27 de enero de 2016

La gloria por un único papel


El actor estadounidense Abe Vigoda falleció ayer en Woodland Park, Nueva Jersey,a la edad de 94 años- Había nacido en Brooklyn y venía de familia de inmigrantes judíos procedentes de Rusia. Vigoda fue fundamentalmente un actor de teatro, donde comenzó a trabajar interpretando a los clásicos en 1947. Si no hubiera sido por Francis Ford Cóppola, posiblemente Vigoda no hubiera saltado nunca a la fama, y hubiera quedado como uno de esos grandes artistas del teatro que trabajan maravillosamente y que nunca consiguen ser excesivamente conocidos por cualquier público ajeno al culto y más bien escaso que forman los aficionados a la escena.

Pero el gran director de Detroit pensó en él para el espectacular reparto de la primera parte de "El Padrino", posiblemente una de las películas más importantes de la historia del cine. Abe Vigoda, cuyo rostro describe maravillosamente Gregorio Belinchón en "El País": "Largo, triste, de mandíbula prominente"- asumió en el film el papel de Salvatore Tessio, uno de los hombres de confianza de Vito Corleone, el gran paterfamilias mafioso que bordó Marlon Brando.

Como bien me comentaba esta mañana Tommy, hay actores que serán recordados por un único personaje, y uno de éstos es precisamente el ahora desaparecido, Cuenta el propio Belinchón quee l actor, quien no tenía relación alguna con la Mafia, se pasó casi todo el rodaje viviendo en Little Italy, el barrio italiano de Manhattan, para absorber así la esencia de su personaje. Es inolvidable la escena en la que, tras advertir Don Vito en su lecho de muerte a su hijo Michael que quien le propusiera una reunión sería el traidor, en el entierro de aquél y tras realizar la propuesta Tessio, el heredero le conmina a montarse en el coche con varios de sus hombres, sobrentendiéndose un destino trágico.

Es conocido que en 1982 la revista "People" anunció equivocadamente el fallecimiento del actor; el propio Vigoda hizo grandes bromas con el bulo: ha sobrevivido 44 años a su propia muerte, que ha acabado llegando en la paz de su propio domicilio. Descanse en paz.


26 de enero de 2016

Niños en el Prado


El pasado viernes, día de San Vicente, fue festivo en Huesca; con tan grato motivo, en compañía de un buen número de gente de bien y aprovechando el regalo de tener  AVE diario en Huesca, hice un viaje de ida y vuelta en el día a Madrid. Una vez llegados a la capital, que nos recibió con un día más bien gris, la primera visita tuvo como destino el Museo del Prado; estuvimos viendo una maravillosa exposición del pintor francés Jean-Auguste-Dominique Ingres y además de disfrutar sus formidables retratos y escenas históricas y literarias, pude comprobar las ilimitadas posibilidades que tiene el museo para gozar del arte de mil maneras distintas y en casi todos lo ámbitos posibles.

Y durante mis paseos por los distintos salones del lugar, entre históricos y bellísimos cuadros de Velázquez, Rubens, Goya, El Bosco, ... llamó mi atención la llamativa cantidad de grupos de niños, algunos de ellos de no más de 6 0 7 años, que acompañados de profesores y profesoras contemplaban las pinturas y escuchaban las correspondientes explicaciones de sus maestros con esa mezcla de ojos asombrados, incapacidad de estarse quietos y adorable naturalidad que habitualmente sólo se encuentra en los infantes. Era todo un adorable movimiento de idas y venidas, miradas inquietas, dedos levantados, comentarios ingenuos e inteligencia despierta que daba brillo y luz al espacio y al momento, a la vez que nos convertía al resto de visitantes en personajes más torpes, poco sueltos y con algo menos de capacidad de ilusionarnos y disfrutar sin cálculos ni medidas.

Al pensar en estos deliciosos seres, con palabras del viejo programa de televisión "esos locos bajitos", la primera tentación es cultivar el deseo de un imposible regreso a la infancia, aunque cuando lo piensas mejor terminas descubriendo que podría ser más sencillo no jugar a viajes al pasado, no tentar a la ciencia ficción y limitarnos a actuar, sin varias nuestro exterior adulto, con la misma sencillez, inocencia y verdad que esos niños y niñas que asistían encantados a sus primeras visitas culturales.

21 de enero de 2016

Cameron Díaz y el karaoke


"La boda de mi mejor amigo" fue rodada en 1997 por P.J. Hogan  con Julie Roberts, Rupert Everett y Dermot Munroney como principales protagonistas. Se trata de una de esas películas quecalgunos definen como "pastelonas, del tipo de "Nothing Hill", "Tienes un email" o "Mientras dormías", todas protagonizadas por actrices con arte especial para la comedia como la Roberts, Meg Ryan o Sandra Bullock, jóvenes estrellas de la época que luego han ido cumpliendo años, unas mejor que otras.

La película supuso una de las primeras intervenciones de Cámeron Diaz, entonces con 25 años y cuya trayectoria posterior viene siendo más bien irregular. Cámeron Diaz, que empezó como modelo y es originaria de San Diego (California), interpreta el papel de una inocente rubia con la que pretende casarse el mejor amigo de una periodista neoyorquina con bastante "colmillo" y cuyo papel bordó como casi siempre Julia Roberts.

Entre sus muchas escenas recuerdo una con un cariño muy especial. Los personajes principales están tomando una copa en un establecimiento con "karaoke" y la "pérfida" Juliannne Potter -así se llama la periodista en cuestión- se las arregla para poner en un apuro a Kimberly -nombre de ficción de Cámeron- quien se ve obligada a interpretar en contra de su voluntad "I Just Don't Know What To Do With Myself", un tema del grupo The White Stripes. La pobre moza tiene un oído terrible y con llamativa timidez comienza una interpretación en la que desafina de una forma espectacular hasta crear un ambiente de cierta tensión. Poco a poco Kimberly se va soltando, y sin dejar de emitir un gallo detrás de otro, pierde la vergüenza, rompe el climax y todos terminan pasándoselo en grande y disfrutando con el descaro de la chica, que acaba saliendo triunfante del apuro.

Al pensar en la escena me vienen a la cabeza aquellas ocasiones en las que un absurdo pudor, un inadecuado miedo a quedar mal ha coartado deseos, intenciones o propuestas. La de momentos felices que me he podido perder por esas bobadas  del qué dirán, por equivocadas inseguridades, por temores que o son infundados o son una tontería. Y otra moraleja, con las personas que te quieren , nunca haces el ridículo, hacer de vez en cuando el payaso es un ejercicio sano, y siempre debe de ser bienvenido el aprender a soltarse.

20 de enero de 2016

Panorámicas de Huesca


No hay como encontrar personas con sensibilidad para descubrir que la belleza se encuentra cuando menos la esperas. A veces pensamos que es necesario viajar lejos, irse al Pirineo o buscar una puesta de sol junto al mar para disfrutar de una bonita escena, para gozar del paisaje, para dar gracias a la Providencia por haber facilitado un momento de placer con la simple contemplación de lo que se presenta ante tus ojos.

Siempre me ha gustado vivir en directo la paz de las  calles vacías, esa serenidad que, por ejemplo, ofrecen el silencio y la oscuridad de la noche. Pasear sin apenas testigos, aún en un simple regreso a casa tras cena, encuentro o reunión, con las prisas que tienden  a provocar el sueño o el frío, puede permitir también disfrutar de un escenario real y próximo.

Huesca no es una excepción; se trata de una ciudad que entre semana duerme pronto y sus calles ofrecen una imagen tranquila y desierta. Con este escenario alguien me enseñó hace pocos días paisajes nuevos, lugares por los que no he dejado nunca de pasar y cuyas posibilidades no había sabido apreciar hasta ahora. Desde la Plaza de Navarra, indiscutible centro neurálgico de la ciudad, se pueden contemplar, casi en ángulo de 90 grados, dos panorámicas bellísimas, dos largas lineas rectas en las que cabe observar una imagen espléndida y brillante de luces y colores, un espectáculo gratuito cargado de belleza y simbolismo.

La una se prolonga desde la referida plaza hasta el final de la Avenida de Martínez de Velasco, en una prolongación infinita de luces y resplandores que podrías estar contemplando sin cansancio durante bastante tiempo. Podríamos imaginarla como el espectáculo final antes de la marcha definitiva rumbo a otros lugares, la búsqueda de otras luces a las que no se llegará sin pasar antes por un paisaje más seco e inhóspito. Por eso cuando diriges la mirada hacia la calle Alcoraz y prolongación puede ser una forma de enfrentarte con el misterio, el futuro, el destino. Tú permaneces fijo en un punto, mientras enfocas una distancia en la que tantos  otros dicen adiós a la ciudad dejando por el camino los reflejos de la luz que llevaban, algunos quizá de manera definitiva, en su último adiós.

Muy similar es la línea que desde la propia Plaza de Navarra  enfila la calle Zaragoza hasta la Estación Intermodal. Se trata de una distancia mucho más corta, con lo que carece de la apariencia de inmensidad de la otra. La vista, también cargada de luz y colorido, tiene su fin en la estación, con todo lo que evocan estos edificios, siempre unidos a sensaciones de despedidas, recuerdos, nostalgias, .... historias pasadas, amores acabados y también vidas nuevas y aventuras por empezar en lugares más o menos lejanos.

Es bueno que de vez en cuando nos despierten las sensibilidades, nos inviten a hacer volar -y viajar- la fantasía, a descubrir que la belleza no tiene código de barras, no es atributo exclusivo de las fotografías de las agencias de viajes, ... sino más bien un pozo sin fondo.

19 de enero de 2016

Adios y moraleja de Severus Snape


El actor británico Alan Rickman falleció el pasado 14 de enero a los 69 años víctima de un cáncer. Siempre he pensado que los actores y actrices ingleses tendían a tener un plus de calidad sobre el resto; imagino que a esta percepción contribuirá esa especial sensibilidad de lo británico por el arte, el hecho de que muchos de ellos se hayan formado en la maravillosa "escuela" del teatro y el que el inglés de las islas siempre andará por encima del que se habla al otro lado del océano. Rickman destacó frecuentemente en los papeles de villano, y es que tenía un aspecto y, sobre todo, una mirada que venían que ni pintados para eso, y como muestra valgan sus papeles de Hans Gruber en la primera entrega de La jungla de cristal" (1988) y el de George, Sheriff de Nottingham en "Robin Hood, príncipe de los ladrones" (1991), sin olvidar su caracterización como Rasputín en una exitosa serie de televisión que le valió un "Globo de Oro"

Rickman desempeñó también papeles más amables en films importantes como "Sentido y sensibilidad" (1995), "El perfume" (2006) y "Michael Collins (1996), donde encarna al lider secesionista irlandes Éamon de Valera. También hizo sus pinitos como director en películas como "El invitado de invierno" (1997).

No obstante, el papel con el que Alan Rickman pasará a la historia es el del profesor Severus Snape de la serie "Harry Potter". El actor fallecido era sin duda el mejor cualificado para dar vida cinematográfica a ese hombre adusto, siempre vestido de negro, de mirada profunda e inquietante y de cuyo aspecto solamente se podían presumir intenciones oscuras. Severus Snape no deja de ser toda una metáfora de la vida misma; la ficción nos lo presenta como un ser complicado, de quien puede presumirse dirige todos los males y peligros que acechan a los bondadosos protagonistas, uno de esos personajes que dan miedo, ... aunque a la hora de la verdad esa apariencia oscura, esos indicios sospechosos, no resultan ser tan ciertos, y, dentro de esa ambigüedad que siempre parecen revestir los guiones de Potter, acaba comprobándose que Snape tiene un fondo mucho más positivo del que aparentaba, que detrás de la sombra de inquietud y misterio que le rodea, hay un corazón que busca el bien.

Ahora que Rickman nos ha dejado, puede ser hora de pensar que en la vida también nos podemos encontrar "clones" de Severus Snape, personas con quienes a base de presumir su vileza podemos estar siendo injustos y no saber descubrir -y disfrutar- la bondad que ocultan tras una mirada que asusta.

17 de enero de 2016

Adios a un futbolista elegante

El pasado viernes fallecía en Madrid a la edad de 72 años Manolo Velázquez, el jugador que durante 12 temporadas ocupó puesto prácticamente fijo en el Real Madrid de los años 60 y 70. Salvo en sus dos primeros años de profesional, en los que el equipo de Concha Espina le cedió al Málaga, el equipo blanco fue el único club a lo largo de su vida futbolística.  Hace ya algún tiempo alguien me comentó que Velázquez padecía Alzheimer, lo que explica su ausencia de los "mentideros" futbolísticos, pues el futbolista fallecido era habitual del palco del Bernabeu y de los programas deportivos de la radio, en los que por cierto exhibía una sensatez y un buen estilo ejemplares. Velázquez era  madrileño por los cuatro costados, y quienes seguíamos el fútbol cuando vestía la elástica blanca lo incluíamos en la lista de los "elegidos" por su elegancia, su dominio de la técnica y la táctica y ese buen talante que lucían determinados futbolistas de la época, gente que además de patadas al balón tenían un barniz de cultura y clase como Gárate, Carlos Lapetra, Fusté y el propio Velázquez.

Velázquez lució el número "10" de los blancos durante mucho tiempo, una camiseta qun siempre ha estado entre las más importantes de cualquier equipo de fútbol; fue la que lucieron Pelé, Bobby Charlton, Zico, Maradona, ... A Velázquez le correspondió nada menos que la tarea de sustituir en dicho puesto al húngaro Ferenc Puskas, un auténtico fenómeno en su época. De hecho el nombre del futbolista va íntimamente unido a ese Madrid "ye-ye" que tuvo la complicada misión de tener que hacer olvidar al de las 5 Copas de Europa que formaban monstruos del balón como Di Estéfano, Rial, Mateos, Zárraga y el citado Puskas. Con Velázquez como uno de los pilares fundamentales ese Madrid jovencísimo logró en 1966 la sexta Copa de Europa al vencer al Partizan de Belgrado por 2-1 en el mítico estadio Heysel de Bruselas. Un equipo en el que Pirri y Zoco ponían el músculo, Gento y Amancio la habilidad y velocidad, Grosso el trabajo y Velázquez la clase y la capacidad de organización. 

Se trataba de un futbolista eminentemente técnico, de esos que saben pasar desde cerca y desde lejos, de los que nunca rifan la pelota, son especialistas en dormir el juego cuando hace falta, inteligentes y rápidos de cabeza ... una auténtica joya. Fue indiscutible como cerebro merengue hasta que en 1973 se abrió la puerta en España a los futbolistas extranjeros y Santiago Bernabeu, omnipotente presidente blanco, decidió el fichaje de Gunther Netzer, un zurdo cerrado que lucía la camiseta "10" del Borussia de Moenchengladbach y, en competencia con Wolfgang Overath, de la selección alemana. Con la llegada del nibelungo se abrió el debate entre los seguidores blancos y Miguel Muñoz, que ese año terminaría siendo cesado tras quince años al mando del equipo, optó por darle el "10", mientras que Velázquez conservaba su puesto en medio campo llevando el "8" a la espalda.

Al verano siguiente el Real Madrid trajo nuevo técnico, el yugoslavo Miljan Miljanic y nuevo alemán, Paul Breitner, lateral izquierdo que ese año había ganado la Copa de Europa con el Bayern de Múnich y la del Mundo con la selección germana. Miljanic decidió convertir al célebre "abisinio" en centrocampista y el sacrificado fue Velázquez, quien esta vez perdió su condición de indiscutible, aunque en los tres años que siguió en la plantilla blanca jugó bastantes encuentros. 

En el obituario de ABC se deja constancia de la frase pronunciada por Velázquez cuando en agosto de 1977 era homenajeado tras retirarse del fútbol: «Saber que dejas buenos amigos es más importante que hacer la mejor jugada de toda tu vida», toda una demostración de la calidad humana del futbolista fallecido. Descanse en paz.


12 de enero de 2016

Algo se muere en el alma


En los últimos meses he tenido que ir varias veces de funeral. En ocasiones se trataba de personas con muchos años, pero también ha habido veces en las que despedíamos a quien todavía podía tener muchos años por delante. La voluntad de Dios no es siempre fácil de entender. A lo mejor es subjetivo, pero tengo la sensación de que últimamente proliferan los casos de cáncer, una enfermedad en la que se ha avanzado mucho, tanto que hace tiempo que ha dejado de ser una implacable sentencia de muerte, pero que sigue suponiendo una experiencia dura que no siempre termina bien.

Hace un par de días fallecía un joven abogado zaragozano; su hermano fue compañero de colegio y a él le recuerdo como un niño listo, simpático y bueno, y posteriormente como un letrado preparado, serio y respetuoso. Desde mi regreso a Aragón le saludé dos o tres veces, no le había visto desde que él era un niño y yo un adolescente más bien pardillo, y me llamaba la atención ver que ese chaval espabilado, quien tendía a ser el preferido de cualquier grupo donde pasaba, se había convertido en un profesional serio y responsable, con prestigio y apariencia impecable, ... ahora lamento no haber sido más atento, más locuaz, más cariñoso con él. Tendemos al tópico y a la alabanza cuando alguien se nos va, pero en este caso y aunque no le he tratado prácticamente desde los lejanísimos años del colegio, tan sólo he escuchado cosas buenas de él, lo que no me extraña conociendo a su familia.

La fe nos ayuda a sobrellevar  estas situaciones y a mantener la esperanza -"ni ojo vio, ni oido oyó, ..."- y la experiencia nos mueve a comprender que es ley de vida, que la muerte es un final cierto y que hay veces en las que llega antes de tiempo. Quienes creemos procuramos aceptar la voluntad de Dios, el resto intentará asumir la realidad que llega, pero pienso que nos viene bien llorar la pérdida,  compartir la pena con los más cercanos y echar de menos a quien ha partido ... porque nos hace más humanos, porque quien falta sigue de alguna manera ahí, siendo objeto de nuestro amor, ... porque de algún modo su último servicio es hacernos mejores, a la vez que allí arriba vela por nosotros.