
Aunque conservo en la memoria recuerdos e imágenes del Mundial que ganó Inglaterra en Wembley el año 1966, fue el Mundial de Méjico de 1970 la primera competición de estas características que viví al día. España, entrenada por Eduardo Toba, había quedado eliminada tras quedar segunda de su grupo tras Bélgica, un excelente conjunto en el que brillaban Paul Van Himst, el cerebro del Anderlecht y uno de los más brillantes organizadores de la época y Van Moer, un todo terreno incombustible que aguantó al frente de los rojos hasta los inicios de los años 80.
El Mundial de Méjico supuso el triunfo pleno del fútbol brasileño. La gran estrella carioca, el mítico Edson Arantes Do Nascimento, “Pelé” venía con la espina clavada del Mundial anterior, en el que su país había caido a las primeras de cambio víctima de sus propios fallos y de la dureza de los defensores de Portugal, quienes se habían cebado con el que durante toda la década fue considerado el mejor jugador del mundo. Brasil necesitaba reconquistar la gloria y lo consiguió con brillantez, poniendo sobre el verde de los campos mejicanos toda la magia y el arte de un fútbol inimitable. Y Pelé, sin ninguna duda, fue el mejor; el juego del jugador del Santos aportó a su selección el imperio y la autoridad necesarios para convertirla en imbatible: los brasileños acabaron venciendo en todos sus encuentros. Pelé marcó goles, dio asistencias, hizo malabarismos y filigranas, aunque posiblemente el momento mágico de su actuación no tuvo la recompensa del gol: corría el primer tiempo del primer partido de los brasileños contra la siempre difícil selección checa, Pelé llevaba la pelota en el círculo central del campo y al ver adelantado a Víctor, el meta rival, lanzó un tiro parabólico que superó al citado Víctor y rozó el travesaño de su portería: no hubo gol, pero la jugada entró en la leyenda (http://es.youtube.com/watch?v=UvJs2tsjRkA).
Pero Brasil no era solamente Pelé, sino que otros jugadores brillaron con luz propia: el extremo zurdo Jairzinho, que marcó siete goles y mostró una velocidad, una habilidad para el dribling y una casta excepcional, el entonces joven Rivelino, poseedor de una zurda que era como un guante y un cañón a la vez, el mítico Tostao, que había superado un desprendimiento de retina para liderar el ataque carioca y el interior diestro Gerson, el motor del medio campo brasileño, sin olvidar al lateral derecho Carlos Alberto, capitán de la selección y autor de un bellísimo gol que cerró la cuenta en la Final que Brasil ganó por 4-1 a Italia.

>

En Méjico hubo otras actuaciones a destacar, como la pujante selección peruana que hasta caer eliminada por los campeones exhibió un juego de altos vuelos, con mención especial para su capitán, el central Héctor Chumpitaz, su jugador más desequilibrante, Teófilo Cubillas y el goleador “Cachito” Ramírez. Sin olvidarnos del búlgaro Asparoukhov, que fallecería meses después en accidente de coche, los rumanos Dobrin y Dumitrache, el goleador checo Petras, los rusos Bishovets y Shesternev, el uruguayo Pedro Rocha y las célebres estrellas inglesas Bobby Moore y Bobby Charlton.
Han pasado casi 40 años, pero en la retina de los buenos aficionados, incluso quienes erámos tal vez demasiado niños para valorarlo, siempre estará presente ese fútbol en el que, más que nada, se disfrutaba mucho.
No hay comentarios:
Publicar un comentario