6 de marzo de 2011

El olor del azahar



Desde el miércoles por la noche al viernes a primera hora de loa tarde he estado en Sevilla; el apretado horario de los asuntos que me llevaron hasta allí me ha impedido disfrutar de algo tan impagable como callejear por la capital hispalense y visitar monumentos, edificios y establecimientos, pero a pesar de no haber ido mucho más allá del Hotel Vinci y las instalaciones de "Cajasol", no he dejado de vivir esos momentos de encanto que siempre suceden cuando estás en Andalucía y, de manera muy especial, en Sevilla. Por esta razón no puedo pasar sin homenajear a esa tierra donde la vida es de otra manera, y no digo que lo sea mejor ni peor, simplemente distinta.

Ya la primera noche, cuando junto a dos colegas de profesión llegábamos al hotel, ocurrió un sucedido que demostró que estábamos ante otra filosofía de la vida; delante del taxi que ocupábamos circulaba un pequeño utilitario que a mitad de una pequeña calleja se detuvo, bajando su ocupante, una mujer joven que tras poner el pié en la calzada inició una conversación con el conductor, tras la que se dirigió al maletero, lo abrió y comenzó a consultar con aquél que objetos se llevaba y cuales dejaba allí; mientras tanto nuestro taxi seguía parado a la espera de que los de delante tomaran decisiones, sin que el taxista hiciera el más mínimo gesto de impaciencia. Quienes estábamos como clientes del taxi comentamos que si eso ocurre en Zaragoza los bocinazos e improperios no hubieran tardado en aparecer, algo que comentamos a dicho taxista, quien sin inmutarse nos contestó que "¡pá que voy a decir nada, si encima me pueden soltar una fresca!" ... efectivamente, allí el tiempo se mide de otra manera y no seré yo quien niegue lo acertado de esos planteamientos de paciencia y ausencia de prisa.

Esa misma noche, ya a hora tardía pues una avería del AVE nos hizo llegar con tres cuartos de hora de retraso, disfrutamos de una cena informal en un establecimiento típico del lugar, con camareros tan premiosos como simpáticos, todos cargados con el gracejo de la zona, único e inimitable. Allí descubrí las "ortiguillas" -anémonas fritas-, el cazón y el vino de naranja, además de un par de manzanillas y otras viandas igual de excelentes.

El resto del tiempo fue de trabajo, con las únicas excepciones de una visita en la tarde noche del jueves a los Reales Alcázares, un lugar majestuoso, sencillamente impresionante, con unos artesonados, unas habitaciones y unos jardines propios de "Las mil y una noches". El viernes por la mañana asistí a uno de esos desayunos periodísticos con discursos y preguntas que resultó una experiencia, pues nunca había acudido a ninguno, aunque uno debe de tener bien claro que a los mismos hay que acudir, paradójicamente, bien desayunado, pues mientras el invitado principal va exponiendo sus opiniones no hay valiente que se atreva a comenzar a darle al churro, a la medianoche o a la tostada con mantequilla. Eso sí, lo más impresionante del evento fue el marco incomparable del Hotel Alfonso XII de Sevilla, un edificio remodelado con total acierto y que es, por dentro y por fuera, precioso.

Cuando empieza la primavera en Sevilla comienza a lucir el olor del azahar, la flor característica empieza a asomar sus primeros esbozos y la ciudad se llena de ese aroma que la define, porque todos sabemos que los aromas, los perfumes, son unos de los signos más identificativos de lugares, ambientes y personas. El azahar sólo mostraba sus primeros síntomas, pero aún ese ligero inicio supuso una sensación especial, distinta y única. Porque pasar, aunque sea deprisa y corriendo, sin apenas detenerse, por Sevilla supone indentificarte con el azahar y vivir en un mundo de arte y poesía.



12 comentarios:

pater familias dijo...

Perfectamente descrito. Como no pudiste disfrutarla ya tienes excusa para volver.

Modestino dijo...

Por supuesto que volveré, aunque Sevilla creo que la conozco bastante bien ... salvo la Semana Santa y la Feria ... que por supuesto no son moco de pavo.

meloenvuelvepararegalo dijo...

A mí me han entrado ganas también de volver. Sólo he estado una vez y la recuerdo preciosa, así que ya me veo mirando billetes de AVE...
Me imagino que el hotel que describes no debe ser demasiado económico, no?
Oye, y qué tal sabe ese vino de naranja?
saludos,

Modestino dijo...

El vino de naranja es una especie de Pedro Ximenez con esencias de naranja. Y el Hotel no tiene pinta de económico, no.

veronicia dijo...

Sabeis que olor a azahar alivia la tristeza!, Será por eso que junto con el olor a naranja donde habitualmente coexisten estos aromas natural las personas estan tan alegres, y plantan naranjos en los patios, en los jardines

Modestino dijo...

Y tal vez por eso cuando te alejas del olor a azahar regresan las penas.

Brunetti dijo...

A mí el olor a azahar siempre me traslada a Córdoba y, más que alegría, me produce nostalgia. Pero entiendo lo que quiere transmitir Veronicia en su comentario.

Hace algunas Navidades, un amigo me regaló una botella de vino de naranja como una novedad sorprendente y exquisita. Y la verdad es que lo era: aún puedo recordar su aroma. Se recomienda tomar como aperitivo, o con los postres, o con pastas, a media tarde.

En aquel caso, se trataba de una marca llamada "PAR", y luego supe que se elabora en la comarca onubense del Condado de Huelva; en concreto, en un pueblo llamado Bollulos Par del Condado; de ahí el nombre de la marca, claro.

Me pregunto cómo será el gentilicio de semajante nombre.

Salud y feliz semana.

Brunetti dijo...

El nombre correcto es "Bollullos Par del Condado". No es que tenga demasiada importancia la corrección, pero a cada cual, lo suyo.

En cualquier caso, el gentilicio me tiene "in albis".

Modestino dijo...

Tal se llamen bollullenses, o bollulludos ... claro que loa de Cabra son llamados egabrenses.

Tommy dijo...

Dicen que fue a Pepe Solís Ruiz, ministro franquista que se hizo muy popular por su aspecto eternamente sonriente, al que le dijeron, después de que él pronunciara aquella célebre máxima de "menos latín y más fútbol", que precisamente él no debía menospreciar el latín, porque gracias a esa lengua a los nacidos en Cabra, como era el caso del propio Solís, se les llamaba egabrenses.

Mª Asunción Balonga Figuerola dijo...

Por un momento he creído percibir el aroma del azahar...y he recordado una inolvidable visita que hice a Sevilla de adolescente, pero tienes razón...cuando el perfume se desvanece vuelven las penas.
Un abrazo y gracias por este instante
Asun

Modestino dijo...

Las penas forman parte de la vida, yo creo que son necesarias, pues nos purifican, aunque ésta es información realidad que a algunos nos cuesta asumir.