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21 de enero de 2018

Un recuerdo, un tesoro


El pasado viernes cogí el AVE de Madrid. El tren venía de Huesca y la salida de la Estación Delicias estaba fijada a las 9.00. Una vez más "Adif" fue puntual y no hubo retrasos ni al salir ni al llegar. En la capital se está celebrando la enésima temporada de "Fitur" y precisamente el 19 era el día señalado para el stand de Aragón. Por esta razón el AVE venía ya cargado de la capital oscense y en Zaragoza se terminó de completar el pasaje. Allí había políticos, empresarios, comerciantes, ... y tuve ocasión de saludar a varios: algunos con la nostalgia de mi aún reciente pasado oscense y otros que se montaban en el vagón a la vez que yo y quien me acompañaba.

No iba a "Fitur", y con todos mis respetos, estoy seguro de que mi plan fue mucho más bonito que el de quienes iban de "feria de turismo", ...eso sí, por elevación. A mí siempre me han gustado estos viajes rápidos a Madrid ... no se si por provinciano, por entusiasta -no siempre lo soy- o porque valoro los pequeños placeres que ocasionalmente te ofrece la vida. La cuestión es que tras regresar a Zaragoza, u a pesar del cansancio y del enésimo disgusto del equipo de mis amores, me acosté feliz por un día hermoso ... y no fue así por grandes acontecimientos ni especiales descubrimientos, sino porque la horas se pasaron con el protagonismo de la sencillez y el afecto de todos y cada uno de los que en mayor o menor medida protagonizaron la jornada.

No voy a aburrir con detalles concretos, no hace falta: hubo visitas, librerías de viejo, exposiciones, aperitivos de nivel y una comida estupenda, pero sobre todo hubo ocasión de comprobar que la gente es buena, por más de que en ocasiones cerremos los ojos a esta realidad, parezca que nos negamos a descubrir la belleza interior de cada uno. A todos los que protagonizaron un viernes cuyo mayor encanto fue la naturalidad y la ausencia de pompa y exhibición, mi agradecimiento más profundo. Es bonito comprobar eso de "puedes contar conmigo".

27 de diciembre de 2017

Pies descalzos


En 1974, cuando cursaba 6º de Bachillerato, viajé a Italia con la mayoría de compañeros de promoción de mi Colegio. Se trataba del viaje de estudios que desde hacía un par de años habíamos estado preparando con toda la ilusión del mundo. Recuerdo que ahorré dinero casi con avaricia, y además de guardar como oro en paño las propinas de Reyes y cumpleaños, trabajé atendiendo a los más pequeños en el comedor del colegio y hasta vendí una enciclopedia.

Salimos en autobús el lunes de Pascua de la Plaza Paraiso y en Barcelona cogimos un Ferry hasta Génova. La primera etapa del viaje tenía como punto central las visitas a Milán y Padua, ciudades en las que estuvimos pocas horas, pues el grueso de los días estaban reservados para Venecia, Florencia y Roma. En Milán el atractivo se ubicaba en la plaza del Duomo, con una Catedral gótica impresionante, verdaderamente bella y monumental, de esas que impresionan. También había unas estupendas galerías comerciales, especialmente impactantes para unos jóvenes zaragozanos de los años 70.

La belleza del "Duomo" quedó grabada para siempre en mi retina, pero debo confesar que con éste quedaron otros dos recuerdos curiosos: la constancia de que la fachada necesitaba un lavado urgente y la presencia en la plaza de un número, que a mi me pareció llamativamente numeroso, de jóvenes chicas de raza gitana, las cuales manifestaban una alegría y vitalidad enorme y presentaban la peculiariedad de ir descalzas. Creo recordar que aparentaban una edad algo superior a la nuestra, y andaban de aquí para allá con la sonrisa en la boca y el ritmo en el cuerpo.

Sería digno de analizar el motivo por el que me impresionó tanto esa imagen, y en concreto el hecho de ir desprovistas de calzado alguno. Imagino que cualquier psicólogo sería capaz de encontrar unos cuantos argumentos al respecto. Lo cierto es que no se si se debía a las peculiariedades de un adolescente de poco más de 15 años, a la inexperiencia propia de la edad, que en la España de 1974 era bastante más notoria y elevada que ahora, o simplemente a una sensibilidad que combinaba ingenuidad y candidez a partes iguales.

En cualquier caso, la imagen de la Catedral de Milán ha quedado unida en mi mente a partir de entonces a la de un buen número de jóvenes gitanas que paseaban su entusiasmo, su desenfado, su ausencia de complejos ante la vida ... y sus pies descalzos por sus alrededores.

26 de octubre de 2015

Zamora en dos días


Nunca había estado en Zamora, aunque me habían hablado muy bien de la vieja capital castellana. Su Semana Santa, sus monumentos, la historia que esconden sus murallas y la bondad de su cocina, con el cordero a la cabeza, sonaban muy bien en mi cabeza. Tras dos días allí, y teniendo en cuenta que buena parte del tiempo me lo pasé reunido, puedo decir que la realidad superó, si cabe, las expectativas.

Me ha encantado el románico de Zamora, un románico en el que destaca la sobriedad, esa elegancia que mueve a la serenidad, que da paz interior y ayuda a la contemplación. Ese románico que te hace admirar a quienes construyeron unos edificios con tanta perfección. San Pedro y San Ildefonso, Santa María la Nueva, San Isidoro, San Juan Bautista, la Magdalena, ... y por supuesto una Catedral preciosa, con cuatro retablos que combinan románico y gótico. Toda la ciudad rebosa tanta brillantez artística como austeridad, belleza como profundidad.

En la visita guiada, dos horas enriquecedoras, fueron apareciendo los episodios históricos en los que Zamora tuvo protagonismo, una historia ya estudiada cuando el bachillerato era como Dios manda, pero que sonaba tanto a "conocido" como a "renovado". Nuestra guía  nos recordó  los nombres de Viriato -un "caudillo lusitano" que al parecer era extremeño- sus asesinos -"Roma no paga traidores"-, la muerte del Rey Sancho a manos de Bellido Dolfos, y esa puerta llamada "de la traición" y que ahora denominan algunos "de la lealtad", su hermano Alfonso VI, quien subió al trono con tantas dudas sobre su intervención en la muerte de Sancho, aunque solamente el Cid fue capaz de exigirle razones en Burgos, un juramento de Santa Gadea que acabaría costándole tan caro y, por supuesto, Doña Urraca, reina de Zamora y que debió de ser una mujer de armas tomar, siendo capaz de imponer su mando en tiempos donde era impensable una dama en el poder.

Y podría hablar de muchas otras cosas; la gente en las calles, con ese ambiente de sana ciudad provinciana, de domingos de misa y aperitivo. Y la gastronomía, con un cordero que de deshacía en la boca, las sopas de ajo, los quesos de oveja y cabra, ... y ese pimentón que aparece en todo plato que se precie. SIn olvidar los vinos de Toro, que tenían fama de peleones y ya son casi de postín: "este vino de Toro es muy redondo" aseguraba con firmeza la camarera. 

Es bonito recorrer de vez en cuando España ...  y para Zamora no basta, sin duda, una hora: habrá que volver.




9 de septiembre de 2014

Asturianos


Ando de vacaciones, las pocas que me sobraron en julio, y no tengo ni ocasión ni mínima inspiración para hablar. Me ha pasado por la cabeza un refrán que escuché en una ocasión sobre los originarios de Asturias: "Asturiano, vano, vago y mal cristiano", y como mi experiencia es completamente distinta a lo que se afirma con este dicho, intentaré en dos líneas desagravias semejante afirmación.

He pasado en Asturias las vacaciones de verano en dos ocasiones -años 2003 y 2006-, amen de un par de viajes más por motivos profesionales, y lo que allí he vivido ha sido siempre estupendo, inolvidable.

Dicho queda, y a ver si entre todos vamos aparcando la maldita costumbre de etiquetar a las gentes de cada lugar, si aprendemos a sacar lo bueno de cada uno.

24 de agosto de 2014

Desayuno en velador discreto


Viernes y sábado estuve por la Costa Dorada; entre Salou y Tarragona pasé un par de días gratos que me vinieron bien para esa sana tarea de desintoxicación de los agobios habituales que tan bien nos suele venir de vez en cuando. Dos días dan para mucho, y podría hablar de sucesos, sentimientos y personas, pero por una parte no pretendo hacer balance de un viaje sin mayor trascendencia y por otra, tampoco deseo ni entrar en intimidades ni poner colorado a nadie con halagos y agradecimientos, aunque motivos tengo en abundancia para ambas cosas.

El sábado me apunté, como ya había hecho otras veces, a un almuerzo matinal en la terraza de una modesta cafetería ubicada en la Rambla Nova; el día ha ido apareciendo y poco a poco los tarraconins van ocupando la arteria principal; sentados en el velador desaparece toda sensación de prisa y solamente te tienes que preocupar de dar modesta satisfacción al apetito y compartir placeres discretos, sensaciones gratas y estilo sencillo con el resto de partícipes, que da lo mismo sean dos, tres o siete. En esta ocasión la cosa quedó en un "tú a tú", pero pienso que yo y mi interlocutor no necesitamos más, un  café con leche, una Coca-cola "Cero" y un bocadillo de butifarra blanca -hagamos por una vez país- para cada uno se convirtieron primero en objeto de deseo y posteriormente en suculento desayuno: alguno pensará que nos conformamos con poco, pero en esos momentos no necesitábamos ni servilletas de encaje, ni mayordomos de librea ni teteras de plata ... ni siquiera huevos fritos con chorizo.

Y antes y después de dar buena cuenta a los pedido, la buena conversación, el saber valorar el buen clima, la curiosidad de observar ambientes y paseantes, la gratitud hacia el buen servicio de la bien parecida camarera de la sonrisa y el tatuaje llamativo y la satisfacción de la buena compañía bastaron para convertir un momento objetivamente simple en subjetivamente grandioso. Y quien no sepa valorar estas cosas, no me cabe duda de que se las pierde, ... además de errar notoriamente.

18 de marzo de 2014

Cuando la naturaleza es bella e inhóspita


No soy una persona que haya viajado demasiado, apenas he salido al extranjero y no soy de los que pueden hablar con pasión ni orgullo de ciudades como Amsterdam, Nueva York, Cancún, Pekín o Nairobi, pero al cabo de los años sí puedo presumir de conocer los lugares más bonitos de España. No obstante tardé bastante en llegar a viajar a determinados lugares y aún recuerdo la ilusión expectante de mi primer viaje a Andalucía allá por los inicios del verano de 1997, casi rondando ya la cuarentena. Las mismas expectativas tuve en julio de 2003 cuando pasé veintitantos días en Asturias; ya había estado unos años antes en Oviedo, pero en viaje rápido y solamente pude conocer la capital.

En el principado visité lugares magníficos, pero guardo un especial recuerdo de uno de los primeros lugares donde estuve, el Cabo de Peñas. Me habían comentado que era el lugar más alto de todo el mapa peninsular y que desde allí la vista era magnífica. Recuerdo que era por la tarde, rondando las 7, con un cielo que tendía a cubierto y sin que prácticamente hubiera más gente en el lugar que yo y mis compañeros de viaje. Efectivamente, el lugar era precioso, la vista imponente, pero a la indudable belleza del paisaje que se nos presentaba se unía una cierta sensación de soledad, con toques de misterio, frialdad y sabor de lejanía, de estar en un lugar inhóspito, casi hasta peligroso. Un conjunto de sensaciones que no eran en absoluto negativas, solamente distintas y especiales; era como enfrentarse a un ambiente salvaje, a una naturaleza en estado puro, que a la vez que muestra toda su grandeza, su hermosura, también pone de manifiesto su poderío, su implacabilidad.

Por eso, me ha impresionado especialmente el drama del arrastrero portugués "Santa Ana", el barco pesquero de bandera portuguesa se hundió el pasado 10 de marzo a media milla de Cabo Peñas debido al embarrancamiento con la isla de la Erbosa. Hasta ahora se han recuperado cuatro cadáveres y otros cuatro marineros siguen desaparecidos. Me llama la atención lo poco que se habla de esta tragedia, la no excesiva relevancia informativa de la misma ... pienso que los muertos, los desaparecidos y sus familiares se merecían más atención. Y a la vez, transcurridos más de diez años de mi primera y hasta hoy única visita a Cabo peñas, vuelven a mi cabeza con nitidez las mismas imágenes y sensaciones, la belleza de la naturaleza en estado puro y la impotencia del hombre ante ella.

14 de diciembre de 2013

Amabilidad albaceteña


Nunca había estado en Albacete; en torno a la capital manchega no había escuchado excesivos comentarios halagüeños, más bien referencias a a que se trata de una ciudad más bien gris y sin grandes bellezas naturales ni artificiales. Si buscas en la tradición, el nombre de Albacete parece unido a los molinos de Don Quijote, al queso manchego y, sobre todo, a las navajas, un tipo de objeto que trae más a la cabeza las peleas tribales y los coetáneos de Curro Jiménez. Por eso, cuando al mediodía del pasado jueves llegué a Albacete, no esperé que la visita fuera más lejos de los más o menos provechosos frutos de una reunión estrictamente profesional. A la hora de la verdad, los tiempos de trabajo fueron largos y poco tiempo hubo de callejear por allí, además de que la estancia duró poco más de un día. Eso sí, tuve tiempo suficiente para descubrir dos cosas: que la ciudad no es tan fea como la pintan, pues tiene su encanto y su limpieza, y que en todos y cada uno de los albaceteños con los que me relacioné había un denominador común: el de la amabilidad.

En los tiempos que corren, cuando abunda el desengaño, la falta de optimismo y hasta una especie de tendencia inevitable a la crispación y la mala baba, es de agradecer que una serie de personas dediquen todos sus esfuerzos a hacerte grata tu visita a su ciudad. Toda impresión puede tener algo de circunstancial y subjetivo, a la vez que toda actitud puede ser interpretable y la sinceridad de la intención, siempre valorable, pero me parece que no me engaño si considero haber recibido un trato exquisito en las formas y cariñoso, mucho, en el fondo y debo de sentirme obligado al agradecimiento por esto. Tuvimos tiempo de realizar una interesante visita al Museo de la cuchillería de la localidad, donde también fuimos objeto de una atención francamente esmerada y una actitud notablemente simpática por parte de quien nos lo enseñó.

Por eso, puedo decir que el viaje a Albacete, que me dejó por cierto bastante cansado, fue una ocasión para que me reconciliara con la humanidad y supiera valorar la bondad de una tierra y, por encima de todo, de sus gentes.

22 de julio de 2013

Oxígeno recuperado



Hay quien tiene sorprendentes teorías sobre las vacaciones; cada cual somos hijos de nuestro padre y de nuestra madre, y nos gusta dedicar nuestros días de asueto de miles de maneras: excursiones a lugares lejanos, deportes de riesgo, cruceros, relax en la playa, recorrer monumentos, ... hay muchas maneras de ejercer nuestra legítima libertad, siempre, como es lógico, con los condicionantes familiares, económicos, profesionales, etc que todos tenemos. Pero si hay algo que tengo claro es que las vacaciones están para descansar, otra cosa es que no todos descansemos de la misma forma; el otro día escuche la tesis de que uno en vacaciones debe de llegar rendido a la hora de acostarse, como una especie de remedio infalible para dormir profundamente y de un tirón ... y es que hay psicópatas para todo. A quien le guste darse un palizón subiendo un "tres mil" o meterse entre pecho u espalda 200 km de bicicleta, que lo haga, incluso no discutiré que a nuestra salud le conviene el deporte, pero, desde mi punto de vista, el descanso necesario, al menos cuando ya has entrado en la nómina de los cincuentones, tiene bastante más que ver con respirar aire fresco, reducir las obligaciones a las esenciales y buscar con afán la paz interior.

Para algunos la montaña es un reto, para otros un motivo para ejercer el liderazgo, ... incluso hay quien la entiende como el sitio donde uno tiene que emular a las cabras sin parar casi bajo pena de excomunión. ¿Qué cada cual haga lo que quiera!, para mí es simplemente un ambiente idóneo en el que descansar y recuperar esa paz del espíritu que tanto necesitamos, la calma exigible para luego continuar enfrentándote con lo que la vida y el trabajo te deparan. He pasado tres semanas en el Valle de Tena; si he de ser sincero no he trasteado demasiado: tan sólo he buscado relajar tensiones y olvidar problemas y, como se verá mañana, he leído mucho. Eso sí, el Pirineo es, sin duda un lugar en el que disfrutar de la belleza, el paisaje y el aire puro. Escuer, Biescas, Gavín, Santa Elena y el Ibon de Piedrafita son ejemplos de esa belleza necesaria. Me reincorporo a la vida normal, a la rutina diaria, y por ello abro de nuevo el foro con mis mejores deseos para todos, espero que ese aire fresco y esa paz interior me ayuden a terminar cuando menos el año ... y mira que anda complicada la cosa ....

22 de agosto de 2012

La Gomera en llamas


Hace un año la noticia estaba en Hierro, donde un volcán submarino parecía poner en peligro la isla; este verano muchos telediarios nos han provocado cierto estremecimiento con las imágenes de los incendios forestales ocurridos en la isla de La Gomera, vecina a la anterior y ubicada en el océano Atlántico, en la parte occidental del archipiélago. A esta isla se le conoce como la isla colombina, pues Cristóbal Colón antes de partir al Nuevo Mundo en 1492 la utilizó comom lugar de avituallamiento. La Gomera tiene una superficie de 369,76 km², cerca de 25.000 habitantes y cuenta con el Parque Nacional de Garajonay, constituido en 1981 y nombrado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad. Pero todos estos datos los he aprendido buceando por la red ahora que la isla es actualidad, pues hasta ahora solamente tenía conciencia de su ubicación, de que su capital es San Sebastián de La Gomera, de la existencia del silbo gomero, un auténtico lenguaje silbado con el que uno puede comunicarse a distancia utilizando sólo la boca y los dedos y de que entre los canarios los "gomeros" son considerados algo así como en la península los habitantes de Lepe, cosa que seguro es leyenda y exageración.

Ahora La Gomera se ha convertido en actualidad, y desgraciadamente muy a pesar de ella; los incendios, múltiples y tremendos, ocurridos en este calurosos verano nos han puesto de frente con el drama: el colectivo de un pueblo que observa impotente como se ponen en peligro los lugares que suponen su fuente de ingresos, el sostén económico de la isla, y el personal de quienes se ven obligados a abandonar sus casas, a convertirse en nómadas provisionales sin saber lo que se van a encontrar a su regreso. Cuando en los telediarios escuchabas a hombres y mujeres comentar sus cuitas, te convertías en testigo directo de la impotencia y la desesperación que producen fenómenos como éste.

Claro, que cuando asoma la tragedia en España se puede contemplar también un fenómeno positivo, porque aflora entonces la solidaridad, algo que los españoles somos capaces de desempolvar, afortunadamente, con rapidez y facilidad; los atentados del 11-M, el accidente del avión de Spanair en Barajas, el terremoto de Lorca, ... es larguísima la lista de catástrofes ante las que ha tenido lugar una reacción popular admirable: desinteresada, abnegada é ilimitada. Por eso estos dramas tienen el efecto colateral de devolverte la confianza en el ser humano, de poder comprobar que la bondad existe, de confirmar, una vez más, que en este país, con todos nuestros defectos ancestrales y ese egoísmo tan propio de la época, seguimos siendo líderes en solidaridad y estamos a la altura cuando hay que estarlo.

Y al hablar de incendios hay que hacer referencia a la irresponsabilidad de quien los causa, de esa forma de ir por la vida prescindiendo de cualquier precaución, de la negligencia que esconde el egoísmo de prescindir de los demás y de lo que aman los demás, de la pérdida del respeto por lo propio, por la naturaleza, por algo que nos enriquece a todos y algunos viven como si no existiera o no tuviera relevancia. Evidentemente, aún es peor que pueda haber gente que por cualquiera sabe qué intenciones espúreas, qué afán de enriquecimiento, ambición o codicia les lleva a provocar intencionadamente los incendios, ellos no tienen ni justificación alguna ni perdón posible.


28 de abril de 2012

Una "tasca" en Madrid



Estuve lunes y martes en Madrid y tuve la ocasión de quedar con un amigo para comer; es hombre de buen gusto culinario y domina la perfección esos lugares tan especiales que es preciso conocer para que no caer en establecimientos que no te ofrecen unos platos en proporción a la nota que te clavan al finalizar la comida. Así, el lunes me llevó a comer a la "Tasca Suprema", un establecimiento castizo y tradicional donde los halla que se encuentra en la Calle Argensola, una vía perpendicular a la calle Génova. El lugar es sencillo y típico, con una barra decorada con azulejos y un comedo tremendamente acogedor, por mucho que no se exhibe lujo ni exceso alguno. Desde nuestra llegada me di cuenta que la elección había sido adecuada y que quien me invitaba sabía perfectamente lo que hacía.

Nos atendió de entrada el propietario del establecimiento, un hombre que rondaría los 60 años, más bien grueso -¡qué mejor carta de presentación para un restaurante que encontrarte un dueño con buen aspecto- y con esa simpatía castiza tan propia de los madrileños. Sin ninguna duda, un auténtico profesional que sabe venderte bien el producto, entre otras cosas porque tiene un excelente producto que exhibir. La carta era cantada, algo que ya se sabe que tiene el peligro de que todo concluya con sorpresa económica final, pero la ventaja de que cada plato venía acompañado de su correspondiente explicación, lo que viene muy bien a la hora de tomar una decisión al respecto. Desde el primer momento quedó claro que estábamos ante la gastronomía tradicional, ante comida sólida y de siempre: nada de diseños, experimentos ni mezclas raras, sino platos de una pieza: almejas con salsa, fabada asturiana, ensalada de pimientos y patatas, callos a la madrileña, entrecot, merluza, bacalao, atún, ... Eso sí, el hombre nos dejó claro que no nos íbamos a equivocar si optábamos por la gallina en pepitoria, un plato que al parecer casi nadie hace en Madrid y que había sido incluido en la carta a petición de los clientes. Todas las explicaciones iban acompañadas de un estilo "madrileño" inconfundible, pero exhibido de modo amable, natural, sin forzar nada ni hacerse el gracioso: toda una lección de saber estar.

Elegimos un primer plato a compartir a base de almejas y cogollos con pimientos y ventresca de bonito, no teniendo ninguna duda a la hora de optar por la gallina en pepitoria, que efectivamente estaba de sobresaliente. Como en opinión de mi amigo allí se servían los mejores callos de Madrid, pedimos para complementar el segundo una cazuelita, y puedo asegurar que aunque no soy especialmente amigo de este tipo de viandas, los callos estaban buenísimos. Regamos la comida con un Ribera de Duero de cuyo nombre no me acuerdo, pues no soy para nada experto en el tema y a la hora del postre, aunque lo conveniente a unos cincuentones con un par de "stens" instalados hubiera sido la fruta del tiempo, consideramos que estando en Madrid lo procedente era tomarse una torrija, elección que no se como sentó al organismo, pero que si nos limitamos a hablar del sabor, constituyó un acierto total; el café y el Pacharán cerraron la sesión y cada cual se fue a su trabajo: mi generoso amigo a su despacho y yo a una sesión que comenzaba a las 15.30, acabó empezando a las 16.20 e intenté sobrellevarla como pude con tanta pitanza entre pecho y espalda.

La comida fue excelente, pero a lo dicho tengo que añadir el ambiente popular y grato que me encontré; hacía tiempo que no hablaba de gastronomía en el blog, en parte porque estamos en tiempos de crisis y he reducido notablemente mis visitas a establecimientos de cierto relieve, también porque uno ha notado cierto incremento del pudor de hablar de estas cosas y también porque conforme cumples años tratas de poner freno a los abusos. Eso sí, tengo el propósito de que mi visita a la "Tasca Suprema" tenga, cuando menos, su segunda parte.



23 de febrero de 2012

Ecos de Gibraltar



Cuando leo que García Margallo, nuestro actual Ministro de Asuntos Exteriores, parece haber desempolvado el tema de Gibraltar me parece regresar al pasado, a esos años en los que el famoso Peñón aparecía como un auténtico icono de las más históricas y relevantes reivindicaciones españolas. Uno de los recuerdos más vivos de aquellos telediarios de la década de los 60, protagonizados por las armónicas voces de Jesús Álvarez, David Cubedo y un entonces jovencísimo José Luis Uribarri, es el del Ministro de la época, Fernando María Castiella peregrinando de aquí para allá en busca de algún avance en el tema Gibraltar. Eran, evidentemente, otros tiempos, existía ese aislamiento, esa visión parcial de la vida y de las cosas que originaba ciertos fervores patrióticos y unas aspiraciones que posiblemente fueran utópicas y, sobre todo, menos trascendentales de lo que nos parecían.

La crisis de octubre de 1969 supuso la caída en desgracia de hombres como Fraga, Solís Ruiz y el propio Castiella y Franco entregó la cartera de este último a Gregorio López Bravo, quien superó a su antecesor a la hora de salir día sí día también en la tele, pero, al menos yo lo recuerdo así, se habló muchísimo menos de Gibraltar y el nuevo ministro se dedicó a viajar por otros lugares del mundo. Desde aquellos años la cuestión de Gibraltar perdió protagonismo, y como consecuencia lógica se destiñó esa aspiración común de los españoles respecto a un territorio que considerábamos ilícitamente sustraído. También es cierto que vinieron tiempos en los que nos ocuparon asuntos de enorme trascendencia, con la transición, el fenómeno terrorista, las sucesivas crisis económicas, los escándalos de todo tipo, sin olvidar que de unos tiempos a esta parte ya tenemos los éxitos deportivos para hacer patria.

Hace cuatro veranos me di una vuelta por Gibraltar, y allí sentí algo distinto, no era lo mismo que conocer Salamanca, Santiago de Compostela, Ronda, Toledo o San Sebastián, ... ni siquiera París o Roma, era pisar un terreno que en mi infancia tenía un significado bien especial. De vez en cuando ha seguido oyéndose hablar de incidentes, discusiones, desencuentros diplomáticos, pero hasta ahora no parecía que hubiera excesivo interés en recuperar los tiempos de las reivindicaciones. Intuyo que ahora no hay más que escarceos, palabras y gestos, entre otras razones porque llevamos entre manos cuestiones mucho más graves y preocupantes que la titularidad de un montículo de tierra. Pero no deja de sonar bien eso de pretender que los ingleses nos devuelvan algo.


23 de diciembre de 2011

Un "pueblecito" de Huesca



Como de todos es sabido, el Gordo de la Lotería de Navidad ha bendecido la provincia de Huesca; en la localidad de Grañén se vendió la totalidad de las series del número 58.268, una cifra que partir de ahora será casi un amuleto para un buen número de personas a las que la suerte ha beneficiado en medio de una temporada difícil y complicada. He sido testigo de como la noticia colocaba en una nube a unas cuantas personas, y bien que me alegra que a la gente de bien les visite la fortuna al menos una vez en la vida. Huesca y provincia se convirtieron en una fiesta y la brillantez de las mejores sonrisas protagonizaba los rostros incluso de quienes no habíamos comprado el número mágico. En mis manos había un décimo comprado en Grañén, pero el número difería completamente del afortunado, otro año será.

Y, como ocurre siempre, el acontecimiento del gran premio ha convertido en protagonista a un lugar que hasta ahora casi nadie conocía en España, Grañén, una localidad de algo más de 2000 habitantes ubicada cerca de la carretera que va de Huesca a Fraga. Eso sí, una vez más ha quedado demostrada la ignorancia de algunos medios, pues en la edición digital de un diario de ámbito nacional se decía ayer por la tarde que el gordo había caído en un "pueblecito de la provincia de Huesca", como si Grañén fuera un villorrio aislado, sin luz ni agua caliente y casi a punto de la desaparición como lugar habitado. Evidentemente no estamos ante una villa grandiosa de tamaño, pero que nadie olvide que el pueblo donde ha caído el gordo es ciudad puntera de la Comarca de Los Monegros, que abarca municipalmente a otras localidades como Curbe, Montesusin, Fraella y Callen, con una iglesia dedicada a Santiago Apóstol construida en el siglo XVI y de estilo gótico-renacentista, con una zona moderna, estación de ferrocarril y los restos de un castillo. Y por supuesto, con todos los servicios y comodidades que exigen los tiempos que corren.

El que la suerte haya caído esta vez en Grañén cabe también considerarlo como un homenaje del destino a la dureza de una tierra como los Monegros, surcada por el trabajo constante, duro y poco agradecido de hombres y mujeres que saben poco de descansos, vacaciones y holganzas, a ese paisaje árido y agreste, a esa auténtica representación del polvo, niebla, viento y sol que tan bien supo describir y entender Labordeta. Nunca he pisado Grañén, ha sido sitio de paso, aunque en mi corazón hay un rincón para el lugar de origen de alguien a quien siempre he admirado en silencio, una de esas personas cuya sonrisa te hace agradecer seguir vivo, con una mirada que te hace pensar que de ella te puedes fiar, porque sabes que esos ojos no te van a engañar. En cuanto escuché el nombre de Grañén como noticia del día su nombre me vino a la cabeza, y es que la suerte que cada 22 de diciembre proclaman los niños del Colegio de San Ildefonso aseguraría que ha llegado hasta la cabecera de Los Monegros, en buena parte, atraída por un carácter que conquista.




12 de diciembre de 2011

El viernes descubrí que la Torre del Oro también está en Madrid

El viernes pasado me fui con un par de amigos a Madrid; el AVE ha abierto muchas posibilidades si se trata de trastear y la posibilidad de ir y volver en el día desde Huesca a la capital del reino es una de ellas. La intención era recorrer alguna que otra librería, de esas que te dan la oportunidad de comprar bueno, bonito y barato. Conseguimos nuestro objetivo con la que era mi primera visita a "Estudio en escarlata", una librería especializada en novela negra ubicada en la esquina entre Guzmán el Bueno y Fernández de los Ríos, en pleno barrio de Argüelles; el establecimiento lo regenta un matrimonio encantador, de esos que queda claro que saben lo que haga falta de la materia: adquirí tres novelas de otros tres clásicos del género: Westlake, Jim Thompson y James M. Cain. Posteriormente acudimos a uno de los establecimientos que bajo el nombre de "Abaco" venden todo tipo de libros usados: es como un monumento al libro, con estanterías enormes en las que se apilan ejemplares de todo tipo de literatura y no literatura. Allí me sucedió lo que puede ocurrir en estas ocasiones: que hay tanto género que uno acaba perdiéndose y agobiándose ante la posibilidad de elegir, pese a lo cual me hice con un par de novelas de Simenon que no había leído agrupadas en un único tomo. La tercera visita fue a un quiosco de la Glorieta de Bilbao en el que tienen todo tipo de vídeos de películas, allí me hice con una versión de "Cyrano de Bergerac" emitida en un "Estudio-1" de los años 70 y protagonizada por dos clásicos de entonces ya fallecidos: Julio Núñez y Nuria Carresi, así como de un vídeo sacado en su día por "El Mundo" con el film "El león en invierno".

Pero he de confesar que, habiendo disfrutado de los establecimientos citados y del paseo por un grato y concurrido Madrid, el momento mágico del día llegó a la hora del aperitivo. Para la primera "entrega" optamos por "La Torre del oro", un tipiquísimo local ubicado en la Plaza Mayor, junto a la calle Fernán González que reune todas las características para ofrecerte esa felicidad temporal y mundana que de vez en cuando tampoco está tan mal. Había que reponer fuerzas y pienso que elegimos la mejor opción: una manzanilla y la tapa de la casa, que consiste en un pequeño caldito aliviado con unas gotas de Jerez y un mínimo plato de paella: todo estaba delicioso, con especial mención de un caldo absolutamente reparador. Pero junto a la calidad del producto también cabe destacarse lo clásico del lugar:camareros expertos y simpáticos, auténticos profesionales que atienden con gracia y cantan los pedidos y una decoración taurina, con tres o cuatro cabezas de toro y un número infinito de fotos que homenajean a "El Cordobés", "Paquirri", Bienvenida, "El Juli", Enrique Ponce, José Tomás, "El Viti", ... incluidas algunas viejas escenas de Franco en la Plaza de Las Ventas con todo su sabor añejo y, hoy en día, transgresor. La "Torre del Oro" es el típico lugar que uno se apunta para recordar, para recomendar y para volver, ya se ha convertido en uno de mis iconos madrileños y ya son unos cuantos.

Para la segunda campanada del aperitivo elegimos otro lugar castizo, la calle de Cuchilleros, donde se ubican las "Bodegas Ricla", cuyo origen se remonta a 1897 y se llama así por haber nacido su primitivo dueño en el pueblo ubicado en el Valle del jalón. Allí la tapa del día era una albóndiga buenísima en la que se notaba la presencia del eneldo. El establecimiento conserva el sabor antiguo, con una barra de aluminio que llena el lugar e una originalidad especial ... y por supuesto, estaba de bote en bote. Terminamos comiendo en el Mercado de San Miguel, del que ya hablé en otra ocasión,. lugar donde uno se encuentra incluso conocidos de otros lugares de España, que estaba abarrotado de gente y en el que, en medio del agobio del gentío, nos deleitamos con tapas de salmón ahumado, bacalao, arenque, morcilla, jamón, ... regadas con vino blanco y tinto. Hubo postre de dulce y un café en la terraza de la "Botillería del Café de Oriente", sita junto al Palacio Real y cuyo ambiente gratificaban unas estufas instaladas "ad hoc", no sin antes haber entrado a la Catedral de la Almudena, en cuyo interior he de confesar, no sin cierta vergüenza, que no había estado nunca. Después sólo quedó tiempo para regresar a Atocha tras cruzar la parte antigua, que incluyo la parada a por Lotería en la Plaza Mayor y el paso por la Plaza de Santa Ana, donde brillan la silueta del Teatro Español y los gratos olores de los establecimientos hosteleros de la zona.




13 de octubre de 2011

Una isla que solo estaba en los mapas



Hace ya unos cuantos días que la Isla de Hierro protagoniza los titulares de la prensa; los riesgos de erupciones volcánicas y seísmos marinos ha causado una notable, y al parecer justificada alarma entre la población y ha habido que evacuar personas y poner en alerta todos los mecanismos habituales para estos casos. Hasta hoy Hierro era para mí un simple nombre de isla que había aprendido en aquellos tiempos en que las provincias españolas se recitaban de memoria. Pero hay sitios como la citada isla, la de Cabrera, el cabo de Ajo en Santander, el Río Tera o la villa de Sepúlveda cuya existencia sólo conocía por los mapas, y si acaso por la mención de algún literato.

Pero ahora que una posible catástrofe física amenaza la isla, la misma adquiere caracteres de realidad y aparece como un lugar vivo, con personas de carne y hueso y unos paisajes por lo visto bellísimos. La isla de Hierro es triangular, tiene con una costa accidentada y una población de mas de 7000 habitantes, ocupando un área superficial de 278 km2, la más pequeña de las Islas Canarias. Hay quien dice que hasta el descubrimiento de América era considerada el fin del mundo, aunque yo siempre había escuchado que esa condición se atribuía a la zona gallega del Cabo Finisterre. De cualquier manera, si te das un garbeo por los lugares de internet donde se habla de esta isla, compruebas que una vuelta por allí sería, sin ningún género de duda, una actividad gratificante. Al encanto de La Palma, la grandeza de Las Palmas y Santa Cruz de Tenerife, las playas de Lanzarote, los desiertos de Fuerteventura y los "tipismos" de Gomera, hay que añadir este lugar que por lo que uno intuye tiene mucho de misterio y exotismo.

Así, leo que en Hierro destacan "sus espectaculares acantilados, con desniveles de hasta 1.200 m., y las retorcidas formaciones de lava contrastan con la plataforma central, que se presenta como suaves llanadas cumbreras y una gran masa arbórea en la que destacan especies como el pino canario, las fayas, los brezos y las sabinas, que pliegan sus ramas al gusto del viento". De lo dicho uno extrae tres sensaciones tan apasionantes como la grandeza salvaje de los acantilados, la presencia amenazante y casi tenebrosa de la lava y esos árboles que se retuercen con el viento, que suena a desierto y paisaje duro y agreste. Es posible que con frecuencia busquemos encantos y emociones demasiado lejos e ignoremos las que tenemos a pocas horas de avión; y es que tras leer las descripciones del paisaje de Hierro se sueña con películas, aventuras y romances.

Hay pocos habitantes en Hierro, un lugar que siendo cercano puede parecer que se haya bien lejos, especialmente porque algunos -es mi caso- es posible que no nos hayamos esforzado por conocerlo mejor, por hacer algo coherente con una realidad tan tangible como el de que es terreno que se encuentra en nuestro mismo país, y sus gentes son compatriotas nuestros. Llama la atención que la Isla del Hierro haya sido objeto de menos atención en nuestras vidas que la elección de Obama, los incidentes de Egipto o Libia, la crisis de la NBA o el Milan de Berlusconi: también lo propio es importante.




15 de agosto de 2011

La Virgen de San Paio

El Monasterio de San Paio (San Pelayo) es una de las muchas joyas que tiene Santiago; pertenece a la orden benedictina y es uno de los más antiguos de España, habiendo sido fundado en el siglo XI por el rey Alfonso II con la misión de custodiar las ermitas que guardaban los restos del Apóstol y sus discípulos; San Paio (San Pelayo) fue al parecer un santo martirizado en Córdoba cuando era un niño. Está ubicado en una de las esquinas de la Plaza de la Quintana y en el interior de su iglesia destaca un retablo barroco enorme e impresionante, aunque dentro del Museo, que no llegué a visitar, parece que hay cuatro retablos más del mismo estilo. En él viven un número importante de monjas benedictinas a las que da gusto escuchar cantar en gregoriano durante alguna de las misas que se dicen allí. Se trata de una de esas iglesias de suelo de madera, de ese que cruje al pisarlo, con unos bancos vetustos y un ambiente propicio para el incienso, la calma y la piedad. No obstante, con toda la sobria belleza que, a pesar del barroco, destila la nave de la iglesia, lo que más llama la atención es la escultura de la Virgen existente en la parte izquierda del retablo principal, una de las imágenes´de Nuestra Señora más bella que recuerdo.

Destaca en primer lugar que la Virgen luce una sonrisa de oreja a oreja, un detalle que ayuda, no cabe duda, a rezar, a salir de allí con la idea firme de que siempre vale la pena sonreír, que como ella hace no podemos negar al resto del mundo, conocido o no, una cara afable y jovial. Se trata de la talla de una Virgen guapísima, joven y radiante; y eso no es nada fácil de conseguir, porque con frecuencia nos encontramos con "crometes" o imágenes que parecen de pasta flora, con tallas que muestran tan buenas intenciones como frustrantes resultados. No es sencillo lograr reflejar la belleza de la Madre de Dios, y quien hizo la Virgen de San Paio lo consiguió plenamente.

Una imagen así invita a rezar; ante ella es fácil pedir, agradecer, pedir perdón ... o, sencillamente, estar, dejar pasar el tiempo descansando con la contemplación de lo bello, de alguien cuya visión da paz y serenidad. La cara de la Virgen de esta iglesia es la cara de la maternidad, una mirada donde no cabe el reproche, la visión negativa, la indiferencia, es la cara de una madre cariñosa, amable, desdramatizadora y dispuesta a todo. Entrar un momento a San Paio es como ir a saludar a alguien próximo y, tras marchar de Santiago, uno siente que deja, en espera, a alguien querido.


4 de agosto de 2011

Anochecer en Plaza de la Quintana



No cabe duda de que uno de los lugares especiales, distintos, mágicos de Santiago de Compostela es la Plaza de la Quintana, que rodea la Catedral y desde donde se accede a la Puerta Santa; se trata de un lugar que destaca por su austeridad y en la que existe una enorme escalinata en la que se suelen sentar los peregrinos para tomarse un merecido y necesario descanso. Por la noche en Plaza de la Quintana se escuchan las campanadas de la Catedral, algo que le da un toque de encanto y misterio llamativo. En verano se instala un gran escenario desde donde se pueden escuchar conciertos y actuaciones de todo tipo.

Enfrente de dicho escenario, en el lugar más elevado de la plaza existe la terraza de un bar que en las frescas noches del julio santiagués se convierte en lugar deseable para, además de contemplar la belleza del lugar, sentir el contacto de los ciudadanos que por allí pululan y escuchar los sonidos que dan a la vida ritmo y serenidad, tomarse una cerveza, un gin-tonic o mi descubrimiento de estos días, una copa de "Cointreau" con mucho hielo y dos o tres granos de café. Lo de menos, no obstante, es el contenido de la copa, pues todas las circunstancias externas de la Plaza de Quintana permiten disfrutar de unos momentos que relajan el cuerpo e inspiran el alma y si hay contigo alguien con una buena conversación que ofrecer lo único que hubieras podido lamentar sería no haber acudido a la cita.


3 de agosto de 2011

Conciertos en Rua del Villar




Los jueves y domingos del verano suele haber concierto de la Banda de Música de Santiago de Compostela en la Rúa del Villar; los jueves acostumbran a ser a media tarde y los domingos a las 12.00 de la mañana. Durante mi estancia en dicha ciudad me acostumbré a acudir con frecuencia a dichas actuaciones que, muy lejos de tener el empaque de las grandes orquestas y sin el especial toque mágico de los conciertos de música clásica o barroca que se celebran en algunas iglesias, tienen su encanto y, en menos de una hora, la orquestina obsequia a los asistentes con cinco interpretaciones y una propina llenas de gracia y muy bien tocadas. Diversas piezas de música gallega -muñeiras, rapsodias, ...- y composiciones tan conocidas como "Las bodas de Luis Alonso", "Maruxa", "Gigantes y cabezudos" o "Paquito Chocolatero" fueron sonando ante el interés de un público bastante numeroso, entregado a quienes tocaban y dispuestos a aplaudir con la fuerza y durante el tiempo que hiciera falta.

Se creaba un ambiente delicioso, con un pequeño grupo de espectadores sentados -casi el 100% abuelos y abuelas que imagino acudirían un buen rato antes para coger sitio- y vecinos y turistas escuchando desde ventanas y soportales, casi siempre con cara de felicidad y satisfacción, porque este tipo de música popular y sencilla suele ser recibida con generosidad y poca exigencia. De cualquier manera, puedo asegurar que los músicos lo hacían francamente bien, con un joven director de orquesta que dominaba absolutamente su decisiva función. Los músicos iban equipados con uniforme azul marino y había una importante representación femenina; mi lamentable ignorancia musical me impide referir todos los instrumentos existentes, pero había trompetas, trombones, saxofón, clarinete, flauta, platillos, tubas, ... y unos cuantos más. Al final de cada interpretación y ante los aplausos de la gente el director invitaba a saludar a quienes habían tenido una intervención principal y, posteriormente, a la totalidad de la orquesta.

Además de disfrutar con la música, resultaba interesante dar un repaso a las caras y actitudes de los espectadores, que en general manifestaban despreocupación, serenidad, sana alegría y satisfacción, como si existiera una identificación total con los músicos y con lo que éstos tocaban, posiblemente porque las personas en un momento dado somos capaces de mostrar nuestra solidaridad y nuestro agradecimiento a quienes nos están ofreciendo, gratuitamente por cierto, un servicio artístico y grato. Si al final del concierto alguien propusiera que músicos y espectadores se fueran juntos a tomar unos vinos intuyo que el éxito estaría asegurado, y es que hay situaciones en las que se produce una especie de vínculo de cariño entre personas inicialmente desconocidas.

También es un entretenimiento interesante, casi un ejercicio de sociología, contemplar a los músicos durante la actuación, con los cinco sentidos puestos en su papel, algunos volcados en el instrumento que usan y otros a la espera de su turno; especialmente llamativos los momentos en los que toca pasar página de partitura, ejercicio en el que se les ves perfectamente entrenados. Y una especial mención para la chica del clarinete; su papel debe de ser importante, pues casi siempre era elegida por el director para saludar individualmente tras la canción; se le veía una especialísima concentración en su trabajo y, en ocasiones, tocaba con tal intensidad que se hinchaba y ponía roja hasta que uno sentía miedo de que acabara dándole un "yuyu". Tengo que reconocer que me quedé prendado de la chica del clarinete, me convertí en su anónimo admirador y decidí quedarme con la copla de que entre tanto experto era la mejor.


6 de junio de 2011

Madrid reivindicado


El pasado lunes hablé de mi estancia del sábado anterior en Barcelona; el día había salido perfecto y la ciudad condal quedó definida como un lugar cosmopolita, culto, bien urbanizado y con monumentos bellísimos, además de un sitio donde uno se o puede pasar estupendamente en unas pocas horas. Esta semana que acaba de terminar tenía un curso de carácter profesional en Madrid, con lo que surgía la oportunidad de contrastar experiencias; Madrid, evidentemente, no es nuevo para mí y ya sabía de sus excelencias, pero en esta ocasión he tenido la oportunidad de pasar unas horas con un "lugareño" que me ha ofrecido una versión excelente de una zona bien típica de la capital del reino. Mi "cicerone" fue el mismísimo Driver, quien demostró que como guía tampoco tiene parangón.

Nuestro encuentro fue plenamente improvisado, pues los avatares de la propia vida exigieron adelantar una cita que había quedado fijada para el sábado 4; sobre la marcha cambiamos de planes -no se trataba de retrasar un encuentro recíprocamente deseado- y a última hora de la tarde del jueves me recogió en el Hotel "Prisma" -muy representativo de la discreción y pulcritud de la cadena NH- y tomamos una primera decisión acertada: cenar en el Mercado de San Miguel; este lugar, del que curiosamente acababa de hablar en tonos bien elogiosos, es una muestra más de como la iniciativa y la imaginación pueden convertir un edificio en franca decadencia en un lugar de éxito. Para acceder hasta allí hubimos de pasar en primer lugar por una Puerta de Sol convertida casi en un pueblo chabolista por los restos de indignados que seguían allí y una Plaza Mayor que de noche adquiere, por la luz, por el ambiente y por toda la magia que conlleva, un sabor muy especial. El Mercado de San Miguel presentaba un aspecto espléndido: los jueves por la noche son siempre un punto de encuentro los jueves por la noche; disfrutamos de una cervecita y unas cuantas tapas apetecibles en las que aparecían morcilla, queso de cabra, jamoncillo, ... y sobre todo resultó ocasión para romper el hielo y plantearte que se ha de volver más veces. Tras dar un recorrido meramente orientativo por otros puestos dimos por finalizada la primera etapa.

Comentamos Driver y yo acerca del gin-tonic que en Barcelona no había sido precisamente de 1ª división, razón por la cual vimos en el tema cierta ocasión de revancha, con lo que la decisión fue dirigirse a tomar uno en torno al Palacio Real. De paso pudimos ver el Palacio Real, un edificio que evoca tantas cosas gratas, como la buena música, el arte, la cultura, ... y posteriormente encontramos en la Plaza de Oriente un oasis de paz en medio de una noche en la que habíamos encontrado hasta entonces un notable bullicio de personas. Paseamos por los jardines, contemplamos la estatua de Felipe IV y sacamos conclusiones del monumento que en un lateral homenajea a los soldados que lucharon en las guerras coloniales, y en concreto a un tal Luis Noval, que acabo de averiguar era un heroico cabo que murió en la guerra de Marruecos de 1909; en internet he encontrado el siguiente relato: "El cabo fue capturado mientras recorría una noche la línea de escuchas del campamento intentando los marroquíes tomarlo por sorpresa haciéndose pasar por españoles gritando "¡Alto el fuego que somos españoles!". Cuando un oficial español ordenó el alto el fuego al distinguir al cabo, éste advirtió a sus compañeros diciendo "¡Tirar, que vengo entre moros! ¡fuego! ¡viva España!". Roto el fuego, se rechazó el ataque con grandes pérdidas, falleciendo el cabo en el ataque."

El gin-tonic en el "Café de Oriente" resultó excedente, aún más si cabe por la compañía y la conversación; ese trata un café-restaurante tan antiguo como bien rehabilitado, con unas columnas de mármol y una decoración elegantísima. Los camareros de este tipo de establecimientos, y esto es una teoría muy personal y discutible, suelen ser más bien mayores y presentar un aspecto distante, serio y hasta de cierta superioridad, como si vieran en algunos clientes cierto aire de pardillos y tuvieran que resignarse a servir a gente que les puede venir grande el lugar. Tras la charla amena tocó poner punto final a la velada y volvimos sobre nuestros pasos, repitiendo el paseo por una Calle Mayor llena de ambiente y una Puerta del Sol cargada de reivindicación.

Sin ninguna duda, Madrid estuvo a la altura y pocos ciudadanos españoles pueden presumir de haber pasado, el plazo de cinco días, dos jornadas estupendas por los centros neurálgicos de Barcelona y Madrid: ¡casi nada¡. Ah!, y a Driver le debo una.


30 de mayo de 2011

Volver a Barcelona



El sábado estuve en Barcelona: siempre acabas encontrando un motivo para marcarte un capricho y conspiré con mi amigo Brunetti para montarnos una jornada en la capital de Cataluña: era una ocasión de estar juntos y compartir vitalismo, de recorrer lugares "estratégicos" y de coger aire para seguir enfrentándonos a los fantasmas cotidianos de cada cual. Eso sí, el antojo exigió cierto sacrificio, y a las 6.00 de la mañana cogí un autobús en la "Intermodal" de Huesca para llegar a la ciudad Condal minutos después de las 10.00: "madrugón" y "palizón" en bus fue un precio que valió la pena. Y es que en cuanto te bajas de vehículo ya respiras ese aire universal, cosmopolita y moderno que uno respira por allí, algo de lo que al menos yo me he ido dando cuenta conforme me alejaba de una ciudad donde viví dos años de mi vida y de la que estuve a un paso veintidós más.

Barcelona tiene muchos aspectos positivos, es bonita, su urbanización razonable, la acogida de los Juegos Olímpicos de 1992 la convirtió en una ciudad moderna y atractiva y hay montones de lugares que merece la pena ver, a lo que cabe añadir para algunos ese toque de nostalgia, algo que empecé a vivir en cuanto pisé la Diagonal y vislumbré, aunque fuera desde la otra acera, la Facultad de Derecho que albergó mis primeros pasos por el mundo jurídico; incluso al coger la Línea 3 del metro e ir atravesando las estaciones que van de María Cristina a Plaza Cataluña -Sants, Poble Sec, Paralel, Drassanes, Liceo, ...- fui sintiendo ese hormigueo que notas cuando reverberas sensaciones de hace 30 años como si fueran hoy. La Diagonal, el Metro, el aire, el ambiente, ... todo llevaba a volver sobre tus pasos en el tiempo, a tratar de recuperar experiencias, esperanzas y sinsabores.

Encontré a mi amigo en la puerta del "Corte Inglés" de Plaza Cataluña, no sin antes tropezarme con un abogado valenciano que vivió bastantes años en Huesca, y es que el mundo es tan pañuelo que en caso como éste Barcelona hasta se equipara con la capital donde vivo. ¡Que viejo encontré" el "Corte Inglés", pero ahí se conserva, vivito y coleando, que no es poco en los tiempos que corren. Tras el saludo nos dimos una vuelta por el montaje que el mundo "anti-sistema" ha establecido en el centro de la plaza: ambiente libertario, pintas llamativas, aires de mundo alternativo ... realmente un panorama llamativo que uno no se imagina cómo puede acabar. Y de ahí iniciamos un paseo por las Ramblas, algo que es como la quinta esencia de Barcelona: el ambiente -serían las 11.00 de la mañana- era espectacular, con luminosidad, colorido, individuos de todos los pelajes y ese aire semi-festivo, semi-cultural, semi-ácrata que les da un aire distinto.

Y así llegamos a "Negra y Criminal", la librería de la que he hablado tantas veces, ubicada en plena Barceloneta y que era una de las razones que justificaban el viaje; allí estaban, puntuales y laboriosos Paco Camarasa y su mujer, Montse, con quienes compartimos opiniones, novedades, lecturas e historias diversas, con una noticia deseada hace tiempo: en octubre saldrá a la venta la tercera novela de Domingo Villar, con el inspector Leo Caldas de protagonista y la esperanza de que el gallego confirme su condición de primer espada de la novela policíaca española. Se encontraba también en la tienda un joven autor catalán que presentaba una novela y un buen número de clientes con los que se crea un ambiente delicioso de buena armonía y complicidad. Adquirí unos cuentos ejemplares de los que iré dando cuenta en este mismo lugar, planeamos organizar algún montaje "negro-criminal" en Huesca y nos despedimos felices de haber ingresado en un mundo tan especial. Creo sinceramente que, al menos quienes vivan en barcelona, no tienen perdón de Dios si no se pasan alguna vez a conocer ese mundo mágico, y si lo hacen en sábado por la mañana, disfrutarán también del vino y los mejillones que allí se degustan.

Pero un día como el vivido no sería completo sin una buena pitanza, y cuando el acompañante de uno sabe de que va el tema no hay como dejarse llevar para tener éxito en la empresa de comer bien, y si andas por la Barceloneta no es preciso salir de ella para encontrar el lugar adecuado, así que tras una cañita en un grato chiringuito al lado de la playa, nos dirigimos al Restaurante "Salamanca", toda una especie de emporio de la gastronomía en el que, a priori, llaman la atención dos cuestiones: la tremenda amabilidad de los camareros, que eran muchísimos, por cierto, y el estar los comedores forrados de fotografías del dueño, un antiguo presidente de la U.D. Salamanca llamado Silvestre, con todo tipo de famosos: entre otros distinguí a Pedro Almodóvar, Mariano Rajoy, Jordi Sevilla, Sofía Loren, Txiqui Beguiristain, ... La comida respondió a lo esperado y dimos cuenta de una excelente paella de carne.

Tras oxigenar las entretelas con un gin-tonic de cierto medio pelo, pensamos que un buen colofón a lo vivido era dar un paseo por el barrio del Borne, un lugar lleno de belleza y sabor barcelonés que a esas horas de la tarde, alrededor de las 17.00, se encontraba lleno de ciudadanos y turistas que aportaban vitalidad al escenario. Y en medio del barrio, ¡cómo no!, lucía con el esplendor supino de siempre Santa María del Mar, un auténtico monumento de belleza y luz, una visita que cada vez que uno la realiza se convierte en una experiencia indescriptible, única. Rezar a la Virgen allí tiene que ser, si cabe, más productivo en un lugar donde Ella tiene que hallarse tan a gusto. Se iniciaba en ese momento una boda y presenciamos la ilusión de novio y novia, que no habían podido elegir lugar mejor para unir sus vidas para siempre.

Teníamos que regresar a la Estación de Sants, para lo que atravesamos Vía Layetana, la Plaza de la Catedral y el Portal del Ángel, llegando al Metro de Plaza Cataluña para iniciar el viaje hasta Sants, donde en esta ocasión opté por la comodidad del AVE para regresar a Zaragoza y de ahí a Huesca. En la ciudad se respiraban entonces los prolengómenos de la Final de la Champions League, a los que sucedieron la tensión de los 90 minutos y la explosión de un júbilo imparable, pero de eso ya no fuimos testigos.


25 de abril de 2011

Dos caras amables del Pirineo


Hace años que un buen amigo me persigue para hacer una excursión por los miradores del Valle de Ordesa; tras varios planes fallidos el pasado sábado santo, en compañía del citado, de su mujer y de algunos amigos más pudimos por fin cumplir nuestro deseo y, en la furgoneta que a tal efecto conduce un primo de mi amigo, un profesional auténtico en la función de guía turístico de la zona, recorrimos uno de los parajes más bellos del Pirineo.

El día venía nublado y, a ratos, llovió bastante, pero valió la pena recorrer por la Pista de las Cutas los distintos miradores y ver en vistas formidables lugares como Cotatuero, la Cola de Caballo, el río Arazas, la senda de los cazadores, la faja Pelay, Bujaruelo, ... y, al al mirador más alto, contemplar una visión maravillosa del propio valle, de los de Añisclo y Pineta, la Brecha de Roldán, el refugio de Goriz y, por supuesto, "los tres sorores": los picos míticos del Monte Perdido, Marboré y Añisclo. Por el camino vimos también unos cuantos sarrios y alguna que otra marmota, con lo que la mañana fue completa y el frío y la lluvia sufrida valieron la pena.

El precio que pagué, de esta excursión de andar poco, más bien acomodaticia y muy lejos de lo que tal vez las necesidades de la buena salud exigirían, fue aguantarme los miedos de viajar, por una pista mojada y estrecha, bordeando unos precipicios notables que me hicieron temer en alguna ocasión acabar allí mis días, temor completamente injustificado pero que uno no puede evitar.

El día fue completo, pues terminamos comiendo en el restaurante "Casa Frauca", de Sarvisé, una asignatura que hace años tenía pendiente. No me decepcionó y puedo garantizar a quien tenga la ocasión de acudir pasar por allí comida casera y precio bastante asequible. Por mi plato pasaron unas migas con huevo frito y un excelente lomo de buey, y por los vecinos una ensalada de cogollos con bonito de un aspecto excelente, unas alubias con chorizo que juegan la liga de campeones, un redondo de ternera de nivel A, pollo de corral sin trampa ni cartón y jarretes de cordero que hacían honor a la fama del cordero aragonés. Y, por encima de todo, un ambiente excelente y el recuerdo de unas vistas cercanas a lo que se debe contemplar en el paraíso.