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3 de abril de 2014

El talante Yogui


A la hora de hablar de personajes que protagonizaron mi infancia se me ocurren muchos: Walt Disney, Marcelino y Lapetra -luego Arrúa, Diarte y García Castany-, John Wayne,  los actores habituales del espacio "Novela" -Pablo Sanz, Fernando Delgado, Jesús Puente, María José Goyanes, Ana María Vidal, Mercedes Prendes, Pellicena, ...-, Joaquín Prat y Laura Valenzuela, los hermanos Kénnedy, los astronautas norteamericanos, Pelé, Santana, Julio Iglesias, Angel Nieto, Franco, y de Gaulle, ... todos tenían frecuente presencia en telediarios, películas, competiciones deportivas, concursos televisivos, ... aunque si me pongo a pensar con quien me quedo, casi optaría por el oso Yogui.

El oso Yogui era una creación de Hanna & Barbera y aparecía cada lunes en El Show de Huckleberry Hound conjuntamente con los episodios del perro  Huckleberry Hound, los ratones Pixie, Dixie y el gato Jinks, aunque la popularidad de Yogui acabó convirtiéndole en protagonista de su propio show. Yogi era campechano, simpático, cordial y, por encima de todo, tozudo y seguro de sí mismo ... si no fuera porque vivía en el parque de Jellystone uno pensaría que era baturro. Y es que Yogui trasmitía optimismo, aunque teóricamente era una especie de "malo de la película", pues violaba continuamente la ley tratando de sustraer la comida de los visitantes del parque, apoderándose de esos pasteles que los dibujantes presentaban tan simples como tentadores, ... Yogui caía bien, te identificabas con él, confiábas en que no fuera sorprendido y capturado por el guarda. Sí, definitivamente me quedo con el oso Yogui, si volviera a ser niño volvería a ser fan de este oso pardo que parece humano. Sí, me quedo con el "talante Yogui", es bueno ir por la vida sonriendo, improvisando y hasta valiéndose de cierta picaresca.

Sí, ya se que Yogui es personaje de ficción ... pero acaso no lo son, o lo parecen, tantos otros de carne y hueso?.

21 de marzo de 2014

Un "Sugus" por entonces


Cuando yo era un niño las ambiciones no eran excesivas; mi infancia se equipara a la década de los 60 y por mucho que ya habíamos entrado en los años del desarrollo, al parecer nos alimentaban con "Pelargón" y la televisión comenzaba, con cuentagotas eso sí, a entrar en las casas, la gran mayoría no estábamos en condiciones de aspirar a grandes vacaciones, bicis en propiedad o lujos de cualquier tipo ... por no decir que un móvil, una "play" o un ordenador eran por aquel entonces, evidentemente, cosas de ciencia ficción. La situación tenía sus ventajas, pues no crecimos caprichosos -y si lo éramos nos teníamos que aguantar- y fuimos capaces de ilusionarnos con objetos bien sencillos: para un niño de 1966 los lápices "Alpino", los "Juegos Reunidos Geyper" o las barras de regaliz eran prácticamente un tesoro.

Y entre los objetos considerados como el acabose estaban los caramelos "Sugus"; no se si era debido al colorido de su presentación,a la pasión por lo blando o a algún tipo de leyenda cuyo recuerdo ahora se me escapa, pero en mi memoria queda grabado el hecho de que estos productos de la Casa Suchard eran objeto de deseo, dulzainas vistas por los niños de la época como si fueran diamantes genuinos. Y eso que, como tantas otras cosas, la variedad era mucho más sencilla que ahora y todo se reducía a naranja, limón y fresa, además de los "Sugus" de piña, con envoltorio azul y cuyo número solía ser inferior al de los demás. No era mala experiencia introducir varios en la boca de distintos sabores y elaborar una "mezcolanza" plural y casi explosiva.

benditos años en que nos bastaban unos "Sugus",

10 de diciembre de 2013

Meriendas de entonces



A mí el bollycao me pilló mayor, y si alguien me preguntara qué meriendan los niños de hoy me temo que me pillaría bastante despistado. No obstante, me vienen a la cabeza niños con pequeños paquetes de filipinos, bolsas de patatas fritas o equiparables y cualquier tipo de producto de moda generalmente envuelto en papel de plástico. Las meriendas de mi infancia eran más sencillas y habitualmente más abundantes; aún recuerdo los bocadillos tamaño "flauta" que me ponía la madre de uno de mis amigos cuando iba a estudiar a su casa. Los años 60, y parte de los 70, no eran tiempos de grandes dispendios en el tema de las meriendas; por supuesto que habían desaparecido hacía tiempo las cartillas de racionamiento y la leche en polvo, pero nadie exigía exquisiteces: el foie-gras era "Mina" y ni te sonaba la palabra "paté", el chorizo, de Pamplona y la mortadela rellenaba el bocadillo con mucha más frecuencia que el jamón serrano, al que nadie se atrevía a reclamar que fuera de pata negra.

Estoy leyendo un magnífico libro de Marcos Ordóñez en el que describe todo tipo de recuerdos sobre una infancia cuyo curso temporal compartimos, y me hizo gracia el párrafo dedicado a este acontecimiento de merendar, pues habla con gracia y buena memoria de los quesitos "MG", la mortadela con trocitos de oliva verde y el chorizo de Pamplona, al que bautiza con el imaginativo apelativo de "chopped de los chorizos", ... es curioso pues a mí me parecía un lujo, y por lo visto el bueno es el de cantimpalo, ... con los años, por cierto, fue apareciendo el "Revilla", posiblemente algo más aparente. Y junto al chorizo funcionaba el salchichón, una especie de pariente pobre, porque del foiet o el salami al menos yo no escuché hablar nunca.

En mis meriendas infantiles tenía un protagonismo frecuente la carne de membrillo, una especie de "híbrido" al que costaba acostumbrarse; el queso solía ser de bola, y siendo muy pequeño, lamentaba no poder comerme el envoltorio de cera roja que tenía tan buena pinta, aunque a veces aparecía algún trozo de queso manchego, que tenía más prestancia. Eso sí, nada podía imponerse al pan con chocolate, que podía ser "Elgorriaga" o "Dolca", la marca barata de "Nestlé", sin olvidar alguna marca de momentos especiales como "Hueso", "Zahor" o "Loyola". En el libro antes citado se hablaba también de unas margarinas de colores de la marca "Louit", referencia que ha sido un auténtico bombazo para mí, pues de golpe y porrazo regresó a mi mente un recuerdo que había quedado borrado durante decenios, y con él las galletas María y las de vainilla, las gaseosas con cromo pegado al tapón, las tarrinas de "Tulipán" y "Natacha", ... luego llegaría "Bimbo" y nos volveríamos todos un poco más "americanos".



4 de junio de 2013

El mayordomo de Netol

Los niños de los 60 no teníamos play, ni UI, ni móvil ni aparatos equivalentes; por eso los fundamentos de nuestras diversiones eran más rudimentarios, aunque posiblemente también más plurales. En un mundo y un tiempo en el que la televisión irrumpió en los hogares españoles de modo generalizado los "zagales" lo devorábamos todo, con la rigurosa e implacable excepción, por supuesto, de la temida aparición al noreste de la pantalla de esos odiados rombos, así como de las restricciones relativas a los programas de horario nocturno; ese "todo" incluía, sin ocupar ni mucho menos papel secundario, los anuncios, que en aquella época pienso que eran más simples, imaginativos y simpáticos. Bien fijo se nos quedó en la retina el detergente "Persil", cuya venta se incentivaba al ritmo de la marcha nupcial de Mendelsshon, el cerdo que también prefería "Sanders", el famoso payaso de "Fanta", el ama de casa que postulaba las maravillas de la olla "Magefesa", las gallinas que deseaban morir condimentadas en "Starlux" o el inolvidable negrito del África tropical que tomaba "Cola-cao". Uno de los anuncios más recurrentes era el de "Netol", el líquido usado para limpiar metales cuya máxima representación era un mayordomo de mofletes notabilísimos y sonrisa amplia.

El mayordomo de "Netol" no cuajó en mi recuerdo tan sólo a través de la televisión, pues era protagonista habitual de los anuncios que portaban tranvías y autobuses, unos carteles que se extendían de punta a cabo de sus carrocerías y recorrían Zaragoza; de esta manera el señor de la gran sonrisa atravesaba calles y plazas junto al indio de cafés "Motilón", el gordo de "Michelín" o los paquetes del detergente "Elena". El "monigote" de "Netol" tenía un encanto especial, transmitía simpatía y vete a saber si era esa especial gracia de su figura la que al fin y al cabo imponía la confianza del consumidor en la marca anunciada. El dibujo era verdaderamente curioso, y su creador había sabido reflejar una originalidad digna de elogio: una cabeza en forma triangular, unos mofletes llamativos -posiblemente los más destacados de la historia del diseño- y una sonrisa de oreja a oreja.

Evidentemente en la época en la que vivimos la figura del mayordomo queda arrinconada a la condición de residuo de tiempos cada día más lejanos; si te descuidas la combinación de la librea con los metales que deben abrillantarse le puede sonar a alguno que otro a lujo inaceptable. Yo he tenido pocas ocasiones de contemplar en directo la figura de un mayordomo, solamente me viene a la cabeza un niño al que daba clases particulares en mi época de universitario en Barcelona: cuando llegaba a su casa la puerta solía ser abierta por una filipina con cofia o un mayordomo con librea, aunque la figura de éste andaba muy lejos de ofrecer apariencias versallescas. A mí, desde luego, el mayordomo de "Netol" no me traumatizó, simplemente es un personaje que me devuelve a la descomplicación de otros tiempos.
 
 

7 de mayo de 2013

Merendar con "La Campana"


Yo pertenezco a la generación del pan con chocolate; por supuesto que existían otras opciones: la carne de membrillo, los quesitos -"El Caserío", "MG", "La vaca que ríe", ...-, el salchichón, la mortadela y el chorizo, que podía ser "Revilla" o de Pamplona. Pero el chusco de pan con un par de porciones de chocolate suponen una imagen que vimos repetida durante años quienes nacimos entre los finales de la década de los 50 y los inicios de la siguiente. En mis tiempos el lujo lo representaban "Nestlé", que venía en unas tabletas envueltas en papel rojo y blanco y "Suchard", cuya grosor era inferior y se presentaba en un envoltorio de color malva. "Dolca" era la versión barata de "Nestlé", mientras que ocasionalmente aparecían en el armario otras marcas como "Hueso", "Zahor" e incluso unos chocolates llamados "Loyola" que se fabricaban en la loclaidad guipuzcoana de Oñati y tengo entendido tenían que ver con los jesuitas. No obstante, si había una marca que se llevaba la palma en fama y consumo era "Chocolates Elgorriaga", y muy en concreto las tabletas que bajo el nombre de "La campana" aparecían en el mercado envueltas en un papel amarillento con una campana con lazo rojo dibujada a un lado, una campana que más bien parecía un cencerro de esos que llevan las vacas.

La empresa "Elgorriaga" estaba ubicada en la localidad de Irún y aunque también elaboraban bombones, galletas rellenas y todo tipo de viandas con protagonismo "chocolateril", se hizo famosa por las tabletas de la campana que en su día parecían ser casi como el Real Madrid de los chocolates, algo que siempre se hallaría a la cabeza del consumo. Con el tiempo estos chocolates, que a los niños de mi época nos parecía el "acabose" y ahora tengo la impresión de que no eran precisamente una "delicatessen" absoluta, fueron perdiendo jerarquía y si acudimos a la historia que se relata en diversos rincones de la red podemos comprobar que la empresa ha hecho unas cuantas suspensiones de pagos, ha tenido desapariciones y reapariciones y ha llegado a estar bajo el "imperio" de la "Nueva Rumasa" , mientras que en la actualidad, desde marzo de 2012, el grupo alimentario vasco "URBASA GLOBAL BRANDS S.A" ha absorbido los activos industriales de la compañía e iniciado una nueva etapa. No tengo ni idea de la realidad actual de la "vieja Campana", pero estas tabletas "amarillosas" tienen indudable peso en el orden de prelación de mis pequeñas nostalgias infantiles.
 
 

29 de abril de 2013

Un anuncio de detergente


Para quienes nacimos a finales de los 50, la tele fue permanente compañera de viaje, y tuvimos una innata tendencia a tragarnos todo lo que, en horario infantil por supuesto, nos echaban en la caja tonta, anuncios incluidos, cosa que no deja de tener sus ventajas respecto a la actualidad, en la que muchos niños también se tragan todo, programas basura incluidos. Y entre los anuncios tenían su jerarquía los de detergentes, así sabíamos que "ESE lava blanco, blanquísimo y limpio, limpísimo" o que era preciso tener "la blancura de OMO", de la misma manera que la marcha nupcial de Mendhelsson la aprendimos al ritmo de "lave su ropa con PERSIL" o que "AJAX es el más poderoso", sin olvidar otras marcas como "ARIEL"; "Biotex" y alguna más. Por aquélla época corría también en las tiendas "del ramo" un detergente que elaboraba una empresa valenciana denominado "Tú-tú", nombre que tenía su causa en el sonido de los barcos al salir del puerto, por lo que en el envoltorio del mismo aparecía dibujado un pequeño barco en tal situación.

En los tiempos más primitivos de nuestra televisión, la empresa en cuestión tuvo el acierto de elegir para su campaña publicitaria a Manolo Morán, un genial actor cómico madrileño, prematuramente fallecido, que cuenta entre sus películas más significativas títulos como "Balarrasa", "Bienvenido Mr. Marshall", "Recluta con niño"; "Manolo, guardia urbano", "Currito de la Cruz" y "Como dos gotas de agua". Morán era un personaje genial, con aires de castizo madrileño y de una gracia y una soltura providencial. El otro día encontré este anuncio por las profundidades de "YouTube" y me pareció verdaderamente delicioso. Nótese el ambiente completamente rural, al más puro estilo del "Bienvenido Mr. Marshall" de Berlanga, la camisa del vendedor, los comentarios -"unos sabios que no han dudado en sacrificar sus años mozos en beneficio de la humanidad", la cara del niño, las miradas de los paisanos, la "chula" que aparece y desaparece, con el consiguiente desplante de Morán, el burro al que enfocan cuando aquél alude al "noble e inteligentísimo pueblo", el pañuelo en el bolsillo superior de la chaqueta, el billete de 5 pesetas,... Toda una exhibición de casticismo y de tópicos de la época.



Nota: al principio aparecen unos cuantos anuncios de OMO.

13 de febrero de 2013

Licor 43


Muchos no podemos olvidar el mítico anuncio: "Pilerella, te llamo desde una discoteca, todos toman combinaciones vulgares ... ¡Intolerable! ... ¡Adelante mis 43"!". Sin duda los anunciantes de la época eran audaces a la hora de poner en órbita sus ideas y no necesitaban complicarse la vida para promocionar en la tele los productos por medio de anuncios tan simples como llamativos. La wiki nos dice que el "Licor 43 o simplemente Cuarenta Y Tres es un licor español, de color dorado, confeccionado, según la leyenda, a partir de 43 distintos cítricos, frutas y especias del mediterráneo. Su sabor es dulce, y muy versátil, variando enormemente según la mezcla con la que se tome. Contiene un 31% de volumen de alcohol etílico.". Para quienes aún nos poníamos pantalones cortos en aquellos tiempos, no es más que una especie de anisette del que escuchamos hablar muchas veces y no llegamos a probar nunca. Eran tiempos en el que las bebidas alcohólicas nos sonaban a anuncios de la tele o a botellas expuestas en los bares donde nos tomábamos como mucho una Coca-cola, y si sonaba la flauta hasta unas olivas o patatas fritas; anuncios que solían ir acompañados de músicas pegadizas y lemas que hoy sonarían a políticamente incorrectos como ese de "Soberano, que es cosa de hombres", el de "Byass-96, en el que un galán con micrófono cantaba lo de que "una copa basta para ser feliz". Eran bebidas que frecuentemente eran bautizadas con números: "103", "501" y, como queda dicho, "Licor-43".

"Licor-43" tuvo en esos años mucho que ver con el deporte, manteniendo un importante equipo de ciclismo profesional en la segunda mitad de los años 50, patrocinando la participación española en el Campeonato del Mundo de Motociclismo, la Vuelta al Mundo a Vela a principios de los 80 así como el patrocinio de la Selección Española de balonmano y diversos equipos de baloncesto como el "Licor 43 Santa Coloma" o el "Licor 43 de Granollers", y eso que su sede principal siempre estuvo ubicada en Cartagena. De cualquier manera, vete a saber porqué, hoy me ha venido a la cabeza este producto, que un poco viene a ser como el chocolate del loro versión "spanish on the rocks", algo que nunca fue una uestra de exquisitez y lujo, pero que nunca muere, como el "Anís del Mono", el "Calisay" o el "Ricard" para los franceses.

Hoy me iré a la cama con el sonsonete del anuncio de Licor-43 ... y volveré a pensar eso de ¡Guerra a la vulgaridad!" ... ¡de lo que eran capaces las agencias publicitarias!.



15 de enero de 2013

Un anuncio de "entonces"



Mi infancia no son recuerdos de un patio de Sevilla, ni de un huerto claro donde madura el limonero ... ¡ojalá!, posiblemente hubiera resultado un hombre más completo y maduro e incluso puede que menos de piso, pero como tantos otros de mi generación, los "tugurios" de máquinas y billares, el fútbol y, por encima de todo, la televisión fueron protagonistas de esos años de crecimiento, ingenuidad y diversiones. Y la televisión la veíamos con tanta fruición que no nos limitábamos a hacer pleno con programas infantiles como los de Valentina, Locomotoro, el Capitán Tan y el Tío Aquiles, los "Dibujos Animados" de Hanna & Barbera , Buggs Bunny, Félix el Gato, o el Pájaro Loco, el "Cine Cómico", los concursos televisivos, las pelis de "Sesión de Tarde" y series toleradas como "Embrujada" y "Viaje al fondo del mar", sino que también nos tragábamos los anuncios, cuyos slogans y cancioncillas terminábamos aprendiéndonos de memoria. Resultaban ser especialmente creativos los anuncios animados como el del cerdo que también prefería "Sanders" o la vaca cuyo último deseo antes de pasar por el matadero era morir condimentada en doble caldo "Starlux", sin olvidar las célebres muñecas de "Famosa" que se dirigían al portal. También nos fijábamos como si de película oscarizada se tratara en el resto de la publicidad, como la del detergente "Persil" al ritmo de la marcha nupcial de Mendelssohn, el de la olla "Magefesa", el del caballo de "Terry" o ese inolvidable "sketch" del madurete al que una bella actriz cuyo nombre no recuerdo le preguntaba eso de "eres joven, guapo y con dinero, ¿qué más quieres, Baldomero?", y Baldomero, suspirando, aseguraba necesitar también una maquinilla de afeitar "Philishave".

Pero no se porqué razón, y ante cierta sequedad de ideas a la hora de elaborar un post rápido, me ha venido a la cabeza el anuncio de aceitunas "La Española", ese que aseguraba que se trataba de "una aceituna como ninguna", excitando el buen paladar al afirmar que estaba "rellena de rica anchoa". Sin duda era un buen "spot", a la altura de una empresa ubicada en la localidad alicantina de Alcoy que en la actualidad sigue en pie, incluso con una magnífica página web en la que, entre otras cosas, uno puede escuchar el famoso "sonsonete" e introducirse en un auténtico museo. Y es que de siempre las aceitunas han sido un excelente producto para un buen aperitivo; hoy en día se pueden encontrar todo tipo de "virguerías" en la barra de un bar, con montaditos, fritos de lo más sofisticados, carpaccios, brandadas y otras "pijadas", pero en otros tiempos las olivas y las patatas, frecuentemente envueltas en unos bastos celofanes amarillentos, eran acompañantes casi exclusivas de la cañita dominical. Y para que quienes ya peinamos canas demos un tiento a la nostalgia, aquí dejo un breve recuerdo de ese anuncio sencillo y sugerente ... y así el hilo de hoy no sólo ha salido rápido, sino también "sustancioso".

11 de enero de 2013

El chicle en nuestra vida


Un viejo chiste nos habla de que la única diferencia existente entre una vaca pastando y un yankee mascando chicle se encuentra en la mirada inteligente de la vaca; evidentemente no deja de ser una exageración, pero parece claro que es también a nuestros amigos norteamericanos a quienes debemos la generalización del uso del chicle entre los ciudadanos de estas tierras. Al menos durante mi infancia el chicle se convirtió en un elemento habitual en la intendencia diaria de los caprichos. La utilización del chicle, además, no deja de tener su filosofía y su moraleja, pues cabe comparar su uso con la fugacidad de la vida, ya que uno lo disfruta con entusiasmo cuando lo cata, pero pronto se va el saborcillo y la cosa termina convirtiéndose en un objeto insípido en la boca con vocación de ser arrojado a las tinieblas exteriores.

La idea del chicle me trae inmediatamente a la cabeza esos recipientes de cristal que se hallaban instalados al exterior de tantos establecimientos y que contenían montones de bolitas de colores rellenas de chicles. Metiendo en la correspondiente ranura una mísera peseta recogías la bolita, la cual podía ser, aleatoriamente, roja, azul, verde, ... a pesar de lo cual creo recordar que el sabor, siempre breve, del chicle no variaba. Ahora, pasado tanto tiempo y llegado ya a la edad de los escepticismos, me pregunto el tiempo que podían llevar tales bolas en el interior de cada aparato "ad hoc", pero vete a saber, teniendo en cuenta que hablo de los años 60, si a lo mejor fueron introducidas en los inicios del los planes de desarrollo, ... o cuando se p`roclamó la II República.

Rebuscando en internet he encontrado esta foto tan evocadora como reveladora de un chicle "Bazooka", la primera marca que recuerdo haber conocido; en ella se puede comprobar el típico formato rectangular de la época, ese color rojizo más bien rancio y apagado y el ridículo cromo que aparecía en el interior con las aventuras de un tal Joe Bazooka. Pero, evidentemente, hubo muchos otros, y así puedo me vienen a la cabeza los chicles "Dubble-bubble", de formato similar pero cuyo envase solía ser amarillo, los "Dunkin" o los "Cheiw", que eran más estrechos y podían ser de fresa o menta. Allá por 1970 alguna de estas marcas tuvo la feliz ocurrencia de lanzar al mercado unos chicles anaranjados bajo la denominación "Walt Disney" que llevaban incorporados cromos con los distintos personajes del gran dibujante; hicieron furor entre los niños de la época y se publicó un album en el que podías pegar a Micky Mouse, el Pato Donald, Gooffy, Pluto, Pinocho, Blancanienes, los 7 enanitos y el Tío Gilito, entre muchos otros. También me acuerdo perfectamente que en un chiringuito ubicado a la entrada del Parque Grande -entonces "Primo de Rivera"- vendían unos chicles rectangulares de color rojizo que en el dorso de la envoltura llevaban fotos de futbolistas de 1ª División con los datos correspondientes; eran de la marca "May" y duraron quinquenios.

Había todo tipo de ellos, como los "Nina", de envoltura rosa y destinados a nuestras hermanas, o unos de color negro llamados "Cosmos", de esos que suponían novedad por esa misma originalidad, o ,os chicles "Adams", de gustos a frutas, delgados y alargados, sin olvidar unos llamados "Rocket" que se caracterizaban por su forma redondeada y su tamaño más bien pequeño, o los "Fiesta" que eran de cinco sabores y se presentaban en barritas alargadas. También estaban los "Douglas", denominados, muy a la americana, como "goma de mascar", los "Bang-bang", de menta y fresa y los que venían en cajas duras y se denominaban simplemente "chiclets". Evidentemente hubo muchos más nombres, un listado que se ha ido alargando con los años; seguro que nos traen a unos cuantos un montón de recuerdos, esos tiempos en los que nos confomábamos con esas chucherías de tamaño pequeño y sabor efímero, mucho más asequibles que los móviles, las "play" y demás cachivaches, y puede que, cuando menos, no tan deformativos.



24 de octubre de 2012

Cuando un billete era una fortuna


Cuando pateaba los pasillos del colegio, jugaba con cochecitos y hacía caso a la familia "Telerín" un billete de 1.000 pesetas era cosa muy importante, y, por supuesto , inalcanzable para un niño, para un joven ... y para bastantes mayores. En la cara principal aparecían los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, dos personajes a quienes en aquellos años nadie discutía y a los que atribuíamos importancia principal en la historia de España. El dorso traía el escudo de España, que en aquellos tiempos  incluía ese águila imperial que ahora anda proscrito. Hoy en día semejante papelillo equivaldría a un miserable billetico de 5 € más  una moneda de uno. Me temo que desde que hace ya más de diez años desapareció la peseta y nos zambullimos en el euro, ya no se si para bien o para mal, hemos perdido el sentido de lo que valen las cosas. Frecuentemente caemos en la trampa de despreciar gastos de 3, 4 o 5 €, tal vez todavía enganchados a los viejos criterios y sin darnos cuenta de que el desembolso resulta en realidad  bastante más oneroso de lo que parece. Es como si hubieramos caido todos en un sorprendente fenómeno de pérdida de criterio que condujera a un gasto errático y desordenado, concluido en bancarrota y nos hubiera sin capacidad de reaccionar e imposibilitados para recuperar antiguas actitudes más sobrias y sensatas.

Recuerdo una ocasión en la que salí de casa con un billete de 100 pesetas, de esas en las que aparecía el busto de Manuel de Falla, enjuto, pelado y con gafas. No recuerdo qué gasto tenía que realizar con aquel billete que por aquel entonces no dejaba de ser una fortuna. Al salir del portal el billete  se me cayó al suelo y el habitual cierzo provoco un peligroso vuelo deĺ dinrro a ras del suelo de la acera, lo que me obligó a iniciar una desesperada carrera para recuperarlo, lo que sólo conseguí tras varios intentos, pues el papelito parecía tener vida propia y reanudaba la marcha cuando parecía que ya era de nuevo mío. No se me olvidará la socarrona sonrisa de un señor que pasaba por ahí y  se dirigió a mí comentando algo así como que menudo tesoro se me escapaba. Aún eran más valiosos, por anteriores en el tiempo, los billetes de Julio Romero de Torres, con la mujer morena al dorso, y los de Gustavo Adolfo Becquer.

También los había de 500 pesetas, en los que primero aparecía el rostro de Ignacio Zuloaga y posteriormente los de Rosalía de Castro y Mosen Jacint Verdaguer. Incluso en las últimas décadas del siglo aparecieron billetes de 2.000, 5.000 y hasta 10.000, aunque  ninguno consiguió ofrecer la apariencia de los billetes verdes. A los Reyes Católicos sucedieron San Isidoro de Sevilla y Benito Pérez Galdós. En los años 60 y 70 un billete de esos era signo de solvencia y poderío. Aún recuerdo una canción, cursi como pocas, que hablaba de los "billetitos verdes", asegurando que si poseías uno podías hacer prácticamente lo que quisieras. Hoy en día, con mil pesetas, desde luego, nadie sale de pobre.

9 de octubre de 2012

Una campaña publicitaria fallida

Cuando era un niño no se veían por ahí la multitud de marcas de cerveza que hay en  la actualidad; evidentemente habría bastantes más, un niño y menos en los años 60 no tiene acceso fácil a las bebidas alcohólicas, pero sí recuerdo que se veían por los bares botellines de "San Miguel", "El Águila", "El León", "Cruz Blanca" y, por supuesto, "La Zaragozana". Allá por el año 1967 radio y televisión iniciaron una importante y agresiva campaña publicitaria de una nueva marca de cerveza: "Gulder", elaborada en una nueva fábrica edificada en Burgos y que venía con el aval de la alemana "Heineken". La cerveza venía en unos botellines de aspecto muy cuidado y con una etiqueta que aparentaba elegancia y buen gusto. Recuerdo perfectamente que los anuncios de "Gulder" ofrecían la cerveza poniendo como gran argumento el hecho de que tomarla venía a ser un signo de distinción; de esta manera presentaban a un señor que llegaba con su "cochazo" conducido por un chofer uniformado a un velador y pedía una cerveza de esa marca, o alguien rechazaba tomar el refresco con un aperitivo ordinario, pues la cerveza "Gulder" ha de ser acompañada, por ejemplo, de ostras. Imagino que técnicamente la campaña publicitaria era impecable, pero a la hora de la verdad con semejantes argumentos el ciudadano de a pie terminó considerando a la cerveza como un producto para la élite, y el lanzamiento del mismo terminó siendo un auténtico fiasco.

Las noticias de la época cuentan que en el verano de 1969 la empresa paró su producción y un posible cierre se convertía en grave amenaza para sus 300 empleados; el 4 de octubre de 1969 "San Miguel" anunció la integración de la fábrica de Burgos en su estructura industrial añadiéndose a las plantas de Lérida y Málaga, hecho que se produjo de manera efectiva en 1970. Al parecer hoy en día la marca "Gulder" sigue existiendo en Holanda y Nigeria, como entonces dentro del grupo "Heineken". En España la historia terminó muy pronto, y al parecer hay que encontrar la causa en que quienes trazaron la fase publicitaria lo hicieron sin haber hecho antes un estudio de mercado y, fundamentalmente, sin haber previamente valorado la psicología de los españoles.


17 de agosto de 2012

El aroma de otros tiempos

Con los años se han ido poniendo de moda los geles, las sales, las bolitas de aceite y las espumas de todo tipo; en el mercado se pueden encontrar botes de gel de todos los olores y perfumes, con aromas de áloe, de pino, de naranja o de almendra, entre cientos de otras posibilidades, geles de glicerina, de algas marinas o de limones salvajes del Caribe; y no digamos en materia de champús, pues hace quinquenios que hemos superado esos pequeños envases innominados de plástico con líquidos de colores o las empresas que se empecinaban en titular con letras las marcas: ZP11, SJ38, ... Pero cuando mis ojos veían con asombro las cosas de la vida por vez primera, en un lateral del lavabo lo que había era una pastilla de jabón y era ésta una pieza que no dejaba de tener su encanto. Recuerdo que existía uno de "Lavanda" que tenía el envoltorio de color verde, que durante una temporada apareció repetidamente la pastilla de "Palmolive", también cómo en las perfumerías intuía cierto lujo cuando observaba las de "La Toja", que en casa de mi abuela lucían unas pastillas que venían en envase rojo y se llamaban "Spring Glory" y que en los anuncios de televisión llamaba la atención el jabón "Lux", pues lo anunciaba nada menos que Raquel Welch, pues había quien opinaba que era la mujer más guapa del mundo, con permiso de las italianas Sofía Loren y Gina Lollobrígida. Pero si hay una marca de jabón cuyo nombre me llena de recuerdos y a la que sigo guardando cierta fidelidad es "Heno de Pravia".

"Heno de Pravia", de la empresa "Gal", tenía unos anuncios tiernos y sentimentales, como los que hablaban de los momentos "Nescafé" o los de "El Almendro", que volvía a casa por Navidad. Vienen a mi memoria esas canciones suaves y romanticonas que hablaban del aroma del armario o del olor a jabón de las manos maternas o del bebé recién lavado, con el estribillo del "aroma Heno de Pravia". Aún sigo usando esas pastillas de color verde profundo, no se si equiparable al del pino, al de la hierba o al del estanque del Monasterio de Piedra, pero lo suficientemente intenso como para agradar ya de entrada, y, como indicaba el anuncio, ese aroma especial que te identifica inmediatamente con la limpieza, la suavidad y la armonía. HE probado todo tipo de jabones: de glicerina, de esos con olor a frutas diversas, otros que se deshacen y duran un instante, de nata, ... pero ninguno conjuga como "Heno de Pravia" el encanto de lo antiguo, la suavidad del tacto y la fragancia que me agrada. Hay cosas que duran, algunas como "Heno de Pravia" no parece que sean las más importantes o trascendentes, pero ahí siguen, que otro día habra que tocar los "Profiden","Colgate", "Lavanda Puig", "Geniol", "Moussé de Legrain", "Floid" y hasta "Varón Dandy".







9 de junio de 2012

Otra época, otro fútbol



La foto, en mi opinión, no tiene desperdicio; y lo que he de confesar me estremece un poco es que no estoy hablando de tiempos desconocidos para mí, pues el partido que en la imagen está a punto de comenzar corresponde a una época que he vivido en vivo y en directo. Tal vez verla me sirva para recapacitar sobre el paso del tiempo, pues un espectáculo tan caduco y pasado como el de las cinco personas que posan para la posteridad forma parte de mis vivencias, es decir, que uno se hace viejo y no puede remediarlo. A las generaciones actuales, acostumbradas a jugadores galácticos como Messi, Zidane, Drogbá o Ronaldinho, equipajes carísimos y botas de lujo y colores, balones perfectos, que nada tienen que ver con los pelotones plomizos y trasteados de entonces, árbitros que olvidaron el negro hace quinquenios y campos de fútbol modernos y llenos de comodidades, este fútbol en el que todo era tan uniforme, rancio y primario les debe de sonar a auténtica prehistoria.

No estoy en condiciones de ofrecer los datos exactos del partido en cuestión, ni de sus protagonistas, aunque de acuerdo con lo que se puede deducir a simple vista, la fecha del encuentro no andará muy lejos de la horquilla de tiempo que va de 1966 a 1969; el partido es un Elche-Sabadell -o viceversa- y apostaría sin miedo a perder que el árbitro que preside la fotografía -y dirigió el match- era el Sr. Camacho, uno de los refereés más celebres de la época. En cuanto a los capitanes el del Elche es Iborra, un central que jugó casi toda su carrera en el equipo franjiverde y formó parte de la mítica defensa Ponce, Iborra, Canós, mientras que el del Sabadell juraría que se trata del lateral diestro Isidro, un jugador formado en el Real Madrid, casado con Carmen Flores, hermana de la "Lola de España" y padre del Quique Sánchez Flores, que ocupara su mismo puesto en el Valencia, el Real Madrid y el Zaragoza, aunque me consta que el capitán habitual del equipo arlequinado en esa época solía ser el volante Muñoz; también el citado Isidro componía un trío defensivo que recitábamos de memoria los niños coleccionistas de cromos de la época junto al argentino Pini y al valenciano Arnal.

No obstante, no me cabe la menor duda de que el verdadero protagonista de la foto es el linier de la izquierda de la misma; no se me podrá negar que si no fuera por la presencia en aquélla de personajes conocidos podría colar que nos encontrábamos ante el fotograma de una película de Berlanga, pues el citado linier ofrece una apariencia próxima a Pepe Isbert, Erasmo Pascual o Valentín Tornos. El hombre debía de tener su mérito, pues a sus años y por bien poco dinero tenía que correr la banda cada domingo mientras desde la grada tendría que escuchar las imprecaciones menos gratas y caritativas que pueden oírse, y quien sabe si algún que otro paraguazo perdido en algún día de lluvia.

No obstante, y como decía alguien por estos lares no hace mucho, este fútbol ancestral y tópico, con número de la Guardia Civil incluido, es digno de añoranza y, posiblemente, resultaba algo más limpio, sano y heroico que los lujos y artificialidades del negocio en que ahora lo han convertido unos cuantos.


7 de marzo de 2012

Y todavía existe¡¡¡

Estuve cenando el otro día con unos amigos; como creo haber contado en otras ocasiones tienen una peña caracolera y cada mes se reunen a cenar, con presencia de moluscos, en un establecimiento de Zaragoza. Como no conviene abusar de comilonas y el viaje de regreso a Huesca se suele hacer duro en invierno y a mitad de semana, mi asistencia a estos "banquetes" es poco frecuente, pero de vez en cuando acudo a una de las citas porque es gente agradable y es bueno mantener contacto. En esta ocasión el lugar escogido fue "Casa Pasgón", un antiguo restaurante de la Calle San Blas, cerca del Mercado Central. Y allí tuve ocasión de vivir el momento nostálgico de la semana, pues dado el vino peleón que acompañaba la pitanza se hizo aconsejable recurrir a la gaseosa, y ante mi sorpresa comprobé que las botellas que aparecieron sobre la mesa eran de la marca "Konga", todo un clásico de hace más de 40 años. Cuando han aparecido el "Sprite" y el "Seven-up", cuando la mítica "Casera" casi ha traspasado la barrera de la sofisticación, cuando uno lleva a un chaval a un bar y te pide un "Nestea" o un "radical de naranja", al menda casi se le saltan las lágrimas al descubrir sobre la mesa la tradicional botella de "Konga".

Recuerdo haber pasado unas cuantas veces por la Fábrica de "Konga" cuando en la primera mitad de los años 70 iba a jugar al fútbol en los campos que tenían los Escolapios de Zaragoza en el barrio de la Almozara; concretamente estaba ubicada en la Avenida Pablo Gargallo y buceando por internet, en un foro dedicado a modelos de camiones, he descubierto que dicha empresa la fundó un individuo natural de Campo, un pueblo de la provincia de Huesca, llamado Tomás Mascaray. A finales de los 90 la entidad compró un manantial en Jaraba (Zaragoza), llevándose la embotelladora a dicho pueblo. Más recientemente Konga quedó integrada en el grupo de empresas "La Zaragozana", la fábrica de cerveza aragonesa por antonomasia.

Eran tiempos en los que no había ni móviles, ni play-station, ni viajes de fin de primaria, ni becas "Erasmus", ni ordenadores, ni "tuenti", ... con lo que las series infantiles de la tele, las sesiones continuas de los cines de reestreno y una botella de gaseosa eran suficientes, cada cosa en su momento, para hacernos felices. Y puestos a hablar de gaseosas y de los años 60, también me queda el recuerdo de las gaseosas "Rosa-Mary", igualmente fabricadas en Zaragoza, que también tenían versión en botella individual y eran vendidas en un cochambroso kiosko de los campos deportivos de la Almozara que he citado y que podías mezclar con cerveza en unos porrones de plástico con base y tapón de colores que estaban descoloridos por el humo de cien batallas. También se exhibían en supermercados y tiendas de ultramarinos las gaseosas "la Pitusa", que llevaban el dibujo de la típica niña con coletas de aire absolutamente de la época.

Eso sí, el icono fue siempre "La Casera", nunca hubo duda de cual era la gaseosa por antonomasia y en mi casa siempre fuimos fieles a la empresa que aunque ubicada ahora en Madrid, tuvo sus orígenes en Barcelona. Cuando se celebró el Mundial de fútbol de 1966 en Inglaterra, "La Casera" regalaba cromos de jugadores, que aparecían en el tapón, enganchados por el alambre del mismo, de manera que había que pegarlos en el álbum tras quitarles las arrugas; gracias a la célebre gaseosa tuve mis primeros conocimientos de auténticos fenómenos del balón como Garrincha, Oscar Mas, Lucien Muller, José Augusto y Jimmy Greaves. También tuvo "La Casera" un equipo ciclista que dirigió el mismísimo Federico Martín Bahamontes y donde corrieron ciclistas importantes como Mariano Díaz, Miguel María Lasa, Jesús Manzaneque o Joaquín Galera.

Y aunque ya me he desviado del tema, voy a terminar regresando a las gaseosas para evocar aquellas gaseosas comercializadas en polvos que venían en sobrecitos distribuidos de dos en dos dentro de una caja; había que mezclar el contenido de dos sobres en un vaso de agua para que se formara el producto. En los comercios de entonces se podían comprar en este "formato" las gaseosas "La Samaritana" -todo un título significativo y las "Armisen", que aún se ven en algunos establecimientos; también se venden ahora las gaseosas "El Tigre", ideales para atemperar las digestiones difíciles y cuya antiguedad desconozco. No obstante, he descubierto pruebas de que las marcas de gaseosa se acercaban a la infinitud, como lo demuestra el enlace que ahora dejo:

http://www.antiguedadesrusticas.com/almacen.php?fam=12

23 de enero de 2012

Rigobertos por el mundo



"Rigoberto Picaporte, solterón de mucho porte" es uno de esos personajes del tebeo que deleitaron a los de mi generación; el autor de las viñetas que protagonizaba este tipo tan característico fue el catalán Robert Segura, un dibujante que falleció en la localidad costera de Premia de Mar en 2008. Segura era autor de otros personajes tan célebres como "Los señores de Alcorcón y el holgazán de Pepón", "El capitán Serafín y su grumete Diabolín", "La panda" y "Pepe Barrena". Segura se caracterizaba por unas historietas en las que dominaba el costumbrismo, con cierta tendencia a satirizar la realidad española de los 60 y 70, así como un trazo grueso y firme y algúna concesión a la exageración, pues con frecuencia sus historietas terminaban un poco "a lo bestia", con persecuciones, sustos enormes o auténticas situaciones completamente caóticas.

Rigoberto Picaporte era presentado como un genuino solterón, algo que al parecer conllevaba tenía algo de autobiográfico, y aunque su creador no lo ubicaba en población concreta alguna, cabe imaginar que fuera madrileño, pues no andaba el hombre exento de ciertos aires castizos. Rigoberto tenía una eterna novia, Curriquita Cencérrez, una genuina niña bien, de una clase social superior a la de aquél, que no pasaba de ser un modesto oficinista con pretensiones. Curruquita va siempre acompañada de su madre, Doña Abelarda, presentada como una especie de ogro malhumorado y caprichoso que hace recaer en el sufrido pretendiente de su hija sus delirios de grandeza y su mal genio; llama la atención que señora de tan alta alcurnia fuera bautizada con el nombre de Abelarda, algo que suena a santo del día. Otro personaje destacado es Eufemia, la criada de Rigoberto, a quien Segura nos presenta como una mujer gorda, fea y paleta, aunque a la larga termina apareciendo como el personaje más sensato y normal del grupo. En sus pretensiones de conquistar el corazón de Curruquita y la cuenta corriente de Doña Abelarda, el pobre Picaporte termina siempre haciendo el ridículo y quedando en evidencia, frecuentemente metido en líos enormes, pues le recuerdo rodeado de barro, acosado por tigres y leones, chamuscado por alguna explosión no medida o sometido al escarnio popular, siempre ante la vergüenza de Curruquita y el "cabreo cósmico" de su madre.

Aunque van pasando los años y situaciones como las que dan lugar a estas historietas suenan a ideas peregrinas y trasnochadas, por la vida uno se puede seguir encontrando "Rigobertos", que en el fondo no son más que personajes más bien fatuos, patosos y desorientados; la ambición, el deseo de destacar o la simple vanidad humana son susceptibles de darnos unas ínfulas que difícilmente pueden terminar en algo que no sea el fracaso, la frustración o el ridículo. Por el camino de la vida, que por rápido que ésta pase suele ser abundante en experiencias, encuentros y contrastes, siempre aparecen personajes que viven del humo, individuos instalados en una especie de estado de permanente ilusión por metas que no son alcanzables, en ocasiones ni siquiera reales; aún quedan solteros de foulard y descapotable, maduretes que no han madurado, eternos aspirantes a lujos inaccesibles y amores imposibles. La existencia de Rigoberto Picaporte va de la completa seguridad en el éxito de sus ocurrencias a los devastadores efectos del más espantoso de los ridículos, y lo malo es que el hombre seguía tropezando cada semana en la misma piedra. Posiblemente no queden muchas "Curruquitas" con madre millonaria, ni los oficinistas lleven sombrero, pero esa imagen del individuo con ínfulas de flamenco y triunfador por fuera e ingenuo por dentro parece un "cliché" de esos que existirán siempre.




24 de noviembre de 2011

El síndrome del Abuelo Cebolleta

Tras el insuperable F. Ibáñez, Manuel Vázquez ha sido posiblemente el más genial de los dibujantes de Bruguera; personajes como las "Hermanas Gilda", "Anacleto, agente secreto" o la "Abuelita Paz" tenían un sello especial, de la misma manera que solamente a él se le ocurrió caricaturizar su propia persona. Hace poco ha corrido por España una película sobre Vázquez, la vi en el tren que me llevaba a Santiago de Compostela el pasado mes de julio y me pareció más bien casposilla, como casi todas las que protagoniza el inefable Santiago Segura. En ella se nos pinta a Vázquez como un simpatiquísimo sinvergüenza, deudor de dinero a todo el mundo, capaz de engañar permanentemente a su jefe y de ejercer la bigamia con todo el descaro. Entre las historietas creadas por este genial y polémico personaje destaca la "Familia Cebolleta", encabezada por un tal Rosendo, prototipo del cabeza de familia medio español, aunque el personaje más logrado es el abuelo, un individuo de cabello escaso y larga barba blanca que no ceja en su interés por contar a su familia todo tipo de batallitas sobre antiguas guerras y otros sucesos. La insistencia del hombre le convierte en un ser temido por toda la familia, a la que acosa constantemente con sus historias.

Recuerdo que en mi clase teníamos un compañero a quien llamábamos "el abuelo Cebolleta", pues era dado a contar aventuras de todo tipo, muchas de las cuales sospechábamos que cuando menos llevaban una buena dosis de fantasía. Pero si te pones a pensar, acabas descubriendo que, en mayor o menor medida, todos portamos dentro algo de abuelo Cebolleta, porque a todos nos gusta dar a conocer lo que consideramos nuestras hazañas, nuestros valores o, cuando menos, nuestros sucedidos originales o curiosos. Dicen que no hay reunión más plomiza que aquélla en la que hay varios hombres a quienes les da por hablar de su servicio militar; la supresión de la mili reducirá con el tiempo este peligro, pero sería bueno caer en la cuenta de con qué facilidad caemos en excesos de emoción a la hora de contar anécdotas, sucedidos o aventuras personales.

En el fondo, todos llevamos incorporada una vanidad más o menos oculta que nos mueve a hablar de nosotros más de lo debido, a estar dispuestos a adornar y exagerar, si hace falta, nuestras historias particulares y a perder la conciencia de lo ridícula que puede quedar la excesiva trascendencia que le damos a lo nuestro. En alguna ocasión, recapacitando sobre las cosas que he dicho en una reunión de amigos, compañeros, familiares, ... me he sorprendido descubriendo lo insistente que he estado al relatar hechos que en boca de otro me hubieran parecido triviales y aburridos, y es que en cuanto nos descuidamos tenemos una enorme facilidad para maquillar de apasionantes nuestras aventuras más insustanciales.




11 de octubre de 2011

Carpanta en nuestras vidas

Hay quien me anima a hablar de los tebeos de nuestra infancia y no me parece mala idea. En esos años 60 que tanto juego nos dieron a unos cuantos las revistas infantiles que dominaban eran las publicadas por la Editorial "Bruguera", desde el "Pulgarcito" y el "Tiovivo", que parecían las dominantes hasta el "DDT", al que recuerdo de la peluquería, pasando por las hazañas del "Capitán Trueno" y el "Jabato"; también tenían sus partidarios el viejo "TBO", con personajes antiquísimos, como la Familia Ulises y Josechu el vasco, los famosos inventos o las figuras alargadas del catalán Coll, sin olvidar las "Hazañas bélicas", "Tintín" o el "Sargento Gorila". He de reconocer que no se la razón que me ha movido a comenzar por Carpanta, ese simpático personaje creado por el catalán Josep Escobar, creador también de los célebres Zipi y Zape, de Petra criada para todo, Don Óptimo y Don Pésimo y el perro Toby, entre muchos otros. Con los años nos hemos enterado que muchos de estos dibujantes que entretuvieron nuestra niñez tuvieron una vida complicada, así Escobar pasó año y medio en la cárcel tras ser depurado de su puesto de funcionario de correos y acusado de militancia izquierdista. Para los niños de entonces -imagino que como los de ahora- todo era siempre bonito y sencillo y dificilmente te ponías a pensar que tras los trazos de nuestros creadores favoritos había personas humanas con sus penas y sus alegrías, de la misma manera que tampoco te planteabas la crítica social que, según se asegura ahora, se ocultaba tras unos personajes cómicos.

Al parecer la palabra "carpanta", según el diccionario de la lengua, significa "hambre violenta", lo que casa perfectamente con la permanente necesidad de comer del personaje en cuestión. Aseguran los estudiosos que Escobar tuvo serios problemas con la censura, pues se pretendía que en la España de Franco nadie pasaba hambre y, de hecho, dicen que a partir de un momento en las historietas de Carpanta éste no tenía nunca "hambre", sino "apetito". Pero un niño de la época no entraba en estos matices y para mí, como para tantos otros, Carpanta no era más que un pobre individuo que siempre se quedaba a dos velas en lo que se refiere a su aspiración de ponerse las botas. Recuerdo que uno sentía cierta frustración y pena por el personaje cuando veía cómo una vez más se quedaba con la miel en los labios y deseaba que por una vez el autor tuviera piedad del individuo y le dejara disfrutar de un buen banquete, como esos que se pegaba su buen amigo Protasio, que era como el contrapeso a la situación de permanente déficit alimenticio de Carpanta.

Yo me planteo que Carpanta va mucho más allá del reflejo de un hombre sin oficio ni beneficio que no tiene qué comer y ansía permanentemente llenar el buche; en nuestra sociedad siempre ha habido "Carpantas", y no tanto porque haya quien pase hambre, sino porque todos hemos conocido a individuos que se dedican a trampear por ahí, amantes de la buena vida, con paladares exquisitos y gustos por las bebidas más caras, que presumen de discernir -o aparentar que disciernen- entre un vino bueno y uno excelente, de pedir un gin-tonic o un cuba libre exigiendo tanta precisión y tantos detalles que pueden perturbar al camarero, y a la vez no son capaces de justificar su "modus vivendi", posiblemente porque no lo tienen, a pesar de lo cual son capaces de aguantar años y años de lujo en lujo. ¿Quien no ha conocido un "carpanta de la vida?", alguien cuya existencia se limita a buscar el modo de saciar sus concretos y poco elevados gustos.

Me temo que he llevado el personaje demasiado lejos, es posible que el Carpanta que nos presentaba cada semana Escobar no fuera tan complicado y, sobre todo, acababa teniendo menos éxito en sus aspiraciones que esos carpantas de traje caro -aunque a lo mejor sólo tienen uno-, calva disimulada y deportivo nacional, pero no dejó de ser uno de nuestros primeros encuentros con la jeta, el quiero y no puedo y la vida muelle. Escobar falleció en 1994, pero a muchos nos dejó unos personajes que caminaron bastantes años a nuestro paso.


18 de mayo de 2011

La cafetería "pija" de la Zaragoza de los 60



Yo juraría que nunca entré en "Las Vegas", pero su nombre, el aspecto de su entrada y sus veladores los tuve bien grabados durante esos años 60 y 70 en los que iba encontrándome con la vida en la Zaragoza de mi infancia y juventud. Imagino que quienes por tener algún año más que yo tuvieron ocasión de recorrer los distintos locales hosteleros de la capital maña nos podrían hablar de otros establecimientos capaces de hacerle la competencia, pero creo que como cafetería "Las Vegas" marcó toda una época en Zaragoza.

"Las Vegas" fue, posiblemente, uno de los centros de la Zaragoza más "pija" y snob de entonces; en la cafetería ubicada al principio del Paseo Independencia, justo al lado de la Plaza España, se podía ver a los cadetes que cruzaban el puente los fines de semana en busca de diversión y ligoteo, a las "alegres comadres" de la milla de oro que ponían boca abajo a los zaragozanos más "nombrados" relatando la última puesta de largo de "La Lonja", bodas, comuniones o bautizos o algún que otro cotilleo inconfesable, a las chicas casaderas de familia bien que no habían conseguido enganchar novio adecuado o, en correspondencia, algún estudiantillo de provincias que aspiraba al "braguetazo".

Eran tiempos de una Zaragoza provinciana, sin excesivas aspiraciones ni demasiados agobios de ningún tipo, en la que los aficionados al fútbol -¡ay que tiempos!- disfrutaban con los "5 magníficos", la gente hacía cola para ver el estreno de las últimas películas de Sofía Loren, Belmondo o Liz Taylor en el Palafox, el Fleta o el Coliseo Equitativa, sin olvidar las primeras experiencias de "Arte y ensayo" en el Elíseos. Una Zaragoza en blanco y negro, que de vez en cuando se estremecía con alguna tragedia local o se ponía nerviosa por el leve terremoto de aquel verano o la injustificada alarma de epidemia de cólera de aquel otro. Una Zaragoza de tranvías de trole y taxis Seat 1500, en la que había que cruzar el puente para acudir a la "Estación del Norte", las Fiestas del Pilar no tenían peñas y sí ferias, el Circo Atlas y Coslada, aún se veían "Isocarros" y afiladores, los cupones de la ONCE eran auténticos "cupones" y los guardias urbanos se cubrían la cabeza con un casco que parecía otra cosa.

Y en medio de ellos "Las Vegas" fue como el toque de glamour, la reserva del encanto, la elegancia y el buen estilo, el lugar donde abrirse a Europa, aunque puede que no mucho más allá de Biarritz. Pasados los años apareció "Imperia", allí al principio de Sagasta, muy cerca de la esquina que provoca expresiones a su paso. Dicen que en "Imperia" se hacían los mejores croissants de la ciudad y que robó unos cuantos clientes a aquélla, pero no dejó de ser la advenediza, la nueva rica, y no se si le hizo sombra. Lo único cierto es que ni una ni otra han pervivido, sólo su recuerdo y los que éste provoque en quienes fueron asiduos de sus instalaciones. Con los 70 las cafeterías "chic" crecieron como setas: "Formigal" en el Hotel Corona de Aragón, "Avenida" en Independencia, "Mary Land" en Capitán Portolés, "Gurrea" en el Pasaje "Ebrosa", "Italia" y el nuevo "Savoy" en el Coso, "Gora" en Francisco Vitoria, "Wendy" en San Ignacio de Loyola, ... casi todas ellas acabaron desapareciendo y nunca lucieron como lució "Las Vegas" en los días brillantes de Zaragoza.


19 de febrero de 2011

Felices y musicales años 60


Uno puede darse una vuelta por youtube e ir buscando esos vídeos nostálgicos en los que se reencuentra con las canciones que escuchaba de pequeño en la televisión de blanco y negro; eran tiempos en los que en el mundo de la música imperaban los estilos impuestos por todo el mapa por Los Beattles y los Rolling Stones, a la vez que se extendía, con notorios aires de protesta, la música folk, representada por intérpretes de la talla de Bob Dylan, Joan Báez, Donovan, ... En España estábamos muy lejos de ese nivel y todo era, al menos en apariencia, más rudimentario, pero las canciones de entonces son capaces de encender las emociones.

Mis primeros recuerdos musicales tienen mucho que ver con un programa que se emitía los domingos por la tarde llamado "Escala en Hi-fi", lo presentaba Juan Erasmo "Mochi" y una serie de aspirantes a estrellas ponían cara a los éxitos musicales del momento a base de entusiasmo y play-back. Recuerdo perfectamente que dos de los éxitos que allá por 1964 o 1965 se escuchaban a todas horas venían de Francia e Italia: de más allá de los Pirineos era el cantante Hervé Vilard, quien interpretaba una canción de amores desdichados titulada "Capri C'est fini", mientras que, atravesada la Costa Azul, triunfaba en Italia Jimmy Fontana con "Il mondo". De vez en cuando aparecían solistas o grupos ingleses con éxitos importantes en los hit parades, incluso alguna visita a programas como "Noches del sábado"; así recuerdo a Mary Hopkins con su "Qué tiempo tan feliz", a lo mucho que sonó por aquí la canción que rivalizó con Masiel en Eurovisión, "Congratulations", cantada por Cliff Richards o un tal Oliver que cantaba un tema lento y meloso titulado "Jean", incluso un tal Tommy James, que creo era norteamericano, y alcanzó el número uno del hit parade español con "Mony mony".

Pero en España también teníamos primeros espadas, y por encima de todos destacaba Raphael, el niño de Linares que acudió dos años a Eurovisión con "Yo soy aquél" y "Hablemos del amor"; Raphael era considerado el indiscutible número uno, el mejor y ¿quien no recuerda "Digan lo que digan", "Mi gran noche" o "Aleluya del silencio"?. También destacaban una serie de grupos de jóvenes que emulaban a los escarabajos de Liverpool, como los Brincos, formados por el genio de Juan Pardo y Fernando Arbex y que cantaban temas como "Flamenco", "Lola" y "Un sorbito de champagne", aunque a mi me hacía mucha gracia un tema mucho menos conocido: "Las alegres chicas de San Diego"; enorme éxito tuvieron también Los Bravos, un grupo más agresivo que el anterior con un solista alemán, Mike Kennedy, con fama de golfo y pendenciero: "Black is black" fue su gran éxito, pero tampoco fueron mancas canciones como "Bring a little lovin" o "Los chicos con las chicas". De corte distinto eran Los Pekenikes, que hacían música meramente instrumental con nombres que luego serían alguien en la música española como Alfonso Saiinz y Tony Luz; temas célebres suyos fueron "Lady Pepa", "Frente a palacio", "Embustero y bailarín" y "Arena caliente". Significativas también "La escoba" de Los Sirex, "Summertime girl", de Los Íberos o "Mañana" de Los Ángeles. Había otros grupos como Los Mustang que hacían sus propias versiones de éxitos internacionales como la balada de "Bonnie & Clyde" a la vez que Fórmula V inicaba su periplo con temas tan oídos como "Tengo tu amor" y "Cuentamé".

Unos habituales de los programas musicales de la tele eran tres paraguayos con el nombre artístico de "Los 3 sudamericanos": alma María, una guapa rubia, Johnny Torales, que estaba casado con aquélla y llevaba siempre gafas oscuras y casto Darío, que era chaparro y simpaticón; el trío ganó un disco de oro con "La chevecha", aunque sin ninguna duda me quedo con "El funeral del labrador"; seguro que también suenan mucho temas como "Cartagenera" o "Pulpa de tamarindo". Y hablando de tercetos, ¿quien no recuerda "El puente" de Los Mismos?. Claro que aún eran más "camp" Los Tres de Castilla, dos mozos y una moza ya entraditos en años que le daban al bolero que era un primor: "Quizás, quizás, quizás" y "Moliendo café" son una muestra. Pero por encima de todos estaba el Dúo Dinámico, manolo de la Calva y ramón Arcusa, quienes se hincharon de vender discos con temas como "Resistiré", "Amor amargo", "Oh Carol" y "Perdonamé". La desgracia cortó la carrera de Johnny and Charley, dos holandeses afincados en nuestro país, que se recorrieron España con "La yenka" hasta que un accidente de coche segó la vida de Charlie.

En el capítulo de solistas femeninas brilla con nombre propio el nombre de Massiel, que dio el pelotazo al ganar el festival de Eurovisión en 1968 con "La, la, la", solamente quienes estábamos vivos por aquel entonces somos capaces de comprender lo que significó el triunfo de la madrileña en la España del desarrollo; María de los Ángeles Santamaría tenía voz y dientes de caballo, pero se convirtió en un ídolo nacional, otros éxitos suyos fueron dos composiciones de Luis Eduardo Aute, "Rosas en el mar" y "Aleluya nº 1", aunque su primer éxito fue "Rufo el pescador". También acabó acudiendo a Eurovisión Karina, una chica dulce, tierna y más bien horterilla que vendía discos como rosquillas: "Romeo y Julieta", "El baúl de los recuerdos", "Las flechas del amor" , "La fiesta", ... son éxitos suyos de la época. De un estilo bien distinto era María Ostiz, una navarra que acabó casándose con el futbolista Zoco y cantaba canciones más bien intimistas como "No sabes como sufrí", "Romance anónimo", "El árbol" y "Naveira do mar".

A final de la década triunfó en toda la regla en España un venezolano llamado Henry Stephen, su canción "Limón limonero" se oía por todas partes y a aquélla le siguieron "O quizá simplemente te regale una rosa" y "Un vaso de vino", tiempo después tuvo un problema de drogas y al parecer fue puesto en la frontera. De aquella misma época era Julián Granados, quien empezó de solista de un grupo llamado Los Buenos y que en solitario dio mucho juego con "Lupita".. Algo anterior en el tiempo es Bruno Lomas, un valenciano chaparro y amante de los coches deportivos que cantaba rock, "Ven sin temor" y "Como ayer", con la que ganó no se qué festival de la época, son temas representativos suyos. Micky triunfó en solitario en los 70 con "Elchico de la armónica", "Bye bye Froilain" y su paso por Eurovisión con "Enseñame a cantar", pero ya en la década anterior destacaba junto a Los Tonys con temas como "Buribú" o "I'm over". En 1968 el grupo Pic-nic, encabezado por Jeanette cantaba una triste y modosa canción titulada "Callate niña", mientras Nuestro Pequeño Mundo ofrecía un producto más folk con temas como "Sinner men" y "Drunken salior". Otro grupo que dio lugar a unas cuantas canciones de Misa, de esas postconciliares, fue Voces Amigas, dos mozos y dos mozas que interpretaron temas como "Canta con nosotros": el vídeo es de un carpetovetónico notable.

Eran los tiempos de Luis Aguilé -"Cuando salí de Cuba", "Juanita Banana", ...-, de "Les elucubrations" del francés Antoine, del "Me lo dijo Pérez" de un Alberto Cortez que entonces era llamado "Mr. Sucu-sucu", del "Corazón contento" de Palito Ortega y Marisol, del triunfo de Julio Iglesias en Benidorm con "La vida sigue igual", de los primeros pasos de Nino Bravo con temas como "Como todos" y "Te quiero te quiero", aunque ambos alcanzarían el estrellato en la siguiente década, de grupos tan especiales como Lone Star, que tenían una canción que me gustaba mucho: "Mi calle", de las rumbas de Peret, "Una lágrima cayó en la arena" y "Gitano Antón", de las canciones en gallego de Andrés do Barro -"Oh tren" y "Corpiño xeitoso" -, de la "Anduriña" de Juan & Junior, las "Paraules d'amor" de Serrat o "En posguerra", de Manolo Díaz, un cantautor asturiano que entonces sonaba mucho y del que nunca más se supo. En 1969 un joven francés que presumía de díscolo, Jean Francois Michel triunfó con "Adiós linda Candy", mientras unos años antes era la italiana Patty Pravo la que nos dejaba a todos boquiabiertos con "La bámbola" y uno después Los Payos convertían "María Isabel" en la canción del verano.

Me debo dejar muchísimos en el tintero, pero creo que es un buen recurrido por una música tan pasada de moda como fuente de nostalgia.