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2 de octubre de 2014

"Leman" pasa a la historia


Ayer me comunicó una tarraconina de pro -nunca más justo y merecido el epíteto- que la Cafetería Leman cerraba sus puertas, que desaparecía para siempre. El 1 de octubre fue el último día que abrió sus puertas esta cafetería clásica, de las de siempre, de las que ya no quedan, ubicada en plena Rambla Nova de Tarragona. Ha sido un lugar de cita para todo tipo de personas, de todas las clases, ideologías, estilos, profesiones y sensibilidades, ... aseguraría que solamente podría hablarse de un hilo común de todos ellos: el buen gusto, el saber elegir, ... lo que un cursi definiría como "politesse". En La Rambla convivían establecimientos, algunos ya desaparecidos, como "Arimany", "Or" o el mítico "Moto-club" al que ya me referí en su día, pero ninguno combinaba todo tipo de virtudes como el "Leman". Seguro que allí, durante los 53 años que se ha sostenido en pié, se gestaron negocios, hubo conspiraciones políticas y se habló de lo divino, de lo humano y de los chascarrillos sociales de una capital tan mediterránea, burguesa y plural como Tarragona ... y allí se cocería también más de un matrimonio, aunque posiblemente entre sus mesas alguno que otro inició los escarceos de un futuro divorcio.

En Zaragoza también fueron desapareciendo las cafetería más míticas, como "Las Vegas", lugar de reunión de cadetes y niñas bien, "Imperia", perfecto centro de tertulias de las "alegres comadres de la milla de oro" o "Niké", lugar que me traía recuerdos de chocolates infantiles y con el tiempo me enteré era lugar de encuentro de la progresía de la época. "Leman" ha sido sin duda uno de los centros neurálgicos de la "Imperial Tarraco", genuina atalaya de la vida social ciudadana, lugar donde empleados y clientes han visto nacer, crecer y envejecer a tantos ... y, por supuesto, establecimiento en el que imperaba la elegancia y, por encima de todo, la calidad a todos los niveles.

La próxima vez que regrese a Tarragona habrán aumentado las razones para la nostalgia y los sentimientos encontrados.


3 de noviembre de 2013

"El Moto"



Desde el jueves por la tarde hasta el día de difuntos he estado en Tarragona; necesitaba aire y descanso y la capital romana del Mediterráneo es una de las soluciones mejores que conozco para ello; todo marchó muy bien y podría hablar de nombres, personas y lugares que han ayudado -¡y mucho!- a oxigenar mi cabeza y mis tensiones, pero no se trata hoy de aliviar intimidades y como entre ellos hay algún lector del blog, no hace falta que les diga lo agradecido que estoy a todos. Pero sí quiero reflejar un suceso, que no es ni el único ni el más trascendente de los ocurridos, pero que no dejó de tener su significado.

El bar "Moto club" es uno de los más típicos de la ciudad, auténtico lugar de encuentro, de citas y reuniones, un establecimiento emblemático ubicado en la Rambla Nova, genuino centro neurálgico de la ciudad, largo paseo embellecido con los años y que culmina -o empieza, por hablar con más precisión- en el mítico Balcón del Mediterráneo. A los tarraconins más significados, los que lo son de toda la vida, les he oído hablar montones de veces del "Moto" -así se le llama- como el punto de encuentro, la sede en torno a la cual se producen eventos, sucesos, ... un verdadero centro de recuerdos y evocaciones. Y la verdad es que el sitio no tiene nada de particular, se trata sin más de un bar como otro cualquiera ubicado en la esquina de la Rambla con la calle Conde de Rius y que responde al más clásico concepto de cafetería, con camareros de camisa blanca, barra tradicional, veladores metálicos y clientes habituales que no hace falta que digan lo que quieren consumir.

Pero curiosamente, tras haber vivido 22 años, con sus días y con sus noches, en la Imperial Tarraco, nunca había entrado en el interior del establecimiento, es más, no podría jurar haberme sentado en alguna ocasión en la terraza exterior. Por eso tuvo esencias de acontecimiento especial cuando el día 1, festividad de Todos los Santos, y tras haber escuchado Misa en la iglesia de los Carmelitas de la calle Asalto, me senté con un viejo amigo en un velador del "Moto", y al tener el hombre algo de frío, terminamos entrando dentro y consumiendo un café y una caña en el interior. Nada especial descubrí allí, simplemente un establecimiento sencillo, más bien vetusto, eso sí con casi todos los periódicos del "Principat" a disposición de quien los deseara leer y con un camarero cuya profesionalidad se notaba y tres o cuatro clientes con cierto aspecto trasnochado, casi como si estuvieran permanentemente ubicados en la cafetería, como un mueble más.

Así, por virtud de un amigo más bien friolero, ejerciendo esa vieja costumbre de tomar algo tras cumplir con el precepto, cubrí una laguna que poco añadirá a mi currículum, pero que en cierta manera me une más, si cabe, a la ciudad de Tarragona, y es que bastantes de sus habitantes tal vez no me hubieran perdonado esta carencia.

29 de enero de 2013

El garito de la Rambla Vieja


Como ya he contado en otras ocasiones, viví 22 años en Tarragona, y una de las consecuencias que trajo este dorado exilio catalán consistió en tener que vivir mi zaragocismo desde la lejanía. En la actualidad, con el fútbol pagado por televisión y, fundamentalmente, por vía de internet uno puede estar al día de los partidos, las lesiones, los fichajes y cualquier otro tipo de noticias relacionadas con el mundo del balón. Pero durante muchísimo ti empo no tuve otra posibilidad de seguir al equipo de mis amores, amen de las pocas referencias al mismo que hacían en los diversos programas deportivos de ámbito nacional de las emisoras de radio, que la lectura del Heraldo de Aragón -algo que a algún talibán de la zona le parecía manifestación de poca adaptación al terreno- o intentar conectar con el programa de Radio Zaragoza que a última hora de la tarde dirigía Ortiz Remacha, para lo cual tenía que acudir a la zona de la ducha y poner un viejo transistor de los llamados "loros" en una posición concreta.

El tema de los partidos tenía su miga; por supuesto solamente había posibilidad de escucharlos en directo cuando los blanquillos se enfrentaban a culés o periquitos, algo que no era excesivamente aconsejable a la vista de la escasa imparcialidad -lógica por otra parte- de quien los retransmitia, además de que el Zaragoza no ha sido históricamente equipo al que le televisaran excesivos encuentros. Por esta razón solía escucharlos a través de los distintos "carruseles" deportivos de la radio, con preferencia al de la SER , donde lucían Joaquín Prat, José María García -hasta su marcha a Antena-3-, Héctor del Mar y otros o el "Tablero Deportivo" de Radio Nacional, que no tenía publicidad y donde me gustaba especialmente la objetividad y ponderación del corresponsal en Zaragoza Vicente Merino, un hombre de una voz elegantisima. Así, he vivido durante quinquenios domingos llenos de anuncios de "Soberano" y "Anis de la Asturiana", de relojes "Seiko", brandy "Terry", "Autorradio de Val", y demás, alimentados con los gritos y comentarios, tantas veces desproporcionados y excesivos, de Alfonso Guzman, Paco Ortiz, "Chencho", Manolo Oliveros, Erostarbe, y tantos otros.

Pero muchas veces, al llegar el descanso andaba tan nervioso que optaba por ir a darme una vuelta por la ciudad y no conocer el resultado definitivo hasta el final. Fueron muchos los minutos gastando suelas de zapatos por diferentes calles del centro de Tarraco: Prat de la Riba, Gasómetro, Apodaca, la Rambla Nova, Plaza Verdaguer, la de la Font, ..., caminaba nervioso, frecuentemente entre oscuridades, fríos y nieblas, hasta el momento en el que podía enterarme cómo había terminado el partido de mi equipo, al que había dejado en el descanso con el partido encaminado, cuesta arriba o en situación de incertidumbre. Al llegar la hora aproximada de fimalización los encuentros -entonces casi todos eran a las 5 de la tarde y ese momento llegaba entre las 18.50 y las 18.55- me acercaba a un pequeño establecimiento de la Rambla Vella, enfrente de la iglesia de San Francisco, donde se despachaban quinielas y lotería y en el que existía una pizarra donde ponían con tiza el resultado final.

La referida pizarra siempre estaba apoyada, cara al exterior, en la puerta de cristal del garito y en ella figuraban los resultados en blanco, salvo lógicamente los relativos a los encuentros jugados el sábado; en un momento dado aparecía un hombre ya mayor, calvo, bajito, algo encorvado, de modos pausados y con bigote que apoyaba la pizarra en un estante e iba apuntando los resultados. En la puerta siempre nos agolpábamos seis o siete personas que mirábamos impacientes a la espera de saber el resultado del equipo de nuestros amores, no sin cierta desesperación pues el hombre era de un perfeccionismo notable y llegaba a borrar números si no quedaban correctamente escritos. Cuando llegaba el partido del Zaragoza, las sensaciones variaban según jugaba fuera o en casa: si había actuado de visitante la cifra inicial era ya significativa: un 0 aseguraba haber puntuado, un 1 -incluso un 2- dejaba alguna esperanza, mientras a partir de 3 uno quedaba seguro de haber palmado sin necesidad de comprobar la cifra correspondiente a tu cñub. Pero cuando jugabas de local, un 1 y, sobre todo, un 0 en primer lugar te dejaba hundido, mientras que con cifras superiores podías anticipar la celebración.

Pero había ocasiones en las que cuando llegaba el individuo ya había dejado la maldita pizarra de nuevo apoyada en la puerta, y entonces quien suscribe solía realizar unas operaciones que creo no haber contado nunca y que al recordarlas no dejan de ponerme colorado; me acercaba lateralmente al hueco existente antes de la puerta y miraba de tal manera que no se me mostrara el resultado completo, sino primero los goles del equipo local y posteriormente los del visitante, de manera que volvía a sentir las sensaciones antes citadas. Evidentemente, la emoción era especial cuando no sabía nada del partido, pues cuando ya acudía con conocimiento del resultado al descanso tenía alguna pista. Posteriormente regresaba a casa bien satisfecho o bien con el rabo entre las piernas.

Así de miserables somos los humanos, ... o más bien los hinchas futboleros, diría yo.

29 de enero de 2012

Un carácter que animaba



"Aunque ya nadie pueda devolvernos el tiempo del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no debemos afligirnos, porque siempre la belleza permanece en el recuerdo."
(William Wordsworth)

La foto del post la tenía guardada como borrador desde hace días; está bajada de  internet y representa el inicio de la calle Prat de la Riba de Tarragona, vista desde la Plaza Imperial Tarraco. No se trata de una estampa especialmente bella, pero solo con mirarla venían a mi mente montones de recuerdos de mi estancia en Tarragona: no creo que exagere si afirmo que esa imagen se reprodujo en mi retina casi todos los días de esos 22 años que viví en la Imperial Tarraco. Pero la Providencia, que en ocasiones nos cuesta tanto entender, ha querido que la perspectiva de la calle Prat de la Riba centralice tales recuerdos en una única dirección.

El viernes por la mañana pasaron al teléfono de mi despacho una llamada que desearía no haber recibido nunca; inesperadamente, con la discreción y el silencio que le definía tan bien, había muerto mi amigo Gabi. Cuando alguien nos deja pueden sonar a tópico los penegíricos y las afirmaciones de que era el mejor, el principal, pero en esta ocasión en uno u otro caso siempre me quedaré corto. Hacía muchísimo tiempo que la pérdida de alguien cercano no me producía un dolor de este calibre, que no lloraba tanto como ahora. Con la marcha de Gabi noto esa sensación de soledad y desamparo que se siente cuando te falta aquél a quien recurrir en los momentos de necesidad; el otro día lo comentaba con alguien: si alguna vez me hubiera hallado en estado de desesperación, creo que hubiera acudido a él.

Tanto para dirigirme a su casa de Ramón y Cajal como a su despacho de Cardenal Cervantes tenía que enfilar la calle Prat de la Riba; de este modo atravesé tantas veces la peluquería "París", "Lámparas Palau", la gestoría de la esquina, la frutería rancia de la otra, ese "Frankfurt" cutre que tanta gracia le hacía, varios bares de medio pelo, el Banco Central, ... hasta llegar a su despacho, o al "Florida", donde era tan fácil desahogar las penas, el stres, los agobios. No sabría concretar que año le conocí, pero sí puedo afirmar que entonces pensé que posiblemente le podría echar una mano, pero a la hora de la verdad fue él quien me la echó a mí: él me escuchó siempre, me comprendió, me aceptó pacientemente y me abrió los ojos a esos aspectos de la vida que suelen escaparse a quienes andan por la nubes.

Era un hombre que aborrecía lo artificial: se resistía a los actos sociales, le producían urticaria las poses y los formalismos; era humano, auténtico y, por encima de todo, amigo de sus amigos. Se había hecho a sí mismo, pero sus ambiciones iban mucho más allá de ganancias económicas y vanidades, valoraba mucho más la satisfacción de los pequeños momentos que ofrecen la familia y los amigos. Tenía buen gusto, una exquisitez muy lejana a lujos y elitismos, con una pose discreta y serena, una elegancia que se manifestaba en hechos tan simples como el modo de escuchar y la forma de coger el vaso de whisqui. El me enseñó a valorar a los grandes "crooner" americanos, como Tony Benet, Paul Anka, y, por encima de todos, el gran Frank Sinatra, de la misma manera que dominaba el cine europeo: resultaba divertidísimo oírle hablar de Vittorio Gassman, haciendo una pausa llena de respeto y de "coña" en la que miraba al cielo y decía eso de que "Dios le tenga en su gloria" o de Marcelo Mastroianni; era apasionante escuchar su admiración por Tete Montoliú, del jazz, ... o de esas querencias británicas, pues Gabi era poseedor de un elegante y bien medido humor con indiscutibles aires de las islas.

Juntos pasamos tiempos duros, él los superó con garbo y saber estar, yo los llevé con bastante menos empaque y madurez y su hombro apoyó más de una lágrima en ese despacho al que acudí tantas veces o en la barra del "Florida", en ese rincón desde el que aprendí, con él, a observar la vida ciudadana, a distinguir el grano de la paja y a valorar que la amistad es mejor vivirla sin calificativos y sin buscar nada más que vivir y compartir juntos la vida de cada uno. Por detrás de esa nariz prominente de la que presumía -una de sus virtudes siempre fue saber reírse de sí mismo- siempre vi unos ojos que miraban con cariño auténtico, y me duele el que tal vez no correspondiera a la altura que merecía. Dicen que amigos hay pocos y debe de ser verdad, y Gabi era, sin ninguna duda, uno de ellos, y aunque desde mi marcha de Tarragona nos habíamos visto poco y no hablábamos demasiadas veces, él seguía siendo uno de esos "pocos", posiblemente el primero ... y siento que el vacío de su ausencia se agranda conforme pasa el tiempo y la herida no cicatrizará nunca.

Era generoso, mucho, nunca olvidaré que cuando comíamos juntos al llegar el postre yo solía pedir el capricho de turno y él, que no era nada laminero, pedía trufas para que me las comiera yo. Dios le pagó bien su generosidad, con una familia estupenda y unos hijos de primer nivel. No se porqué me viene a la cabeza esa canción que su admirado Sinatra cantaba con tanta fuerza, y es que Gabi pienso que vivía así: a su manera ... "Vivir, siempre vivir y ha sido así, mi vida entera, ... Jamás, me arrepentí y fui feliz, a mi manera ...". Una manera de ser que animaba, que ayudaba a ser mejor ... Gracias por todo, tu enseñanza no caerá en saco roto.

9 de enero de 2012

El establecimiento discreto



Es el tiempo de las grandes superficies, de los establecimientos puestos a todo plan; parece que esas pequeñas tiendas especializadas, familiares, recoletas y de clientes fijos están casi llamadas a la extinción. Por eso uno se siente reconfortado cuando descubre que hay algunas que resisten el paso del tiempo y sobreviven a la riada de modernidad y globalización que nos ha invadido por todas partes desde hace ya unos cuantos años.

Estaba ayuno de ideas para ilustrar el post del lunes, algo peligroso si no olvidamos que es bueno empezar con tino la semana, máxime si se trata del lunes "de vuelta al cole", y encontré casi por casualidad una referencia a la Librería "Bayer", una pequeña tienda especializada en libros jurídicos ubicada en la Rambla Nova de Tarragona, muy cerca de la Plaza Imperial Tarraco. Estoy seguro de que mis amigos juristas de dicha ciudad han entrado -y por lo tanto salido- de tal establecimiento en multitud de ocasiones y que sienten hacia quienes atendían al público en mi época -en estos momentos ignoro si ha habido cambios al respecto- la misma secreta y callada admiración.

Mis recuerdos de esta tienda se remontan a los inicios de los años 80, cuando empezaba a preparar la oposición y aquélla era prácticamente el único lugar de Tarragona donde podía encontrar una publicación relacionada con el Derecho. Atendían -me encantaría confirmar que lo siguen haciendo- quienes entonces eran dos jóvenes mujeres a las que podría definir perfectamente con tres palabras: educación, eficacia y discreción. Yo soy por naturaleza tímido y por entonces aún lo era más, razón por la cual nunca intercambiaba más palabras que las estrictamente necesarias para una compra, un encargo o una consulta, algo que ahora lamento porque cuando uno es bien atendido debería aprender a ser más expresivo y agradecido.

La librería, que también era papelería, se llama "Bayer", un nombre que me llamaba la atención, pues me sonaba a aspirina y a equipo de fútbol alemán, pero no a nada relacionado con el mundo de las leyes. Dentro de ella, la recuerdo pequeña y escasa de grandes lujos, todo era pulcritud y limpieza, y las dos citadas señoritas -siento la palabra políticamente incorrecta, pero al menos por entonces era la que mejor las definía- te atendían con una gran amabilidad y hacían fácil salir satisfecho de la gestión. Nunca supe sus nombres, pero fueron testigos de mi prehistoria profesional, y en cierto modo con ellas -y con otros- fui creciendo en mis ilusiones que gracias a Dios acabaron convirtiéndose en realidad. Por eso puede ser esta la ocasión para, desde la distancia, agradecerles su colaboración y su paciencia.

Por entonces la Librería "Bayer", que con el tiempo he descubierto que también existe en Barcelona y en Girona, podía ser la pequeña especialista en derecho de una ciudad de provincias, pero esto no significa ni limitación ni defecto, la prueba es que allí sigue viva y con la discreción y la eficacia de siempre.

16 de noviembre de 2011

Recuerdos en torno a un viejo vagón



El pasado lunes me comunicaron el fallecimiento de Fernando; hacía ya tiempo que andaba delicado de salud y su corazón acabó tirando la toalla. El que muera una persona joven es siempre difícil de entender, no podemos evitar que nos parezca injusto y nos cuesta aceptar eso de que "Dios sabe más" y asumir que ahora él estará disfrutando de su presencia. Me gustaría ver por un agujerito la entrada de Fernando en la morada definitiva, seguro que es alegre, rocera, pero de ninguna manera discreta y callada. Fernando era además un hombre de fe profunda, recibida de una tradición familiar y arraigada por una honesta búsqueda de la verdad.

Con Fernando se va una forma de ver la vida bien original, y bien simpática: le recuerdo perfectamente el día que juró su profesión de abogado en el salón de actos de la Diputación Provincial de Tarragona, con algunos años más que el resto de letrados y letradas que iniciaban entonces su carrera profesional, porque Fernando tenía su ritmo, funcionaba sin prisas. Le vi entonces como un torbellino de alegría y entusiasmo, un personaje sin complejos ni aristas; y uno, que es tímido y reservado y tiende a la prevención ante el desconocido, aprendió mucho de quien, sin que nadie nos hubiera presentado, se le dirigía como si nos conociéramos de toda la vida.

Pero el recuerdo de Fernando va sobre todo unido a ese viejo vagón de tren que tenía aparcado en un terreno cuya ubicación no consigo recordar, allí organizaba algún sábado del año unas fiestas que destacaban por la asistencia de un número enorme de gente, la excelencia de las viandas que se repartían en las mesas y un jolgorio creciente, permanente y ruidoso. Allí nos juntábamos tirios y troyanos, romanos y cartagineses, rebeldes y sediciosos, sin matices, distinciones ni peleas. Y aunque en ocasiones a uno le agobiaba algún exceso suelto -Fernando tenía una querencia especial por mojar con agua a todo el mundo- la jornada siempre era oxigenante, un auténtico antídoto contra la "purria" y el desánimo.

También le gustaban las cenas, y cada curso caían un par o tres en el "Trastévere", en el "Serrallo", ... viene a mi cabeza un mes de julio en un chiringuito instalado creo recordar que junto al puerto de Tarragona en la que podíamos estar 50 personas, y a Fernando le gustaba llevar la batuta, a la vez que dejar que cada cual desahogara sus capacidades sin frenos ni complejos. Y también alguna que otra comida a solas, en la que solía explicarte su visión de las cosas, sus opiniones, tan apasionadas como razonables, en torno a la política, la Justicia, ..., dejando siempre en evidencia una cultura profunda y cultivada. Era, además, un hombre cariñoso, afectuoso, sensible.

A Fernando le gustaba leer, era un recurso seguro cuando querías descubrir un buen libro que echarte al coleto. A él le debo haber conocido por vez primera las novelas de Lorenzo Silva; él me regaló "El alquimista impaciente", posiblemente la mejor entrega del Sargento Bevilacqua y la Cabo Chamorro, ganadora del Premio Nadal del 2000, y me animó a cultivar a los clásicos y a esos escritores de época como Dumas, Victor Hugo, Stendhal, ... He puesto su nombre en "google" y he descubierto que colaboraba en una sección en la revista del Col.legi d'Advocats de Tarragona denominada "Racò de la lectura", donde escribía unas reseñas formidables que desde ahora voy a convertir en fuente de conocimientos literarios.

Conforme pasan los años uno va sumando en su particular lista de personas que se van para siempre; queda su recuerdo, cierta mala conciencia de llevar años sin hablar con ellos y, por supuesto, la seguridad de que desde un rincón de esos jardines eternos seguirá haciendo lo que hizo siempre: echar una mano a sus amigos.

18 de septiembre de 2011

Tarragona diez años atrás



Hoy hace diez años que abandoné Tarragona; por supuesto he regresado más veces pero desde el 18 de septiembre de 2001 la Imperial Tarraco dejó de ser mi lugar de residencia, si no suceden sorpresas, definitivamente. Quedaron atrás 22 años que aportaron un balance positivo; llegué allí hecho un pipiolo un 12 de septiembre de 1979 y nada hacía predecir que mi estancia a orillas directas del Mediterráneo se iba a prolongar tanto tiempo. En Tarragona me hice un hombre, allí aprendí casi todo sobre la vida, y es que llegué a la "imperial" hecho un pardillo, pensando que la vida siempre es de color de rosa y sin más experiencias personales que un bachillerato en colegio de pago y cuatro cursos de carrera protagonizados por un exceso de cerrazón, protección y timidez.

No soy capaz de entrar en excesivos detalles ni de relatar sucesos y anécdotas, pretendo simplemente dar homenaje a una ciudad que me acogió, donde desarrollé mi vida, primero como un solitario opositor sin apenas vida social y posteriormente como un profesional que pretendió servir a los ciudadanos y recuperar el tiempo perdido. Me acostumbré a un clima privilegiado, a la salida al mar, al olor a pescado del Puerto y a la paz del Mediterráneo desde el balcón, con las puestas de sol que cumplían a la perfección su función de sedar tensiones y disgustos al final de la tarde. Tarragona sirvió adecuadamente para esos paseos recetados por el médico que me llevaban hasta el barrio del Serrallo, con sus barcos de pesca, sus olores peculiares, la iglesia parroquial, "La Puda" y ese ambiente de tabernas, humo y personajes solitarios tan propio de los puertos de mar o hasta el otro extremo de la ciudad, donde la Torre de Pilatos, el paseo de San Antonio, el de las Palmeras o la Vía Augusta.

Durante dos décadas yo vi crecer Tarragona, con la transformación de La Rambla Nova, convertida ahora en un acceso brillante y luminoso al Mar Mediterráneo, así como la restauración del Casco Viejo, la ampliación de la ciudad por el suroeste, con la Carretera de Valencia convertida en avenida y el nacimiento de la actual Avenida Françesc Macià, que acercó a la ciudad un Hospital Juan XXIII al que hasta hace unos años solamente se podía llegar tras una especie de travesía del desierto. Tarragona se fue convirtiendo en una ciudad moderna, a un ritmo que algunos, despistados y tal vez superficiales, no eramos a veces capaces de advertir. La Universidad Rovira i Virgili contribuyó lo suyo a la apertura al mundo de una ciudad hasta entonces provinciana, así como su nombramiento como Patrimonio de la Humanidad cuyo germen y desenlace viví en vivo y en directo. Aunque siempre quedarán los lugares de siempre: el anfiteatro, el circo y el foro romano, la Catedral gótica, el Pont del Diable, la Torre de los Escipiones, ... y los edificios modernos de siempre: el Gobierno Civil, el Hotel Imperial Tarraco, la central de la Caixa de Tarragona, ... ese toque del "Cant dels ocells" que añoro desde entonces cada mañana, como echo de menos el mar, la brisa, las navidades de clima suave, los domingos en la Rambla y, por encima de todo, el talante de quienes sabes que te quieren de verdad.

Con los ciudadanos de allí viví tantos acontecimientos históricos: estando allí accedieron Jordi Pujol al Gobierno de Cataluña y Felipe González al de España, ... ¡quién iba a decir que iban a durar tanto!, allí vi en directo la llegada por primera vez a España de un Papa y en esa ciudad tranquila viví el miedo y la inquietud del atentado contra el RACK de Empetrol que estremeció a toda España y pudo ocasionar una tragedia de dimensiones terribles. Las corridas de toros del verano, que ya son historia pasada, los ascensos y descensos del Nastic, la plumilla de Antoni Coll en el Diari de Tarragona, la columna periodística más entrañable y certera que recuerdo, la reapertura del Metropol, y tantos nombres y apellidos que se quedaron allí, algunos para toda la eternidad, otros dando aún guerra: Paco Riocabo, Carmen Díe, Gabi -que tardes de intimidades en el "Florida"-, Manolita, Rafa Lorenzo y familia, el "Sr. Estil.les", sinónimo de libertad de lectura y cultura, Fernando, Ricardo Vilar y su mujer, que me invitaban a comer por San Esteban para que no estuviera solo, Bernardino, Celes -¡esos partidos en la tele que a veces tenían algo de clandestinos!-, Carlos, Ignacio, Lourdes, ... testigos de mi paso por allí, compañeros del alma, que me aguantaron, me comprendieron, me enseñaron a ser mejor.

A lo largo de los últimos diez años salí cada viernes santo en la procesión del Santo Entierro, la más larga y lucida de Cataluña, con las vestes granates y blancas de la Germandat del Sant Ecce Homo, gracias a la colaboración de Antonio, un hombre cabal con quien estoy en deuda. De esas ocasiones guardo recuerdos imborrables, con el sentimiento propio del tiempo, las circunstancias y el momento. Y con la misma fuerza quedan presentes las celebraciones de la Casa de Aragón el día del Pilar, con la Misa baturra que te transportaba a tus orígenes y creaba ese punto emocional que es posible tenga algo de superficial y teatrero, pero que de cualquier manera se convertía en momento esperado cada año. Y entre procesiones y festejos, los años fueron pasando y las costumbres y usos se convirtieron en rutina habitual ... tal vez pensé que siempre sería así, por eso cuando apareció la oportunidad de regresar a mi tierra la posible marcha, que acabó siendo real, me sonaba a ficticia, a tentación imposible de caer en ella.

Y reflejar recuerdos se haría interminable: las charlas sobre drogas en los colegios con Carmen, las veces que me lío Manolita para ir de tertulia a la cárcel, alguna cena pirata, Salou, Cambrils, el Roc de San Gaietá -¡que momentos!-, las clases a la Policía Local, las comidas con Gabi en el "Pit i Cuixa", las del Bar "Quet", con ese tono tan "lilu", las despedidas de compañeros en "La Caleta", las más "pijas" de "Can Sala" o "Les Coques", los cafés del "Zeus", la época de la caña en "Sumpta", el mercadillo de la Catedral de los domingos, donde encontré por cuatro chavos la trilogía completa de "Los gozos y las sombras", la conferencias con cena posterior de los "Juristas democráticos" y de los "Tarraconins", las fiestas colegiales de los abogados, los partidos de fútbol sala, alguna copa en "Poetas", el "Antiquari" y algún pub más cutre que ahora no recuerdo, "La Goleta" en Salou, "La Cucaña" en Cubellas, "El Pí" en Vendrell y Casa Víctor en Comarruga, ... el bus de Barcelona, el tren que te llevaba al mismo sitio por la costa, con paradas en Vilanova y Sitges, el concurso de Castells del primer domingo de octubre en la Plaza de Toros, las playas Larga, de la Rabassada y del Miracle, las fiestas mayores de Santa Tecla y Sant Magí, ... y tantas cosas que no caben aquí, y algunas ni siquiera en mi cabeza.

He vuelto más veces, ¡faltaría más!, y cada vez se me come la nostalgia, y al dar la vuelta por la rotonda de las palmeras, pasada la vieja cárcel, se me pone el corazón en un puño y me duele más el "agujerito" que se quedó dentro, espero que para siempre. Interiormente vuelvo a vivir tantas cosas, los paseos hasta el tren que me llevaba a estudiar 5º de Derecho a Barcelona, pasando por Prat de la Riba, Gasómetro y Apodaca, tres calles tan representativas, por mucho que no sean especialmente bellas, los viajes en bus a mi primer destino profesional en Barcelona, donde era posible ver hasta cinco veces la misma película sin conseguir enterarte del final porque el vehículo llegaba antes. Seguiré acudiendo a por agua a la Fuente de la Oliva, como esos primeros tiempos en los que del grifo salía salada y a la Rambla Vieja, la de San Carlos, donde existía un local de apuestas en el que los domingos ponían los resultados de fútbol en una pizarra con anuncio de San Miguel, retornarán a mi pensamiento los concursos de fuegos artificiales del mes de julio, que lucían desde el Balcón del Mediterráneo y solían tener colofón con unos helados en los italianos de la Rambla y la iluminación navideña de la Rambla Nova, Unió, Conde de Rius, August, y volveré a visitar a la Virgen del Claustro, y al oasis de Loreto, ... Seguirá corriendo el tiempo y el corazón tendrá que compartir sus latidos, cada vez menos acompasados, con nuevas vivencias, pero la Imperial Tarraco fue el núcleo de mi vida, también de unas cuantas mezquindades -no todas propias-, momentos duros y algún que otro fracaso. Pero por encima de todo queda lo vivido, lo disfrutado y lo amado.




10 de febrero de 2011

¿Y quien recuerda el Bar Bebeto?

Imagino que a todos nos pasa que hay sucesos y lugares que uno ha olvidado y de repente vuelven a la cabeza sin saber porqué; es lo que me ha ocurrido a mí con el Bar "Bebeto". Estoy seguro de que en Tarragona, ciudad donde estuvo ubicado tal establecimiento, hay muchos que ni saben que existió, y es que su vida fue muy corta, fue uno de esos establecimientos hosteleros que surgen de la nada y a la nada vuelven tras una vida con momentos estelares y final decadente; pero en una época de mi vida el "Bebeto" tuvo su importancia, su papel destacado. Era la década de los noventa, de ahí el nombre pues por entonces estaba en su apogeo el "Superdepor", el equipo de La Coruña que Augusto César Lendoiro levantó a base de millones y acierto en los fichajes, el equipo en el que su líder indiscutible era precisamente Bebeto, un brasileño pequeñito, con aspecto enclenque y un 38 de zapato que hacía maravillas con el balón, a las órdenes primero de Arsenio Iglesias y luego de Jabo Irureta y junto a jugadores como Mauro Silva, Voro, Manjarín, Nando, Aldana, Fran, Djukic, Claudio Barragán, ... se codeó durante años con los más grandes. Bebeto hizo historia y hasta en Tarraco le dedicaron un bar.

El "Bebeto" estaba an la Avenida ramón y Cajal, una de las arterias tarraconenses que va de la Rambla Nova a Pere Martell, pasando por Prat de la Riba; se ubicaba en un pequeño local situado junto a los también desaparecidos Cines Oscar. No era un restaurante de lujo, ni siquiera un sitio emblemático, sino un simple "bareto" donde podías comer el menú del día; pero durante un tiempo, a pesar de no andarse con lujos ni "pijadas" tuvo su importancia para mí. Allí íbamos a comer con la frecuencia que nos inspiraba el capricho mi amigo Gabi y yo y en ocasiones se apuntaba alguno más; eran comidas intranscendentes, pero paradójicamente, inolvidables: sin secretos, ni aristas ni prejuicios. Generalmente dominaba el colesterol y la cerveza y solían terminar con el cigarrito que en mi caso era simple hábito social de ocasiones y en él suyo un vicio cuajado. Ah¡¡¡... y Gabi pedía casi siempre trufas, porque así se podía esforzar en hacerme comer a mí las tres cuartas partes del producto.

El dueño del local era un hombre peculiar: un individuo bajito, con mostacho notable y más bien seriote, aunque no infrecuentemente se le escapaba algún comentario "coñón" que decía como quien no quiere la cosa, si cambiar ni su habitual tono de voz más bien cansino ni su gesto adusto. Eso sí, junto a la barra siempre había un "cubata" del que iba dando periódicos lingotazos; el vaso duraba todo el tiempo que permanecíamos en el lugar, no se si porque lo consumía muy poco a poco o porque lo iba reponiendo astutamente.

No podría asegurar cuantos años duró el Bar "Bebeto", aseguraría que más de uno y menos de tres, pero un día dueño y establecimiento desaparecieron del mapa; creo recordar que me acabé enterando que el tipo no era trigo limpio del todo, pues tenía fama de "maniobrero" y mal pagador, pero el tiempo que su bar tuvo papel protagonista entre mis amistades fue testigo de momentos gratos, de esas ocasiones en las que uno repone fuerzas y desahoga heridas interiores.





5 de abril de 2010

Nostalgia de la brisa



El sábado estuve en Comarruga; nos reunimos unos amigos para pasar el día y tomar juntos una buena paella en "Casa Víctor". He de reconicer que no tenía previsto acudir, pero a última hora me animé y  la cita valió la pena. No voy a decir que Comarruga sea Acapulco, y cualquiera que, sin salir de España, conozca las Rías Gallegas, Cabo Peñas, Cudillero, Llanes, Cantabria, La Concha o la Costa del Sol tendrá motivos para plantear que la localidad tarraconense no ese encuentra en la cabecera del hit-parade marítimo español. Pero a pesar de ésto, para quien ha pasado tanto tiempo por esos lares y tiene morriña de los aires marinos, unas horas en Comarruga fueron suficientes para tocar la fibra y abrir la caja secreta de la nostalgia.

La larga caminata, de ida y vuelta, por el Paseo Marítimo de Comarruga me llevó, ineludiblemente, de regreso a los años en los que no fueron pocas las veces que pisé ese mismo suelo, algunas con recuerdos muy vivos y muy intensos. Pero, por encima de todo, pisar Comarruga me trajo la añoranza de la brisa marina, ese privilegio de vivir cerca del mar. Tuve la suerte de disfrutar un día espléndido, lo que pudo ayudar a elevar la belleza del recuerdo, pero la luminosidad del ambiente, el olor propio de la playa, la suave brisa que arrulla y templa a la vez, la cercanía de la orilla, ... trajeron sensaciones olvidadas y crearon en mi interior esa mezcla de placer, ternura y desazón que surge cuando recuerdas lo que tuviste y desearías recuperar.  Es  entonces cuando te mueves entre la tentación de quedarte y el planteamiento de regresar para siempre, aunque al final se imponga el sentido común de agradecer haber disfrutado tantos años de la compañía del mar y comprobar que, como decía William Wordsworth, "la belleza permanece en el recuerdo".

Comarruga, además, trae a mi cabeza momentos llamativos de mis años tarraconenses, días de ilusión, emociones y desasosiego, personas que dejan huella, ratos en los que hubiera deseado que se detuviera el tiempo. Hay épocas de tu vida, ¡qué más da la razón concreta!, que vives con una intensidad especial, en las que ocurren cosas que te causan sentimientos encontrados, cuando crees estar jugándotelo todo a una carta, aunque al final la propia vida te devuelve a aguas tranquilas, con más experiencia, alguna herida, y recuerdos que, aunque alguno te ponga colorado, el tiempo ha convertido en entrañables, pues los ha puesto en su sitio. Por eso agradecí a Comarruga, barrio marítimo de El Vendrell, que me ayudara a revivir el pasado.

27 de junio de 2009

Mi rincón del "Florida"



Si tuviera que hablar de cafeterías "pijas", o simplemente de establecimientos de hostelería de Tarragona que sea obligado visitar no incluiría al Florida. La Cafetería "Florida" se halla ubicada en la esquina de las calles Colón y Prat de la Riba de Tarragona, cerca de la calle Gasómetro y, por lo tanto, lugar de paso frecuente para dirigirse a la vieja estación de ferrocarril. Es un lugar sencillo: las sillas de la terraza son de metal barato, los ceniceros llevan el nombre de "Cinzano", "Estrella Dorada" o "White horse" y las servilletas de papel se acumulan en unos servilleteros de "plasticurri" que anuncian "Coca-cola", "Matutano" o "Seven-up". Está claro que el "Florida" no tiene ningún glamour, los camareros o camareras no han sido seleccionados entre los alumnos de la Escuela de Hostelería, para ir al servicio tienes que atravesar unos cuantos montones de cajas llenas de botellas de cerveza vacías y los bocatas del mostrador no suelen entrar por los ojos.

Pero cuando hay algo más, cuando un lugar te trae recuerdos importantes, cuando allí has encontrado consuelo, comprensión, apoyo, consejo, o simplemente una cara amiga, una sonrisa cómplice, una mirada sincera ... da lo mismo el exterior, no te importa ni el desaliño ni la ausencia de "caché", porque automáticamente ese sitio, encuadrado en un momento y acotado con unas personas, se puede convertir en una parte relevante de tu vida, en el objeto de añoranzas y evocaciones, en sede de consolidación de amistades.

Hay veces en las que uno necesita un desaguadero, un rincón al que acudir donde encontrar el apoyo que, tal vez erróneamente, piensas que te falta, el desahogo de algo que te agobia, la mirada amiga que te recuerda que no estás sólo. Salta a la vista, que no estoy hablando de la búsqueda de consuelo en el alcohol, del recurso a la soledad de una barra de bar. El "Florida", un sitio irrelevante, secundario ... hasta "cutre" era el sitio donde alguien con nombre y apellidos estaba dispuesto a escucharme durante un tiempo que no fue en exceso fácil y también en tiempos menos complicados, cuando buscabas descanso, compartir lo bueno y lo malo o simplemente puro y simple ejercicio de amistad; muchas veces hablamos de cosas irrelevantes: las subidas y bajadas de la bolsa, "La cena de los idiotas", Toni Bennett, algún acusado peculiar, el personal administrativo de "Hoechts Ibérica", ... conversaciones que a cualquiera que las escuchara le sonarían a frío, a monotonía. Otras veces los temas eran más profundos: a veces entusiastas, a veces tristes, frecuentemente presididos por la ironía; pero daba igual la trascendencia de lo hablado, porque lo que realmente importante era que en el fondo de todo había una amistad, y con un amigo, sentado en el taburete de un bar de medio pelo, ni importaba el tiempo, ni preocupaba el contenido del vaso que tenías delante ni hacía falta ambiente selecto alguno: lo que merecía la pena estaba muy lejos de todo eso.

Gracias Gabi, cada momento queda aparcado en lugar preferente de mis rincones más íntimos.


NdA: Mi agradecimiento a quienes, con el cariño y la eficacia de siempre, me facilitaron las estupendas fotos de esta entrada.

29 de marzo de 2009

Manolita


Quien lea este blog con alguna frecuencia, ya sabrá de mis 22 años en Tarragona y mi querencia por esa parte del mapa de España, entre otras razones porque tengo cierta tendencia a repetirme. Si hubiera de elegir una persona que haya influído positivamente en mi vida durante aquellos años no resultaría fácil, pero no tengo ninguna duda de que entre ellas, y en posición privilegiada, se encontraría Manolita, fundamentalmente porque de ella aprendí lo que significa amar a los demás, así: con mayúsculas, sin matices y del todo.

Manolita tiene un "montaje" (vamos a llamarlo así) llamado "Betania", una especie de ONG dedicada a atender a los que sufren, a los que no tienen casa, a aquellos a quienes nadie hace caso: transeuntes, marginales, inmigrantes, presos, drogadictos, enajenados, ... Su vida es una entrega total a esta causa y para conseguir sacarlos adelante está dispuesta a hacer lo que haga falta.

La conocí porque, entre sus muchas actividades, recorre casi diariamente los despachos del Palacio de Justicia interesándose por quienes tienen una causa pendiente, apoyándoles y buscando, con ejemplar respeto a la función de cada cual, favores, rebajas y todo tipo de ayuda: es la voz de quien no la tiene. He de reconocer que al principio la recibí con cierta precaución, pensaba que se metía donde no le llamaban y tendía a agobiarme. Pero eran sensaciones que venían, por un lado, de un profundo desconocimiento de la categoría humana del personaje, a la vez que de esa rigidez que uno tiene en los inicios de su profesión, cuando la vida y algún buen amigo aún no te ha enseñado que las cosas no son siempre exactamente como figuran en los libros y en las leyes.

Manolita se mueve porque ama a Dios; estoy seguro que hay otras razones que impulsan a la gente a hacer el bien, que hay muchas personas entregadas a causas ejemplares llevadas por otros ideales, pero dudo que haya una razón más fuerte, capaz de mover como ese amor lo hacía con Manolita. En ella vi reflejado, literalmente, ese ver en los demás a Jesucristo que nos han enseñado tantas veces, el que cuando ves a alguien que sufre, con culpa o sin culpa, ves a Cristo crucificado. Fue el mayor ejemplo que recibí de ella, y cuando recuerdo cómo trabajaba siento tanta admiración como vergüenza personal. Manolita era una creyente convencida, aunque funcionaba bastante por libre, más bien al margen de una Iglesia como la catalana que, al menos en aquella época, marcaba una tendencia pseudopolítica tintada de un nacionalismo desproporcionado.

Manolita consiguió hacer conmigo lo que quiso, y bien agradecido que le estoy: gracias a ella estoy seguro que he almacenado algo de bueno para cuando me toque rendir cuentas. Y eso que en bastante ocasiones no me resultó plato de gusto hacer lo que me pedía. Aparte de interceder por mil causas perdidas, Manolita me llevó por parte de la pequeña geografía de los barrios tarraconenses para hablar a jóvenes y menos jóvenes de drogas, delincuencia y marginalidad, para dar mi visión de este mundo tan poco grato que asoma entre los papeles que conforman los pleitos judiciales, para alentar remedios y soluciones. Pero cuando conseguía hacer encaje de bolillos era en Navidad, momento en el que, con una sonrisa y una perseverancia que no permitían respuesta negativa, me invitaba a acudir a la cárcel para participar, con alguna persona más, en una charla con los presos; las pasaba canutas, me entraba un canguelo superior, pero al final siempre tenía que darle las gracias por haberme dejado participar de una experiencia tan especial. Los presos le comían en la mano, intuyo que por ese olfato especial que tienen los desesperados para descubrir a quien no tiene aristas.

Todos necesitamos tener en la reserva a personas como ella, alguien que no te va a fallar, que te quiere por lo que eres, sin matices, incluyendo defectos, que reza por tí, que te apoya cuando hace falta, ... que, sencillamente, está ahí. Recuerdo que un día, no viene a cuento la razón, me dijo que cuando uno quiere a otro le tiene que dar igual lo que los demás piensen de las manifestaciones de ese amor, constancia queda.

11 de noviembre de 2008

Esos partidos de fútbol de los abogados...













En Tarragona pasé 22 años de mi vida y es una cifra que da para mucho; aunque hubo contratiempos, momentos difíciles y algún que otro disgusto, fueron tiempos felices y el recuerdo que me queda es imborrable, las personas, los sucesos, los lugares espero guardarlos siempre en mi memoria, entre otras cosas porque aspiro a no ser ingrato.

Evidentemente, en Tarragona ocurrieron acontecimientos importantes en mi vida, sucedieron hechos trascendentes para la ciudad y para mucha gente, pero hoy traigo a colación algo mucho más sencillo. Cada año el Colegio de Abogados de Tarragona organizaba, con motivo de la fiesta de San Raimundo de Peñafort, un campeonato de fútbol en el que solían participar cuatro equipos: uno de letrados, otro de jueces, fiscales y secretarios, otro de funcionarios de Justicia y un cuarto formado por miembros de la Policía Nacional. Habitualmente se trataba de jugar al fútbol-sala y recuerdo haber jugado en las instalaciones del Instituto "Martí Franqués", en los campos de la "Ciudad Residencial" y en los del Colegio "la Salle", aunque hubo una ocasión en las que lo hicimos en el mismísimo campo de hierba del "Nou Estadi", lugar donde hace un par de años jugaban los grandes de Primera División: allí daba gusto hasta caerse.

Eran momentos gratísimos; lo de menos era ganar: yo solía jugar de portero y el único trofeo que recogí fue al más goleado .... No solamente había ambientazo en el terreno de juego, sino también fuera de él. Eso sí, los mejores momentos no se producían en el campo, sino en el aperitivo que había después, donde recuperábamos fuerzas al ritmo de buenas cervezas y al amparo de croquetas, tacos de jamón y gambas con gabardina. La cosa no solía quedar allí y caía alguna otra copa más.

Casi siempre ganaban los "polis"; solían ser el equipo más veterano, pero saltaba a la vista que eran los únicos que hacían deporte frecuente. En una ocasión llegamos a la final contra ellos y conseguimos aguantar el primer tiempo, a base de sangre, sudor y lágrimas, con un solitario gol en contra, pero tras el descanso mientras ellos seguían corriendo como si nada a nosotros nos pudo el peso del tabaco, la vida sedentaria y los michelines y acabamos encajando siete goles más.

Creo que ese mismo año viví en directo una anécdota que no olvidaré nunca, no se si el interesado lo recordará y estará dispuesto a admitirla; en el terreno de juego los funcionarios de Justicia se enfrentaban a sus jefes y arbitraba un experto "futbolero" que aparece por estos pagos con apodo de comisario italiano de ficción; el menda estaba de portero del equipo de las "togas" y consiguió sacar de la raya un balón que creo había entrado, ante las reclamaciones de los jugadores rivales, el "refereé", abogado en ejercicio, dijo al defensa que sacaba el balón: "siga señoría, siga" .... los otros sacaban las muelas y el que suscribe cayó como un cuto.

Estos recuerdos quedan íntimamente unidos al de los abogados tarraconenses; creo que puedo presumir de haber tenido una relación excelente con ellos y que les tengo que agradecer su cariño, la paciencia que tuvieron que tener conmigo en estrados en determinados momentos y en algunos casos una entrañable amistad. E, inevitablemente, queda también el recuerdo de los que ya no están: cumplir años y conocer gente trae muchas cosas buenas, pero también supone sentir el dolor de los que se van, algunos antes de tiempo, como Enric, alma de estos partidos y a quien recuerdo uno de los informes en juicio más brillantes que he visto, o Josep, una persona entrañable que siempre tenía una sonrisa y una palabra amable y, muy recientemente, Bernabé, fallecido hace un mes en accidente de coche. Ellos y muchos otros seguro que nos esperan para partidos futuros.




24 de agosto de 2008

Vivir cerca del mar













Después de pasar veintidos años de mi vida en Tarragona, marchar de allí fue un momento difícil, por más que suponía regresar a mi tierra y vivir en Huesca, además de las ventajas propias de una ciudad tranquila y acogedora, tiene como otras añadidas la cercanía del Pirineo y, por supuesto, de Zaragoza.

Al cabo de siete años de mi partida, con tantas personas y tantos paisajes aún en mi corazón, es posible que una de las cosas que más haya echado de menos sea el no poder vivir junto al mar. Vivir cerca del mar es un privilegio enorme, una de esas suertes que muchas veces no valoras hasta que no la tienes. Podría dar mil razones acerca de la bondades de estar en una ciudad costera, pero la fundamental, la que me parece que resume todas me temo que no la sabría explicar.

Sencillamente, tener cerca el mar es como tener cerca a un amigo, como poseer un reducto al que acudir en los malos momentos, un sitio donde descansar de los agobios, del stress, el refugio secreto que solamente tu conoces. Porque el mar te acoge, su inmensidad, su grandeza, lejos de someterte cual tirano implacable, te sirve de descanso, de consuelo, de red que atenua los daños de la caída, de padre que te recoge del abismo.


Cerca del mar es más sencillo que escampe la tristeza, que se oxigene la cabeza, que se marchen los malos espíritus; y a su orilla es, incluso, mucho más fácil sentir la cercanía de Dios, comprobar su grandeza, hablarle y escucharle. Recuerdo, mientras siento un agujero en el corazón, el Balcón del Mediteráneo, a donde llegabas tras recorrer la Rambla tarraconense y en el que se te aparecía toda la grandeza, la serenidad y el sosiego del Mediterráneo, especialmente por la noche, cuando muchas veces en silencio podías dedicar tiempo a la simple contemplación del infinito, de manera muy especial en esas puestas de sol que estremecían.

Pero el mar es un pozo sin fondo; su fecundidad no se puede explicar en cuatro trazos, de la misma manera que su encanto no se define con palabras, porque siempre serán pobres, insuficientes. El mar es un lugar donde compartir amistad, aventura, diversión.

En este sentido, Tarragona ofrece mil posibilidades: la extensión imponente de la playa Larga, la cercanía de la del Milagro, la tradición de la Sabinosa, la belleza de la Arabasada o el exotismo de Waikiki; en estos calotres africanos del verano que no daría por la brisa mediterranea de la Playa Larga o por una paella en un chiringuito de la Arrabasada.

Junto al mar florece el amor, la inspiración poética, los deseos de mejora, la paz interior. Qué recuerdos el "Roc de San Gaietá"¡, situado en las proximidades de Roda de Bará, con unos rincones de una belleza especial que devuelven a mi memoria momentos inolvidables; o los paseos por el barrio del Serrallo o el puerto marítimo de Cambrils, donde se mezcla la brisa del mar con los olores del pescado recien traído, en un ambiente donde convergen la tradición, el eco del trabajo esforzado y el aire puro.

La cercanía del mar regala a una ciudad el barniz del encanto, la esencia más pura de la naturaleza; cuando te marchas, cuando los kilómetros lo alejan de tí, siempre queda el reducto del recuerdo que conserva la belleza.

Fotos: http://www.canalmar.com/; sobreturismo.es; flickr.com/photos/calafellvalo; picasaweb.google.com; http://www.ojodigital.com/; www.todoarenas.com








3 de junio de 2008

Tributo a Carmen


Conocí a Carmen en Tarragona a principios de los años 90; coincidimos por vez primera formando parte de una mesa redonda organizada por el APA de un colegio privado con el fin de explicar a los padres la problemática de las drogas. A partir de entonces surgió entre ambos una buena amistad y seguimos colaborando en nuestro afán de abrir los ojos a los jóvenes sobre esa realidad sórdida, triste y peligrosa. Aunque he hablado de colaboración y de afán mutuo como si nuestro actuar hubiera sido equiparable, la realidad es que siempre fue ella la que tiró de mí, la que me contagió sus inquietudes y su entusiasmo.

Carmen tenía una historia que contar: la de su hijo José Luis. Ella estaba casada con un hombre buenísimo con quien tuvo cuatro hijos, tres mujeres y un varón. Eran la típica familia española de clase media: vivían sin alardes ni estrecheces, se querían y eran felices. El drama surgió cuando, sin previo aviso, sin casi haberse dado cuenta, descubrieron que José Luis era adicto a la heroína. Eran tiempos en que había muy poca información y Carmen, una mujer inconformista y luchadora se vio completamente impotente para poner remedio al mal de su hijo. En el transcurso de una redada, José Luis cayó de una terraza cuando huía de la policía y falleció.

Leí el otro día que es una necedad afirmar que se ha superado la muerte de un hijo, porque es algo que marca para siempre, que se lleva consigo el resto de la vida. Carmen era fuerte, muy fuerte y tenía una arraigada y sólida fe en Dios, pero lo que le había ocurrido a su hijo quedó grabado en su interior de modo permanente. Pero junto a las lágrimas surgió, con un vigor increíble, toda su grandeza y tomó una decisión firme e irrevocable: no podía permitirse el lujo de quedarse quieta llorando esa pérdida irreparable y debía de salir a la calle para explicar a los demás lo que había ocurrido y luchar por evitar que a otras madres les ocurriera lo mismo.

Carmen, que escribía de maravilla, afiló su pluma y comenzó a publicar en el "Diari de Tarragona" artículos llenos de valor y sabiduría, explicando su experiencia y denunciando lo que ocurría. Comenzó a colaborar con asociaciones de rehabilitación de toxicómanos, así como a informarse con precisión y constancia sobre la materia. Allí empezó mi colaboración con ella, varias veces al año me llamaba para acompañarla a colegios e institutos donde, junto a un viejo médico cargado de conocimientos, procurábamos explicar a los alumnos y alumnas nuestra visión del problemático mundo de las drogas. Escuchar como Carmen explicaba a unos chavales que escuhaban hipnotizados la historia de su hijo es una de las experiencias que más bien me han hecho y que nunca podré olvidar. Ha sido en momentos de esta naturaleza cuando más útil me he sentido en el desempeño de mi profesión, mucho más que en otros en los que ha podido parecer haber mayor brillo y trascendencia, posiblemente mucho más aparente que otra cosa, mucho más cercano a la burbuja, a las luces fugaces de las candilejas.

Carmen es valenciana, y siempre puso de manifiesto ese espíritu festivo, alegre y colorista de las mujeres de esa tierra, un carácter extrovertido que hacía que uno se sientiera a gusto a su lado; las valencianas que he conocido tienden también a ser fantasiosas, dueñas de una creatividad y de una imaginación notables, algo que en Carmen también era notorio. Pero, sobre todo, en Carmen se notaba su profunda fe religiosa: cuando leía sus escritos, cuando escuchaba sus conversaciones, cuando comprobaba sus obras, tenía muy claro que me encontraba ante alguién que leía el Evangelio, que tenía a Dios consigo: por eso sabía ser una buena madre, una buena persona, una buena amiga.

Me fui de Tarragona y perdí el contacto con ella; recuerdo que en mis primeras Navidades en Huesca le mandé un a felicitación que el cartero me devolvió por destinatario desconocido; por eso al hablar de Carmen no he sabido si hacerlo en pasado o en presente, pero da igual: mujeres así siempre están vivas entre nosotros.