por más allá del capricho infantil, lo atractivo de la mercancía o la necesidad de tener un detalle al hacer una visita, el éxito del negocio se fundamentaba en la grandísima simpatía y bondad de sus "gestores". Pascual y Jorja eran de una amabilidad que solamente podía ser auténtica, él más serio y contenido, con una sonrisa que era permanente, mientras Jorja destilaba cariño por los cuatro costados.

El tiempo como suele suceder, fue trayendo problemas. Todo comenzó a ser más sofisticado, ... aparecieron pizzerías, hamburguesas, franquicias abrumadoras, ... y los niños se volvieron clientes olvidadizos. Pascual tuvo un cáncer de garganta que le dejó sin voz -no sin sonrisa- y falleció años después. Jorja aguantó. con el entusiasmo de siempre hasta la jubilación. Muchos años después, viviendo yo en Tarragona, leí su esquela en el Heraldo.

Me duele pensar que las pequeñas cosas de la vida pasen tantas veces como un soplo de aire, y sean tesoros que no sepamos guardar con el primor que merecen en el cofre de nuestro corazón.
Al menos sirvan estas líneas de homenaje. Confío que allá arriba descubramos que el kiosko de Jorja y Pascual ha recuperado el esplendor de sus mejores días.

4 de julio de 2019

Más vale tarde



A veces uno tiene deudas. No siempre son dinerarias, en ocasiones tienen su causa en la dejadez, la pereza, la dispersión que te impide hacer lo que debes en el momento preciso, con la puntualidad adecuada. Lo que pasa es que hay acreedores bondadosos que te lo perdonan casi todo ... esperemos que no se cansen.

Hasta hace unos meses las Cinco Villas eran para mí una comarca más de Zaragoza, donde está la villa originaria del actual presidente de Aragón,  el pueblo de la familia paterna de mi cuñada, la cuna familiar de unos magníficos compañeros de clase, algún castillo, un pueblo tan bello como Sos del Rey Católico y poco más. A partir de un sábado que comienza a alejarse en el tiempo, las Cinco Villas pasan a engrosar el bagaje de mis tesorillos personales.

¿Y qué hubo de especial? ... buena compañía, la generosidad al servicio de un grupo de amigos, el cuidado de los detalles como forma de manifestar cariño y no perfeccionismos ni alardes, un ambiente de confianza, una formas de hacer que ayudan a ser mejor ... y también, lo admito, las mejores migas que he tomado nunca, hechas por un pastor de los de verdad, alguna jota, comida de primera calidad, bien regada por supuesto ... copa posterior incluida.

Me da miedo que en ocasiones no lo sepa demostrar, pero siempre intento ser agradecido. Y este año cuya mitad ya se ha esfumado, fue ésta una de las ocasiones en las que más gratitud sentí. Por todos, por el lugar, y muy en especial por quien se ocupó de que no pudiera salir mejor el plan ... ni pudiera quien suscribe sentirse más a gusto. 

Como decimos a veces: "¿Qué sería de la vida sin estos momentitos?". Habrá que descubrir más sábados para "momentitos".


21 de mayo de 2019

Adios a otro mito de nuestra infancia

Hoy nos hemos despertado con la triste noticia del fallecimiento de Niki Lauda, quien fuera piloto de Fórmula 1 y triple Campeón del Mundo de la categoría. Lauda, de nacionalidad austriaca, tenía 70 años, le había sido transplantado un pulmón hace  un año, situación que se había agravado con una gripe sufrida este mes de enero durante sus vacaciones en Ibiza. Pero de su vida y trayectoria deportiva ya informan ampliamente los medios de comuincación. Para mí, y tantos de mi generación, Niki Lauda fue uno de aquéllos grandes del deporte que ocuparon parte de las conversaciones y sensaciones de nuestra infancia,  adolescencia y primera juventud en los años 70, como lo fueron Eddy Mercks, Johan Cruyff, Bjorn Borg o Mark Spitz, entre tantos otros. Lauda, un joven piloto, delgadito y con sus míticos dientes de conejo, apareció en el mundo de la Fórmula 1 en tiempos en los que dominaban el "cotarro" pilotos tan importantes como el escocés Jackie Stewwart, el brasileño Emerson Fittipaldi, el neozelandes Dennis Hulme, el belga Jacky Icks, el sueco Ronnie Peterson o el suizo Clay Regazzoni. Lauda veía a ser como la nueva ola del automovilismo mundial y tenía la ventaja, para reforzar su prestigio ante esos jóvenes incautos de la época de pilotar nada menos que un ferrari, uno de esos coches de la escudería de Maranello. Y es que uno tiene la impresión de que si desapareciese Ferrari, la Fórmula 1 ya no sería lo mismo.

Lauda ganó tres campeonatos mundiales -1975, 1977 y 1984-, pero no podemos quedarnos en los números. En primer lugar porque el austriaco fue un número uno durante toda su carrera: un líder, un triunfador, un referente. Pero sobre todo, porque Lauda hubo se sobreponerse a su drama personal. En el verano de 1976, cuando comandaba la clasificación del Mundial, el Ferrari 312T con el que disputaba el Gran Premio de Alemania en Nürburgring se incendió después de estamparse contra el muro y quedó atrapado dentro de él. El piloto austriaco sufrió gravísimas quemaduras y llegó a estar entre la vida y la muerte; su rostro quedó marcado para toda la vida, pero su fuerza de voluntad adelnató su reaparición de manera que solamente se perdió dos grandes premios. El piloto regresó con fuerza para defender su título frente a su gran rival de enotonces, el británico James Hunt, un hombre tan indisciplinado como valiente que al mando de un Mac Laren realizaba la mejor temporada de su vida. Eran tiempos duros, en los que cada año se producían accidentes mortales, como los que costaron la vida a Ronnie Peterson, Francois Cevert, Mark Donohue, Peter Revson y tantos otros.

Fue aquél año cuando se celebró el mítico y recordado Gran Premio de Japón, prueba decisiva en la que Lauda se jugaba el título. Hacía un tiempo infernal, con unas cortinas de agua espeluznantes que suponían un peligro grave y real. Fue entonces cuando Niki Lauda mostró su lado más humano, con su terrible accidente aún reciente, el peso de la responsabilidad pudo con él y decidió retirarse. El ´camino del triunfo quedó expedito para un temerario Hunt, que terminó la prueba u ganó su único campeonato mundial. Pero Lauda supo estar a la altura, porque también supone valentía saber decir "hasta aquí". El año siguiente volvió a coronarse campeón frente a rivales de la talla del sudafricano Jody Scheckter, el australiano Alan Jones, el argentino Carlos Reutemann, el italoamericano Mario Andretti y el propio James Hunt.

Niki Lauda, quye se retiró en 1979, regresó años después y fue capaz de volver a ser campeón mundial en 1984, cuando habían surgido nuevos pilotos del nivel del inglés Nigel Mansell, el brasileño Nelson Piquet, el francés Alain Prost, el finlandés Keke Rosberg o un Aytorn Senna que daba por entonces sus primeros pasos. 

Descanse en paz.



6 de noviembre de 2018

Un bocadillo de chorizo


Han pasado muchos años desde que hice el servicio militar ... 37 en concreto. Muchas cosas han ocurrido desde entonces: en el mundo, en España y en mi vida. Con frecuencia pasan por mi cabeza compañeros de fatigas del Paque de Artillería de Valencia -hoy desaparecido-, y me pregunto qué habrá sido de aquel muchacho de Santurce con tan buen corazón,  de un avispado furriel de Logroño o de aquél asturiano que provocaba a los jefes poniendo en el tocadiscos de la cantina canciones de Víctor Manuel. Hay quien critica la costumbre de aventar los recuerdos, pero yo sigo pensando que siempre forman parte de esa maleta que todos vamos llenando conforme pasan los años, que en momentos concretos nos viene bien darle carrete a la nostalgia, ... que añorar viejas vivencias nos devuelve parte de esa vida que se nos escurre entre los dedos.

Los recuerdos son caprichosos, y vete a saber porqué ha venido a mi memoria una costumbre que adquirí cuando, a última hora de la tarde, regresaba al cuartel, generalmente por exigencias de alguno de esos servicios que ahora tienen aires de rancios, efluvios de naftalina: guardias, refuerzos, retenes, imaginarias, ... Llegaba sin cenar, y antes de entrar por esa puerta metálica pintada de verde que parecía dar acceso al tunel del tiempo, acudía a un "bareto" ubicado en la parte de atrás del cuartel. Se trataba de un barrio alejado del centro, de nivel social más bien bajo, y el establecimiento respondía a ese ambiente: pequeño, oscuro, modesto y de nulo "glamour". Lo atendía un matrimonio mayor y, creo que sin excepción, siempre pedía un bocadillo de chorizo y una cerveza ... no se trataba de chorizo "Revilla", ni del llamado "de pamplona", sino de dos rudos trozos de ese chorizo redondeado, grasiento, frito en un aceite, vete a saber cuantas veces reutilizado, y colocado entre dos panes generosamente cortados. No puedo evitar que el recuerdo de tan sencillo y pobre "manjar" enternezca mis entretelas,  ... hasta desearía poder repetir idéntica experiencia.

Si el bocata y la caña de entonces pasara ahora por mis ojos, es posible que me parecieran bocados ridículos y rechazables, pero recuerdo muy bien que en esos inicios de los 80 se trataba de un momento esperado, que en la soledad de un oscuro bar de barrio, consumir el bocadillo de chorizo era instante esperado y disfrutado.

22 de agosto de 2018

Adiós a la "Bomba"


Juan Carlos, la "Bomba" Navarro, anunció hace pocos días su retirada del baloncesto activo. Ni pretendo hacer un informe de la vida profesional de este deportista excepcional ni entrar en consideraciones sobre la polémica que ha rodeado su decisión y la acusaciones que desde algunos sectores de la prensa se han hecho a su club de toda la vida, insinuando que tal decisión es forzada.

 La "Bomba" Navarro ha sido sin duda uno de los mejores jugadores  de su época, y entra por méritos propios en el Olimpo de los grandes deportistas españoles de la historia, como lo hicieron en su día Francisco Fernández Ochoa, Miguel Induraín o Fermín Cacho, entre otros. Con Navarro, junto a los hermanos Gasol y cía, el Basket español llegó a cotas que nadie podía soñar sólo hace un par de décadas. Navarro ha sido fundamental para obtener los títulos que han coleccionado en este siglo tanto la Selección como el Barça, con muy especial recuerdo del primer mundial obtenido por España en ese inolvidable mes de agosto de 2006.

Navarro ha sido un jugador completo, con técnica, fuerza y sentido del juego colectivo, pero además tenía ese don que pocos poseen: el de la imprevisibilidad, porque era un genio, un mago del balón de basket capaz de llevar a buen puerto las jugadas más difíciles e increíbles. Su capacidad le otorgaba un plus a su equipo, a la vez que le creaba un problema al rival y se convertía en garantía de éxitos continuados.

El Balon-cesto sigue, nuevas generaciones esperan su oportunidad, pero será difícil que aparezca alguien capaz de sustituir a la "Bomba" Navarro.

16 de mayo de 2018

Ese ciclista tan alternativo


Gert Jan Theunise fue un ciclista holandés que se mantuvo en activo entre 1984 y 1985. La "wiki" nos dice que obtuvo 18 victorias a lo largo de su carrera, aunque he de confesar que mi recuerdo acerca de este deportista se reduce a aquellos Tours de Francia en los que Perico Delgado se batía el cobre con los norteamericanos  Greg Lemond y Andrew Hampsten, su compatriota Erik Breuking, el irlandés Stephen Roche, los italianos Gianni Bugno y Claudio Chiappucci, el suizo Tony Rominger, el mexicano Raúl Alcalá, los colombianos Lucho Herrera y Fabio Parra, el danés Bjarne Rijs y alguno más.

Theunise competía en el equipo neerlandés del PDM y fue uno de los protagonistas de esas rondas francesas de finales de los 80 en los que  el ciclista segoviano destacaba tanto por sus magníficos cambios de ritmo y su brillante forma de escalar como por alguna que otra pájara, una fallida descalificación por un doping que devino inexistente y su despiste por las calles de París que le hizo perder de entrada casi tres minutos en la etapa prólogo de la edición de 1989, cuando salía como el vencedor del año anterior. Gert Jan Thenunisse subía como los ángeles y perdurará en mi retina y en mi memoria la imagen de su melena rubia ondeando al viento de las cumbres principales de Alpes y Pirineos junto a Perico y su compatriota Steven Rooks. En concreto el mismo año que Delgado ganó por fin el Tour (1988) Theunisse fue el vencedor del Premio de la Montaña y se impuso en la mítica cumbre de Alpe d'Huez, posiblemente la etapa más bella de la ronda francesa.

Theunise era un personaje especial, en tiempos en los que la mayoría de cilcistas ofrecían una imagen discreta, con pelo corto y aspecto moderado, Theunise corroa con pendiente y una larga cabellera cotrtada en plan "cherokee". El aspecto del holandés duplicaba el interés, pues ofrecía un toque entre feroz y moderno realmente interesante. En la carrera profesional del ciclista hubo también sus sombras, pues dio en alguna ocasión positivo el el control anti-doping por tetosterona, sustancia que siempre ha negado haber consumido.

Tras su retirada, la vida de Theunise no ha sido fácil, pues sufrió un ataque al corazón y tuvo un grave accidente de coche que le dejó parapléjico. El holandés demostró una enorme voluntad de superación y consiguió rehabilitar parcialmente la movilidad de las piernas hasta poder participar en competiciones deportivas para discapacitados. Todo ésto adorna con un toque humano a un  hombre que aportó una imagen nueva al  mundo del ciclismo.


30 de enero de 2018

Un palmarés todavía más amplio que el de Federer


Este fin de semana, largo para los maños por la festividad de San Valero, uno de los grandes protagonistas ha sido el indestructible tenista suizo Roger Federer, un deportista de elite, un caballero de las pistas, un tenista de leyenda que ha ganado su enésimo "Grand Slam" al imponerse en cinco sets al croata Marin Čilić en el Open de Australia. Un éxito sin precedentes de un tenista que bate prácticamente todos los records.

Pero siguiendo varias noticias surgidas al hilo de ésta, he descubierto que todavía queda una tenista viva que ganó más grandes trofeos que Federer, la australiana Margaret Court, quie n, como han informado varios medios, ganó en su día  24 títulos individuales de "Grand Slam" (11 Australian Open, 5 Roland Garros, 3 Wimbledon y 5 US Open), a los que cabe añadir cuarenta finales más en las que se impuso formando pareja -19 en dobles y 21 en mixtos-. No cabe duda que la época y las circunstancias donde Federer ha ganado sus títulos pueden hablar de más mérito y dificultad, además de que aún puede seguir sumando laureles, pero no deja de ser interesante recordar los éxitos de esta veterana australiana.

Recuerdo perfectamente el nombre de Margarte Court como una de las figuras del tenis femenino de los años 70, aunque  como a otros, me suenan con más fuerza los nombres nombres como los de las norteamericanas Billie Jean King y Chris Evert-Lloyd, indiscutibles números uno de sus resoectivas épocas, sin olvidar a la también australiana Evonne Goolagong, a quien vete a saber por qué razón la prensa le llamaba "la aborigen", sin olvidar  a la británica Virginia Wade, quien ademas del US Open (1969) y el de Australia (1972) llegó a ganar Wimbledon ante sus paisanos en 1977. Posteriormente aparecieron en el mundo del tenis mujeres del nivel arrollador de las checas Martina Navratilova y Hana Mandlicova, la alemana Steffi Graff, la argentina Gabriela Sabatini, la serbia Mónica Seles y por supuesto, nuestras Arancha Sánchez-Vicario y Conchita Martínez.

Quede constancia de una grande del tenis mundial a la que se debería recordar más. Dejo un enlace de un reciente artículo de "La Vanguardia" que nos cuenta muchas cosas de Margaret Court.

http://www.lavanguardia.com/deportes/tenis/20180123/44219964590/margaret-court-open-australia.html

27 de diciembre de 2017

Pies descalzos


En 1974, cuando cursaba 6º de Bachillerato, viajé a Italia con la mayoría de compañeros de promoción de mi Colegio. Se trataba del viaje de estudios que desde hacía un par de años habíamos estado preparando con toda la ilusión del mundo. Recuerdo que ahorré dinero casi con avaricia, y además de guardar como oro en paño las propinas de Reyes y cumpleaños, trabajé atendiendo a los más pequeños en el comedor del colegio y hasta vendí una enciclopedia.

Salimos en autobús el lunes de Pascua de la Plaza Paraiso y en Barcelona cogimos un Ferry hasta Génova. La primera etapa del viaje tenía como punto central las visitas a Milán y Padua, ciudades en las que estuvimos pocas horas, pues el grueso de los días estaban reservados para Venecia, Florencia y Roma. En Milán el atractivo se ubicaba en la plaza del Duomo, con una Catedral gótica impresionante, verdaderamente bella y monumental, de esas que impresionan. También había unas estupendas galerías comerciales, especialmente impactantes para unos jóvenes zaragozanos de los años 70.

La belleza del "Duomo" quedó grabada para siempre en mi retina, pero debo confesar que con éste quedaron otros dos recuerdos curiosos: la constancia de que la fachada necesitaba un lavado urgente y la presencia en la plaza de un número, que a mi me pareció llamativamente numeroso, de jóvenes chicas de raza gitana, las cuales manifestaban una alegría y vitalidad enorme y presentaban la peculiariedad de ir descalzas. Creo recordar que aparentaban una edad algo superior a la nuestra, y andaban de aquí para allá con la sonrisa en la boca y el ritmo en el cuerpo.

Sería digno de analizar el motivo por el que me impresionó tanto esa imagen, y en concreto el hecho de ir desprovistas de calzado alguno. Imagino que cualquier psicólogo sería capaz de encontrar unos cuantos argumentos al respecto. Lo cierto es que no se si se debía a las peculiariedades de un adolescente de poco más de 15 años, a la inexperiencia propia de la edad, que en la España de 1974 era bastante más notoria y elevada que ahora, o simplemente a una sensibilidad que combinaba ingenuidad y candidez a partes iguales.

En cualquier caso, la imagen de la Catedral de Milán ha quedado unida en mi mente a partir de entonces a la de un buen número de jóvenes gitanas que paseaban su entusiasmo, su desenfado, su ausencia de complejos ante la vida ... y sus pies descalzos por sus alrededores.

4 de agosto de 2017

Uno de los ídolos de "entonces"


La muerte de Ángel Nieto no supone solamente el adiós de un gran deportista, un piloto de motociclismo con la maleta llena de títulos mundiales. Con Ángel Nieto desaparece un pionero del deporte español, uno de los pocos héroes deportivos de aquéllas viejas épocas de escasez de éxitos españoles. El piloto zamorano fue, junto a nombres como Santana y Orantes, Mariano Haro, Paquito Fernández Ochoa, ... uno de los pocos españoles que reinaron a nivel mundial en los años 60 y 70 en los deportes individuales.

Angel Nieto ganó su primer campeonato del mundo en 1969; a partir de ahí consiguió un total de trece títulos mundiales ... aunque a él le gustaba más bien hablar de "doce más uno". Seis de ellos los consiguió en la prueba de 50 cc, mientras los otros siete lo fueron con motos de 125 cc de cilindrada. Sus primeros éxitos los obtuvo con motos de fabricación nacional -Derbi y Bultaco-, aunque también subió al podium de los mejores militando en Kreidler, Morbidelli y Garelli. En aquéllos años -el último título lo obtuvo en 1984- hablar de motos era hablar de Angel Nieto. Su melenilla corta, su voz más bien aflautada, su hablar pausado y su seguridad y valentía a caballo de una moto eran paisaje habitual de todo tipo de programas televisivos. 

Eran años en que alcanzar un título mundial era una auténtica hazaña para un español. Y aunque en deportes de masas como el fútbol y el balon-cesto teníamos ídolos indudables -Amancio, Iríbar, Gárate, Marcial, Buscató, Luick, Brabender, ...-, quien más quien menos era consciente del mérito de este hombre que había salido de la nada, pues creció en una familia zamorana que emigró a MAdrid en busca de trabajo, instalándose en un chabola de Vallecas. A Nieto el ruido de los motores y la velocidad a dos ruedas le llamó desde pequeño, comenzando a materializar sus sueños trabajando de aprendiz en un taller madrileño.

Ángel Nieto no fue el único piloto de motos predestinado a llegar al máximo en este tipo de competiciones. El mismo año en que Nieto ganaba su primer mundial, fallecía en un terrible accidente en el trágicamente famoso circuito de la británica Isla de Man Santiago Herrero, un madrileño de 27 años que comandaba la clasificación del mundial de 250 cc. Herrero era la gran esperanza española del motociclismo,  y  el dolor de su desaparición fue compensado con la aparición de Nieto, que precisamente a partir del accidente de su compatriota. inició su escalada en la clasificación de su categoría hasta proclamarse campeón del mundo.

Durante más de una década el piloto fallecido fue el indiscutible rey de las categorías inferiores. Fue un auténtico pionero, y sin él hubiera sido muy difícil que en los años posteriores otros pilotos como Sito Pons, Alex Criville, Dani Pedrosa, Jorge Lorenzo, ... alcanzaran los máximos galardones en cilindradas superiores. Ángel Nieto ha sido, desde su retirada todo un símbolo de un deporte que no abandonó nunca y al que ha seguido "aferrado" como director deportivo, padre y tío de pilotos y comentarista periodístico. En Ibiza, inesperadamente, disputó su última carrera. Descanse en paz.



9 de marzo de 2017

Hasta siempre, Huesca



Han pasado más de 15 años desde mi llegada a Huesca y parece que fue ayer. En 2001 andaba yo lleno de energías y ahora marcho con alguna menos, aunque también con más experiencia ... y por encima de todo, con el zurrón cargado de cosas buenas. Tengo la certeza de haber recibido bastante más de lo  dado, aunque puedo asegurar que siempre he procurado corresponder. Vine con muchas ilusiones, y marcho habiendo cumplido algunas y, para mi suerte, tras haber encontrado muchas sorpresas inesperadas.

Creo que aquí he aprendido a ampliar horizontes, a compartir, a ser más sociable ... He encontrado quien me ha enseñado a perder rigores y ver más allá de formas de ser y afinidades. En mi recuerdo, en mi corazón quedarán los paseos matinales rumbo al despacho, niños y niñas que van al colegio, jóvenes y mayores dirigiéndose hacia un trabajo cuyas circunstancias en muchos casos nunca he llegado a conocer. Las mismas caras con las que te cruzas día tras día, dibujadas con aquella seriedad que no sabes si procede del sueño o del frío, de las preocupaciones domésticas o de las tensiones que se avecinan. Caras que reconoces y otras que te miran sin que seas consciente de que también saben quien eres. Poco a poco, fui asumiendo mi nueva ciudad y dejé de sentirme una novedad más para identificarme con el ambiente y el paisaje.

Son 15 años de los que rescataría tantos nombres, tantas personas que han convertido en grato hasta lo que a priori parecía áspero, ... lo han hecho llevadero. No siempre ha sido fácil, he tenido  sustos físicos, sufrido tensiones profesionales, casos complicados, famas no del todo deseadas. Pero ha sido más fuerte el poder de las miradas de cariño, la hospitalidad de tantos, la vitalidad de otros, la paciencia de todos. Es de bien nacidos ser agradecidos me recordaban de pequeño en casa y en el colegio, y es ésta una ocasión de ejercitar el consejo.

Los compañeros de trabajo, los vecinos, los ciudadanos y paseantes, incluidos los anónimos, quienes ya se fueron para siempre dejando su huella y su añoranza, las fiestas de San Lorenzo, la sonrisa de unos y otras, las chicas de la Policlínica que me gestionaron recetas sin ahorrar sonrisas y amabilidades, mis amigas de la Farmacia tan humanas como buenas profesionales, las amistades íntimas, las de un rato, aquéllas con quienes te encuentras ocasionalmente y las que ves casi a diario. Empleados de bares y cafeterías, bancarios, funcionarios y autónomos, abogados y médicos, ... oscenses de cuna y de adopción, amantes de las letras, del arte, de la música ... de corazón, ¡que os vaya bonito!...

La vida tiene periodos, y ahora toca terminar uno. Vuelvo al punto de partida, regreso con canas y arrugas, puede que hasta con la frente machita, pero tremendamente agradecido de haberme curtido la piel en el Altoaragón.

20 de febrero de 2017

¿Quién tuvo más suerte, el gato o yo?


Corría la década de los 90 y había quedado a comer con unos amigos en un buen restaurante de Tarragona. Era uno de esos ubicado junto a la playa a cuyo encanto cabía añadir que ofrecía comida de calidad, un ambiente agradable y una atención adecuada. Llegamos al sitio pasadas las 2.30 del mediodía y nuestra mesa ya estaba preparada en un reservado.

Recuerdo que me fui a sentar en uno de los extremos de la mesa, y cuando comenzaba a depositar mis reales en el sillón noté que mi trasero se aposentaba sobre algo "mullidito", por lo que pensé que la dueña, una mujer muy profesional y amable, había puesto algún tipo de cojín o almohadón más ancho de lo habitual. Mi sorpresa fue cuando comprobé que la pretendida almohada cobraba vida  y salía disparada quien sabe hacia qué escondite. La citada dueña puso cara de circunstancias, sonrío tímidamente y dijo con media voz: "... el gato ...". La situación fue en un primer instante embarazosa, aunque no llegó a mayores: al fin y al cabo el peligro había pasado.

Desde entonces, cuando me viene a la cabeza el incidente, que se saldó sin daños personales por ambas partes, me planteo qué hubiera pasado de haberme sentado en la butaca con más energía de la mostrada. Es posible que el pobre felino hubiera quedado gravemente perjudicado con mi peso, que por entonces no era precisamente poco. Pero también se me ocurre, y entonces me entra como un sudor frío, que ante mi agresión, por involuntaria que fuera y el animal no tenía porqué saberlo, éste podía haber reaccionado con sus afiladas armas y haberme dejado las posaderas como un mapa, obligándome a dormir durante un tiempo cabeza abajo.

Todo quedó en anécdota "chusca", con los años divertida, pero en mi mente quedó la idea clara que por prudente que uno sea, nunca sabes por donde te puede venir el peligro.

15 de febrero de 2017

El rostro de la crueldad


Corría el mes de septiembre de 1980, aún duraba el calor agobiante del verano y quien esto escribe, acabada felizmente la carrera en el mes de julio, se encontraba cumpliendo con la Patria en el Campamento de Rabasa, en Alicante. Fue un mes y pico caracterizado por los agobios, por pagar el precio de la inexperiencia y la candidez y por ese peligro permanente de aborregarse que tenemos los varones cuando andamos en "manada". Nunca conseguí mostrar excesiva marcialidad, aunque al final uno consigue pasar el apuro y hasta conservar recuerdos gratos de una experiencia tan poco deseada.

Nunca olvidaré un día en que quienes nos mandaban decidieron dedicar al día a que desempeñáramos oficios varios. Así cada recluta fue preguntado sobre su profesión y uno, pardillo e inexperto, tuvo la torpe ocurrencia de decir que acababa de terminar Derecho ... como suele ocurrir en estos casos, ante la inutilidad del conocimiento de las leyes en ese tiempo y lugar concretos, fui enviado a un campo cercano a recoger junto a otros "primos" similares piedras y escombros. La mañana resultó agotadora, aunque la experiencia se iba a quedar pequeña ante lo que vino después.

Como por lo visto se trataba de mantenernos ocupados, se nos encargó que tras la comida echáramos una mano en recoger el comedor e ir llevando platos, cubiertos, bandejas y  cacharros a la cocina. Al mando de esta última se encontraba un individuo de quien recuerdo era orondo, joven, sudoroso y con aspecto sucio. Tuve la impresión de que era originario de las Islas Canarias, con el acento propio de los "guanches". No tengo ni idea de si era militar profesional, andaba haciendo la mili en la cocina o era un civil contratado, ... lo que recuerdo como si fuera hoy es la crueldad con que nos trató, la reata de insultos, comentarios despectivos, amenazas y obscenidades que le escuchamos sin parar en el escaso cuarto de hora que duró la operación. Manteniendo una sonrisa despreciativa e hiriente, nos trató como a seres inferiores y sin alma, con esa actitud de prepotencia y seguridad que da el saberse con la sarten por el mango, el que le hubieran dotado de un poder, de una autoridad ante la que no cabía defensa, por mucho que fueran provisionales y las ejecitara de forma soez y desaliñada.

Desde ese día viví atemorizado ante la posibilidad de que un día me tocara trabajar en  cocina, un servicio que duraba 24 horas y que podía terminar siendo un calvario. No se si por suerte o porque alguien intercedió por mí, no tuve que volver a pasar por la cocina ni ver al personaje citado. Con el paso de tantos años sigue vigente en mi memoria esa escena que en su día me pareció terrible y eterna, aunque las templanza que da el tiempo me mueva a ser más condescendiente. Las personas, posiblemente, somos capaces, vete a saber por qué razones, de mostrar nustra cara mas agria, más cruel, pero no es menos cierto que incluso el individuo que me inquietó tanto tenga su lado humano, e igual quede  poner la piel de gallina a un grupo de reclutas torpes y novatos, era capaz de quere a una mujer, cuidar a unos niños, ser un buen hijo y ser generoso con quien lo necesita.

13 de febrero de 2017

Todo un campeón mundial


Con la Transición comenzó a declinar el interés por el boxeo en España. Hasta entonces eran muchos los aficionados que disfrutaban con un deporte que, según quien hable de él, puede calificarse tanto de violento y excesivo como de disputa entre  estilistas y gladiadores ... y es que ya se sabe eso de que todo depende del color del cristal con que se mira. En España durante las décadas del 60 y el 70, tiempo de mi infancia y adolescencia, entre los grandes héroes deportivos de la época se incrustaban nombres como los de Pedro Carrasco, José Legrá, José Hernández, Perico Fernández y el polémico "morrosko" José Manuel Ibar "Urtain". Pero también hubo boxeadores menos famosos que lo hacían muy bien, y entre éstos se encontraba el madrileño José Durán, un púgil elegante y técnico que llegó a ser campeón mundial de los pesos Welter.

Los pesos Welter incluían a los púgiles que pesaban entre 64 y 69 kilos, y en dicha categoría Durán  fue desde el 7 de junio de 1974 el indiscutible campeón de Europa, pues ese día arrebató el título en Madrid al francés Jacques Kechichian, renovando dicha corona en tres ocasiones sucesivas frente al alemán Eckhard Dagge, el austríaco Johan Orsolics y Franz Sandl. El año 1975 no fue bueno para el boxeador, pues el 15 de mayo disputó el título Mundial, vacante entonces, frente al brasileño Miguel de Oliveira, siendo derrotado a los puntos. A este pinchazo se añade el sufrido cuando unos meses después pierde el título europeo frente a Dagge por KO en Berlín. Parecía que con 30 años a las espaldas su carrera llegaba al final, pero uno de los grandes valores del madrileño fue siempre saberse cuidar y llevar una vida ordenada.

En el primer trimestre de 1976 las circunstancias le darían la gran oportunidad de su vida, y la supo aprovechar. El campeón mundial era el japonés Koichi Wajima, y ante la espantada del aspirante oficial se le brindó la posibilidad de disputar al nipón el cetro mundial. El combate fue fijado para el 18 de mayo, con todos los elementos en su contra: se disputaría en Tokyo, uno de los árbitros sería japonés y Wajima era uno de esos grandes fajadores nipones, auténticos kamikazes que brillaban por aquello años en el planeta del boxeo, tales como Masao Ohba, campeón mundial de los pesos Mosca y fallecido en 1973 en un espectacular accidente de coche, Yoshiaki Numata y Kuniaki Shibata, que lo fueron de los pesos Super-pluma o Masahiko Harada, que dominó varios años el título mundial de los Pesos Gallo.

El combate fue épico, Durán salió concentrado al máximo y luciendo su forma de boxear técnica y estilista, aunque sabía que para ganarlo necesitaba hacerlo por KO pues con el ambiente y las circunstancias del mismo lo máximo a lo que podía aspirar era a un match nulo que dejaría el título en el país del sol naciente. Por esta razón, a su elegancia habitual añadió buenas dosis de empuje y combatividad, derribando a su oponente en los asaltos 2º y 6º. El combate fue durísimo, los dos contendientes se vaciaron y conforme llegaba el final se notaba el agotamiento de ambos. Pero Durán sabía que no podía llegar al 15º con su rival vivo  y en el penúltimo round echó el resto y propinó un durísimo upercut al japonés, quien cayó al suelo y no fue capaz de levantarse antes de la cuenta de diez. José Durán había logrado, contra todo pronóstico, el sueño de su vida y la noticia corrió como la espuma por toda España, que celebró este inesperado éxito.

Como tantas veces nos sucede, la gloria le duró poco a José Durán, y en la primera defensa de su título, celebrada en el Palacio de los Deportes de Madrid el siguiente 8 de octubre, perdió el combate frente al argentino Miguel Angel Castellini, en una pelea muy igualada que parecía destinada al combate nulo, pero en la que los árbitros acabaron dando el triunfo a Castellini, a quien en su país apodaban "Cloroformo", no se sabe si por dar unos golpes que "anestesiaban". Ya semiretirado de la práctica del boxeo, tuvo una nueva oportunidad por el cetro mundial frente al pegador italiano Rocky Mattioli, pero ya estaba lejos de su mejor forma y no pudo hacer frente a un rivalque le noqueó en el quinto asalto.

José Durán pasó a la historia al quedar incluido en la breve nómina de púgiles  españoles que lograron un título mundial de boxeo. A este valor cabe añadir uno más importante, pues Durań fue un hombre sensato, que se cuidó siempre y ha logrado llegar a los 71 años en perfectas condiciones físicas y mentales.



6 de enero de 2017

El breve momento de gloria de un ciclista

Me entero "picoteando" por internet de la trágica muerte -al parecer se quitó la vida- hace ya más de tres años (12 de agosto de 2013) de Raymond Delisle, uno de esos ciclistas que formaban parte del larguísimo pelotón que cada año,  finalizando el mes de junio, iniciaban el Tour de Francia por los años 60 y 70. Delisle, nacido en 1943 en Ancteville, ciudad de la Baja Normandía,  era un fijo en la nómina del equipo Peugeot, uno de los más fuertes de Francia y cuyos ciclistas lucían un inconfundible maillot blanco con las siglas de la célebre factoría de vehículos en el pecho y cuadritos blancos y negros en la cintura. Eran tiempos en los que ni la radio ni la televisión española retransmitían en directo las etapas, y tan sólo conectaban para ver la disputa de los últimos 20 o 30 kilómetros. El inicio de la retransmisión del final de etapa era esperado con expectación, y fundamentalmente por razón de ver a diario esas breves imágenes quedaron en mi memoria los nombres de los grandes ciclistas de la época. Los franceses más brillantes de esos años eran Roger Pingeon, Raymond Poulidor y Bernard Thevenet. Delisle no estaba entre la flor y nata de los corredores, pero destacaba como un buen ciclista que aportaba sus mejores prestaciones en la montaña y solía terminar entre los veinte primeros clasificados. Fue uno de los mejores colaboradores de líderes del Peugeot como los citados Pingeon y Thevenet y junto a él, en distintos equipos,  también lucían excelentes "secundarios" franceses de la bici como Letort, Labourdette, Riotte, Danguillaume, Hezard, Catieu, Guyot, Chappe y muchos otros.

El corredor normando tuvo una brillante participación en el Tour del Porvenir, dedicado a jóvenes promesas, de 1963, donde quedó tercero tras el  luxemburgués Zimmerman y el suizo Maurer. No obstante, su gran momento llegó en 1969, cuando ganó el campeonato francés de fondo en carretera, victoria que le permitió lucir en las demás competiciones y durante un año el maillot tricolor con la bandera francesa.  Con tan honorable camiseta venció en la etapa del Tour de ese año que tenía su meta en la localidad pirenaica de Luchon, disputada precisamente el 14 de julio, fiesta nacional de Francia, pudiendo presumir de ser hasta ahora el único ciclista francés que ha ganado ese día y con ese maillot.

La que con toda probabilidad fue la gran oportunidad de su vida le llegó a Raymond Delisle cuando ya era un veterano corredor de 33 años en la edición del Tour de 1976. Seguía corriendo con Peugeot y su jefe de filas, Thevenet, quien había ganado e la edición anterior por delante del mismísimo Eddy Mercks, no rodaba entonces con demasiada soltura. Se corría la etapa 12ª, entre Port-Barcarès y Pyrénées 2000, y era líder el belga Lucien Van Impe, un buen escalador que militaba en el equipo Sonolor-Gitane y hasta entonces se había limitado a un segundo plano,  a la sombra de Mercks. El belga no estaba fuerte y Delisle, junto al italiano Bellini, el belga Pollentier y el español Menéndez atacó en el último puerto. Lo hizo con tal potencia que terminó quedándose en solitario y llegando primero a la meta  en una imponente demostración de fuerza y poderío. En ella sacó 4.59 al segundo, Menéndez y 5.14 al italiano Vladimiro Panizza, mientras Van Impe y el otro gran favorito, el holandés Jupp Zoetemelk -el célebre "chuparruedas"-, perdían nada menos que 6 minutos y 57 segundos. Mirar la clasificación daba vértigo, pues Delisle se hacía con el maillot amarillo y dejaba a sus dos máximos rivales a 2.41 y 2.47 respectivamente, quedando Poulidor a 4.17, Paco Galdós a 4.45 y Thevenet a 4.53.

Quedaban aún diez etapas, entre ellas el resto de los Pirineos y la del temible macizo del Puy de Dòme, pero al bregado ciclista normando se le presentaba una ocasión que al comenzar la competición era un sueño imposible. Entre los entendidos surgía la pregunta de si un hombre veterano, que no había contado en toda su carrera para el triunfo final y su mejor puesto final en la ronda había sido el 11º, iba a ser capaz de aguantar vestido de amarillo hasta París. A la hora de la verdad, el maillot principal del Tour solamente le duró dos etapas, y en la que concluyó en Saint-Lary-Soulan, en los Altos Pirineos, se lo tuvo que devolver a Van Impe. Con el paso del tiempo se dijo que todo había sido una táctica del director deportivo del Sonolor Gitane, el también francés Cyrille Guimard, quien ante el potencial peligro que veía en Bernard Thevenet, quiso hacer trabajar al Peugeot para desgastar a sus corredores, aprovechar el apoyo que debían prestar a Delisle y esperar pacientemente su oportunidad para recuperar el liderato.

Independientemente de trucos, estrategias y demás cuestiones, a Delisle siempre le quedó el orgullo de haber podido lucir el jersey amarillo de la vuelta ciclista de su país, que es además la más prestigiosa del mundo y haber sido un ciclista reconocido y apreciado en Francia. Tras retirarse montó un hotel en la localidad de Hébécrevon, también en la Baja Normandía. Allí murió de manera dramática. Descanse en paz.


3 de diciembre de 2016

La decisión de Nico Rosberg


Ni entiendo casi nada de coches ni estoy especialmente al día de lo que ocurre en Formula I desde hace décadas. Aclarado esto, debo admitir que me han alegrado tanto la trayectoria como el éxito final del piloto alemán Nico Rosberg al volante de un Mercedes. Hacía tiempo que andaba algo "mosca" al conocer la nacionalidad del nuevo campeón mundial, pues me constaba que es hijo de Keijo Rosberg, quien ganó el mismo título en 1982 pilotando un Williams y con la bandera  de Finlandia. Al parecer éste se instaló en Alemania y allí tuvo a su retoño tres años después de su éxito. Por cierto que, con todo el mérito que tiene lucir la regularidad necesaria para ser el mejor al final, no es menos cierto que a "Keke" le termináron beneficiando dos trágicos accidentes: el que costó la vida a Gilles Villeneuve en Zolder y el que retiró de la competición a Didier Pironi en Hockenheim. Mi satisfacción por el título de Rosberg jr., que supongo será además un gran piloto, tiene mucho que ver con su discreción, con el hecho de que estando casi siempre entre los primeros, parece que siempre llamaban más la atención esa cierta chulería de Lewis Hamilton, la prepotencia germana del pentacampeón Sebastian Vettel, la aparente temeridad de gente como David Ricciardo o Max Verstappen e incluso esos aires de estar de vuelta de nuestro Fernando Alonso. Y es que intuyo que el éxito de Nico es el triunfo de la modestia, la constancia y el saber estar.

No obstante, lo que me ha movido a traer a este rubísimo mozo de 34 años es la sorprendente decisión que acaba de comunicar a la opinión pública su retirada de la Fórmula I. Es verdad que ya lleva diez años compitiendo entre los elegidos, pero no deja de llamar la atención que decida decir adiós cuando ha llegado a la cima. No han sido suficiente tentación ni ceder a los cantos de sirena de tanto aplauso y alabanza, ni el reto de renovar el título ni el de superar sus propios records. El hombre ha debido de pensar, y se lo alabo, que en esta vida hay cosas más importantes y hasta gratas que jugarse la vida en un monoplaza, vivir en un ambiente de lujos y ciertas frivolidades, andar todo el día rodeado de jovencitas guapas y vivir la tensión de tener que ganar siempre. No parece mala idea eso de marcharse con los oropeles aún brillantes.



5 de octubre de 2016

Esa vieja colección literaria


Uno de los libros que corre estos días por mis manos es "Papeles de un cesante", una publicación del ya fallecido ex-presidente del Gobierno español Leopoldo Calvo-Sotelo en el que recopila conferencias pronunciadas y artículos publicados tras su salida de la Moncloa en 1982. Un capítulo concreto lo inicia relatando cómo en 1941, siendo un joven de 15 años, entró por primera vez en el mundo de la generación del 98 leyendo una serie de ensayos de Unamuno publicados en lo que él denomina "venerable" Colección Austral. Y ha sido la referencia a esos pequeños libros, rudimentarios, de bolsillo y  encuadernados con unas tapas de  colores diversos según los temas, la que me ha inspirado el post de hoy.

Y es que la mención de la "Colección Austral" me ha trasladado inmediatamente a la biblioteca que contemplé diariamente desde pequeño en un rincón de la sala de estar de mi casa familiar, donde abundaban estos libritos y donde, aún siendo un escolar que comenzaba sus primeros aprendizajes, comencé a saber de la existencia de nombres tan variados e importantes como Azorín, Ortega y Gasset, los hermanos Machado, Juan Ramón Jiménez, Unamuno, Pío Baroja, Julián Marías, Federico García Lorca, Miguel Hernández y unos cuantos más. Mi natural desorden y descuido pudo haber dado al traste con unos libros que hoy son como un tesoro, afortunadamente ha habido alguien más consciente, culto y cuidadoso que los  ha conservado, junto a otros editados por "Losada", "Áncora y Delfín", "Destino", etc.

La permanencia de estos libros de "Austral" en la biblioteca familiar, como la existente en la casa del viejo político recién empezada la posguerra, y en tantísimas casas españolas, sirve entre otras cosas como homenaje a la generación de nuestros padres, quienes de una forma u otra sufrieron los dolores de una guerra y las penurias de una posguerra sin por ello perder su afán de leer, de conocer, de cultivar su espíritu y entretener su mente. Esos libros verdes, azules, anaranjados, granates, negros, ... hoy posiblemente "desconchados", a lo mejor con más polvo del debido, con páginas amarillentas y tapas deslucidas, suman a una tasación material más bien escasa, un valor cultural y sentimental elevadísimo.

Los libros de "Austral" que inundaron las estanterías en los años 40, 50, 60, ... acreditan también que en España se leía, que había un interés cultural, que los obstáculos de un régimen autoritario, ausente de libertades, no impedían ejercitar ese hábito tan importante de la lectura, ese ejercicio que supera en importancia el interés de las series televisivas, tantas prestaciones de internet, el cultivo de las redes sociales o los pasatiempos que ofrece cualquier "smartphone". Y quienes hicimos primaria y bachillerato en la época del desarrollo escuchamos a nuestros padres hablar también de García Lorca, Neruda o Antonio Machado, que no fueron escritores de primer nivel que nos descubrieran los prohombres del progreso, sino poetas y narradores que conocimos y de cuya existencia y obras teníamos pruebas en casa disfrazadas de libro de bolsillo.

A partir de ahora, cada vez que vea un ejemplar polvoriento de "Austral" sentiré algo especial, recordaré cuántos grandes hombres se sirvieron de esos libros de cuatro perras para prosperar en sus conocimientos, para  crecer en sabiduría. Al mismo tiempo, y con todos los respetos, me servirá para recordar que hubo vida antes de Amazón, los e-books y las edicisiones costosas.




15 de septiembre de 2016

Sonrisas


Cuando era niño ... incluso es posible que también durante un tiempo más, tendía a equiparar la bondad con la sonrisa. Por ejemplo, cuando la figura de Richard Nixon comenzó a aparecer con frecuencia en la televisión durante la campaña de las elecciones presidenciales de 1968 -ya se había presentado a otras pero entonces yo tenía escasamente 2 años-, lo primero que me vino a la cabeza del entonces aspirante a la Casablanca es que era un señor muy simpático y amable. Efectivamente, Nixon se mostraba siempre con una perfecta sonrisa "Profidén" ... ¿quién me iba a decir que ese mismo personaje se iba a dedicar a investigar ilícitamenten a sus rivales e intensificar la lucha en Vietnam?, que Nixon era el mismo ser desquiciado que mostraba Oliver Stone en el film sobre su vida que tan bien interpretó el entonces ya oscarizado Anthony Hopkins.

Otro tanto me pasaba con Frank Sinatra, quien interpretaba sus canciones con vestimenta impecable y sonrisa de ser angelical, de la misma manera que en sus películas encarnaba frecuentemente a individuos alegres y simpáticos. Ese mismo "Frankie" de voz impresionante tenía al parecer firmes conexiones con la Mafia y fama de llevar una vida no excesivamente ejemplar. Y lo mismo cabría decir de otros personajes que frecuentaban Telediarios, platós, escenarios, portadas de periódicos y revistas o reportajes televisivos. A una simple e ingenua mentalidad infantil no le cabía en la cabeza que alguien que se mostraba habitualmente cordial ofreciera en la "vida real" tantos contrastes. No cabe duda de que era una edad ... y unos tiempos, más bien propensos a caer en el maniqueismo.

En el fondo es posible que la causa de lo referido haya que encontrarla en el error de crearse ídolos en la tierra, sin comprender que si los idealizas te acabarán decepcionando. O quizás el problema esté en no saber relativizar tanto las excelencias como las miserias, en que es largo el trabajo de maduración que nos ayuda a ser más comprensivos y menos fanáticos. Los años te suelen enseñar a poner cada uno en su sitio, ... sin que sea bueno olvidar que cada uno de nosotros tenemos también el nuestro, y que hasta el más villano oculta un fragmento de bondad.

13 de septiembre de 2016

Esa caja de corchetes


Hay recuerdos de infancia que reaparecen en tu mente sin saber porqué; cabría pensar que duermen en algún lugar recóndito del cerebro y vete a saber que extraña razón les mueve a volver a la vida activa. Es la única explicación que le encuentro al hecho de que mi cabeza haya revivido un antiguo sucedido realmente intrascedente, aunque al saborearlo hayan quedado ciertos rastros de ternura.

Corría un verano de la primera mitad de los 60 y en compañía de mi madre y hermanos nos dirigíamos, como otras veces, a la Gran Vía El destino final era la zona que en aquella época se bautizaba como Calvo Sotelo: allí nos encontrábamos con primos y algún que otro grupo similar que conocíamos. Al citado lugar solíamos acceder enfilando Hernán Cortés, pasando ineludiblemente por el viejo cuartel que había entonces, torciendo posteriormente por la calle Fita hasta llegar a  Doctor Cerrada, calle que alguien denominaba por entonces -ignoro si ahora también- "el camino de los cubos" y atravesando Laguna de Rins o Dato llegábamos a lugar deseado.

A mitad de camino entramos en una mercería de la calle Hernán Cortés, aunque no recuerdo cual fue la compra concreta. Lo que si conserva mi memoria es que la dependienta, de la que no sabría decir si era joven o madura, guapa o fea, rubia o morena, ... me regaló una caja de cartón como la que aparece al principio y final de mi post. No se si lo hizo por un natural amable, o al observar mi timidez o mis modos inquietos e impacientes, actitudes todas que me caracterizaban por aquella época y de las que sigo guardando secuelas. Puedo asegurar que el obsequio me hizo ilusión, tal vez porque no estaba acostumbrado a que nadie me regalara nada en mercerías, farmacias, tiendas de ropa y demás establecimientos comerciales, ... amen de que ¿a qué niño no le gusta que le den algo gratis?.

Contrariamente a lo que era lógico hacer, máxime en alguien de natural bastante curioso, no abrí la caja. La contemplé, la agarré con la mano y reemprendí el camino con mi familia orgulloso del presente conseguido. No se porqué razón  no pasó por mi cabeza lo que resultaba más lógico, ... prácticamente evidente: el que la caja estaba vacía y que el hecho de haber llegado a mi propiedad no era más que una simple alternativa  al cubo de basura.

Una vez llegados a nuestro destino, y mientras las madres de unos y otros hablaban de sus cosas sentadas en uno de los bancos de madera existentes, presumí de caja con el resto de chiquillería allí presente. Entre otros estaba el hijo de una amiga de mi madre, uno de esos niños pelirrojos y con pecas tan presentes en películas y anuncios televisivos, que sin ningún tipo de contemplación ni delicadeza intentó romper hechizos y me aseguró que la caja estaba vacía. Recuerdo mi rebeldía ante tal posibilidad, me resultaba inconcebible que el objeto no contuviera sorpresa alguna que satisfaciera mis ingenuas e injustificadas ilusiones y, siempre sin abrirla, me emperré en mantener la esperanza de un regalo sorpresa.

Imagino que más pronto que tarde confirmaría desolado lo que era lógico: dentro de la caja no había nada y lo único que había hecho la dependienta había sido tener un gratuito detalle de cariño, sin saber la pobre que lo que hacía era iniciar el camino de la decpeción de un niño fantasioso. 

No se si fue una enseñanza de la vida, y en tal caso tampoco si me sirvió de aprendizaje, pero no parece desacertado pensar que ese sencillo e inane episodio no es más que una parábola de la vida misma, cuando nos empeñamos en ilusionarnos y crearnos expectativas ante cosas que no son más que objetos inútiles llenos de aire, meras burbujas.


6 de septiembre de 2016

Momentos dulces


Cuando yo era niño los domingos, entre otros matices, solían tener algo que ver con las confiterías. Los festivos eran días en los que a la mesa eran fijos los pasteles, la nata montada que acompañaba al melocotón en almíbar o al bizcocho casero, el tortell  con cabello de ángel y alguna que otra dulzaina más. La cosa no tenía más trascendencia, pero ponía un toque distinto a la comida del resto de la semana.

No digo que ahora todo sea distinto, hay tradiciones que con mayor o menor extensión permanecen, pero es posible que hoy en día se haya perdido cierta liturgia en el tema, hasta que se acabe llamando pastel a cualquier cosa, incluso cuando el producto aparece envuelto en plástico o celofán. También es cierto que ahora la variedad es infinitamente superior: en repostería como en vinos, en coches o en tipos de tornillos.

Aquellas fiestas con suplemento de azúcar no puedo evitar identificarlas con esos paquetes -mayores o menores según la extensión de la familia e invitados- envueltos en papel blanco y anudados con una cinta fina, generalmente de dos colores en el que uno solía ser el blanco, que terminaba en un lazo hecho con tanta habilidad como cariño. Paquetes que escondían pasteles poco sofisticados, con merengues, mantequillas y confetis que bastaban para satisfacer ilusiones y deseos infantiles. Pasteles depositados en pequeñas bandejas de cartón en las que frecuentemente quedaban abandonados restos de nata y otras "primeras materias".

¿Quién no recuerda aquellas viejas confiterías, regentadas por familias que las heredaban de padres a hijos?, ... habitáculos reducidos de olores típicos y embaucadores. Establecimientos e cuyo interior se escondían alacenas y obradores en las que se elaboraban mediasnoches por encargo  ... un concepto que de niño no sabías muy bien qué podría significar, porque tampoco te planteabas qué se podía hacer a medianoche con un bollito relleno de jamón de york o queso de bola. Lugares con anaqueles  donde reposaban caramelos a granel, habitualmente con sabor a frutas, cajas de bombones de diversos tamaños con aroma a cumpleaños o amor platónico, chocolatinas redondas para niño de  casa de visita, trufas que sonaban a obsequio especial, de eventos excepcionales, ...

Y con esos recuerdos más bien "tontunos", "simplones", superficiales, ... uno es capaz de reconstruir parte de su primera vida, devolver a este mundo a los que faltan, dulcificar la imagen de los que siguen y dar gracias, porque eres muy ingrato si no agradeces esos momentos que te puso la providencia y que te facilitaron quienes más te querían. 

6 de agosto de 2016

Elegancia en la pista


Ayer comenzaron los Juegos Olímpicos de Rio de Janeiro; aunque no ando muy al día del evento, tengo la impresión de que lo hacen bajo el miedo tanto a incidentes como a defectos de organización. Ya son muchos los juegos que he seguido: todavía recuerdo los pequeños cromos que acompañaban a las chocolatinas de Nestlé que mi madre me compraba antes de entrar en el colegio, así como el paso por Zaragoza de la antorcha olímpica camino de México. De la misma forma que quedan en mi memoria y en mi retina las hazañas de hombres y mujeres como Bob Beamon, Fósbury, Mark Spitz, Nadia Comaneci, ... o nuestros paisanos José Manuel Abascal, Fermín Cacho o Mireia Belmonte.

El único de porte que sigo con verdadera constancia e interés durante la competición es el atletismo, verdadero deporte rey del certamen, y de manera muy especial las carreras de medio fondo: 800 y 1500 metros. Ayer en Facebook un periodista inquieto y sensible recordaba como su "momentazo" personal de los juegos la mítica final de los 1500 metros masculinos en Los Ángeles, cuando el español José Manuel Abascal se enfrentó al trío de oro británico que formaban Sebastian Coe, Steve Cramm y Steve Ovett. Fue sin duda una carrera espectacular, presidida por la emoción y el fair play y donde comprobamos esa elegancia indiscutible de los citados atletas, que desplegaban su esfuerzo sobre la pista con un estilo que cabe considerar como verdadero aire fresco, con un ritmo acompasado, unos cambios de velocidad perfectamente estudiados. Así la belleza de las imágenes, la plasticidad del momento convirtieron la carrera en un evento inolvidable.

Al final se impuso Coe, un hombre que sin desmerecer a sus compañeros, era el "maximum" de elegancia, de equilibrio, de dominio de la técnica. Coe fue siempre un caballero sobre la pista, y cuando se retiró comenzó una brillante carrera política, accediendo a la Cámara de los Comunes y llegando a ser el Presidente del Comité Organizador d elas Olimpiadas de Londres de 2012 y, en la actualidad, Presidnete de la Federación Internacional de Atletismo. queda claro que aún podemos encontrar deportistas ejemplares.