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4 de julio de 2019

Más vale tarde



A veces uno tiene deudas. No siempre son dinerarias, en ocasiones tienen su causa en la dejadez, la pereza, la dispersión que te impide hacer lo que debes en el momento preciso, con la puntualidad adecuada. Lo que pasa es que hay acreedores bondadosos que te lo perdonan casi todo ... esperemos que no se cansen.

Hasta hace unos meses las Cinco Villas eran para mí una comarca más de Zaragoza, donde está la villa originaria del actual presidente de Aragón,  el pueblo de la familia paterna de mi cuñada, la cuna familiar de unos magníficos compañeros de clase, algún castillo, un pueblo tan bello como Sos del Rey Católico y poco más. A partir de un sábado que comienza a alejarse en el tiempo, las Cinco Villas pasan a engrosar el bagaje de mis tesorillos personales.

¿Y qué hubo de especial? ... buena compañía, la generosidad al servicio de un grupo de amigos, el cuidado de los detalles como forma de manifestar cariño y no perfeccionismos ni alardes, un ambiente de confianza, una formas de hacer que ayudan a ser mejor ... y también, lo admito, las mejores migas que he tomado nunca, hechas por un pastor de los de verdad, alguna jota, comida de primera calidad, bien regada por supuesto ... copa posterior incluida.

Me da miedo que en ocasiones no lo sepa demostrar, pero siempre intento ser agradecido. Y este año cuya mitad ya se ha esfumado, fue ésta una de las ocasiones en las que más gratitud sentí. Por todos, por el lugar, y muy en especial por quien se ocupó de que no pudiera salir mejor el plan ... ni pudiera quien suscribe sentirse más a gusto. 

Como decimos a veces: "¿Qué sería de la vida sin estos momentitos?". Habrá que descubrir más sábados para "momentitos".


15 de julio de 2017

Nostalgias cinematográficas


Hubo tiempos en los que ir al cine suponía un acontecimiento, una experiencia, unas sensaciones que no tienen nada que ver con las actuales. No se trata de dar a entender que cualquier tiempo pasado fue mejor, de arremeter contra las rutinas de ahora, de llorar momentos que no regresarán. Sin más, viene bien de vez en cuando evocar el pasado que vivimos, recuperar emociones, valorar lo que tuvimos y, tal vez por encima de todo, alentar que con los recuerdos retomen vida quienes ya se fueron y añoramos cada día.

Una veces  al cine se iba con los amigos, en ocasiones en manada, como cuando media clase acudimos al Cine Rex allá por marzo de 1973 para asistir al fenómeno cinematográfico del año, "La aventura del Poseidón", donde Gene Hackman lideraba la lucha por sobrevivir de Ernest Borgnine, Shelley Winters y unos cuantos más. Otras veces tocaba conformarse con los reestrenos, el cine de barrio, las matinales del "Palacio" y el "Victoria" o la semi-imposición de las películas siempre "toleradas" del "Cine Mola". También había salas inaccesibles, como el "Palafox" o el "Rex", que costaban sus duros, o el recién cerrado "Elíseos", que era de arte y ensayo, donde nos imaginábamos pasaban proyecciones tremendas. También había "expediciones" familiares, en cuyo caso las pelis revestían forma de comedia o se recurría a la factoría "Disney", sin olvidar cumpleaños y otras celebraciones en las que mandarnos al cine no dejaba de ser una forma de quitarnos de en medio.

En nuestra nómina cabían los western en los que John Wayne asumía el papel de héroe, los que concluían con la llegada del "Séptimo de caballería", alguna aventura creativa de Grégory Peck o algunas mas rudimentarias, tal vez rodadas en Almería. Y también las películas de romanos, cuando aún no conocíamos las ocurrencias de Sabina;  en el "Dorado", y el "París" no eran infrecuentes las coproducciones hispano-italianas en las que se les despistaba algún centurión con "Duward Aquastar" o postes telefónicos y marcas de "Jeep" en en desierto. A mi memoria vuelven los grandes estrenos de mi infancia -""Mary Popins", Oliver", ...-, la reposición de las superproducciones históricas -"Ben Hur", "Quo Vadis", "Los 10 mandamientos", ...-, como si continuaran sonando en mis oídos los temblores de las paredes rojas del "Fleta" mientras Nerón quemaba Roma, Moises-Charlton Heston abría las aguas del Mar Rojo o Ben-Hur disputaba con Mesala una carrera de cuádrigas que ponía los pelos de punta.

Siguen vivas en nuestras entretelas las entradas de colores, las taquillas que fomentaban la impaciencia, los acomodadores uniformados y talluditos, esos efluvios de ambientador más o menos baratos, el pequeño bar con chicles y caramelos masticables, los intermedios, los frescos del cine "Latino", el "gallinero" del "Goya" y el "Coliseo", alguna gamberrada que otra, ... todo sigue vivo. mientras cada cual seguimos siendo personajes de la película de nuestra vida.


2 de marzo de 2017

Otra tienda que se marcha


Pasé ayer por la calle Alfonso, como tantas veces. En esta ocasión comprobé que había novedades, de esas que te dejan un sabor agridulce, que remueven tu nostalgia y te hacen comprobar, una vez más, que por mucho que dure, todo tiene su fin. Al pasar por "El Pelicano", la zapatería que en mis tiempos jóvenes era casi lo más "top" de los establecimientos del ramo, vi que lucía el tremendo cartel de "liquidación por cierre". 

Hace ya tiempo que la tienda sonaba a cosa pasada, a establecimiento de otros tiempos, ... aunque pienso que siempre ha conseguido mantener ese aire de distinción. No ha pasado mucho tiempo desde la última vez que estuve y volví a encontrarme con ese dependiente mayor, ... tal vez el dueño, que sabe lo que vende, que puede presumir de tener las mejores marcas, de vender calidad.Los sillones, el tapizado de la pared, los muebles hace tiempo que pasaron de moda, hasta los calzadores son de otra época. A pesar de todo seguía siendo una tienda "de siempre".

Ahora se estilan otros calzados, se opta por el diseño, la originalidad, la comodidad, ... sino esos almacenes que ofrecen dos pares por uno o alinean los zapatos como si fueran lechugas. A lo mejor hay quien me tacha de antiguo, de rancio o de pijo, pero dudo que encuentre un sitio similar para comprar mis zapatos.

Ah¡¡¡ ... un 40% de descuento, tal vez aún se esté a tiempo de "pillar" algún chollo. 


8 de febrero de 2017

Antiguos supervivientes


Me pongo a recordar el Paseo Independencia de mi infancia zaragozana y compruebo que de aquellos porches no quedan demasiados establecimientos. Sin comprobaciones concretas ni afanes exhaustivos, observo que hace ya tiempo que no están las librerías "Lepanto" y "Gacela", de la misma manera que terminaron cayendo "Marín Chivite" y "Comercial Millán", los cines "Avenida", "Actualidades", "Dorado" y "Coliseo Equitativa", así como el teatro "Argensola", la granja "Kelito", el "Stork club", las cafeterías "Ceres", "Roma" y "Avenida" o los restaurantes "Bienvenido" y "La Maravilla".  El actual "Las Vegas" no tiene nada que ver con el de entonces, y hace décadas que no existen el "SEPU" y "Galerías Preciados", por mucho que otros propietarios ocupen sus edificios, a la vez que los "Helados Italianos" se han cruzado de acera y los "Espumosos" empiezan a estar en todas partes menos en nuestro céntrico paseo principal.

Por eso resulta tan llamativo como grato observar que entre las cenizas de tantos lugares entrañables para varias generaciones y al lado de nuevas tiendas y franquicias, sobrevive una pequeña bombonería, "Soconusco", tan cargada de historia como de "delicatessen". De niño  veía el lugar como una especie de "fruta prohibida", un lujo para momentos excepcionales. El local es pequeño, por dentro y por fuera, y en su interior te atienden sin prisas, a ritmo pausado porque la calidad y la dulzura de sus productos exige calma, fuego lento. Allí sigue vigente el papel sedoso, las cintas de dos colores que se envuelven con lazos delicados, las bandejas de cartón de diversos tamaños, las cajas para bombones y todo esa parafernalia encantadora y que desearía fuera inmortal.

En "Soconusco" se puede seguir soñando con caramelos de calidad, con toffes que se deshacen en la boca, pastillas de café con leche, bombones variados, incluídos esos de licor envueltos en papel brillante y que explotan en la garganta, los "cortados de Uña", confites, turrones que se venden a peso, anguilas de mazapán toledano, lenguas de gato, trufas, bocaditos de nata, ... Todo un canto a las confiterías de siempre, las de regalos espléndidos, las de los domingos al salir de misa, ... establecimientos a los que se acude sin prisa, porque termina resultando tan delicioso el protocolo comercial como el producto que se compra y se consume.

15 de diciembre de 2016

La España musical del "desarrollo"


He salido un momento a devolver un libro a la Biblioteca y vete a saber porqué extraña razón han comenzado a pasar por mi cabeza cantantes y canciones que dominaban el panorama musical español en los años de mi infancia. Así, sin orden ni concierto y consciente que habrá omisiones y hasta alguna referencia que a más de uno le sonará a "cutre", se me ha ocurrido cubrir un post con el protagonismo de alguno de estos recuerdos.

Si había un solista consolidado en nuestro país allá por los 60 era Raphael; había nacido en Linares, era casi un crío y tenía una voz imponente, aunque el mozo era algo afectadillo. Nos representó en Eurovisión dos años seguidos -"Yo soy aquél" (1966) y "Hablemos del amor" (1967)-, de manera que mi mente ingenua e inexperta pensaba que su presencia por España era obligatoria en el certamen. Otros temas de enjundia fueron "Digan lo que digan", "Mi gran noche", "Al ponerse el sol", "Aleluya del silencio", ... sin olvidar su universal "Pequeño tamborilero":  "ropoponpon ...".

Claro que hablando de Eurovisión, la diosa indudable fue Massiel, quien en 1968 fue capaz de ganar el certamen imponiéndose al británico Cliff Richards y su "Congratulations" en el mismísimo Royal Albert Hall de Londres. La canción vencedora, "La,la,la", había sido compuesta  nada menos que por Ramon Arcusa y Manuel de la Calva, el Dúo Dinámico, genuino grupo emblemático de los 60 -"Quince años tiene mi amor","Oh Carol", "Perdonamé", "Esos ojitos negros", ...-. Massiel había destacado hasta entonces con temas compuestos por Aute como "Rosas en el mar" y "Aleluya". Durante tiempo a Eurovisión fuimos mandando lo más granado del panorama musical, así Salomé ganó -junto a otras tres cantantes- con "Vivo cantando" y Julio Iglesias, que se había destapado en Benidorm con "La vida sigue igual", participó en 1979 con "Gwendolyne" ... José María Iñigo afirmaba que tenía "voz de yogourt", aunque al cabo de los años se convertiría en "nuestro cantante más internacional". Karina quedó segunda con "En un mundo nuevo y Jaime Morey bastante  más abajo con "Amanece", hasta que en 1973 Mocedades dio el pelotazo y mereció el triunfo con "Eres tu", la canción más bonita que España llevó nunca al Festival y que terminó ocupando el segundo lugar tras la guapísima representante de Luxemburgo  Anne Marie David.

La España de esos años tuvo sus grupos importantes, como "Los Bravos", dirigidos por la fuerza de su solista, Mike Kennedy -"Black i black", "Bridge a little lovin", "La motocicleta", "Los chicos con las chicas", ...-, Los Brincos, con su inmortal  "Con un sorbito de champagne" o eso de "¿Borracho yo?, tururú", Los Sirex -"Si yo tuviera una escoba, cuantas cosas barrería" o Los Pekenikes, al mando de un genial Alfonso Sainz que sólo tocaban temas instrumentales: inolvidable la elegancia de "Lady Pepa", "Frente a palacio", "Embustero y bailarín", "Arena caliente", ... De Los Brincos se desgajarían con el tiempo Juan & Junior, quienes duraron poco juntos, pero lo suficiente para vender miles de singles con su dulce "Anduriña". Luego cada cual se iría por su cuenta y Juan Pardo se convertiría en cantante y compositor fundamental en su momento -"La charanga", "Toros en México", .. -, mientras Junior se casaba con otra voz inolvidable,  Rocío Durcal. No cabe olvidar a Los Ángeles, con "Mañana", Modulos, que cantaron un precioso "Todo tiene su fin", Los Canarios de "Get on your knees" o Los Íberos y su "Summertime girl".

Un fenómeno curioso fue la canción del verano, y entre olas, chiringuitos, los primeros bikinis, los castillos de arena y los guateques estivales sonaron temas como "María Isabel", de Los Payos, "Un rayo de sol", de Los Diablos o aquella "Eva María" de Fórmula V, que ya en su día habían puesto en el candelero el "Cuentamé" que con los años inspiraría la exitosa serie televisiva. A mi memoria vienen otros temas "veraniegos" como "Amarillo" de Tony Christie, "Butterfly", de Daniel Gerard, "Algo de mí", de Camilo Sexto, "Help", de Tony Ronald "Cuando salga la luna" de Los Puntos o esos deliciosos e ingenuos temas gallegos de Andrés do Barro -"Corpiño Xeitoso", "Oh tren", "San Antón", ...-.

No podría cerrar un post sobre música nacional sin citar la boca torcida y la mirada triste de Mari Trini, quien interpretaba unas canciones llenas de belleza y poesía: "Amores", "Cuando me acaricias", "Un hombre marchó", ... "Mañana me iré temprano, sin dejar ninguna huella, ..." "Canciones a mi manera escucharás día a día, canciones que lleva el viento por su torpe  melodía". Y también la calidad de Serrat, con una primera época en catalán llena de ternura -"La guitarra", "Paraulas d'Amor", "La tieta", ... y un paso al castellano capaz de crear una maravilla como "Mediterráneo" y temas de la altura de "Lucía", "Penélope", "Cantares" o "Tu nombre me sabe a hierba". Y dos carreras truncadas prematura y violentamente: Nino Bravo, una voz enorme -"Noelia", "Un beso y una flor", "Libre, "Te quiero te quiero",  muerto en 1973 en accidente de automóvil en su mejor momento profesional y Cecilia, una mujer que creó un nuevo estilo con "Dama, dama", "Fui", "Mi querida España" o "Un ramito de violetas", y que nos dejó en otro accidente en el verano de 1976. 

Por mi cabeza siguen pasando nombres, como la sorprendente aparición de Pedro Ruy Blas -"A los que hirió el amor"-, la elegancia y discreción de María Ostiz -"No sabes como sufrí", ... "Cigarra, canta cigarra, que ya está llegando el día"-, el estilo de Nubes Grises -"El solitario"- o la voz profunda de Marisol -"Hablame del mar marinero"-. Seguro que me he dejado muchos, ... buena excusa para hacer en su día una segunda parte.


13 de septiembre de 2016

Esa caja de corchetes


Hay recuerdos de infancia que reaparecen en tu mente sin saber porqué; cabría pensar que duermen en algún lugar recóndito del cerebro y vete a saber que extraña razón les mueve a volver a la vida activa. Es la única explicación que le encuentro al hecho de que mi cabeza haya revivido un antiguo sucedido realmente intrascedente, aunque al saborearlo hayan quedado ciertos rastros de ternura.

Corría un verano de la primera mitad de los 60 y en compañía de mi madre y hermanos nos dirigíamos, como otras veces, a la Gran Vía El destino final era la zona que en aquella época se bautizaba como Calvo Sotelo: allí nos encontrábamos con primos y algún que otro grupo similar que conocíamos. Al citado lugar solíamos acceder enfilando Hernán Cortés, pasando ineludiblemente por el viejo cuartel que había entonces, torciendo posteriormente por la calle Fita hasta llegar a  Doctor Cerrada, calle que alguien denominaba por entonces -ignoro si ahora también- "el camino de los cubos" y atravesando Laguna de Rins o Dato llegábamos a lugar deseado.

A mitad de camino entramos en una mercería de la calle Hernán Cortés, aunque no recuerdo cual fue la compra concreta. Lo que si conserva mi memoria es que la dependienta, de la que no sabría decir si era joven o madura, guapa o fea, rubia o morena, ... me regaló una caja de cartón como la que aparece al principio y final de mi post. No se si lo hizo por un natural amable, o al observar mi timidez o mis modos inquietos e impacientes, actitudes todas que me caracterizaban por aquella época y de las que sigo guardando secuelas. Puedo asegurar que el obsequio me hizo ilusión, tal vez porque no estaba acostumbrado a que nadie me regalara nada en mercerías, farmacias, tiendas de ropa y demás establecimientos comerciales, ... amen de que ¿a qué niño no le gusta que le den algo gratis?.

Contrariamente a lo que era lógico hacer, máxime en alguien de natural bastante curioso, no abrí la caja. La contemplé, la agarré con la mano y reemprendí el camino con mi familia orgulloso del presente conseguido. No se porqué razón  no pasó por mi cabeza lo que resultaba más lógico, ... prácticamente evidente: el que la caja estaba vacía y que el hecho de haber llegado a mi propiedad no era más que una simple alternativa  al cubo de basura.

Una vez llegados a nuestro destino, y mientras las madres de unos y otros hablaban de sus cosas sentadas en uno de los bancos de madera existentes, presumí de caja con el resto de chiquillería allí presente. Entre otros estaba el hijo de una amiga de mi madre, uno de esos niños pelirrojos y con pecas tan presentes en películas y anuncios televisivos, que sin ningún tipo de contemplación ni delicadeza intentó romper hechizos y me aseguró que la caja estaba vacía. Recuerdo mi rebeldía ante tal posibilidad, me resultaba inconcebible que el objeto no contuviera sorpresa alguna que satisfaciera mis ingenuas e injustificadas ilusiones y, siempre sin abrirla, me emperré en mantener la esperanza de un regalo sorpresa.

Imagino que más pronto que tarde confirmaría desolado lo que era lógico: dentro de la caja no había nada y lo único que había hecho la dependienta había sido tener un gratuito detalle de cariño, sin saber la pobre que lo que hacía era iniciar el camino de la decpeción de un niño fantasioso. 

No se si fue una enseñanza de la vida, y en tal caso tampoco si me sirvió de aprendizaje, pero no parece desacertado pensar que ese sencillo e inane episodio no es más que una parábola de la vida misma, cuando nos empeñamos en ilusionarnos y crearnos expectativas ante cosas que no son más que objetos inútiles llenos de aire, meras burbujas.


6 de septiembre de 2016

Momentos dulces


Cuando yo era niño los domingos, entre otros matices, solían tener algo que ver con las confiterías. Los festivos eran días en los que a la mesa eran fijos los pasteles, la nata montada que acompañaba al melocotón en almíbar o al bizcocho casero, el tortell  con cabello de ángel y alguna que otra dulzaina más. La cosa no tenía más trascendencia, pero ponía un toque distinto a la comida del resto de la semana.

No digo que ahora todo sea distinto, hay tradiciones que con mayor o menor extensión permanecen, pero es posible que hoy en día se haya perdido cierta liturgia en el tema, hasta que se acabe llamando pastel a cualquier cosa, incluso cuando el producto aparece envuelto en plástico o celofán. También es cierto que ahora la variedad es infinitamente superior: en repostería como en vinos, en coches o en tipos de tornillos.

Aquellas fiestas con suplemento de azúcar no puedo evitar identificarlas con esos paquetes -mayores o menores según la extensión de la familia e invitados- envueltos en papel blanco y anudados con una cinta fina, generalmente de dos colores en el que uno solía ser el blanco, que terminaba en un lazo hecho con tanta habilidad como cariño. Paquetes que escondían pasteles poco sofisticados, con merengues, mantequillas y confetis que bastaban para satisfacer ilusiones y deseos infantiles. Pasteles depositados en pequeñas bandejas de cartón en las que frecuentemente quedaban abandonados restos de nata y otras "primeras materias".

¿Quién no recuerda aquellas viejas confiterías, regentadas por familias que las heredaban de padres a hijos?, ... habitáculos reducidos de olores típicos y embaucadores. Establecimientos e cuyo interior se escondían alacenas y obradores en las que se elaboraban mediasnoches por encargo  ... un concepto que de niño no sabías muy bien qué podría significar, porque tampoco te planteabas qué se podía hacer a medianoche con un bollito relleno de jamón de york o queso de bola. Lugares con anaqueles  donde reposaban caramelos a granel, habitualmente con sabor a frutas, cajas de bombones de diversos tamaños con aroma a cumpleaños o amor platónico, chocolatinas redondas para niño de  casa de visita, trufas que sonaban a obsequio especial, de eventos excepcionales, ...

Y con esos recuerdos más bien "tontunos", "simplones", superficiales, ... uno es capaz de reconstruir parte de su primera vida, devolver a este mundo a los que faltan, dulcificar la imagen de los que siguen y dar gracias, porque eres muy ingrato si no agradeces esos momentos que te puso la providencia y que te facilitaron quienes más te querían. 

2 de junio de 2016

Aquellas cajas de hojalata


Leo en algún sitio que las "Mantecadas Salinas" ya cumplieron 140 años ... todo un record. Se trata de unos dulces elaborados en la navarra localidad de Tudela, en plena zona de la Ribera del Ebro, que adquirieron la condición de míticos y eran compra obligada de todo aquél que pasaba por la citada villa. Al parecer la tienda antigua ya no existe e imagino que la empresa la regentará alguna multinacional o cualquiera de esos "líderes" o "emprendedores" que suelen presumir de eficacia y actuar con frialdad.

Mis recuerdos personales de estos dulces se remontan a los años 60, cuando mis padres u otros familiares llegaban a casa con las tradicionales cajas metálicas que contenían una especie de polvorones de forma cuadrada o rectangular y de sabor excelente. Y lo eran a pesar de esa grumosa pasta que se consolidaba en la boca, no se sabe si por la propia naturaleza del producto o por la glotonería infantil que te llevaba a ir demasiado deprisa y/o acumular más de una unidad de un bocado.

Dicho esto, el principal recuerdo de las "Mantecadas Salinas" no se centra en el contenido de las cajas, sino en éstas mismas: unos envases de hojalata con dibujos de flores y la marca y logotipo de la empresa que, terminado lo que había en su interior, eran utilizadas para otros usos caseros, generalmente como depósito de costura. Las sabrosas mantecadas, una vez consumidas, tendían a ser inmediatamente sustituidas por hilos de todos los colores, agujas de distintos tamaños, alfileres, tijeras, dedales, acericos, imperdibles y demas utensilios y aparejos que usaban nuestras madres y abuelas en sus labores caseras.

Estoy seguro que los de mi generación, y algunos de anteriores y hasta posteriores, tienen el mismo recuerdo de aquéllos envases de "Mantecadas Salinas" convertidos en cajas de costura y desempeñando un papel importante entre los objetos que cada día veíamos en nuestra casa familiar.

22 de febrero de 2016

La primera contraseña


Los recuerdos del colegio suelen constituir parte importante de nuestra primera memoria. Hoy me ha venido a la cabeza una costumbre que impuso el profesor que tuve en 3º y 4º de primaria, un maestro nacido en un pueblo de Teruel lleno de bondad y sabiduría. El sólo consiguió convertir una clase de poco más de veinte niños en un grupo unido, casi una familia ... pienso que fue un avanzado, que su forma de educar podría exportarse hoy día como algo moderno, vigente. Fomentaba la ayuda mutua, el compartir vivencias y opiniones, hablar de algo más que meras asignaturas.

Ya andaba avanzado el curso de tercero cuando instauró la costumbre de establecer una contraseña semanal, una especie de lema  que todos deberíamos intentar seguir, sobre el que habíamos de pensar y llegar a conclusiones. Y, como si estuviera ocurriendo ahora mismo, tengo bien grabada su figura, pequeña y nerviosa, escribiendo con fina caligrafía en la esquina ubicada al norte de la parte derecha de la pizarra lo que se iba a convertir desde ese momento en el primer santo y seña: "Sonríe".

Y ahora, pasados 50 años del suceso, con las canas en el pelo, más de una arruga en el cuerpo y alguna más que planchar en el alma, pienso que la contraseña de la primera semana bien podría convertirse en el mantra permanente para el resto de la vida: "SONRÍE", me propongo recordarlo cada mañana, como si lo escuhara de esa voz de notable acento aragonés, con esos ojos que transmitían comprensión ... y también cierta exigencia, porque cuando se dirigía a cualquiera de nosotros uno creía entender cierta petición de que no le falláramos.

9 de diciembre de 2015

La guerra del gas


No me refiero a acontecimiento bélico alguno: no se trata ni de pozos petrolíferos, ni de estrategias guerreras, ni siquiera de maniobras económicas. Simplemente, han regresado a mi memoria recuerdos publicitarios de mi época infantil. Pertenezco a la generación de la burbuja, y en mi época lo que hacía furor, si de refrescos hablamos, eran la "Coca-cola" y la "Pepsi" y las bebidas con sabor a naranja y limón que tenían esas excitantes burbujas, desde el "Kas" hasta la "Fanta" -2 ... da gusto tener sed ..."-, pasando por marcas menos exitosas y duraderas como la "Mirinda" o el "Orange.crush". La palabra "radical" no sonaba nada y los zumos eran más bien productos que te tomabas en casa tras aprovechar las naranjas más feas con un exprimidor manual.   

Corrían los felices 60, y al clásico refresco veraniego  con burbujas le salió un competidor agresivo y los bares, chiringuitos, mercados y tiendas "del ramo" se llenaron de unas botellas más pequeñas y redondas que las habituales que con el nombre  de "Trinaranjus" basaban su oferta en el hecho de no contener precisamente esos "agujeritos"  que tanto alegraban el sentido del gusto. En los veranos de la segunda mitad de la citada década, los consumidores fuimos bombardeados por una agresiva publicidad en la que se ponía en claro enfrentamiento los refrescos dominantes hasta entonces con el nuevo producto, dando a entender  que éste contenía sólo naranjas y que se había prescindido de las burbujas para hacerlo más sano y  eficaz. 

No obstante, la marca no era nueva, y si investigamos en la vida del "Trinaranjus" encontraremos su prehistoria  en un adelantado farmaceutico valenciano llamado Dr. Trigo, quien en 1924 sacó al mercado un zumo concentrado de naranjas para diluir cuyas botellas equivalían "al zumo de 80 naranjas" llamado "Naranjina". Eso sí, la empresa "Trinaranjus" no la sacó adelante hasta 1933 y para su desarrollo contó con un socio, el empresario catalán Salvador Soler Violant. El boom" de los años 60 tuvo lugar con el impulso de un nuevo comprador, el grupo catalán "Agrolimen", que cambió el nombre de "Productos del Dr. Trigo" por el de "Cítricos y Refrescos S.A. (CITRESA)".

No cabe duda de que la campaña fue un éxito, y la marca "trinaranjus" ha ido creciendo y ha logrado sobrevivir a todas las crisis que desde hace ya tanto tiempo han ido haciendo estragos en nuestro país. Eso sí, la publicidad de "Trinaranjus" tuvo su réplica, y la marca "Kas", por aquellos años muy fuerte, tanto que financiaba un equipo de balon-cesto y el mejor grupo ciclista que ha tenido España, reaccionó con anuncios en los que jugaba con las palabras y se animaba al personal a elegir entre refrescos con "gas" o con "kas", a la vez que se ponían en entredicho las ideas de los rivales sin gas asegurando que la mejor opción era siempre el "Kas", pues quien no quisiera burbujas siempre podía tomarse una naranja.


25 de abril de 2015

Aquel viejo juguete


Hoy un amigo mío publicaba en su muro de Facebook una fotos del viejo "Citroen Tiburón", el magnífico coche francés que por lo visto cumple ya 60 años, un vehículo que dio un resultado inmejorable. Es difícil encontrar hoy en día un vehículo con esas prestaciones, esa perfección de fabricación y esa capacidad de sobrevivir. Su imagen me devuelve a la memoria, entre otras cosas, las películas de "Fantomas" que protagonizaban Jean Marais y Louis de Funes.

Pero a mí y a los de mi generación, el viejo "Tiburón" nos trae un recuerdo más entrañable, el de ese coche -llamemoslé teledirigido- que nos compraron nuestros padres para el cumpleaños o nos trajeron esos Reyes Magos que deberían haber sido verdad, ... que en nuestra memoria que envejece poco a poco nos gusta recordar como si así lo fueran. Como si fuera hoy recuerdo el anuncio de la tele, que hablaba del "Tiburón Citroen Payá", si vuelvo la cabeza hacia atrás se reproduce la escena de contemplar el juguete  como si fuera un avance de la técnica, casi de la ciencia, ... y desde la primera hora de la mañana recorrías pasillos y habitaciones con ese mando inseparable mente unido al coche por un grueso cordón: nos bastaba semejante objeto para ser felices y descargar nuestra imaginación.

Por eso, al volver a ver la imagen del Tiburón de juguete, a la vez que no puedes evitar que avanzado el siglo XXI aparezca como un objeto anticuado y casi ridículo, se muevan los resortes de la nostalgia.

16 de febrero de 2015

Cuando la nostalgia asoma por el lado absurdo


El sábado por la noche disfruté viendo por segunda vez "En bandeja de plata", la formidable comedia de Billy Wilder que bordan Jack Lemmon y Walter Matthau, especialmente este último, que obtuvo nada menos que el Oscar al mejor actor de reparto por su papel de abogado liante y tramposo. Pero no voy a hablar de este magnífico film, absolutamente recomendable para todos, muy especialmente para quien necesite descanso y desahogo, sino de una escena irrelevante que vete a saber porqué me hizo sentir "Morriñas".

La escena es bien sencilla, cuando Willie Gingrich, el personaje al que da vida Matthau, comprueba en el hospital todo el partido que le puede sacar a la cómica lesión de su cuñado Harry Hinkle, se introduce en una cabina telefónica y llama por teléfono a los responsables de la compañía de seguros. En aquel momento, cuando veía como Matthau marcaba con el dedo los números, tal como estuve haciendo durante unos cuantos años, hasta que primero los fríos teléfonos de tecla y posteriormente los malditos móviles han reducido el esfuerzo y hasta la emoción a la hora de realizar una llamada telefónica, se encendió en mi interior la llama de la añoranza. Vete a saber por qué curiosa y misteriosa razón, se activaron entonces las alarmas, y surgió como un sentimiento de pena por tanto avance de la técnica, por haber perdido esas formas que en su momento parecían casi eternas y que ahora se ven como de e´pocas ancestrales. No se ... a veces pienso que debía de haber nacido antes.


9 de junio de 2014

Creer en los Reyes Magos


Pienso que todos conservamos entre nuestros recuerdos más dulces esa bonita ilusión que nos duró más o menos tiempo en relación a la existencia de los Reyes Magos. En una ocasión escuché a un viejo amigo afirmar que se trataba de una tradición que debería haber sido real, que lo bonito sería que las cosas sucedieran tal como nos las hacían creer y en la madrugada del 6 de enero los Reyes escalaran por el balcón de tu casa para poner sus regalos, sin dejar de servirse del refrigerio necesario para unos camellos que se intuían exhaustos.

En un momento determinado de nuestra vida nos caímos del guindo y descubrimos la verdad, con ese sabor agridulce que surgía del contraste entre la desilusión y esa consideración que ya es capaz de elucubrar un niño sobre el valor del cariño paterno, que en el fondo tenía la grandeza  atribuida a esos lejanos magos. Eso sí, recuerdo perfectamente que antes de descubrir qué había detrás de esos días gloriosos de cartas, cabalgatas y regalos, no exentos de alguna frustración que sorprendía, uno tenía la intuición de que algo raro había detrás de los Reyes Magos, conforme cumplías años aparecían los inicios de un racionalismo que buscaba explicaciones que lo escuchado hasta entonces no ofrecía. Eso sí, a la vista de que el resultado de la tradición era favorable, y recibías presentes de padres, padrinos y familiares, optabas por callar y dejabas pasar un tiempo que terminaría por descubrir el pastel.

Hay personas que siguen viviendo con ese espíritu, y parecen no ver y contar la realidad que presencian, sino la que desean, ofrecen la visión de un mundo ideal que no es exactamente como el que vemos la mayoría, ¿Qué hay detrás de esta mentalidad?, no lo tengo claro: tal vez el deseo de ofrecer explicaciones a nuestra vida, nuestro trabajo o nuestras frustraciones,  la ceguera ante las dificultades con las encontramos o simplemente que caemos en la tentación de crearnos una realidad a nuestro gusto.

Eso sí, creer en los Reyes Magos tiene también su parte positiva: quien tiene ilusiones conserva un espíritu joven, es capaz de sobreponerse a las complicaciones, de mantener viva una llama de esperanza, de confianza en el futuro. Creer en los Reyes Magos supone mantener el optimismo, incluir entre tus modos y maneras la creatividad, la visión positiva y la buena opinión sobre el resto de las personas ... y todo eso no es poco. Lo complicado es tener esa fe y compatibilizarla con la necesaria conciencia del suelo que pisas.