9 de octubre de 2008

Punto de partida


















En las últimas semanas la realidad de la muerte se ha cruzado varias veces en mi camino; primero fue Antonio, una salud resquebrajada que se agotó en los primeros días de septiembre, casi inmediatamente falleció un familiar que llevaba tiempo bajo de fuerzas; poco después del día de su santo se nos iba Miguel, un hombre bueno al que el cáncer consumió en menos de dos años y hace dos días le tocó a Bernabé, un abogado de Tarragona que con 39 años perdía la vida inesperadamente en un accidente de automóvil.

La verdad es que he dudado bastante al buscar un título para el post; parafraseando a Sabina, no sabía si ponerme cursi, triste, humilde, digno,.... al final he optado por dejar una título más bien aséptico, una frase genérica que posiblemente puede ser interpretada de muchas maneras, al gusto de cada consumidor. Porque la nomenclatura es lo de menos, lo importante es reflexionar sobre alguien que cada vez con más frecuencia, cumplir años lo lleva unido, se convierte en compañera de viaje. Creo que ya comenté no hace mucho que en la actualidad la muerte se ha convertido en tema tabú para muchas personas: existe hasta el miedo a mencionarla, pero nadie de nosotros, por mucho que se resista, puede impedir que el término de sus días aparezca, más cerca cada día que pasa, en el horizonte.

Evidentemente los planteamientos son muy distintos según las convicciones de cada cual; muchas veces he oído, en boca de quien no cree en un más allá, que es más fácil, casi más cómoda, la posición de los creyentes, pues la muerte se tiene que ver desde otra perspectiva cuando se está convencido de que tras ella hay algo. Y es cierto, pero incluso para quienes creemos que esta vida no es ni la definitiva ni la mejor, la presencia de la muerte nos produce zozobra; la ignorancia casi absoluta de lo que nos vamos a encontrar, la práctica imposibilidad de imaginar lo que hay al otro lado -"ni ojo vio, ni oido oyó, ..."- nos deja entre la perplejidad y la inquietud. No pienso que sea bueno estar obsesionado con el hecho de que nos vamos a morir ni que ésto nos lleve ni al pesimismo ni al desasosiego ni al escrúpulo, pero sí que creo que en nuestra agenda vital tiene que haber un apartado de preparación o, por lo menos, de previsión de lo que va a ocurrir.

Es posible que una de las consecuencias de nuestro enfrentamiento sincero y sereno -cosa que a mí no me parece nada fácil, por cierto- con la inevitabilidad del único suceso de nuestro futuro que está garantizado sea el que nos ayude a ser mejores, a prescindir de esas ambiciones, vanidades y maldades que limitan nuestros personales valores. Me parece que no es descabellado pensar que nuestro encuentro en el más allá será más llevadero si hemos saldado nuestras cuentas con el prójimo; uno duerme mucho mejor cuando ha sabido pedir perdón y cuando ha sabido perdonar.

Si de vez en cuando nos atravemos a proyectar en la pantalla de nuestra vida la indiscutible verdad de la muerte, automáticamente se enciende en nuestro interior una luz que nos habla de la fugacidad de la vida y, con ello del éxito, de los bienes, de las vanidades terrenas; es llamativo como crece, si uno no lo controla, la ambición por el poder, por el dinero ..... qué enorme fuerza poseen los espejuelos del siglo que llevan a la obsesión, a la ceguera, al endiosamiento y a la tentación de pisar al vecino; no cabe duda que la conciencia de la temporalidad ayuda a desterrar egoismos.

Necesitamos tenerla presente, porque es imprescindible para estar a bien con uno mismo y a bien con Dios; y ambas cosas andan íntimamente unidas. En el fondo no es nada fácil el enfrentamiento con nuestro interior: cuesta admitir nuestros errores, máxime cuando hay algunos que tienden a perpetuarse y casi lo hemos convertido en costumbre y, sobre todo, cuando asumirlos equivale a renuncias y rectificaciones; pero solamente entonces, cuando los admitimos, aunque a lo mejor no podamos evitar siempre reincidir, podemos mirar a los ojos a Dios, momento en el que todo se hace más fácil.

Es ley de vida y cuando uno traspasa ese ecuador en el que el tiempo por vivir ya es inferior al vivido, cada día es más recurrente la visión del final, entre otras razones porque cada vez tienes más ocasiones de recordarlo.

Fotos: hors-la-loi.blogspot.com; poesiafuego.blogspot.com; photos.igougo.com

4 comentarios:

Sunsi dijo...

El funeral de Bernabé se celebró ayer en el Loreto. Los coches aparcados llegaban hasta la mitad del camino que lleva al Santuario. Estaba toda la abogacía de Tarragona. Muchos de ellos bastante jóvenes. Estupefactos.Conmocionados. Se miraban como si no pudieran creer que Bernabé hubiera muerto. La muerte de un joven siempre pilla por sorpresa. Y los más sorprendidos eran ellos. Me acerqué a hablar con un grupo en el que estaba mi hermano. Saqué una conclusión que es prácticamente todo lo que has escrito. La muerte, ni se la plantean. Los abogados son de los profesionales que viven más deprisa, o al menos es la impresión que tengo. Y la muerte no entra dentro su apretada agenda.
Siento la muerte de Bernabé. Su madre está destrozada. Supongo que
Julita y sus hijos serán de gran apoyo.
Saludos

Modestino dijo...

Yo no se si los abogados viven deprisa, ..... en general van liados y a toda velocidad, hay que comprenderlos.

El Loreto .... todo un reducto de mentalidad universal en medio de un mundo como el de la iglesia catalana que, en mi modesta opinión, es de los más cerrado.

Sunsi dijo...

El Loreto es mi parroquia. Qué alegría me da que pienses eso. Es como nuestra segunda casa. Yo soy catequista de confirmación y mi marido colabora con actividades para matrimonios. Un lugar privilegiado,pero lo que de verdad es un privilegio son esos dos sacerdotesque tienen siempre los brazos abiertos para todos.
Saludos

Modestino dijo...

Sunsi, si Loreto no existiera .... habría que inventarlo.