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29 de mayo de 2020

Ese quiosco de antaño


Hay ocasiones en las que al reavivar un recuerdo de infancia, no te limitas a ejercitar tu cuota de nostalgia, sino que realizas un acto de justicia ... un homenaje a algunos que pasaron de puntillas, hicieron el bien con las dos manos y ya sólo les recuerdan sus más próximos y fieles allegados.

En la acera de la primera manzana de los impares del Paseo María Agustín andaba instalado en los años 60 y 70 un puesto de golosinas que regentaba un matrimonio encantador: respondían a los nombres de Pascual y Jorja y por entonces me parecían mayorcísimos, aunque seguro que por en aquellos tiempos su edad no llegaba ni de lejos a la que ahora tenemos los niños que fuimos sus incondicionales clientes. 

Al principio el puesto consistía en un sencillo carro de ruedas, que si la memoria no me falla llevaban y traían desde casa a diario. Con el tiempo el "establecimiento" se modernizó, alzándose un kiosko de madera que creo recordar era verde.

Allí, durante años, compraba los paquetes de pipas, cacahuetes o kilos, los chupa-chups, chicles -bazooka , dubble dubble, cosmos, ...-, palotes, regalices, sidral y otras fruslerias. También se exhibían productos de mayor fuste como almendras garrapiñadas, pastillas de café con leche, caramelos Sugus y chocolatinas redondas de Nestle, ... material que resultaba inalcanzable para el presupuesto personal de un chaval de la época.

El puesto se beneficiaba de una ubicación privilegiada: estaba a las puertas del acceso a la vieja estación de autobuses de "Agreda automóvil", había consultas cercanas de médicos y dentistas, era lugar de paso a la antigua estación del Portillo y, por encima de todo, era ruta habitual de los alumnos y alumnas que iban y volvían, cuatro veces al día, a los colegios de la zona.

Pero sobre todo, por más allá del capricho infantil, lo atractivo de la mercancía o la necesidad de tener un detalle al hacer una visita, el éxito del negocio se fundamentaba en la grandísima simpatía y bondad de sus "gestores". Pascual y Jorja eran de una amabilidad que solamente podía ser auténtica, él más serio y contenido, con una sonrisa que era permanente, mientras Jorja destilaba cariño por los cuatro costados.

El tiempo como suele suceder, fue trayendo problemas. Todo comenzó a ser más sofisticado, ... aparecieron pizzerías, hamburguesas, franquicias abrumadoras, ... y los niños se volvieron clientes olvidadizos. Pascual tuvo un cáncer de garganta que le dejó sin voz -no sin sonrisa- y falleció años después. Jorja aguantó. con el entusiasmo de siempre hasta la jubilación. Muchos años después, viviendo yo en Tarragona, leí su esquela en el Heraldo.

Me duele pensar que las pequeñas cosas de la vida pasen tantas veces como un soplo de aire, y sean tesoros que no sepamos guardar con el primor que merecen en el cofre de nuestro corazón.
Al menos sirvan estas líneas de homenaje. Confío que allá arriba descubramos que el kiosko de Jorja y Pascual ha recuperado el esplendor de sus mejores días.

6 de septiembre de 2018

AIre fresco en León XIII


El regresar a Zaragoza cuarenta años después tiene su encanto y sus particularidades. Hasta mi marcha en el verano de 1977 mi vida tuvo mucho que ver con la Puerta del Carmen, pues vivía en el paseo María Agustín y ese era el punto de partida para muchas cosas. De vuelta a casa, he ubicado mi vida en lugar, si cabe, más céntrico y ahora mi entorno queda establecido en León XIII y alrededores.

Justo enfrente de mi domicilio se encuentra el "Catorce", cafetería de la que había escuchado hablar y no parar -siempre muy bien-  desde su aparición cerca de la esquina con Constitución, pero que no había "catado" hasta mi llegada a dicha zona. Y puedo decir que he visto y comprobado que el "Catorce" es como el rincón grato que todos tenemos por ese barrio. Un lugar donde estás a gusto, te sientes bien tratado y encuentras paz, alegría, ... aire fresco. Podría hablar de un café excelente, unas tapas inmejorables y un menú y una carta de primer nivel, pero me quedo con el trato, con las sonrisas, la atención y ese toque de simpatía que se han convertido en código de barras de la casa. Incluso me resulta delicioso que yendo con algún amigo me digan eso de "chicos" ... que no deja de ser estimulante cuando a uno le quedan dos meses para llegar a los 60 ...

He de admitir que me da cierto corte decir estas cosas, que pienso ¿qué dirá la gente del establecimiento si leen ésto?. Hay quien me ha dicho que en este blog a veces me paso de "coba" ... pues mis disculpas. Pero también mi agradecimiento a la gente del "Catorce",  a quien lo dirige y a quienes lo atienden: no es fácil estar tras un mostrador, asumir las ocurrencias del cliente, ... que a veces es, sin más, aguantar impertinencias. De verdad, dudo que se pueda hacer mejor. Un placer entrar allí.

17 de diciembre de 2017

Cierra una cafetería de siempre


Tras regresar a Zaragoza cuarenta años después, comprobé que todavía quedaban establecimientos de mi "primera época", aunque también confirmé que cada vez iban siendo menos. El último "susto" me lo llevé el otro día al leer en "Heraldo de Aragón" que al finalizar el mes, antes de que la uvas den paso al 2018, cerrará la Cafetería Benidorm, uno de esos bares tan adecuados para tomar un excelente aperitivo de tapas como desayunar camino del trabajo o tomarte un café sentado tranquilamente en la terraza. La vida del "Benidorm" ha superado los cincuenta años, dato que deja claro la profesionalidad de quien lo lleva y el excelente servicio prestado, pues en negocios de eta naturaleza solamente sobrevive tiempo quien sabe hacerlo bien.

La cafetería está ubicada en la Avenida Goya, muy cerca de la esquina con Fernando el Católico donde estaba hace ya bastantes años el Cine "Gran Vía". Mi recuerdo del establecimiento va unido al del "Bar Chile", un local bastante más pequeño que no aguantó en pie ni la mitad del tiempo de su vecino. La última ocasión en que visite la "Cafetería Benidorm" me tomé unos calamares excelentes junto con un amigo, y puedo dar fe de la bondad del producto y la elaboración.

El "Benidorm"  a lo largo de más de medio siglo, ha sido testigo de buena parte de la vida ciudadana: generaciones de estudiantes que se dirigían a la Ciudad Universitaria, largas filas de zaragocistas camino de una "Romareda" donde, durante la vida del negocio, se vivieron momentos brillantes e históricos: ¿quien sabe si allí aterrizó más de un hincha del Feyenord o el Chelsea a ahogar las penas de su derrota, o celebraron nuestros amigos blanquillos los goles de Arrúa, "Pichi" Alonso, Rubén Sosa, Savo Milósevic o ... ¡por supuesto!, Nayim. 

¡Larga vida la recuerdo de la "Cafetería Benidorm"!.

http://www.heraldo.es/noticias/gastronomia/2017/12/14/el-cafe-benidorm-cerrara-antes-fin-ano-1213766-1311024.html

2 de marzo de 2017

Otra tienda que se marcha


Pasé ayer por la calle Alfonso, como tantas veces. En esta ocasión comprobé que había novedades, de esas que te dejan un sabor agridulce, que remueven tu nostalgia y te hacen comprobar, una vez más, que por mucho que dure, todo tiene su fin. Al pasar por "El Pelicano", la zapatería que en mis tiempos jóvenes era casi lo más "top" de los establecimientos del ramo, vi que lucía el tremendo cartel de "liquidación por cierre". 

Hace ya tiempo que la tienda sonaba a cosa pasada, a establecimiento de otros tiempos, ... aunque pienso que siempre ha conseguido mantener ese aire de distinción. No ha pasado mucho tiempo desde la última vez que estuve y volví a encontrarme con ese dependiente mayor, ... tal vez el dueño, que sabe lo que vende, que puede presumir de tener las mejores marcas, de vender calidad.Los sillones, el tapizado de la pared, los muebles hace tiempo que pasaron de moda, hasta los calzadores son de otra época. A pesar de todo seguía siendo una tienda "de siempre".

Ahora se estilan otros calzados, se opta por el diseño, la originalidad, la comodidad, ... sino esos almacenes que ofrecen dos pares por uno o alinean los zapatos como si fueran lechugas. A lo mejor hay quien me tacha de antiguo, de rancio o de pijo, pero dudo que encuentre un sitio similar para comprar mis zapatos.

Ah¡¡¡ ... un 40% de descuento, tal vez aún se esté a tiempo de "pillar" algún chollo. 


8 de febrero de 2017

Antiguos supervivientes


Me pongo a recordar el Paseo Independencia de mi infancia zaragozana y compruebo que de aquellos porches no quedan demasiados establecimientos. Sin comprobaciones concretas ni afanes exhaustivos, observo que hace ya tiempo que no están las librerías "Lepanto" y "Gacela", de la misma manera que terminaron cayendo "Marín Chivite" y "Comercial Millán", los cines "Avenida", "Actualidades", "Dorado" y "Coliseo Equitativa", así como el teatro "Argensola", la granja "Kelito", el "Stork club", las cafeterías "Ceres", "Roma" y "Avenida" o los restaurantes "Bienvenido" y "La Maravilla".  El actual "Las Vegas" no tiene nada que ver con el de entonces, y hace décadas que no existen el "SEPU" y "Galerías Preciados", por mucho que otros propietarios ocupen sus edificios, a la vez que los "Helados Italianos" se han cruzado de acera y los "Espumosos" empiezan a estar en todas partes menos en nuestro céntrico paseo principal.

Por eso resulta tan llamativo como grato observar que entre las cenizas de tantos lugares entrañables para varias generaciones y al lado de nuevas tiendas y franquicias, sobrevive una pequeña bombonería, "Soconusco", tan cargada de historia como de "delicatessen". De niño  veía el lugar como una especie de "fruta prohibida", un lujo para momentos excepcionales. El local es pequeño, por dentro y por fuera, y en su interior te atienden sin prisas, a ritmo pausado porque la calidad y la dulzura de sus productos exige calma, fuego lento. Allí sigue vigente el papel sedoso, las cintas de dos colores que se envuelven con lazos delicados, las bandejas de cartón de diversos tamaños, las cajas para bombones y todo esa parafernalia encantadora y que desearía fuera inmortal.

En "Soconusco" se puede seguir soñando con caramelos de calidad, con toffes que se deshacen en la boca, pastillas de café con leche, bombones variados, incluídos esos de licor envueltos en papel brillante y que explotan en la garganta, los "cortados de Uña", confites, turrones que se venden a peso, anguilas de mazapán toledano, lenguas de gato, trufas, bocaditos de nata, ... Todo un canto a las confiterías de siempre, las de regalos espléndidos, las de los domingos al salir de misa, ... establecimientos a los que se acude sin prisa, porque termina resultando tan delicioso el protocolo comercial como el producto que se compra y se consume.

20 de abril de 2016

Mañanas de domingo


El domingo pasado estuve en Zaragoza; quienes me conocen saben que es una debilidad, un modo de descansar, un recurso sentimental. Hace casi cuarenta años que salí de allí -no renuncio a volver pronto- y sus calles, sus edificios, el aire que se respira, ... siguen siendo fuente de nostalgias y recuerdos.

La ciudad ha cambiado mucho: las edificaciones, la distribución -¡y hasta el nombre!- de las calles, la forma de vestir de las personas, los establecimientos comerciales, ... ¡todo es tan diferente! ... Pero a la vez, comprobé que las mañanas del domingo siguen teniendo parte del sabor de antaño, esas mañanas de luz y tranquilidad, de familias por las calles, de misa de 12 y aperitivo posterior, de pastelerías repletas de quienes esperan su turno para endulzar la comida del mediodía, ... con la paz que da la ausencia de prisas, la relajación de las inquietudes.

Benditas mañanas de domingo, tiempo en que las esencias no han cambiado, por mucho que lo haya hecho el aspecto exterior. Hatas el tranvía nos ha devuelto el sabor de los viejos tiempos.


23 de marzo de 2016

Cuando hay algo más


Ayer por la noche anduve por Zaragoza "de procesiones". Estas noches de frío, tradición, oraciones silenciosas y calles alimentadas por ruidos de pasos y actitudes de respeto trajeron a mi memoria los años zaragozanos de mi infancia, adolescencia y primera juventud, tiempo vivido en esa Zaragoza que, a la vez que ha cambiado tanto, sigue manteniendo sus tradiciones, ... es decir, fortaleciéndolas.

Un viejo amigo de la infancia me había ofrecido no hace mucho la posibilidad de asistir a la salida del Cristo del Refugio, al que acompaña la Cofradía de la "Hermandad de la Piedad" hasta San Cayetano y, una vez allí, presenciar el encuentro de Jesús con su madre, la Virgen de la Piedad  que sale a recibirle desde la iglesia citada, en el marco incomparable de su fachada de alabastro, con el escudo de Aragón, en una escena que permanece en el corazón de quienes años tras año la contemplan y estremece a quien la observa por vez primera, mientras en el suyo surge el deseo de que ya no lo abandone nunca. Anoche, en torno a las 22.30, fui consciente de estar viviendo uno de esos momentos en los que algo del cielo baja a la tierra, cuando sientes que algo pasa ... que no es sólo emoción, belleza, nostalgia, sentimiento, ... que hay bastante más.

Tanto en las inmediaciones del refugio, cuando poco a poco los cofrades de la "Piedad" van configurando el inicio de la procesión, en unos momentos en los que vives la tensión, la delicadeza, ... la esperanza de tantos hombres vestidos con recias vestes blancas y capirote azul oscuro, clavando la cruz en el pedestal y comenzando a llevarlo a hombros al ritmo que marca el piquete, como en la referida conclusión en San Cayetano, hubo tradición, respeto, emoción contenida, ... pero sobre todo, hubo transmisión de la fe, la piedad, el amor que va pasando de generación en generación ... y que tanta falta nos hace.

Mi agradecimiento a Juan y a todos.


29 de diciembre de 2014

Un Mesón que ya es historia


La noticia no es de ayer, ya hace varios meses que cuando cruzo el paso de peatones que une en Zaragoza el Paseo Pamplona con el de María Agustín, un chaflán que protagonizó casi a diario los primeros dieciocho años de mi vida y que he vuelto a frecuentar desde que hace más de trece regresé a Aragón, compruebo que el local que durante tanto tiempo ocupó el "Mesón del Carmen" está cerrado y con carteles de traspaso. No cabe duda de que los años no perdonan y el restaurante citado hace tiempo que había dejado de ser referencia importante en las ofertas gastronómicas de la ciudad, pero no puedo evitar sentir algo de nostalgia y cierto vacío interior al comprobar que desaparece de nuevo uno de esos lugares que cuando eres niño tienes la sensación de que son poco menos que perennes.

El "Mesón del Carmen" era posiblemente el último resquicio de la primera manzana de los impares de María Agustín en su parte de Hernán Cortés -Madres Sacramento y Capitán Esponera, que ahora se llama no se como, son las otras calles que la componen-, el último establecimiento que ha aguantado los envites del tiempo, las circunstancias de las épocas y los caprichos de la gente. Allí estaba la salida de los autobuses de "ägreda Automóvil", que se fueron a la fría modernidad de la Estación Delicias, una tienda de alpargatas que vete a saber cuando se cerró y un bar que respondía a nombre tan propio como "Taberna Aragonesa", un establecimiento que recuerdo de mis años infantiles con aromas de caña, vino y patatas fritas de las que iban envueltas en papel amarillento.

La vida sigue y para muchas generaciones el "Mesón del Carmen" no será más que otro restaurante cerrado, un establecimiento que tuvo tiempos mejores y cuya caía llorarán pocos, pero para quienes peinamos canas y tendemos a caer en la debilidad de las añoranzas, no deja de revestir ciertos tonos de trauma.


17 de enero de 2014

Un nombre oportuno


Paseaba ayer por la tarde por Fernando el Católico, una de las vías más nombradas de Zaragoza, y ya próximo al Parque Grande me fijé en la existencia de un establecimiento dedicado a funeraria; seguro que he pasado montones de veces por ese mismo lugar, pero por esas cosas de la vida -y esas limitaciones de las personas- hasta ayer no me llamó la atención su existencia. No cabe duda de que ofrecer al cliente la solución de los distintos trámites que exige el hecho de morirse no deja de ser un negocio seguro, pues los humanos podremos dejar de comprar determinados productos, de usar algunos servicios o de mantener ciertas aficiones, pero lo que no dejaremos nunca de hacer es morirnos. Y lo que más me llamó la atención de dicho local fue la razón social que el propietario o fundador de la empresa tuvo la ocurrencia de poner: "El Paraíso"; en cuanto lo vi me di cuenta de que el título era acertado, que no podía haber mejor cartel para presidir un negocio de pompas fúnebres que uno que mencionara el edén.

Andamos en tiempos de cierto descreimiento, pero para quienes mantenemos la convicción de que hay algo más tras el final de la vida humana, no deja de ser consolador observar que desde el primer momento puede recurrirse al "paraíso", ya se que los gestores de esta empresa no pueden prometerte el cielo, pero ya está bien eso de poder empezar con buen pie. Además alguien ha tenido la buena idea de colocar en la fachada una foto grande de la Virgen del Pilar, algo que refrenda lo dicho: es bueno morirse y que ya de entrada te reciba quien hace ya bastante tiempo vino en carne mortal por estos lares. Fuera de bromas, conforme vas cumpliendo años comienzas a ver la muerte como algo más real y cercano, y las "Pompas fúnebres El Paraíso" me ayudan a recordar nuestras metas más importantes.

3 de octubre de 2013

Golpeando donde más duele



Explota un artefacto bajo el órgano de la Basílica del Pilar sin causar heridos
 
"Un pequeño artefacto explosivo ha explosionado sobre las 13.50 en la zona central de la basílica del Pilar de Zaragoza sin causar heridos ni daños personales. Tan sólo algunos daños materiales, informan fuentes policiales. En el momento de la explosión la basílica se encontraba abierta al público."
 
A veces piensas que la insensatez humana tiene un límite, pero queda claro que no es así. Afortunadamente la bomba que ayer explotó en El Pilar era de fabricación casera, rudimentaria y quiero pensar que colocada sin el ánimo de hacer daño a las personas. Pero lo dicho no me sirve ni como disculpa ni como atenuante; tras el acto que ayer hirió con crudeza el corazón de los zaragozanos, los aragoneses ... y de todos, veo odio, insensibilidad, ganas de hacer daño y total ausencia de conciencia.
 
Quede aquí mi devoción, mi afecto y mi desagravio a la Virgen del Pilar, que ahora que se acerca su fiesta este hecho lamentable sea impulso para aumentar, si cabe, nuestra pasión pilarista, la de todos los hombres y mujeres de buena fe ... que somos casi todos.
 
 

13 de abril de 2013

"Barril": ¡Qué disgusto!

 
El pasado jueves paseando por la calle San Miguel descubrí que "Barril", la ´vieja y clásica tienda de "tantas cosas" había cerrado y el local se encuentra en alquiler. Ya me había llamado la atención poco antes comprobar como la tienda de "Calzados Milán" que desde hace decenios se ubicaba en Isaac Peral había quedado reducida a pavesas, pero lo de "Barril" fue uno de esos golpes difíciles de encajar. "Barril" era un establecimiento de los que ya no existen, allí se vendía de todo y aunque en el exterior se hablaba de "camisería a medida", allí podías encontrar gemelos, alfileres de corbata -esa prenda que hace años pasó de moda y solamente usan algunos viejos "rockeros"-, mecheros de todo tipo, plumas, relojes digitales, barajas -la tienda era todo un homenaje a Heraclio Fournier-, fichas de poquer, tapetes para hacer "timbas", juegos de cartas y ruletas colocados en míticos estuches de piel, ... una especie de templo del regalo, de lugar donde encontrar mil ideas, de bazar propio de películas antiguas, de tienda que hace las delicias de los antiguos, de los clásicos.

En "Barril" te atendían dos personajes "de siempre", unos dependientes clásicos y veteranos, dos auténticos maestros que se habían pasado la vida viéndoselas con todo tipo de clientes, sabiendo como tratar a cada uno, decir lo que había que decir en el momento oportuno y callar cuando convenía, aconsejar bien, convertir una compra en un momento grato, sano y que se desea repetir, añadiendo a su trabajo esas notas de confianza, humor, casticismo y simpatía que hacen a determinados comercios distintos al resto, a los que se han dejado llevar por la rutina del trabajo ocasional, por mil teorías carentes de naturalidad y por ello de humanidad. Durante una temporada acompañaba a los citados una joven búlgara, que por cierto estaba de muy buen ver, y que suponía un magnífico contrapunto a la ortodoxia de sus compañeros de mostrador, y que a pesar de su condición de foránea y de una juventud que podía hacer presumir inexperiencia, tenía pleno dominio de su trabajo y estaba a la altura de la profesionalidad del resto.

En una web de la Fundación "Basilio Paraíso" he encontrado esta breve historia de "Barril", realmente enriquecedora y que copio dejando constancia del origen de la misma:

"Barril es un ejemplo de evolución en el mundo del comercio. Lo que comenzó como una “Camisería Francesa”, según el rótulo inscrito en el mármol del suelo de la entrada a su primer establecimiento (en el Pº Independencia 10), se ha convertido hoy en un dinámico comercio con una página web de éxito y que a la camisería añade los artículos para regalo, fumador y escritura, los productos de piel y los complementos. En el negocio que fundó José Barril en Zaragoza en 1875 se sucedieron varias generaciones familiares, hasta que un aprendiz, Emilio Gonzalvo Beneded, se hizo cargo de la tienda en 1947, año en el que ingresó com0o colaborador Emilio Berdún Nadal, padre a su vez del actual propietario. Emilio Berdún López dirige el negocio desde 1988, cuando acabó sus estudios de derecho.

El fundador José Barril estudió corte de camisería en París y en 1880, a los cinco años de abrir su tienda en Zaragoza, consiguió el título de “Camisero de la Casa Real”, un logro de especial mérito al tratarse de un negocio de fuera de Madrid. Su espíritu emprendedor le llevó también a participar activamente en la promoción del ferrocarril de Canfranc. El establecimiento Barril fue punto de recogida de adhesiones para el Canfranc. Experto filatélico y numismático, utilizaba una parte de la fachada para tal fin. La apertura de un destacamento militar alemán en Zaragoza en 1902 llevó a suprimir el rótulo de “Camisería Francesa”, debido a la enemistad manifiesta de ambos países. En 1974 el negocio se trasladó a su actual ubicación en la calle San Miguel. La constante renovación ha permitido a Barril llegar a superar con nitidez el siglo de historia."

Pero más que nunca "Barril" permanece en el recuerdo.
 
 

27 de marzo de 2013

Recordando Azoque


La calle "Azoque" de Zaragoza no es precisamente la más elegante y clásica de la ciudad, pero no cabe ninguna duda que desde hace mucho tiempo es un lugar de paso, una de las más frecuentadas por los ciudadanos de Cesaraugusta, en cuanto se halla en el centro de la villa y se convierte en frecuente lugar de paso para ir al Coso, la calle Alfonso o la Plaza del Pilar, o como lugar de acceso a 5 de marzo, el Paseo de la Independencia y Plaza de España. No he conseguido adivinar qué se entiende por Azoque y tendría que hacerme con uno de esos libros sobre las calles de Zaragoza para encontrar el motivo por el que se dio este nombre a la calle que une la Plaza del Carmen con la de Salamero, popularmente llamada "del Carbón". Recuerdo perfectamente que en mi infancia la calle de Azoque era pateada por un motivo u otro todas las semanas, y aunque no solía tratarse de lugar de destino, sus estrechas aceras y su enorme movimiento de coches y peatones la convertían en zona viva y llena de ambientes bien variados.

En las últimas décadas la calle Azoque ha ido siendo ocupada por Inmobiliarias, tiendas de informática, franquicias, establecimientos de "chuches" e imagino, aunque ahora no me consta en concreto, que de alguna tienda de chinos, pero cuando comencé a ser consciente de su existencia tenía una variedad de tiendas mucho más plural y atractiva. Y si había un sitio que le daba sabor y personalidad a toda la calle era "Los Navarros", un bar típico, cargado de solera y habitualmente lleno de clientes, que hacía sentir desde la calle el aroma de las gambas y los langostinos, las olivas rellenas, los salazones y los bocadillos de calamares; en "Los Navarros" se escuchaba el sonido ininterrumpido de la voz humana, el permanente latir del corazón vitalista y amante del sano "compadreo" del zaragozano. En un principio el establecimiento estaba ubicado en la misma esquina con la Plaza del Carbón, un local viejo y destartalado en tonos rojos y metálicos, lleno de carteles de toros de cualquier época y que suplía lo vetusto e incómodo de la instalación con la porfesionalidad y el saber hacer de quienes lo regentaban; allí estuve en muchas ocasiones con mi padre, que sabía encontrar los sitios más adecuados y sanos dentro de la oferta del ramo. A finales de los 60 el bar se trasladó al mismo centro de la calle Azoque, a un local más amplio y adecuado que se convirtió durante muchísimo tiempo en lugar de reunión donde compartir alegrías y penas "como Dios manda".

En la zona más próxima a la Plaza del Carmen había un lugar significativo que no dejaba de tener su parte de misterioso; me refiero al oscuro pasaje que conducía al Teatro Fleta; la entrada principal a éste se encontraba al otro lado, en lo que hoy es Avenida César Augusto, pero en Azoque se iniciaba un misterioso acceso que te aseguraban llegaba a dicho cine, aunque no recuerdo haber nunca traspasado la línea de inicio del mismo; recuerdo que a la puerta se instalaba un quiosco de prensa, que era el límite hasta donde llegaron mis ojos en dicho lugar que posblemente ahora no sería capaz de situar. Muy cerca del mismo se ubicaban dos pastelerías, ambas con una fachada de llamativo color negro, una de ellas era más bien panadería y creo recordar se llamaba "Viena del Carmen", mientras la otra era una de las "grandes" de la época, especializada en tartas y pasteles y se anunciaba como "Montañés". Si mi memoria no me falla, también se ubicaba por allí una tienda de una cadena de perfumerías llamada "Chiro", una especie de franquicia de la época que empleaba unos repartidores que funcionaban por la ciudad con unas motillos que en la parte de atrás tenían instalada una especie de caja de madera con el nombre del establecimiento.

Al otro extremo de la calle se ubicaba -y ahí sigue- el Colegio Santa Rosa, uno de los muchos colegios de monjas que se ofertaban por entonces; he de confesar que para mí siempre fue un misterio, pues así como la Compañía de María -La Enseñanza- era el colegio de mi hermana al que yo mismo había ido de pequeño, las Escolapias era donde había estudiado mi madre, en Santa Ana lo habían hecho mis tías paternas, Teresianas y Carmelitas eran unos "clásicos" y el Sagrado Corazón y Jesús y María eran por entonces los colegios "pijos" del lugar, era incapaz de etiquetar a santa Rosa, un centro del que nunca había escuchado de nadie que acudiera a él. También se ubicaban por allí una especie de tienda de relojes, transistores y demás que parecía traída directamente de la zona portuaria de Barcelona, otra de objetos de regalo, una zapatería denominada "Velilla" donde no se vendían precisamente "Sebagos", "Nike" ni "Callagham" y una teinda de saneamientos. Todavía no habían aparecido el Mercado que existe ahora, la Cafetería "Azoque" que terminó sucumbiendo y donde ahora hay una especie de "Burguer" de medio pelo, la Taberna "Azoque", donde entre otras cosas hacen una torrada de foie de primerísima fila y un establecimiento de bacalao en el que comí una vez y no estaba nada mal.

Los tiempos han cambiado, ahora es más época de franquicias y establecimientos fríos, pero la calle Azoque sigue siendo esa vía de unión, ese acceso a los lugares más emblemáticos de la ciudad.

26 de enero de 2013

La cafetería naranja


En los inicios de los años 70, tal vez aún estábamos a finales de la década anterior, comenzaron a florecer en Zaragoza las cafeterías de cierto nivel; habían desaparecido "Niké" y el viejo "Gambrinus" y parecía que "Las Vegas" era el único lugar de encuentro de algún lujo. "Imperia", al principio de lo que entonces era General Mola fue toda una aparición allá por el año 1967, pero pocos años después la oferta se disparó, y así surgieron "Gurrea", en el Pasaje "Ebrosa", "Italia" en el Coso bajo, "Alfonso I" en el alto, "Avenida" en Independencia, "Formigal" en la manzana del Hotel "Corona de Aragón" y otras más que ahora no me vienen a la cabeza. Se trataba de locales bien puestos, limpios y elegantes y frecuentemente con pastelería incluida.

En la calle llamada durante esos años General Sanjurjo, a la altura de su unión con Capitán Portolés -denominación cambiada hace poco- se abrió la Cafetería-repostería "Maryland", un establecimiento moderno y original que tuvo mucha fama en su momento. Aunque no se encontraba en una zona propiamente emblemática como podía ser el Paseo Independencia, la Gran Vía o la célebre y pija "Milla de oro", mucha gente acudía a tomarse el café, la merienda o una copa con familia o amigos. El nombre elegido no dejaba de ser "sonoro" y tenía esa connotación yankee que por entonces enriquecía mucho. El estado norteamericano de Maryland recibió su nombre en homenaje a la reina Enriqueta María de Francia, esposa del rey Carlos I de Inglaterra siendo una palabra que en inglés significa "Tierra de María". Maryland fue una de las Trece Colonias que se rebelaron contra el dominio británico en la región.

Desgraciadamente no he encontrado foto alguna de tal cafetería, y tan sólo puedo incluir la de un "posavasos" que aparece a la venta en "Todocolección" nada menos que por 9,99 €, todo un capital. Mis recuerdos de un local por el que pasé muchísimas veces, aunque entré muy pocas, se limitan fundamentalmente a tres cuestiones: el exterior de la cafetería combinaba el color metálico con el naranja, lo que a la vista de los usos del momento dotaba a la fachada de una originalidad y un atrevimiento llamativos. Por otra parte, el interior, al menos las mesitas qyue daban a la calle, estaba dividido en una especie de compartimentos, de manera que quien pasaba por fuera veía al personal disfrutando del manjar que fuera como si viajara en un tren expreso de la época. Finalmente, "Maryland" fue uno de los primeros establecimientos que dispusieron de puertas que se abrían automáticamente, algo que en la actualidad no supone ni sorpresa ni secreto alguno, pero que entonces no dejaba de tener para el personal provinciano ciertas connotaciones de ciencia ficción.

Hasta aquí mi recuerdo de una Cafetería que ya solamente vive en los delirios nostálgicos de algunos.

13 de noviembre de 2012

La Plaza de España que conocí


Desde pequeñito me enseñaron que la Plaza de España era el centro de Zaragoza. Por eso al pasar por ahí me sentía importante, a la vez de ser consciente de que no era un lugar cualquiera. No se trata de andar por esa tópica senda de que "cualquier tiempo pasado fue mejor", pero cuando recuerdo locales como el Restaurante "La Maravilla", la cafetería "Las Vegas" o el mítico "Gambrinus" no puedo sino recurrir a la añoranza ante esas  actuales realidades llamadas franquicias y otros establecimientos de mucho diseño y poco sabor. Ahí siguen, no obstante, el edificio de la Diputación Provincial, el del Banco de España y el monumento a los mártires del arquitecto Ricardo Magdalena, auténticos símbolos, casi reliquias que mantienen el lugar con un mínimo de aroma de tradición.

Pasada la Diputación y justo antes de enfilar la acera del Coso, donde ofrecían calidad dos pastelerías históricas, la Bombonería "Oro" -aun viva- y "Zorraquino", se ubicaba una pequeña confitería llamada "Murga", que anunciaba la venta en exclusiva del llamado "caramelo inglés", una especie de tofees que debían de ser bastante caros. Imagino que en el establecimiento se venderían otras cosas, pero es algo que nunca me planteé ... creo que solamente llegué a entrar dos veces, pues intuyo que lo que allí despachaban era mercancía exclusiva para bolsillos cualificados. Hoy en día se imponen esos caramelos que uno mismo introduce en vulgares bolsas de plástico, a los que sin duda les falta el glamour de aquéllos.

El otro lado de la Plaza era mucho menos conocido para mí. Había  una especie de elemento discordante de la seriedad del lugar,  un Salón de juegos recreativos, uno de esos a modo de "casinos infantil-juveniles" a los que acudias medio a escondidas y solían ser regentados por un señor mayor, generalmente arisco y distante, con un pitillo en la boca que aparentaba durar todo el día . También estaba el Hotel "Maza", un establecimiento del que no se oía hablar tanto como del "Gran Hotel", el "Goya" o el "Corona", por mucho que estuviera mejor situado que cualquiera de ellos.

Pero sobre todo la Plaza de España era, y sigue siendo, una especie de centro neurálgico, nudo gordiano que enlazaba la elegancia y el empaque del Paseo Independencia con lo castizo y, en ocasiones, turbio del mítico "Tubo", con sus bocadillos de calamares, el "Zurracapote", el "Plata", el tabaco de contrabando, el olor a fritanga, los personajes oscuros y todo ese aire semi-infractor que le caracterizaba. Y

La plaza también servía de acceso a las dos partes del Coso, el "Alto" en el que emergían, a uno y otro lado, el Casino Mercantil, el Palacio de Sástago, el "Savoy" y el viejo Banco de Aragón, que acabó engullido por el Central y el "Bajo", que comenzaba con el Teatro Principal y encaminaba a lugares más inhóspitos que el primero. Y ambos tenían -y siguen teniendo- sus arterias, la calle Alfonso I y la de Don Jaime I, que engarzaban ese centro neurálgico con el centro vital y espiritual de todo, la Basílica del Pilar.

Tampoco nos podemos olvidar de los anuncios luminosos, que brillaban en la noche y donde aparecían nombres tan dispares y míticos como las televisiones "Philips" e "Iberia", los relojes "Longines", los colchones "Flex" y el caldo "Avecrem" de Gallina Blanca. A veces uno piensa que se va a reencontrar con los lugares de antaño, que se va a producir como un milagroso retorno al pasado, pero lo cierto es que son sólo viejas imágenes que permanecen en el recuerdo y solamente allí siguen vivas.




25 de septiembre de 2012

La histórica "Sala Oasis"


El otro día me pareció leer en el Heraldo de Aragón que había algún conflicto con la "Sala Oasis"; no se en concreto qué pasaba y no he encontrado por internet ninguna noticia que me diera pistas. Pero la cita de este rincón, ubicado en el casco viejo de Zaragoza, ha puesto en mi cabeza la idea de hablar de él ... y mira que no va a ser fácil, pues he de confesar que nunca he estado en este teatro tan especial y legendario, algo que para unos constituirá muestra de decencia y para otros manifestación de que no he tenido juventud. Cuando era pequeño mi única referencia del "Oasis" venía de algún anuncio del periódico y de alguna entrada suelta que aparecía por el suelo de la calle, pero ni se me ocurría pensar que fuera algo distinto del Teatro Principal, donde se representaban los grandes éxitos de Casona, Jaime Salom o Buero Vallejo o el Argensola, donde en las fiestas del Pilar solían actuar Paco Martínez Soria, Juanito Navarro y Lina Morgan, entre otros, y es que me encontraba en el que entonces era notorio pelotón de niños metidos en burbuja ... me temo que hoy cualquier chaval que supere el uso de razón anda mucho más enterado de todos y cada uno de los aspectos de la vida ... cosa que no tengo nada claro que sea buena.

Con los años fui enterándome que el "Oasis" era un lugar donde se celebraban espectáculos atrevidos, una especie de cabarette donde lucían vedettes con poca ropa y delanteras que ni Amancio y Santillana que venían anunciadas en cartelones expuestos, conforme pasaban los años con menor discreción, en las calles zaragozanas; así tuve conocimiento de nombres como Carmen de Lirio, Vicky Lusson o Lita Claver "La Maña". El día que celebramos el término del bachillerato, tras la recatada fiesta colegial, un grupo de alumnos se marchó a la referida Sala, donde cuentan que algún espectador llego a preguntarles donde paraba el biberón, ... yo opté por una cena cerca de la Plaza San Francisco. El "Oasis", como el "Plata", eran considerados lugares poco recomendables, y no parece que efectivamente fueran focos de buen estilo y moralidad, pero no por ello dejaron de tener su hueco en la pequeña historia de los locales frecuentados, de los usos y costumbres zaragozanas de una época. Hoy en día la diversidad es tanta que no son más que viejos reductos de un pasado distinto. Incluso he encontrado folletos relativos al barrio de "El gancho", donde está ubicada la Sala, en las que se incluye a la misma entre los lugares históricos a visitar, junto a la iglesia de San Pablo y el palacio renacentista de la Escuela de Música.

El "Oasis" se halla en la calle Boggiero, detrás del Palacio de los Luna, sede del Tribunal de Justicia de Aragón; y Basilio Boggiero Spotorno fue, nada más y nada menos, que un monje italiano que murió heroicamente en los sitios de Zaragoza, lo que no deja de tener su miga ... ¿quién le iba a decir al buen religioso que su nombre y apellidos iban a dar lustre a una calle en la que se ubicaría un local de semejante naturaleza? ... estas cosas tiene la vida. Si las paredes hablaran, las del "Oasis" nos podrían contar de todo, historias chuscas, otras poco edificantes, alguna para no dormir y más de dos y de tres bastante divertidas.

14 de mayo de 2012

La nostalgia entre los escombros


Cuando en septiembre de 1977 abandoné Zaragoza dejé una ciudad bastante poco modernizada, con una estructura antigua y muchas cosas por hacer en materia urbanística; al cabo de los años, no muchos, descubrí, en mis no excesivamente frecuentes visitas a mi ciudad natal, cómo se habían producido muchísimos cambios, algo que era a todas luces necesario, pero que no deja de conllevar esos toques más bien tristes que deja en nuestro corazón la nostalgia, la realidad de lo que ya no está y no volverás a ver nunca más. He de confesar que no recuerdo exactamente el año en que se derribó la manzana que separaba las calles de Cerdán y Escuelas Pías para inaugurar la nueva vía de César Augusto, aunque aseguraría que el hecho ocurrió en los últimos años de la década de los 70. Eran dos calles llenas de comercios, edificios y vitalidad, y aunque su desaparición se debió a las necesidades de aligerar tráfico y permitir una mayor anchura en la circulación, la demolición supuso poner fin a unos lugares de una importancia histórica y emotiva notable.

La Calle Cerdán, que como Escuelas Pías, concluía en el Mercado Central, la recuerdo como un lugar donde proliferaban las zapaterías y diversos comercios tales como cordelerías, corseterías, alimentación y tiendas de granos y semillas; recuerdo pasear por unas calzadas en las que los comerciantes sacaban a la calle sus productos y podías ver en el exterior desde macetas, comestibles y cacharros para la casa hasta vestidos, pañuelos y alpargatas. En la actualidad aún subsisten algunos establecimientos que fueron testigos de los aconteceres diarios de la desaparecida calle, como "Calzados Callizo", totalmente remodelado, o una cordelería llamada "Sieso", donde aún se venden alpargatas, albardas, toneles, cántaros, azadas y demás útiles para el campo, o la corsetería "La Suprema", con un escaparate cargado de esas prendas que nos daban pudor a los niños de mi generación. Por la calle Cerdán llegó a circular el Tranvía de la línea 7, que iba del Ayuntamiento a la Plaza del Portillo. Recorriendo magníficos blogs como el de Rafael Castillejo, Pedro Jato o uno titulado "Lo que veo en Zaragoza" te encuentras con fotos y comentarios de enorme interés sobre estos lugares desaparecidos.

En la Calle Escuelas Pías adquirían especial relevancia los edificios del Colegio de los Escolapios y el de la iglesia del mismo nombre, que siguen vivos cada vez con una carga histórica y sentimental mayor; también recuerdo los "Calzados Siglo XX" -¿quién nos iba a decir entonces que llegaría a ser un siglo caducado?- y "Deportes Muñoz", una tienda célebre en la época y donde me compré más de uno y dos pares de botas de fútbol o la fábrica y tienda de boinas, sombreros y gorras de Don Ramón Tello, que al parecer no era el único establecimiento de la calle dedicado a estos menesteres, sino que había más. He encontrado un reportaje formidable en el siguiente enlace:http://dezaragozaalzierzo.blogspot.com.es /, esta página contiene comentarios nacidos de la nostalgia y de un profundo conocimiento de la vieja Zaragoza del que desgraciadamente carezco. Otro de los recuerdos que permanecen en mi memoria es el de la procesión del Santo Entierro del Viernes Santo, cuando todas la cofradías zaragozanas se unen para dar el último adiós a Jesucristo, procesión que presencié en varias ocasiones desde esta calle de Escuelas Pías, con la riqueza propia de estos eventos cuando los distintos pasos atraviesan las calles estrechas.

En definitiva, estas historias de calles, de lugares que dejan de existir no dejan de ser una muestra más de la fugacidad de la vida, de que aquí no hay nada para siempre. Cuando camino por Zaragoza hay ocasiones en las que sufro una especie de lapsus mental y pienso que los lugares, los establecimientos, los monumentos que hace tantos años que ya no existen, me los voy a encontrar de nuevo, pero, como las calles Cerdán y Escuelas Pías, hace tiempo que se han convertido en entes etéreos que solamente viven en el recuerdo, manifestación de otros tiempos que también quedaron con ellas entre los escombros.

12 de marzo de 2012

Atravesando El Gancho



El pasado sábado estuve un rato en la Basílica del Pilar, tras lo cual me dirigí a la parada del autobús de Huesca ubicada frente a la vieja fundición de "Averly", al lado de la Plaza del Portillo y cerca de la actual sede del Gobierno de Aragón. Emprendí el camino pasando por el Mercado Central con la intención de atravesar Conde de Aranda y pasando por la iglesia del Portillo alcanzar la parada citada; pero al llegar a la esquina donde comienza la calle de San Blas tuve la ocurrencia de enfilar la misma y atajar por el núcleo del popular barrio de San Pablo, conocido como el del Gancho. Eran las 15.30 y las calles presentaban esa cierta imagen casi desértica de las primeras horas de la tarde de un sábado; yo fui siempre un chico más bien del centro y no domino en absoluto la zona, pero volvieron a mi cabeza viejos recuerdos de las desaparecidas calles de Cerdán y Escuelas Pías, con el derribo de la manzana que las separaba para levantar la actual Cesar Augusto, unas vías enormemente comerciales en las que los comerciantes sacaban sus productos a la calle, convirtiéndola como decía un blog vecino en una especie de zoco zaragozano, allí se vendían semillas, telas, alpargatas, especias, ....

El Gancho es el barrio del Mercado Central, auténtico lugar emblemático, uno de los sitios que más literatura ha dado en Zaragoza, un edificio que durará siempre; y por encima de todo en el Gancho se erige con poderío la iglesia de San Pablo, la llamada tercera catedral de Zaragoza, la única mudéjar con dos torres -¡una dentro de la otra!-, una torre que ha presidido el camino del colegio, el del trabajo o la vida cotidiana de tantos zaragozanos. Y vienen también a mi memoria la calle Predicadores, la de las Armas y el Colegio de lo Escolapios, donde había estudiado mi padre y donde decían se enseñaba -y se supone que se aprendía- el mejor latín de Zaragoza. Y la mítica calle Boggiero, con el "Oasis", donde no puedo presumir haber entrado nunca, aunque el día que celebrábamos el fin del bachillerato hubo un grupo que fui y una de las vedettes amenazó, divertidamente, a alguno cvon darle un "cantarazo" por haberse colado sin la edad adecuada. Con los años se instalaron allí restaurantes prestigiosos como "La Matilde" o "La Posada de las almas".

Siempre fue un barrio modesto, de gente trabajadora; ya nos viene bien a los que somos de piso darnos un garbeo por donde no impera el glamour, el diseño ni la moqueta. La parroquia de San Pablo fue siempre un centro de preocupación social, con curas que hicieron mucho por la integración, la atención y el apoyo a quienes no tienen lo necesario y supieron desarrollar la capacidad de gestión adecuada para cumplir eficazmente el mandato evangélico de la caridad. He leído en la red que no hace muchos meses hubo un programa en la televisión que ofrecía una imagen sesgada de la zona, presentándola como lugar de concentración de marginalidad, como foco de conflictos ... los vecinos han reaccionado defendiendo el carácter pacífico y tranquilo de la zona. Yo descubrí un ambiente claramente modesto, con multitud de establecimientos "reciclados" por personal de culturas distintas a la nuestra, no exentas de exotismo, pero a la vez no era un sitio en el que se siente temor, del que uno quiere alejarse deprisa.

Siempre es bueno callejear, descubrir nuevos atajos, o en su caso desempolvar otros que hace tiempo que no utilizas; así me encontré que esa imagen de otra Zaragoza, posiblemente más auténtica que ninguna, que nos devuelve a lo que fue y a la esencia de lo que debe de seguir siendo.



7 de marzo de 2012

Y todavía existe¡¡¡

Estuve cenando el otro día con unos amigos; como creo haber contado en otras ocasiones tienen una peña caracolera y cada mes se reunen a cenar, con presencia de moluscos, en un establecimiento de Zaragoza. Como no conviene abusar de comilonas y el viaje de regreso a Huesca se suele hacer duro en invierno y a mitad de semana, mi asistencia a estos "banquetes" es poco frecuente, pero de vez en cuando acudo a una de las citas porque es gente agradable y es bueno mantener contacto. En esta ocasión el lugar escogido fue "Casa Pasgón", un antiguo restaurante de la Calle San Blas, cerca del Mercado Central. Y allí tuve ocasión de vivir el momento nostálgico de la semana, pues dado el vino peleón que acompañaba la pitanza se hizo aconsejable recurrir a la gaseosa, y ante mi sorpresa comprobé que las botellas que aparecieron sobre la mesa eran de la marca "Konga", todo un clásico de hace más de 40 años. Cuando han aparecido el "Sprite" y el "Seven-up", cuando la mítica "Casera" casi ha traspasado la barrera de la sofisticación, cuando uno lleva a un chaval a un bar y te pide un "Nestea" o un "radical de naranja", al menda casi se le saltan las lágrimas al descubrir sobre la mesa la tradicional botella de "Konga".

Recuerdo haber pasado unas cuantas veces por la Fábrica de "Konga" cuando en la primera mitad de los años 70 iba a jugar al fútbol en los campos que tenían los Escolapios de Zaragoza en el barrio de la Almozara; concretamente estaba ubicada en la Avenida Pablo Gargallo y buceando por internet, en un foro dedicado a modelos de camiones, he descubierto que dicha empresa la fundó un individuo natural de Campo, un pueblo de la provincia de Huesca, llamado Tomás Mascaray. A finales de los 90 la entidad compró un manantial en Jaraba (Zaragoza), llevándose la embotelladora a dicho pueblo. Más recientemente Konga quedó integrada en el grupo de empresas "La Zaragozana", la fábrica de cerveza aragonesa por antonomasia.

Eran tiempos en los que no había ni móviles, ni play-station, ni viajes de fin de primaria, ni becas "Erasmus", ni ordenadores, ni "tuenti", ... con lo que las series infantiles de la tele, las sesiones continuas de los cines de reestreno y una botella de gaseosa eran suficientes, cada cosa en su momento, para hacernos felices. Y puestos a hablar de gaseosas y de los años 60, también me queda el recuerdo de las gaseosas "Rosa-Mary", igualmente fabricadas en Zaragoza, que también tenían versión en botella individual y eran vendidas en un cochambroso kiosko de los campos deportivos de la Almozara que he citado y que podías mezclar con cerveza en unos porrones de plástico con base y tapón de colores que estaban descoloridos por el humo de cien batallas. También se exhibían en supermercados y tiendas de ultramarinos las gaseosas "la Pitusa", que llevaban el dibujo de la típica niña con coletas de aire absolutamente de la época.

Eso sí, el icono fue siempre "La Casera", nunca hubo duda de cual era la gaseosa por antonomasia y en mi casa siempre fuimos fieles a la empresa que aunque ubicada ahora en Madrid, tuvo sus orígenes en Barcelona. Cuando se celebró el Mundial de fútbol de 1966 en Inglaterra, "La Casera" regalaba cromos de jugadores, que aparecían en el tapón, enganchados por el alambre del mismo, de manera que había que pegarlos en el álbum tras quitarles las arrugas; gracias a la célebre gaseosa tuve mis primeros conocimientos de auténticos fenómenos del balón como Garrincha, Oscar Mas, Lucien Muller, José Augusto y Jimmy Greaves. También tuvo "La Casera" un equipo ciclista que dirigió el mismísimo Federico Martín Bahamontes y donde corrieron ciclistas importantes como Mariano Díaz, Miguel María Lasa, Jesús Manzaneque o Joaquín Galera.

Y aunque ya me he desviado del tema, voy a terminar regresando a las gaseosas para evocar aquellas gaseosas comercializadas en polvos que venían en sobrecitos distribuidos de dos en dos dentro de una caja; había que mezclar el contenido de dos sobres en un vaso de agua para que se formara el producto. En los comercios de entonces se podían comprar en este "formato" las gaseosas "La Samaritana" -todo un título significativo y las "Armisen", que aún se ven en algunos establecimientos; también se venden ahora las gaseosas "El Tigre", ideales para atemperar las digestiones difíciles y cuya antiguedad desconozco. No obstante, he descubierto pruebas de que las marcas de gaseosa se acercaban a la infinitud, como lo demuestra el enlace que ahora dejo:

http://www.antiguedadesrusticas.com/almacen.php?fam=12

5 de marzo de 2012

Cine Eliseos



En uno de los post más antiguos de este blog que en mayo cumplirá cuatro años hice referencia a los cines de Zaragoza, y en concreto a las numerosas salas existentes en mis años mozos. Casi todos han ido desapareciendo: Fleta, Rex, Coso, Victoria, Coliseo Equitativa, Dorado, Goya, Gran Vía, ... y en la actualidad tan solo se conservan tres: el Palafox, el Eliseos y la Sala Cervantes. Eso sí, considerando que esta última se inauguró avanzados los setenta, casi en paralelo a su vecino y extinto cine Don Quijote, y que el Palafox fue profundamente renovado y convertido en "multicine", no parece una exageración asegurar que el Elíseos es el último superviviente de una larga lista de establecimientos históricos.

Este cine ha disfrutado siempre de una cierta nota de distinción, empezando por un nombre que hace volar la imaginación a un lugar con tanto encanto como la principal avenida de París. Es un nombre recogido de la mitología griega, que llamaba Eliseos al lugar donde se ubicaba el paraíso de sus dioses. Por otra parte, fue el Eliseos durante muchos años un cine reservado a las películas de arte y ensayo, algo que daba al cine una indiscutible aureola de lugar culto, de sitio de encuentro de intelectuales y cinéfilos. De hecho, es en este cine donde suelen proyectarse las películas de mayor contenido, en cierta manera ir a un film en el Elíseos ofrece cierta garantía de calidad. Desde luego, no suena que en dicha sala se hayan visto "Independence day", "Air force one" o cualquiera de las entregas de "Piratas del Caribe".

Mi recuerdo del cine Eliseos se remonta a mi más lejana infancia, cuando antes de convertirse en sala de arte y ensayo acudí con mi familia a ver una película de Harold Lloyd, el célebre autor de cine cómico de la que tan sólo recuerdo la famosa escena del rascacielos y el reloj. A partir de entonces mis recuerdos infantiles y juveniles se limitan a carteles de películas que no me eran accesibles, a noticias de films a los que solamente acudían los mayores. De cualquier manera, el edificio del Eliseos es uno de los históricos de Zaragoza, ubicado en una zona privilegiada de la capital, en ese cruce donde convergen las principales arterias de la ciudad: Paseo Independencia, Gran Vía y Paseo Sagasta, lugar de encuentro y zona de vientos y luminosidad: que sea por muchos años.


23 de noviembre de 2011

Olor a galleta



El Paseo Teruel de Zaragoza tuvo su protagonismo a lo largo de mi infancia, se encuentra cerca de la casa familiar y era lugar de paso bastante frecuente; hay que reconocer que los maños hemos sido, en cuanto a elección de las calles, mucho más espléndidos con los vecinos turolenses que con los de Huesca. Del viejo Paseo Teruel recuerdo un bar llamado "El rancho grande", la "Viena Valencia", una imprenta-papelería que todavía subsiste, un par de zapaterías que también siguen vivas, un etablecimiento de papeles pintados llamado "Vikar" y la fábrica de galletas "Gargallo" que allí aguanta, aunque me temo que no por mucho tiempo.

Y precisamente hoy, no se porqué extraña razón, me ha venido a la cabeza este último local, que inundaba -y todavía inunda- la calle con ese delicioso olor a galletas recién hechas que moviliza el estómago y abre tanto el apetito. Por esta razón la fábrica "Gargallo" se impone entre todos los recuerdos que me trae esta vía zaragozana, que impepinablemente identifico con el olor de las galletas. Y es lógico, porque para un niño el concepto de galleta anda muy por encima de casi todas las cosas, y en esto tenemos el instinto de cualquier animal y el olor de lo sabroso pone en marcha esos mecanismos que mueven a desear lo bueno.

Bucenado en internet he encontrado el comentario de un ciudadano que nos explica como cuando pasea con su hija por la zona han instaurado el "beso de galleta" y cuando notan ese olor característico la niña le da un beso: deliciosa anécdota y nunca mejor dicho. De la misma manera que una puesta de sol, un paisaje de montaña, una película inolvidable, un acontecimiento relevante de nuestras vidas o una ceremonia familiar de importancia se convierten en hitos que nos mueven al recuerdo y a la nostalgia, las galletas "Gargallo" del Paseo Teruel, tal vez en otra dimensión, son soporte de ese pasado que nos gusta evocar.