31 de marzo de 2011

Un ugandés sorprendente



Las pruebas de atletismo de los juegos olímpicos son una de mis debilidades deportivas -ya se que tengo unas cuantas- y cuando cada cuatro años tiene lugar la competición que emula los viejos juegos de Grecia procuro dedicar el tiempo que puedo a seguir las diferentes especialidades, con preferencia indudable por las carreras. Así han quedado grabadas para siempre en mi mente imágenes en directo tan relevantes como las carreras de 1500 en las que se peleaban los británicos Sebastian Coe, Steve Owett y Steve Cram con los españoles José ManuelAbascal y José Luis González, el éxito de Fermin Cacho en Barcelona 92, o los éxitos del finlandés Lasse Viren en Munich 72 y Montreal 76, entre muchos otros.

Una de las gestas que recuerdo con más fuerza es la final de 400 metros vallas de la Olimpiada de Múnich, unos Juegos que pasaron a la historia por la dramática matanza de buena parte de la selección israelita; el gran favorito de la carrera era el británico David Hemery, campeón olímpico en México-68 y plusmarquista mundial, mientras que el norteamericano Ralph Mann se presentaba el gran rival del aquél; por la primera calle corría el ugandés John Akii-Bua, un perfecto desconocido en el atletismo mundial por el que nadie daba un duro. Hemery comenzó dominando la carrera y el comentarista de TVE -no me extrañaría que fuera el llorado Antolín García- parecía dar por supuesta superioridad del británico, pero de pronto apareció como una exhalación el ugandés, corriendo como si no fuera con él, pasando las vallas sin aparente esfuerzo, casi parecía que no las saltaba, limitándose a pasarlas con su zancada y con apariencia de partirse de risa mientras corría: Akii-Bua rebasó a todos y ganó con varios cuerpos de ventaja a Mann, quien también superó a un Hemery desconcertado. Akii-Bua se hizo con una bandera de su país y con ella dio la vuelta al estadio, en lo que se ha dicho fue la primera vuelta de honor de la historia de los Juegos Olímpicos.

La gran novedad de la forma de correr de Akii-Bua, quien batió el record mundial de la prueba bajando por vez primera de los 48 segundos, fue que, a diferencia del resto de vallistas, quienes se enfrentaban a cada valla siempre con la misma pierna, el africano lo hacía indistintamente con la izquierda o la derecha, según le viniera mejor. Causaba auténtico shock verle correr, y mostraba una superioridad aplastante. Bua fue recibido como un héroe en su país, donde gobernaba entonces el sanguinario dictador Idi Amin Dadá, que en pago a su hazaña le ascendió a Inspector de Policía y le regaló una casa en Kampala. El atleta era hijo de una familia numerosísima, pues su padre practicaba la poligamia y él mismo tuvo nada menos que once hijos. Falleció a los 49 años, sin poder repetir su gesta olímpica, pues en los Juegos de Montreal su país se sumó al boicot de varios países africanos, mientras que en Moscú-80 y Los Ángeles-84 su papel fue discreto al pillarle ya mayor.

Cuando John Akii-Bua falleció en 1997 a los 47 años de edad, el gobierno ugandés decidió hacer un funeral con honores de Estado; no era para menos, pues este policía de Kampala dio a Uganda una de las mayores glorias deportivas -y no deportivas- de su historia. Y yo nunca olvidaré la imagen de un espigado corredor africano que no paró de reír antes, durante y después de la carrera que le llevó al oro olímpico.



4 comentarios:

Driver dijo...

Africa, origen de la humanidad, nos regala algunas proezas increibles.
Las gacelas negras vuelan sobre el tartán, destrozando cualquier previsión blanca.
...
Pero nada como verlo en vivo y en directo.

Madrid, último domingo de abril, Maratón Popular de Madrid.
Los hijos de las gacelas negras vienen a merendarse los récords.

Son gente de entre dos quince y dos veinte.
En los puestos de habituallamiento no paran a beber.
No corren sobre el asfalto, vuelan.
Con una sonrisa tan amplia como la sabana africana.

Suelo verlo cada año.
Es un rito al que estoy enganchado por motivos personales.

Primero voy a ver la salida.
Espectacular y multitudinaria.

Luego me gusta ver pasar a los primeros por Colón.
D. Cristóbal se baja de su fuste y les aplaude.

Ver a la primera mujer es un placer divino.
Suele ser una pantera negra en estado de gracia.

Y cuando lso primeros ya han llegado, vuelvo para atrás, pàra ver el mejor espectáculo del mundo.

Los populares.
Yo fui uno de ellos en mis tiempos mozos.

Oficinistas, administrativos, funcionarios, militares, extranjeros, cajeras de supermercado, viudas jóvenes, ancianos, minusválidos, grupos de amigos.

Todos y cada uno de ellos tienen un motivo muy serio para enfrentarse a cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros.

Si les miras a los ojos y les aplaudes, te devuelven la más potente de cuantas miradas hayas visto en tu vida.

La mirada de la redención.

...
Modestino, si quieres ver este espectáculo, estaría encantado de acompañarte.
Es el último domingo de abril, en mi pueblo, Madrid.

Y como todas las cosas que merecen la pena, gratis.

Modestino dijo...

Este año el último domingo de abril es el de Pascua, pero me apunto el ofrecimiento, que es atractivo.

Ya hubo una "gacela negra", la norteamericana Wilma Rudolph, que ganó 3 medallas de oro en las Olimpiadas de Roma de 1960: 100 m., 200 m. y 4x100 m.

Mª Asunción Balonga Figuerola dijo...

Muchísmas gracias, querido Modestino, por ilustrarme en estos temas deportivos en los que me confieso una completa ignorante.
Le pones mucha "salsa" y es de admirar la superioridad física de los africanos tal y como tú con justicia señalas.
uN SALUDO MUY AFECTUOSO
aSUN

Modestino dijo...

Ha habido grandes corredores africanos, desde el etiope Abebe Bikila aila que lo gano todo en Roma corriendo descalzo, su compatriota Mamo Wolde, Kipchoge Keino, Mime Boit, ...