14 de octubre de 2008

Limpiabotas

Ayer estuve callejeando por Zaragoza en las postrimerías de las Fiestas del Pilar; había un gran ambiente y el día acompañaba.

Acudí a la Plaza del Pilar, llena de bote en bote por estar en pleno apogeo la ofrenda de frutos, afortunadamente sin la lluvia el día anterior. Tanto la calle Don Jaime con la calle Alfonso presentaban un aspecto luminoso. Da gusto contemplar tantos acontecimientos, muchos de ellos puramente domésticos, que llenan de alegría unos días que ya de por sí tienen todo lo positivo de la fiesta.

Cuando regresaba hacia el centro de la ciudad, se me ocurrió darme una vuelta por la Plaza de Sas, un sitio emblemático de la zona, uno de esos lugares que uno conoce más "de paso" que "in situ". Y en la mencionada plaza ví una escena que llevaba años sin contemplar: un limpiabotas se encontraba lustrando los zapatos de un agradecido ciudadano.

Tuve sentimientos variados; por un lado todo un arrebato de nostalgia; recordé los tiempos de mi infancia, cuando en los porches del Paseo Independencia los limpiabotas se sentaban, vestidos de riguroso negro, en sus pequeñas banquetas y manejaban con manos de prestidigitador la lata de betún, el cepillo y la gamuza, mientras el cliente de turno leía el periódico o mantenía una conversación que posiblemente enriquciera más a él que al limpiabotas. Tal vez haya quienes consideren esta labor como un trabajo caduco y humillante, yo prefiero asumir la mentalidad de cada época, e incluso pensar que en su día los limpiabotas dieron al ambiente de la ciudad el mismo brillo que regalaban a los zapatos de sus habitantes.


Tengo que reconocer que también sentí cierta envidia; en ese momento me hubiera gustado encontrarme en la piel del individuo de mediana edad que veía como sus zapatos iban adquiriendo un lustre. No creo que sea ni tendencia al señoritismo ni exceso de comodidad, simplemente se gestó en mi cerebro un deseo de no tener prisa, de desempolvar viejos ritos, de conversar con la sabiduría de la calle, de aparcar esos prejuicios artificiales que a veces nos imponen no se si los nuevos tiempos o el snobismo.

Además de los limpiabotas de los porches, también recuerdo algunos bares célebres donde se podían ver a estos personajes: los viejos "Espumosos" de Independencia, "Los Navarros" en la esquina de Azoque con la Plaza del Carbón o "La Maravilla" en la Plaza España. No menos típicos eran los limpiabotas de Gran Vía, en Madrid, o los salones que existían en algunas ciudades; desconozco si los había en Zaragoza, sí puedo dar fe de que en Barcelona, allá por los 80, aún estaba abierto uno, me parece que en la calle Muntaner.

Nunca pénsaré que cualquier tiempo pasado fue mejor, vivimos el presente y preparamos el futuro, aunque ello no es óbice para que de vez en cuando uno pueda dejar abierto el grifo de la memoria y permitir que escapen por ahí la nostalgia, la añoranza y los recuerdos agradables.



Fotos: elduendedelaradio.com, http://www.gerardoortiz.com/, cgi.ebay.es


5 comentarios:

Anónimo dijo...

Que yo recuerde, había un "salón de lustrar" como describía magistralmente Delibes en su Diario de un emigrante, en el Tubo de Zaragoza.
Enhorabuena por su blog, por sus contenidos y especialmente por su estilo.

Modestino dijo...

Alguien más me ha comentado hoy lo del salón del Tubo; habrá que investigar.

Master en Nubes dijo...

Modestino ¿no vendían los limpias algo? ¿lotería, tabaco? No me acuerdo bien, a lo mejor tú sí...

Como siempre eres de una elegancia ...

palenciana dijo...

Reconozco que a veces he estado a punto de solicitar los servicios de un limpiabotas, pero me ha sucedido como a ti -gran tímido tú, amigo mío-, y al final siempre he acabado por arrepentirme por pura vergüenza al imaginar que iba a sentirme observado por los demás transeúntes. Es decir, por un mal entendido pudor o falso prejuicio, puesto que al hombre le habría convenido sobremanera que requiriera sus servicios.

P.D. Los limpiabotas, al menos los que yo recuerdo de mi niñez en Andalucía, solían vender lotería.

|3E4T|2|Z dijo...

Mi abuelo era ese limpiabotas vestido de negro que estaba en los porches del paseo Independencia y en el Tubo.Y el sólo,viudo, gracias a ese humilde oficio sacó a sus cinco hijos adelante. No puedo estar más orgullosa.