
Hoy hace diez años que abandoné Tarragona; por supuesto he regresado más veces pero desde el 18 de septiembre de 2001 la Imperial Tarraco dejó de ser mi lugar de residencia, si no suceden sorpresas, definitivamente. Quedaron atrás 22 años que aportaron un balance positivo; llegué allí hecho un pipiolo un 12 de septiembre de 1979 y nada hacía predecir que mi estancia a orillas directas del Mediterráneo se iba a prolongar tanto tiempo. En Tarragona me hice un hombre, allí aprendí casi todo sobre la vida, y es que llegué a la "imperial" hecho un pardillo, pensando que la vida siempre es de color de rosa y sin más experiencias personales que un bachillerato en colegio de pago y cuatro cursos de carrera protagonizados por un exceso de cerrazón, protección y timidez.

No soy capaz de entrar en excesivos detalles ni de relatar sucesos y anécdotas, pretendo simplemente dar homenaje a una ciudad que me acogió, donde desarrollé mi vida, primero como un solitario opositor sin apenas vida social y posteriormente como un profesional que pretendió servir a los ciudadanos y recuperar el tiempo perdido. Me acostumbré a un clima privilegiado, a la salida al mar, al olor a pescado del Puerto y a la paz del Mediterráneo desde el balcón, con las puestas de sol que cumplían a la perfección su función de sedar tensiones y disgustos al final de la tarde. Tarragona sirvió adecuadamente para esos paseos recetados por el médico que me llevaban hasta el barrio del Serrallo, con sus barcos de pesca, sus olores peculiares, la iglesia parroquial, "La Puda" y ese ambiente de tabernas, humo y personajes solitarios tan propio de los puertos de mar o hasta el otro extremo de la ciudad, donde la Torre de Pilatos, el paseo de San Antonio, el de las Palmeras o la Vía Augusta.

Durante dos décadas yo vi crecer Tarragona, con la transformación de La Rambla Nova, convertida ahora en un acceso brillante y luminoso al Mar Mediterráneo, así como la restauración del Casco Viejo, la ampliación de la ciudad por el suroeste, con la Carretera de Valencia convertida en avenida y el nacimiento de la actual Avenida Françesc Macià, que acercó a la ciudad un Hospital Juan XXIII al que hasta hace unos años solamente se podía llegar tras una especie de travesía del desierto. Tarragona se fue convirtiendo en una ciudad moderna, a un ritmo que algunos, despistados y tal vez superficiales, no eramos a veces capaces de advertir. La Universidad Rovira i Virgili contribuyó lo suyo a la apertura al mundo de una ciudad hasta entonces provinciana, así como su nombramiento como Patrimonio de la Humanidad cuyo germen y desenlace viví en vivo y en directo. Aunque siempre quedarán los lugares de siempre: el anfiteatro, el circo y el foro romano, la Catedral gótica, el Pont del Diable, la Torre de los Escipiones, ... y los edificios modernos de siempre: el Gobierno Civil, el Hotel Imperial Tarraco, la central de la Caixa de Tarragona, ... ese toque del "Cant dels ocells" que añoro desde entonces cada mañana, como echo de menos el mar, la brisa, las navidades de clima suave, los domingos en la Rambla y, por encima de todo, el talante de quienes sabes que te quieren de verdad.

Con los ciudadanos de allí viví tantos acontecimientos históricos: estando allí accedieron Jordi Pujol al Gobierno de Cataluña y Felipe González al de España, ... ¡quién iba a decir que iban a durar tanto!, allí vi en directo la llegada por primera vez a España de un Papa y en esa ciudad tranquila viví el miedo y la inquietud del atentado contra el RACK de Empetrol que estremeció a toda España y pudo ocasionar una tragedia de dimensiones terribles. Las corridas de toros del verano, que ya son historia pasada, los ascensos y descensos del Nastic, la plumilla de Antoni Coll en el Diari de Tarragona, la columna periodística más entrañable y certera que recuerdo, la reapertura del Metropol, y tantos nombres y apellidos que se quedaron allí, algunos para toda la eternidad, otros dando aún guerra: Paco Riocabo, Carmen Díe, Gabi -que tardes de intimidades en el "Florida"-, Manolita, Rafa Lorenzo y familia, el "Sr. Estil.les", sinónimo de libertad de lectura y cultura, Fernando, Ricardo Vilar y su mujer, que me invitaban a comer por San Esteban para que no estuviera solo, Bernardino, Celes -¡esos partidos en la tele que a veces tenían algo de clandestinos!-, Carlos, Ignacio, Lourdes, ... testigos de mi paso por allí, compañeros del alma, que me aguantaron, me comprendieron, me enseñaron a ser mejor.

A lo largo de los últimos diez años salí cada viernes santo en la procesión del Santo Entierro, la más larga y lucida de Cataluña, con las vestes granates y blancas de la Germandat del Sant Ecce Homo, gracias a la colaboración de Antonio, un hombre cabal con quien estoy en deuda. De esas ocasiones guardo recuerdos imborrables, con el sentimiento propio del tiempo, las circunstancias y el momento. Y con la misma fuerza quedan presentes las celebraciones de la Casa de Aragón el día del Pilar, con la Misa baturra que te transportaba a tus orígenes y creaba ese punto emocional que es posible tenga algo de superficial y teatrero, pero que de cualquier manera se convertía en momento esperado cada año. Y entre procesiones y festejos, los años fueron pasando y las costumbres y usos se convirtieron en rutina habitual ... tal vez pensé que siempre sería así, por eso cuando apareció la oportunidad de regresar a mi tierra la posible marcha, que acabó siendo real, me sonaba a ficticia, a tentación imposible de caer en ella.

Y reflejar recuerdos se haría interminable: las charlas sobre drogas en los colegios con Carmen, las veces que me lío Manolita para ir de tertulia a la cárcel, alguna cena pirata, Salou, Cambrils, el Roc de San Gaietá -¡que momentos!-, las clases a la Policía Local, las comidas con Gabi en el "Pit i Cuixa", las del Bar "Quet", con ese tono tan "lilu", las despedidas de compañeros en "La Caleta", las más "pijas" de "Can Sala" o "Les Coques", los cafés del "Zeus", la época de la caña en "Sumpta", el mercadillo de la Catedral de los domingos, donde encontré por cuatro chavos la trilogía completa de "Los gozos y las sombras", la conferencias con cena posterior de los "Juristas democráticos" y de los "Tarraconins", las fiestas colegiales de los abogados, los partidos de fútbol sala, alguna copa en "Poetas", el "Antiquari" y algún pub más cutre que ahora no recuerdo, "La Goleta" en Salou, "La Cucaña" en Cubellas, "El Pí" en Vendrell y Casa Víctor en Comarruga, ... el bus de Barcelona, el tren que te llevaba al mismo sitio por la costa, con paradas en Vilanova y Sitges, el concurso de Castells del primer domingo de octubre en la Plaza de Toros, las playas Larga, de la Rabassada y del Miracle, las fiestas mayores de Santa Tecla y Sant Magí, ... y tantas cosas que no caben aquí, y algunas ni siquiera en mi cabeza.

He vuelto más veces, ¡faltaría más!, y cada vez se me come la nostalgia, y al dar la vuelta por la rotonda de las palmeras, pasada la vieja cárcel, se me pone el corazón en un puño y me duele más el "agujerito" que se quedó dentro, espero que para siempre. Interiormente vuelvo a vivir tantas cosas, los paseos hasta el tren que me llevaba a estudiar 5º de Derecho a Barcelona, pasando por Prat de la Riba, Gasómetro y Apodaca, tres calles tan representativas, por mucho que no sean especialmente bellas, los viajes en bus a mi primer destino profesional en Barcelona, donde era posible ver hasta cinco veces la misma película sin conseguir enterarte del final porque el vehículo llegaba antes. Seguiré acudiendo a por agua a la Fuente de la Oliva, como esos primeros tiempos en los que del grifo salía salada y a la Rambla Vieja, la de San Carlos, donde existía un local de apuestas en el que los domingos ponían los resultados de fútbol en una pizarra con anuncio de San Miguel, retornarán a mi pensamiento los concursos de fuegos artificiales del mes de julio, que lucían desde el Balcón del Mediterráneo y solían tener colofón con unos helados en los italianos de la Rambla y la iluminación navideña de la Rambla Nova, Unió, Conde de Rius, August, y volveré a visitar a la Virgen del Claustro, y al oasis de Loreto, ... Seguirá corriendo el tiempo y el corazón tendrá que compartir sus latidos, cada vez menos acompasados, con nuevas vivencias, pero la Imperial Tarraco fue el núcleo de mi vida, también de unas cuantas mezquindades -no todas propias-, momentos duros y algún que otro fracaso. Pero por encima de todo queda lo vivido, lo disfrutado y lo amado.