10 de diciembre de 2013

Meriendas de entonces



A mí el bollycao me pilló mayor, y si alguien me preguntara qué meriendan los niños de hoy me temo que me pillaría bastante despistado. No obstante, me vienen a la cabeza niños con pequeños paquetes de filipinos, bolsas de patatas fritas o equiparables y cualquier tipo de producto de moda generalmente envuelto en papel de plástico. Las meriendas de mi infancia eran más sencillas y habitualmente más abundantes; aún recuerdo los bocadillos tamaño "flauta" que me ponía la madre de uno de mis amigos cuando iba a estudiar a su casa. Los años 60, y parte de los 70, no eran tiempos de grandes dispendios en el tema de las meriendas; por supuesto que habían desaparecido hacía tiempo las cartillas de racionamiento y la leche en polvo, pero nadie exigía exquisiteces: el foie-gras era "Mina" y ni te sonaba la palabra "paté", el chorizo, de Pamplona y la mortadela rellenaba el bocadillo con mucha más frecuencia que el jamón serrano, al que nadie se atrevía a reclamar que fuera de pata negra.

Estoy leyendo un magnífico libro de Marcos Ordóñez en el que describe todo tipo de recuerdos sobre una infancia cuyo curso temporal compartimos, y me hizo gracia el párrafo dedicado a este acontecimiento de merendar, pues habla con gracia y buena memoria de los quesitos "MG", la mortadela con trocitos de oliva verde y el chorizo de Pamplona, al que bautiza con el imaginativo apelativo de "chopped de los chorizos", ... es curioso pues a mí me parecía un lujo, y por lo visto el bueno es el de cantimpalo, ... con los años, por cierto, fue apareciendo el "Revilla", posiblemente algo más aparente. Y junto al chorizo funcionaba el salchichón, una especie de pariente pobre, porque del foiet o el salami al menos yo no escuché hablar nunca.

En mis meriendas infantiles tenía un protagonismo frecuente la carne de membrillo, una especie de "híbrido" al que costaba acostumbrarse; el queso solía ser de bola, y siendo muy pequeño, lamentaba no poder comerme el envoltorio de cera roja que tenía tan buena pinta, aunque a veces aparecía algún trozo de queso manchego, que tenía más prestancia. Eso sí, nada podía imponerse al pan con chocolate, que podía ser "Elgorriaga" o "Dolca", la marca barata de "Nestlé", sin olvidar alguna marca de momentos especiales como "Hueso", "Zahor" o "Loyola". En el libro antes citado se hablaba también de unas margarinas de colores de la marca "Louit", referencia que ha sido un auténtico bombazo para mí, pues de golpe y porrazo regresó a mi mente un recuerdo que había quedado borrado durante decenios, y con él las galletas María y las de vainilla, las gaseosas con cromo pegado al tapón, las tarrinas de "Tulipán" y "Natacha", ... luego llegaría "Bimbo" y nos volveríamos todos un poco más "americanos".



9 de diciembre de 2013

En la muerte de Nelson Mandela



Tengo que confesar que no conozco con detalle la trayectoria vital y política de Nelson Mandela, pero este hombre que falleció el pasado jueves, 5 de diciembre, a los 95 años de edad fue posiblemente el personaje clave, quien más influyó en el largo y costoso esfuerzo por lograr el final del apartheid en Sudáfrica; y dentro de las grandes tragedias y desgracias que trajo una situación tan injusta y terrible como la existente hasta hace bien poco en el país africano, es de agradecer que se llegara al final sin que quedaran más cicatrices que las inevitables y que del enfrentamiento, causado por una situación manifiestamente injusta como es el hecho de que las personas de raza negra tuvieran menos derechos que el resto, se pasara al acuerdo y al consenso, final feliz que en muy gran parte hay que atribuir a Mandela. No cabe duda de que Nelson Mandela ha pasado a formar parte del elenco de grandes hombres del mundo contemporáneo y en su larga vida y su extensa trayectoria como líder hay que extraer muchas cosas positivas, fundamentalmente su lucha por la dignidad y la igualdad entre las personas. Se podrá coincidir o no con determinadas opiniones o posturas de Mandela, cabrá valorar de una u otra manera algunas de las acciones por él realizadas, pero su trabajo contra el apartheid le convierte, sin duda, en un héroe y en un ejemplo.

He leído bastante sobre Mandela estos días, he contrastado opiniones diversas sobre sus vida y su obra, y aunque unos ponen el acento en una cosa y otros en otra, he comprobado que se trata de un hombre que supo encauzar su lucha, que buscó la paz, que admitió errores, que buscó mucho más unir que dividir ...Por eso, no me han gustado determinadas posturas críticas, comentarios concretos que hablan de él como una especie de terrorista, sin comprender que una persona puede evolucionar, rectificar, ... además de que no veo oportuno el momento de la muerte de nadie para cuestionarle. Y tampoco me parece de recibo la actitud de quienes parecen pretender apropiarse de la persona y la trayectoria de Mandela, utilizando una vehemencia y un sectarismo que no veo justificado. Me quedo con el comentario final de Florentino Portero en un artículo publicado el mismo día de su muerte: "Para el ciudadano de a pie todo será más fácil, Mandela pervivirá como un referente moral en la lucha en favor de la igualdad y contra la segregación".

6 de diciembre de 2013

Un tipo sin glamour en la batalla del Balón de Oro

En las últimas semanas ha corrido mucha tinta en torno a quien debería de ser el próximo "Balón de oro"; candidatos hay unos cuantos y opiniones, para todos los gustos. El pobre Messi anda lesionado, y aunque pocos podrán discutirle su condición de "number one", tampoco  tiene por qué ganar el trofeo todos los años y parece llegada la ocasión de que otro pueda llevarse el gato al agua; como es lógico, el primer nombre que suena es el de Cristiano Ronaldo, un hombre que está batiendo records goleadores, que, desde mi punto de vista, ha pasado de ser un gran jugador con tics de ególatra y "figurita" a convertirse en un futbolista con atributos de figura histórica, pero con relación al cual la prensa de Madrid está realizando una campaña excesiva, pegajosa y agotadora que puede terminar perjudicándole. El sueco Ibrahimovic, polémico e irregular, pero capaz de hacer maravillas con el balón parece otro candidato adecuado, aunque a mí, sin despreciar ni quitar méritos a nadie, me haría gracia que el elegido fuera el francés Franck Ribery, un atacante rápido, directo, que mantiene la tensión hasta el último minuto del partido y que la temporada pasada lo ganó todo con el Bayern de Múnich. A mí Ribery me recuerda a esos viejos delanteros sin trampa ni cartón, que dan siempre la cara, arriesgan, buscan el gol con perseverancia, casi con codicia, gente como Garrincha, Eusebio, Paolo Rossi, Lato o Batistuta.

El francés, además de sus enormes condiciones como futbolista, reúne otras características que lo hacen diferente; Ribery es un hombre hecho a sí mismo, alguien que a los dos años sufrió un tremendo accidente de coche en el que, tras atravesar la luna delantera del vehículo en el que viajaba, su cara quedó marcada con unas cicatrices tremendas, señales que según cuenta el mismo le supusieron todo tipo de burlas y desprecios en el colegio y en sus relaciones sociales, algo que afirma le hizo madurar y endurecerse. Ribery no ofrece el aspecto de joven endiosado y "pijo" que luce peinados especiales, anuncia marcas de colonias carísimas, conquista modelos y actrices esculturales y lleva un "rebaño" de mocitas desquiciadas tras de sí. En el año 2006 el futbolista se convirtió al islam y por algún rincón de la red he leído que pasó a llamarse Bilal Yusuf Mohammed, está casado con una mujer de origen Magrebí y tiene tres hijos. No tengo ni idea de cómo es personalmente Ribery, si es amable o distante, bondadoso o frío, me consta que cuando jugaba en el Galatasaray tuvo unos cuantos problemas con la policía turca y que tiende a las declaraciones explosivas, pero me quedo con la imagen de ese hombre profundamente feo al que los defensas rivales temen por su velocidad y su capacidad de lucha, que juega como los ángeles, es en la actualidad campeón de Europa y se merece un Balón de Oro tanto como Cristiano, aunque se enfade el Marca ...

5 de diciembre de 2013

Caballo en cacharrería


Ayer estuve conversando con todo un personaje; un hombre hiperactivo, vitalista, sociable, ... una conversación amable y enriquecedora. Me llamó la atención la frase que utilizó al hablar de un individuo que ha entrado a formar parte de una asociación a la que pertenece y que al parecer no hace más que poner pegas y plantear problemas: " es de esos que piensan que el mundo comenzó con su llegada". Y pienso que tiene razón, existen personajes que actúan como si nada se hubiera hecho bien hasta su aterrizaje en la sociedad, que miran tan alto que no ven ni a sus semejantes ni el suelo que pisan, que se creen tan sobrados de razón que corren el peligro de haberla perdido. Son de esos que allí donde pasan entran cual "caballo en cacharrería", que parecen haber descubierto el Mediterráneo y miran a su alrededor con suficiencia, como si el resto del mundo no tuviera ni idea de lo que lleva entre manos.

Esto es como las meigas: "haberlos, haylos", y me temo que en los últimos tiempos han proliferado como setas en otoño. Andamos en tiempos de populismos, superioridades morales, gente que opina de todo, imagino que porque piensa que sabe de todo y novatos con aires de andar, injustificadamente, sobrados de experiencia. A mí me da la impresión de que falta humildad, equilibrio, visión de conjunto; no se trata de limitar ni un ápice de nuestro derecho a la discrepancia, ni de alentar conformismos ante tantas cosas que no van bien, bastaría con redescubrir conceptos como el diálogo, el consenso o la tolerancia ... y sobre todo, tener capacidad de autocrítica, asumir que ni somos los mejores ni tenemos la verdad absoluta, aceptar las bondades y las opiniones válidas de los demás ... conocer, en suma, una verdad irrefutable: por valiosos que nos consideremos -y mal empezamos si tenemos tan excesiva autoestima- somos muy poca cosa, un átomo en el entorno del mundo y en la historia de la humanidad, alguien prescindible, seres que como decía aquella vieja canción "hoy somos, mañana, no", ... es entonces cuando acreditaremos que somos cuando menos inteligentes.

4 de diciembre de 2013

Gente comprometida


Estuve ayer en el acto que organizó "CADIS", la Coordinadora de Asociaciones de personas con discapacidad de Huesca, con motivo del Día Internacional de las Personas con Discapacidad. Del desarrollo del acto dan buen y fiel testimonio los medios de comunicación, versiones digitales incluidas. Aquí me limito a contar mis impresiones subjetivas, a reflejar lo que comprobé -nada nuevo por otra parte- tras algo más de una hora compartida con gente que trabaja junto a discapacitados y con éstos mismos. Aunque todos somos sensibles ante alguien que tiene parálisis cerebral, que ha sufrido un accidente con unas secuelas tremendas o que tiene una deficiencia psíquica notable, necesitamos ser conscientes varias veces al año de que en la sociedad existen quienes teniendo los mismos derechos que nosotros, necesitan ayuda -a veces mucha- para poder ejercitarlos en plenitud. Y como recordaba alguien ayer, no es cuestión de mendigar subvenciones, sino de exigir derechos. Compartir el tiempo y las vivencias con gente así me ayuda a desdramatizar mis propios problemas y a enfrentarme a la vida con perspectivas menos egoístas.

Pero siempre que tengo ocasión de estar en este mundo reitero la misma experiencia: en las personas que trabajan en este ámbito hay algo especial; evidentemente son unos profesionales y saben lo que hacen, pero lo que más me llama la atención es el inmenso cariño con el que tratan a aquéllos a quienes atienden, el afecto extremo con el que hablan de ellos y con ellos ... en ningún otro lugar he encontrado ese nivel de entrega, esa forma llamativa de volcarse, ese espíritu sin duda especial. Salta a la vista que un trabajo así, y más en los tiempos que corren, exige más que en ninguno compromiso, abnegación y espíritu de servicio ... no puedo evitar sentir cierta dosis de vergüenza cuando veo lo lejos que estoy de su altura. En todos los ámbitos uno se encuentra con profesionales excelentes, pero aquí hay un plus, algo distinto.

En el acto de ayer se entregó un premio a Radio Huesca; su director, Eduardo Villuendas, agradeció el galardón con pocas palabras, pero dio en el clavo, y como decimos a veces los juristas, me adhiero a las mismas: en medio del temporal de la vida, las personas de a pie necesitamos a veces que alguien nos de buen ejemplo, que alguien nos sonría con un gesto que viene a decir que la cosa va cuesta arriba, pero a pesar de todo vale la pena el optimismo.

3 de diciembre de 2013

El síndrome de Grumpy

Vete a saber por qué, una vez sobrepasada la barrera de los 50 a uno tiende a aumentarle notoriamente la tendencia a la protesta, la queja, las lamentaciones, ... sin pretender llegar a eso, hay ocasiones en las que te sientes como el enano gruñón de Blancanieves ... y mira que tienes libertad de elegir otros de carácter más reconfortante: el sabio, el feliz, ... hasta el tímido o el dormilón, pero la naturaleza es así y terminas asemejándote, con mayor o menor frecuencia, al inefable Grumpy. De esta manera ves como se limita tu paciencia, aceptas de peor modo las frustraciones, te cuesta entender determinadas reacciones juveniles o, lo que viene a ser parecido, asumir distancias generacionales. No me tengo por persona de carácter avinagrado, por lo que intuyo que es éste un mal bastante generalizado: es posible que se haya desarrollado en nosotros el gen del escepticismo, ese estar de vuelta que producen los años, las experiencias y algún que otro desencanto. Hace bastante tiempo conocí a alguien con casi 30 años más que yo a quien ponía nervioso el tono alto que yo solía usar en mis conversaciones, algo bastante consustancial entre los aragoneses, entonces me parecía un exagerado, mientras que ahora no solamente le comprendo plenamente, sino que comparto la tensión cuando escucho a alguien hablar a voces.

No debe de ser bueno el síndrome del "gruñón", aunque me parece que entre otras razones te llega adjunto a cierta sabiduría, ese dicho de que "más sabe el diablo por viejo que por diablo". Tal vez tenga que ver con la realidad de que conforme pasan los días vas teniendo más pasado que futuro, o que ese mismo pasado te ha llevado a conocer mejor la condición humana, a saber distinguir el compromiso de la rutina, el sentimiento de la pose, a darle menos valor a las palabras, las promesas, ... a sentir cierta incredulidad ante determinadas historias, ... Algo debe de haber de egoísmo, un defecto contra el que habremos de pelear siempre, pero pienso que también lo hay de flexibilidad, de haber perdido radicalidad y aprendido a juzgar y valorar con menos pasión y, por tanto, con más ecuanimidad, situación que puede llevarte a la rebelión frente a los tuyos si sospechas que les puede algo de fanatismo. Los años te llevan a llevar otro ritmo, y te pueden agobiar otro tipo de registros, otras visiones de la vida, no por falta de pluralismo, sino por simple precaución.

No pretendo emitir un elogio de la situación, aunque sí necesitaba realizar esa especie de ejercicio de autocomprensión que en ocasiones te exige el cuerpo. De paso, también me planteo la farmacopea para curarse del síndrome referido, como aliviar esa situación que posiblemente tenga algo de natural, de consecuencia lógica. Solamente se me ocurren dos: aprender a ser más comprensivo, a tener esa capacidad de comprender, de disculpar ... no se si a esto se llama tolerancia, pero sospecho que debe de ser algo parecido. Y, junto a ello, no cabe duda que todo será más fácil aprendiendo a reírse de uno mismo, a no darse importancia, ... a conocerse mejor. Y, por supuesto, procuremos ensanchar nuestro corazón, que ya bastantes dolores traer la vida como para poner mala cara y andar a tortas, y el nuestro vecino de al lado seguro que es, ordinariamente,buena gente.

1 de diciembre de 2013

Mi biblioteca de noviembre



El mes de noviembre se ha caracterizado por el ritmo lento de algunas lecturas que tenía comenzadas y aún no he terminado -ya llegará la hora de hablar de ellas- y del descubrimiento de dos autores excelentes: Alice Munro, a la que he llegado tras su conquista del Nobel y Fiedrich Dürrenmatt, que como explico conocí casi por accidente. Junto a ellos puedo hablar de la confirmación de dos escritores bien distintos de los que estoy dispuesto a leer todo: Ignacio Martínez de Pisón y Arnaldur Indridason, una autora de intriga que no me disgustó, un libro tan breve como maravilloso para buenos lectores y una cierta decepción con la última ganadora del Planeta.


El Premio Nobel de Literatura de 2013 le ha sido concedido a Alice Munro, una escritora canadiense de avanzada edad de quien había oído hablar muy bien, y como en mi biblioteca se encontraba "La vista desde Castle Rock", un libro con toques autobiográficos que publicó hace un par de años RBA, no dude en hacerme con él en cuanto supe la noticia. Munro ha ganado su merecido prestigio con los relatos cortos, y aunque este libro no es propiamente de cuentos, pues se trata de la historia familiar de la autora desde que sus antepasados a inicios del siglo XIX iniciaron desde Escocia su viaje en barco, con lo puesto y en busca de fortuna más allá del Atlántico, lo divide en diversos capítulos que tienen una unidad propia cada uno de ellos. Alice Munro no cuenta un argumento unitario, sino que va desgranando la vida de las distintas generaciones de su familia hasta llegar a su propia biografía. La mayor virtud de la autora galardonada está en su excelente prosa, estamos fundamentalmente ante buena literatura. Alice Munro nos cuenta los sucesos más ordinarios con toda naturalidad, no excluye fallecimientos, accidentes, ruinas, desamores, ... pero son hechos que quedan plasmados sin estridencias y una vez narrados, la historia sigue sin mayores dramas. En las historias que relata la escritora canadiense suelen destacar las mujeres, sus personajes más importantes son casi todos mujeres y la mayoría suelen ser fuertes, constantes y luchadoras. Una novela que se lee con agrado y una puerta abierta a seguir contando con el Nobel de este año.

Mi amigo Brunetti me prestó el otro día "Tocar los libros", un pequeñísimo trabajo de Jesús Marchamalo acerca de la afición a la lectura que me ha parecido entrañable y maravilloso. En 74 páginas, unas cuantas fotos incluidas, el autor nos desmenuza mil detalles relacionados con los libros, desde el tamaño de las estanterías hasta las distintas peculiariedades de diferentes escritores en su relación con los libros, pasando por un buen número de anécdotas, comentarios y valoraciones que un buen lector apreciará mucho. Como ejemplo un botón: Marchamalo nos cuenta como Julio Cortazar, cuando realizó una tourneé por Italia con su mujer en tren y con el fin de ahorrar equipaje, compraba ediciones rústicas de los libros que pretendían leer y una vez leía la página, la arrancaba y se la pasaba a su mujer, quien la tiraba por la ventana al terminarla ... toda una originalidad del autor de "Rayuela". Un libro encantador que cubre un viaje en AVE a Madrid, una noche de insomnio o una tarde lluviosa.

Como cada mes de octubre, en Barcelona se concede el Premio "Planeta", sin duda uno de los más importantes galardones españoles en materia literaria; este año la triunfadora fue Clara Sánchez, escritora de la que siempre he oído hablar bien y de la que nunca leí nada, por lo que opté por enfrentarme a la lectura de "Lo que oculta tu nombre", novela con la que ganó hace tres años el otro gran premio literario por excelencia, el "Nadal". El libro, que me ha durado más de lo previsto -425 páginas en letra grande y con espacios- y ya es una señal, me ha parecido flojo; Clara Sánchez escribe bien y construye adecuadamente su historia, pero, evidentemente desde mi subjetivo punto de vista, el relato adolece de tres inconvenientes: es un tema excesivamente manido -unos venerables ancianos noruegos que residen en un pueblo de la costa levantina y resultan ser unos antiguos y peligrosos criminales nazis-, a pesar de ello la autora no consigue trasmitir una historia creíble y a lo largo de una narración que parece pretender revestir el formato de "thriller" nunca logra cerrar un climax de intensidad suficiente. Así, la novela se termina convirtiendo en un relato entretenido, que mantiene cierta intriga sobre como la autora va a resolver la situación, pero que carece de calado suficiente para ser una buena novela, a lo que cabe añadir unos personajes, en mi opinión, poco hechos. En el mercado está ya "El cielo ha vuelto", la novela con la que Clara Sánchez ganó el Planeta, tal vez sea el momento de darle otra oportunidad.

Desde la última semana de octubre vengo leyendo "Falsa sirena", tercera entrega de la serie que protagonizada por la forense paleontóloga Nora Gavin ha escrito la norteamericana Erin M. Hart; se trata de una novela policíaca que se desarrolla entre Minnesota e Irlanda, pues la citada Dra. Gavin es de origen irlandés, aunque trabaja en USA; en cualquier caso, desde mi punto de vista el libro esta claramente marcado por los aires de la isla vecina de Inglaterra. Se trata de un buen relato de intriga, con un argumento bien construido, personajes solventes y un desarrollo que te coge; a esto cabe añadir el que junto al tema central -el asesinato de la hermana de la protagonista, ocurrido hace cinco años y sin resolver- la autora se descuelgue con toques de fantasía y leyenda muy propios del ambiente irlandés, así se insinúa cierta intervención más allá de lo natural de unos animales tan curiosos como las focas, aunque el relato nunca va más allá de los ordinario. La profesión de la protagonista otorga especial relevancia a la investigación del crimen a través de medios científicos como el análisis del ADN, la utilización de drogas, etc, aunque ello no quite elementos más habituales en el género. El gran inconveniente de la novela es su excesiva extensión, tiene cerca de 600 páginas y pienso que es algo en cierta manera perjudicial: se complica innecesariamente la trama y al final el lector puede terminar haciéndose un lío.

Ya he hablado en otras ocasiones de la calidad de los escritos de Ignacio Martínez de Pisón, un zaragozano que en mi opinión se encuentra entre lo mejor del actual panorama de la literatura española. Ya pasaron por mis manos "Enterrar a los muertos", "El día de mañana" y "Dientes de leche", y en noviembre leí en diez días "Carreteras secundarias", un relato que tuvo una exitosa versión cinematográfica que protagonizaron Antonio Resines y Maribel Verdú y que me ha parecido excelente. Me ha gustado cómo Martínez de Pisón nos describe el ambiente propio de la España de los 70 y a la vez la formidable introspección psicológica de unos personajes entrañables, un padre que se convierte en la genuina figura del perdedor, del hombre castigado por la vida y que termina convirtiéndose en un pícaro contemporáneo y un hijo, Felipe, que es el auténtico protagonista del libro y con quien terminas identificándote plenamente. El autor utiliza el recurso de escribir dirigiéndose a los lectores en segunda persona del plural, algo que, cuando menos a mí, me ha parecido un estilo novedoso y original. El relato es duro, pero a la vez no le falta ni el toque de ironía y humor ni cierta ternura, algo que se acentúa conforme llega el final.

Arnaldur Indridason ya es sin duda un valor seguro, no sólo en el mundo de la novela de intriga nórdica, sino incluso en el del género en Europa; "Invierno ártico" es la quinta novela protagonizada por el inspector Erlendur Sveinsson de la policía de Reijkiavik y no solamente el relato no ha disminuido la calidad de los anteriores, sino que se nota una clara consolidación literaria. El autor islandés elabora una historia muy bien configurada, ordenada y clara, consigue que no pierdas el interés en ningún momento y ambienta perfectamente la narración. Como siempre, Indridason aprovecha para tocar temas interesantes y actuales, en este caso el de la integración de los inmigrantes -la víctima es un adolescente tailandés- y los conatos de racismo que surgen en algunos lugares cuando proliferan las personas de otro lugar y otra raza. No ha perdido fuerza la figura del inspector Erlendur, un personaje complejo y con una vida dura y agitada, junto al que trabajan otros dos policías con "vida propia": Sigurdur Óli y Elínborg. Eso sí, quien quiera leer la novela tiene que saber que es dura desde el principio hasta el final, pero que no dude de que vale la pena.

Hay escritores y libros a los que llegas casi por casualidad; así me ha ocurrido con Friedrich Dürrenmatt, un suizo del que no había oído hablar nunca y cuya novela "Sospecha" apareció hace pocas semanas entre las novedades de la web de la librería "Negra y criminal". Me llamó la atención la portada de la novela y descubrí que Dürrenmatt fue un autor que tuvo un notable éxito por los años 50, comprobando que tenía un personaje protagonista habitual, el anciano comisario Bärlach, por lo que opté por empezar por la primera entrega "El juez y su verdugo", un relato ambientado en Berna y que ofrece un personaje, el citado, sencillamente genial, una novela breve -176 páginas- que lees de un tirón y un género que no es propiamente policial, pues a pesar de la intriga, de que hay crímenes y policías, el autor ofrece ciertas dosis filosóficas y un toque diferencial notable. La localización de la trama en Berna y la nacionalidad suiza de los personajes añade novedad en mi caso, que ya he cubierto otra zona del mapa en ese viaje "negro-criminal" que comencé hace tiempo. Un gran descubrimiento, sin duda.