21 de mayo de 2019

Adios a otro mito de nuestra infancia

Hoy nos hemos despertado con la triste noticia del fallecimiento de Niki Lauda, quien fuera piloto de Fórmula 1 y triple Campeón del Mundo de la categoría. Lauda, de nacionalidad austriaca, tenía 70 años, le había sido transplantado un pulmón hace  un año, situación que se había agravado con una gripe sufrida este mes de enero durante sus vacaciones en Ibiza. Pero de su vida y trayectoria deportiva ya informan ampliamente los medios de comuincación. Para mí, y tantos de mi generación, Niki Lauda fue uno de aquéllos grandes del deporte que ocuparon parte de las conversaciones y sensaciones de nuestra infancia,  adolescencia y primera juventud en los años 70, como lo fueron Eddy Mercks, Johan Cruyff, Bjorn Borg o Mark Spitz, entre tantos otros. Lauda, un joven piloto, delgadito y con sus míticos dientes de conejo, apareció en el mundo de la Fórmula 1 en tiempos en los que dominaban el "cotarro" pilotos tan importantes como el escocés Jackie Stewwart, el brasileño Emerson Fittipaldi, el neozelandes Dennis Hulme, el belga Jacky Icks, el sueco Ronnie Peterson o el suizo Clay Regazzoni. Lauda veía a ser como la nueva ola del automovilismo mundial y tenía la ventaja, para reforzar su prestigio ante esos jóvenes incautos de la época de pilotar nada menos que un ferrari, uno de esos coches de la escudería de Maranello. Y es que uno tiene la impresión de que si desapareciese Ferrari, la Fórmula 1 ya no sería lo mismo.

Lauda ganó tres campeonatos mundiales -1975, 1977 y 1984-, pero no podemos quedarnos en los números. En primer lugar porque el austriaco fue un número uno durante toda su carrera: un líder, un triunfador, un referente. Pero sobre todo, porque Lauda hubo se sobreponerse a su drama personal. En el verano de 1976, cuando comandaba la clasificación del Mundial, el Ferrari 312T con el que disputaba el Gran Premio de Alemania en Nürburgring se incendió después de estamparse contra el muro y quedó atrapado dentro de él. El piloto austriaco sufrió gravísimas quemaduras y llegó a estar entre la vida y la muerte; su rostro quedó marcado para toda la vida, pero su fuerza de voluntad adelnató su reaparición de manera que solamente se perdió dos grandes premios. El piloto regresó con fuerza para defender su título frente a su gran rival de enotonces, el británico James Hunt, un hombre tan indisciplinado como valiente que al mando de un Mac Laren realizaba la mejor temporada de su vida. Eran tiempos duros, en los que cada año se producían accidentes mortales, como los que costaron la vida a Ronnie Peterson, Francois Cevert, Mark Donohue, Peter Revson y tantos otros.

Fue aquél año cuando se celebró el mítico y recordado Gran Premio de Japón, prueba decisiva en la que Lauda se jugaba el título. Hacía un tiempo infernal, con unas cortinas de agua espeluznantes que suponían un peligro grave y real. Fue entonces cuando Niki Lauda mostró su lado más humano, con su terrible accidente aún reciente, el peso de la responsabilidad pudo con él y decidió retirarse. El ´camino del triunfo quedó expedito para un temerario Hunt, que terminó la prueba u ganó su único campeonato mundial. Pero Lauda supo estar a la altura, porque también supone valentía saber decir "hasta aquí". El año siguiente volvió a coronarse campeón frente a rivales de la talla del sudafricano Jody Scheckter, el australiano Alan Jones, el argentino Carlos Reutemann, el italoamericano Mario Andretti y el propio James Hunt.

Niki Lauda, quye se retiró en 1979, regresó años después y fue capaz de volver a ser campeón mundial en 1984, cuando habían surgido nuevos pilotos del nivel del inglés Nigel Mansell, el brasileño Nelson Piquet, el francés Alain Prost, el finlandés Keke Rosberg o un Aytorn Senna que daba por entonces sus primeros pasos. 

Descanse en paz.



1 de mayo de 2019

Libros de abril


Otro mes que puedo hacer un buen balance de lecturas. Magníficos, cada uno en su estilo, la novela de Landero, el ensayo de Zola y la biografía de Beckett. En novela negra, una reedición tan inesperada como acertada de un clásico francés y un premio Nadal de buena nota, así como una novela histórica entretenida.

El Premio "Nadal" suele tener siempre cierto nivel literario, por esta razón  suelo andar pendiente de su desenlace para tomar buena nota del libro ganador. Este año el certamen, que se celebra la víspera de la fiesta de Reyes, ha sido ganado por el escritor argentino Guillermo Martínez con una novela negra, "Los crímenes de Alicia", un relato policial ambientado en el Oxford actual que tiene como telón de fondo el mundo mágico de Lewis Carroll, autor del inmortal "Alicia en el país de las Maravillas". Ya leí en su día "los crímenes de Oxford", una novela que comparte lugar y protagonistas, llevada al cine con los años y a la que puse buena nota.  Estamos ante una novela bien escrita, con ese elenco de protagonistas/sospechosos que ya caracterizó a grandes del género policial británico como Agatha Christie, P.D. James o la más reciente Elizabeth George. Se trata de un relato que es aconsejable leer con calma, y que tiene el hándicap añadido de que es bueno que el lector ande medianamente enterado -o al menos procure actualizarse- del mundo de Carroll. El interés por al lectura es creciente conforme avanzas en ella, dato que desde mi punto de vista dice mucho a favor de la obra. No obstante, el desenlace no me terminó de convencer, pero creo sinceramente que se trata de una opinión muy particular y, posiblemente, subjetiva.

Las tres primeras semanas del mes dieron de sí lo suficiente para leer de principio a fin una novela histórica. Dentro de poco se cumplirán 500 años de una de las hazañas más importantes de la navegación española, la primera vuelta al mundo, tema sobre el que trata "La flota de las especias", novela publicada por la editorial "Almuzara" y que me llamó la atención desde que la vi anunciada por distintos medios. Su autor es Luis Mollá, capitán de navío de la Armada española y ganador de distintos premios de narrativa marítima. La condición de marino del escritor garantiza la precisión y el rigor  técnico de la narración, por encima de su calidad literaria, aunque haya que decir que la redacción es pulcra y sin errores. Mollá se ha basado en relatos antiguos -alguno procedente de miembros de la expedición- para relatar pormenorizada y extensamente todas y cada una de las etapas del largo viaje de más de 3 años que se inició al mando del portugués Fernando de Magallanes en Sanlúcar de Barrameda y concluyó con el vasco Elcano como capitán -Magallanes murió violentamente mediada la travesía- en el mismo puerto. Se trata de una lectura entretenida, que ofrece detalles interesantes y que se centra no sólo en los avatares de la navegación y las aventuras e incidentes en cada uno de los lugares donde atracan las naves, sino en las rencillas interiores y las circunstancias políticas de la época, con el crecimiento del imperio español con Carlos V y la rivalidad hispano-portuguesa como telón de fondo. La última fase del libro se llegó a hacer algo tediosa, posiblemente por la profusión de datos a que recurre  su autor.

"El montacargas", del francés Frederic Dard, es una novela negra escrita en 1961, uno de los referentes del "noir" galo, aunque debo reconocer que desconocía tanto al autor como a su obra. Me llamó la atención cuando Domingo Vilar, el autor de moda del género en España,  en una de esas breves entrevistas del Cultural de ABC, citó esta novela como una de las que estaba leyendo en ese momento: me pareció una opinión de garantía y puse los medios para hacerme con ella. "Siruela" la acaba de reeditar y sus moderadas 145 páginas eran un aliciente más para convertirla en una de esas lecturas rápidas de época vacaciones como era la Semana Santa. La elección ha sido un acierto: un libro magnífico, auténtica novela negra, con pocos personajes y ambientación adecuada al caso: un hombre recién salido de la cárcel, un pasado oculto y una mujer misteriosa. Dard configura perfectamente cada una de las fases propias de este tipo de  relatos, el asunto se lía hasta parecer de imposible resolución y el desenlace es perfecto. La recomiendo vivamente.

Hace ya muchos años que soy consciente de que Luis Landero es uno de los mejores escritores españoles contemporáneos. Quizá junto a Antonio Muñoz Molina y Fernando Aramburu formen el trío de lujo de la novela española, sin desmerecer a tantos otros. A pesar de esa certeza, no había leído hasta ahora nada del escritor extremeño, por lo que la unánimes alabanzas recibidas por su última novela, "Lluvia fina", las considere una oportunidad para decidirme a comprobar lo que me habían contado, llenar una laguna en mi acerbo literario y hasta desagraviar al literato. El libro no solamente no me ha decepcionado, sino que me ha parecido superior, excelente, de autor de primer nivel. Landero nos cuenta, a través de las conversaciones de sus miembros,  la historia de una familia española de clase media-baja, cada personaje -la madre, sus tres hijos, la mujer del hijo varón- relata su pasado familiar con el pretexto de la comida en homenaje a la madre organizada por uno de ellos con el fin de rehacer unas relaciones rotas desde hace años. El escritor utiliza el recurso de pasa sin solución de continuidad de una conversación a otra, lo que al principio puede hacer difícil seguir  el hilo de la lectura, aunque pronto te haces al truco. Los recuerdos que van surgiendo capítulo a capítulo tienen mucho de duros y amargos, con una intensidad que va creciendo conforme se acerca el final. Una novela magnífica, escrita primorosamente y que, a pesar de su crudeza, lees con sumo agrado.

Sin duda, uno de los conflictos históricos más destacados en la Europa de finales del siglo XIX y principios del XX fue el llamado "Caso Dreyfuss", surgido a raíz de una sentencia judicial que condenaba al capitán francés Alfred Dreyfuss por traición y que fue considerada, parece ser que con toda la razón del mundo, injusta y antisemita. Uno de los personajes que más ardor puso en la defensa del militar y la crítica a los tribunales fue Emile Zola, el gran novelista francés, padre del naturalismo que publicó una serie de artículos en la prensa y remitió unas cuantas cartas a los políticos galos de la época que aparecen resumidas en su mítico ensayo "Yo acuso". Zola, con una redacción perfecta, un sentido del compromiso llamativo y una pasión reveladora va desentrañando las razones que le llevan a defender a ultranza la inocencia de Dreyfuss, tanta que llegó a ser condenado en primera y segunda instancia por difamación. El escritor parisino no deja títere con cabeza y su alegato, independientemente de la radicalidad que rezuman sus escritos -uno tiene la impresión, por otra parte, de que tal radicalidad está bastante justificada- nos da una lección de valentía y firmeza en le defensa de unas convicciones.

Tomas Beckett ha sido siempre una figura que me ha interesado; en concreto desde que mi profesor de historia de bachillerato nos contó a los de clase su historia y su trágica muerte ... ya se dice que no hay nada como un buen bachiller, y en mi caso, no teniendo claro mi aprovechamiento, sí  tengo la certeza de haberlo recibido. Busqué una biografía del santo inglés, que fue primero canciller de su nación  y luego Arzobispo de Canterbury, y opté por la escrita a inicios de los años 70 por David Knowles, un catedrático de Cambridge. El ensayo no se limita a hablarnos de Beckett, sino que nos ofrece una buena explicación de la Europa del siglo XII, con especial referencia a los problemas derivados de la confusión entre el poder temporal de los gobernantes que se inmiscuían en el de la Iglesia, y a su vez la invasión por ésta de atribuciones que deberían ser exclusivas de los poderes terrenales. Knowles plasma muy bien la reforma que supuso en Roma el papado de Gregorio VII y la nueva época que surge tras sus reformas y las convulsiones que ocasionó. En cuanto a la figura de Beckett no es una biografía que se extienda a su vida de principio a fin, sino que se centra en su vida pública, tanto como Canciller de Inglaterra como luego en su condición arzobispal. El autor nos va introduciendo en las controversias que le enfrentaron con compañeros del episcopado y, en especial, con el rey Enrique II, que pasó de amigo íntimo a enemigo radical, tanto que fue quien organizó su asesinato. Magistral la escena del crimen en la catedral. Libro profundo y digno de dedicarle tiempo.