Hay quien desea un mundo mejor y existen algunos que parece que lo que les gusta es descubrir defectos, fallos e inconvenientes para poder ejercitar con amplio espacio el ejercicio de criticar todo lo que se pone por delante. Y no me estoy refiriendo específicamente a las críticas al Gobierno, algo que parece principio establecido en todas partes y en todos los tiempos, sino a esa especie de transformación social sufrida desde aquellas viejas épocas cuando cualquier fecha, suceso o conducta era susceptible de felicidad, satisfacción y aplausos hasta las actuales, en las que parecemos incapaces de admitir con mínima unanimidad que algo está bien hecho y ya ponemos en cuarentena hasta la Cabalgata de Reyes. Así parecemos no cansarnos de escuchar odios a la Navidad, críticas desaforadas a cualquier edificio o monumento, valoraciones genéricas negativas, sin exclusión, a empresarios, comerciantes, banqueros, funcionarios o maestros, puestas en entredicho de curas, monjas u obispos, desprecios a los que desarrollan actividades benéficas o faltas de respeto a la autoridad, los pensadores o cualquier persona que se instala tras un sillón, barra o mostrador, según los casos. Podríamos encontrar mil argumentos para justificar esta especie de "nacional-pesimismo", por no llamarlo "nacional-cenicismo", pero independientemente de cuestiones sociológicas y demás, a mí me parece que existen ciertas personalidades "tóxicas", gente que disfruta cuestionándolo todo, que parece haber hecho bandera de la acritud, la visión destructiva de la vida y el encono hacia casi todo lo que se mueve. Creo que todos hemos conocido ese tipo de gente con una capacidad crítica próxima a la psicopatía, que disfruta señalando lo mal que hace las cosas el resto del mundo, que tienen un "subidón" cuando descubren algo que no responde a su ortodoxia y ven expedito el camino de la despotricación y el clamor por el descrédito ajeno.
No llamaría tóxicos a quienes sencillamente no aciertan al encauzar sus legítimas reclamaciones; por desgracia, ya lo he comentado en reiteradas ocasiones, sobran los motivos para poner el grito en el cielo, algo que a veces hacemos sin el respeto y la educación deseables, no por eso se es "tóxico", pues la indignación y la torpeza del sujeto pasivo de nuestras quejas pueden justificar que se pierdan los papeles. Cuando hablo de toxicidad estoy pensando en caracteres concretos, en querulantes, instigadores, cizañeros, ... personas que se suelen mover entre bastidores, que parecen buscar la camorra, provocar el choque, retorcer los conflictos, sino crearlos artificialmente. Son gente que siempre ha existido, amantes de buscar las cosquillas, especialistas en el enfrentamiento, expertos en fomentar crispación y venganza, ... pero que ahora en tiempos de convulsión se mueven como pez en el agua; son los profetas del "ya lo decía yo", enemigos de la conciliación, del acuerdo, del perdón ... precisamente el tipo de personas que no necesitamos en estos momentos.
El pasado 3 de enero falleció en Madrid a consecuencia de un infarto de miocardio Patty Shepard, la actriz norteamericana que se hizo famosa por su intervención en diversas películas del cine español de los 70 y, muy especialmente, por sus papeles en "spaguethi western" y películas de terror de bajo presupuesto. La actriz fallecida había nacido hace 67 años en Greenville, sede del Condado más poblado de Carolina del Sur, aunque se trasladó a vivir a España con 18 años, pues su padre era un militar destinado en la Base de Torrejón de Ardoz, lo que nos lleva a pensar que al menos la presencia norteamericana en España (Torrejón, Rota, Zaragoza, ...) tuvo la ventaja de traer a suelo español a una mujer tan guapa como ella. Posiblemente Patty Shepard no pasará a la historia como una actriz de primera fila, pero su nombre figura necesariamente en la pequeña historia del cine español de la segunda mitad del pasado siglo. A pesar de que su carrera profesional la desarrolló entre rodajes, Patty Shepard debe su primera fama a un anuncio de brandy; es ella la protagonista del más célebre anuncio de "Fundador" de los años 60, un spot dirigido nada más y nada menos que por el mismísimo José Luis Borau al que tan solo le hizo sombra el inolvidable anuncio de "Centenario Terry" en el que una rubia llamada Nico, Margit Kocsis, lucía su palmito a lomos de un precioso caballo blanco. Para la actriz fallecida su aparición en Televisión Española anunciando un coñac, con toda la fama que entonces aportaba salir en la única televisión de España, supuso un auténtico lanzamiento que le condujo a una carrera cinematográfica que no fue precisamente efímera.
La primera película en la que intervino fue "La ciudad no es para mí", dirigida por Pedro Lazaga al servicio del exclusivo lucimiento de Paco Martínez Soria y en la que el papel de la Shepard fue meramente testimonial. A partir de ahí, la actriz "yankee" fue llamada para un buen número de "españoladas" de la época, como "Tinto con amor" (1968), de Francisco Montolío, "Las panteras se comen a los ricos" (1969), dirigida por Ramón Fernández y compartiendo cartel con el mismísimo Fernando Fernán Gómez, Gracita Morales y Manolo Gómez Bur, "Carola de día, Carola de noche" (1969), de Jaime de Armiñán y con Marisol de cabeza de cartel, "A mí las mujeres ni fu ni fa" (1971), dirigida por Mariano Ozores y protagonizada por Peret, "La curiosa" (1973), de Vicente Escrivá en la que desempeñó el papel principal, para el cual también la reclamó Jaime de Armiñán en "Un casto varón español" (1973), un título muy "llamativo" en el que actuó con José Luis López Vázquez y Esperanza Roy, entre otros.
Donde Patty Shepard se desenvolvió mejor tras las cámaras fue en el cine de terror, un terror de producción nacional en el que destacó en paralelo con el rey del género en España como fue Paul Naschy. Su primera película de este tipo fue "Los monstruos del terror" (1970), dirigida por Tulio Demicheli y Hugo Fregonese y en la que encarnaba a la Condesa Wandesa Párvula de Nadasdy, un papel de vampira perversa que repitió en "La noche de Walpurgis" (1971), de León Klimovsky, posiblemente su actuación más célebre. Sin ser propiamente una película "de miedo", destacó su papel de mujer "perversa" en "El techo de cristal" (1973), una película que dirigió Eloy de la Iglesia y protagonizó Carmen Sevilla. También tuvo intervención importante en "Escalofrío diabólico" (1971), de George Martin, "Sumario sangriento de la pequeña Estefania" (1972) de Tonino Valeri, "El monte de las brujas" (1972), de Raúl Artigot, "La tumba de la isla maldita" (1973), de Julio Salvador, "El refugio del miedo" (1974), de José Ulloa, "Descanse en piezas" (1987), de José Ramón Larraz, "Slugs, muerte viscosa" (1988) de Juan Piquer Simón y "Al filo del hacha", (1988) de José Ramón Larraz, sin olvidar un pequeñisimo papel en "La casa sin fronteras" (1972), un thriller de Pedro Olea que protagonizaron Geraldine Chaplin y Tony Isbert. Como se puede ver, un amplio currículum de películas del género, posiblemente sin parangón entre las actrices españolas.
La carrera cinematográfica de Patty Shepard fue breve -se retiró en 1988, veinte años después de su debut-, pero intensa, con más de cincuenta películas. También tuvo que ver con los míticos "spaguetthi-western" del momento, y así la vemos en "Saranda (Veinte pasos para la muerte)" (1970), de Antonio L. Ballesteros y Luciano Trasatti, "Un hombre llamado Noon", (1973), de Peter Collinson y con actores de cierta entidad como Richard Crenna, Stephen Boyd, y Rosanna Schiaffino, "El karate, el Colt y el impostor" (1974), de Antonio Margheriti y con un malo clásico de protagonista, Lee Van Cleef, "...y si no, nos enfadamos" (1974), de Marcello Fondato, protagonizada por la inefable pareja de Terence Hill y Bud Spencer y en cuyo cartel aparecen actores tan dispares como Donald Pleasance, Luis Barbero y Emilio Laguna, e incluso en un modesto trabajo en "Las petroleras" (1971), un western del que se habló mucho en su día y que dirigió Christian-Jacque al servicio de dos auténticas divas de su época: Brigitte Bardot y Claudia Cardinale.
La filmografía de Patty Shepard nos ofrece otros títulos que a primera vista son interesantes, así interviene en "Un, dos, tres, al escondite inglés" (1969), dirigida por Ivan Zulueta y producida por José Luis Borau en la que se parodia el Festival de Eurovisión, "Las siete vidas del gato" (1970), en la que Pedro Lazaga versiona una obra de Jardiel Poncela con un reparto "desternillante": Esperanza Roy, Juanjo Menéndez, Antonio Ozores, José Luis Coll, Valeriano Andrés, Mari Carmen Prendes, María Luisa Ponte, ..., "El talón de Aquiles" (1974), un thriller de Leon Klimovsky, "La chica de Via Condotti" (1973), de German Lorente, también con crímenes de por medio y con clásicos del cine español como su marido, Manuel de Blas, Simón Andreu y Alberto de Mendoza. Destaca la intervención de la actriz fallecida en una película de culto como "La ciutat cremada" (1974), de Antoni Ribas, en la que interpreta a una monja o su papel de espectro en "La renta espectral" uno de los episodios de "El quinto jinete", la serie de TVE que en 1975 coordinó José Antonio Páramo y puso en pantalla los más célebres relatos de terror.
El nombre de Patty Shepard se había ido de mi cabeza; en la actualidad vivía en Madrid completamente alejada de las bambalinas y los escenarios. Su repentina y prematura muerte nos da la oportunidad de volver a recordarla; descanse en paz.
Un viejo chiste nos habla de que la única diferencia existente entre una vaca pastando y un yankee mascando chicle se encuentra en la mirada inteligente de la vaca; evidentemente no deja de ser una exageración, pero parece claro que es también a nuestros amigos norteamericanos a quienes debemos la generalización del uso del chicle entre los ciudadanos de estas tierras. Al menos durante mi infancia el chicle se convirtió en un elemento habitual en la intendencia diaria de los caprichos. La utilización del chicle, además, no deja de tener su filosofía y su moraleja, pues cabe comparar su uso con la fugacidad de la vida, ya que uno lo disfruta con entusiasmo cuando lo cata, pero pronto se va el saborcillo y la cosa termina convirtiéndose en un objeto insípido en la boca con vocación de ser arrojado a las tinieblas exteriores.
La idea del chicle me trae inmediatamente a la cabeza esos recipientes de cristal que se hallaban instalados al exterior de tantos establecimientos y que contenían montones de bolitas de colores rellenas de chicles. Metiendo en la correspondiente ranura una mísera peseta recogías la bolita, la cual podía ser, aleatoriamente, roja, azul, verde, ... a pesar de lo cual creo recordar que el sabor, siempre breve, del chicle no variaba. Ahora, pasado tanto tiempo y llegado ya a la edad de los escepticismos, me pregunto el tiempo que podían llevar tales bolas en el interior de cada aparato "ad hoc", pero vete a saber, teniendo en cuenta que hablo de los años 60, si a lo mejor fueron introducidas en los inicios del los planes de desarrollo, ... o cuando se p`roclamó la II República.
Rebuscando en internet he encontrado esta foto tan evocadora como reveladora de un chicle "Bazooka", la primera marca que recuerdo haber conocido; en ella se puede comprobar el típico formato rectangular de la época, ese color rojizo más bien rancio y apagado y el ridículo cromo que aparecía en el interior con las aventuras de un tal Joe Bazooka. Pero, evidentemente, hubo muchos otros, y así puedo me vienen a la cabeza los chicles "Dubble-bubble", de formato similar pero cuyo envase solía ser amarillo, los "Dunkin" o los "Cheiw", que eran más estrechos y podían ser de fresa o menta. Allá por 1970 alguna de estas marcas tuvo la feliz ocurrencia de lanzar al mercado unos chicles anaranjados bajo la denominación "Walt Disney" que llevaban incorporados cromos con los distintos personajes del gran dibujante; hicieron furor entre los niños de la época y se publicó un album en el que podías pegar a Micky Mouse, el Pato Donald, Gooffy, Pluto, Pinocho, Blancanienes, los 7 enanitos y el Tío Gilito, entre muchos otros. También me acuerdo perfectamente que en un chiringuito ubicado a la entrada del Parque Grande -entonces "Primo de Rivera"- vendían unos chicles rectangulares de color rojizo que en el dorso de la envoltura llevaban fotos de futbolistas de 1ª División con los datos correspondientes; eran de la marca "May" y duraron quinquenios.
Había todo tipo de ellos, como los "Nina", de envoltura rosa y destinados a nuestras hermanas, o unos de color negro llamados "Cosmos", de esos que suponían novedad por esa misma originalidad, o ,os chicles "Adams", de gustos a frutas, delgados y alargados, sin olvidar unos llamados "Rocket" que se caracterizaban por su forma redondeada y su tamaño más bien pequeño, o los "Fiesta" que eran de cinco sabores y se presentaban en barritas alargadas. También estaban los "Douglas", denominados, muy a la americana, como "goma de mascar", los "Bang-bang", de menta y fresa y los que venían en cajas duras y se denominaban simplemente "chiclets". Evidentemente hubo muchos más nombres, un listado que se ha ido alargando con los años; seguro que nos traen a unos cuantos un montón de recuerdos, esos tiempos en los que nos confomábamos con esas chucherías de tamaño pequeño y sabor efímero, mucho más asequibles que los móviles, las "play" y demás cachivaches, y puede que, cuando menos, no tan deformativos.
No se si soy un cursi, un sentimental o un bobalicón, pero a veces voy por la vida apegándome a la gente, cual nómada de afectos y cariños; por eso el otro día cuando fui a mi tienda de ropa de cabecera en Zaragoza no pude evitar salir de ella con cierta tristeza, y es que Noelia ya no estaba. Llamé al timbre y comprobé cómo me abría la puerta una chica nueva, sin duda elegante y notoriamente atenta por supuesto, pero al instante eché de menos la sonrisa amable de su antecesora, esa cara blanca, como de porcelana, la mirada sincera y descomplicada ... esa paz que transmitía. Noelia era -¡es!- una chica muy joven que se caracterizaba por una discreción notable: mientras te atendían ella seguía doblando camisas o jerseys, pululando por ahí mientras lucía una permanente sonrisa: serena, sencilla, sin estridencias, ... y sincera, por mucho que uno siempre piense eso de que al cliente se le sonríe por obligación y no por devoción, pero el instinto te decía que lo de ésta no era teatro. ¡Qué le voy a hacer!, a uno le agrada que le sonrían, le traten bien, le tengan en cuenta y se preocupen por él, a cambio procura no ser ni un pelma ni un impertinente, actitudes que corres el peligro de asumir cuando ejerces de cliente. Siempre he admirado a quienes tienen por oficio estar detrás de un mostrador, pues me temo que no pocas veces tendrán que poner precisamente la cara que las ínfulas del cliente no se merecen. Claro, que si la amabilidad viene de una chica guapa el halago suele ser mayor.
Me comentaron que la chica se había ido a trabajar a un establecimiento de "Puerto Venecia", ese mastodóntico centro comercial abierto recientemente en Zaragoza; y yo pensé para mis adentros: pero Noelia, ¿qué haces tu en un lugar tan despersonalizado?, no la veo soportando las aglomeraciones insufribles del fin de semana, los caprichos y reclamaciones de pueblo soberano apelotonándose en busca de la última novedad o la última rebaja, lejos del trato individualizado y los clientes habituales que ha atendido durante diez años. Naturalmente hablo sin profundizar, que impertinentes y zafios los hay en todas partes, pero yo a la moza la veo más en una tienda "pija" y céntrica como la referida, aunque sus razones tendrá para decidir el cambio, y seguro que allí también todos acaban "encantados de su encanto", y por encima de todo la deseo que sea muy feliz, se lo merece.
El 23 de octubre de 1984 fallecía en un hotel de la localidad alemana de Marburg an der Lahn el actor austriaco Oskar Werner; un infarto ponía fin a la edad de 61 años a la vida de este actor de carrera irregular y de personalidad bien acusada. Al parecer las depresiones y la excesiva afición al alcohol tuvieron bastante que ver tanto con su temprana muerte como con sus largas épocas de inactividad cinematográfica. Recuerdo perfectamente la noticia de la muerte de Werner, y en concreto un laudatorio artículo de La Vanguardia en el que se hablaba del actor nacido en Viena con devoción, sin ahorrarle halagos. Para mí fue un descubrimiento, pues su nombre no me sonaba, pero al ver su foto comprendí que había visto alguna película suya. Recientemente vi un episodio de la vieja serie "Colombo" en el que a Werner le correspondía el papel de sofisticado asesino de su suegra, algo que devolvió a mi memoria a este hombre rubio, de ojos vivos y aspecto "interesante".
La primera vez que vi un film de Oskar Werner fue en 1970, cuando asistí en el viejo Cine Dorado de Zaragoza a la proyección de "Las sandalias del pescador" (1968), una película que, basada en una famosa novela de Morris West, dirigió Michael Anderson con un reparto notable: Anthony Quinn, Lawrence Olivier, Vittorio de Sica y David Jansen, entre otros; la película gira en torno a Kiril Lakota, un obispo ucraniano que termina siendo coronado Papa con el nombre de Cirilo I y a Werner le corresponde el papel del Padre David Telemond, un sacerdote que mantiene tesis heterodoxas sobre la fe católica y que está siendo sometido a un proceso canónico por el Santo Oficio, un personaje en el que muchos quisieron ver la figura del teólogo francés Teilhard de Chardin. Una película interesante y amena en la que el papel del actor austriaco no pasa, ni mucho menos, desapercibido.
Al leer la noticia de su óbito, descubrí que había visto una segunda película protagonizada por él: "El viaje de los malditos" (1976), uno de esos dramas de judíos en la época nazi que dirigió Stuart Rosenberg con otro reparto estelar: Max Von Sydow, Faye Dunaway, James Mason, Malcolm McDowell, Lee Grant, Orson Welles, Ben Gazzara, José Ferrer, Fernando Rey, ... Werner encarnaba a Egon Kreisler, un sofisticado y aristocrático profesor de origen judío que forma parte con su esposa, Faye Dunaway, del pasaje de un barco que deporta judíos a Cuba. El film es un dramón de "aquí te espero" y Oskar Werner desempeña uno de los papeles más lucidos del film, aunque fue Lee Grant quien terminó siendo nominada al Oscar. Lo curioso del caso es que, entre mi ignorancia cinematográfica y mi notable incapacidad para fijar parecidos, hasta la muerte del actor pensé que quien hacía el papel de Kreisler era Anthony Hopkins ... que nadie me pregunte las razones de la confusión, pues queda claro que ambos actores no se parecen precisamente demasiado.
Pero repasando la biografía de Oskar Werner se descubre que probablemente los momentos más importantes de su carrera tienen bastante que ver con François Truffaut, posiblemente el más importante y genuino representante del movimiento llamado la "nouvelle vague". Dos de las películas más representativas de Truffaut tienen a Werner como uno de los protagonistas principales. "Jules et Jim" (1962) fue una película de culto que convirtió al austriaco en un intérprete de proyección internacional; compartiendo cartel con una actriz tan interesante y enigmática como Jeanne Moreau y con Henri Serre, formaron los tres un triángulo amoroso y el film se convirtió en auténtico icono del cine europeo. La historia se desarrolla antes, durante y después de la I Guerra Mundial, está basada en un libro de Henri-Pierre Roché y al parecer relata hechos reales, pues los personajes existieron en la realidad.
La otra película en la que Werner trabajó para Truffaut fue todo un mito del momento: "Fahrenheit 451" (1966), una especie de ciencia ficción británica en la que alternaba con otra artista singular -y excelente, por cierto- como Julie Christie, ganadora de un Oscar por "Darling" (1965) y candidata a otros tres más. La película sitúa la acción en 1990, entonces un futuro más bien lejano, cuando la tarea de los bomberos ya no es apagar fuegos sino quemar libros: toda una idea tan atractiva como tremenda. Werner desempeñó el papel del bombero Montag y el rodaje supuso su distanciamiento total de Truffaut, con quien mantuvo graves disparidades en torno al guión, llegando al final de aquél a sabotear algunas escenas, hecho que supuso el fin de una larga amistad y el que no volvieran a trabajar juntos. La película también se fundamenta en una novela de éxito escrita por Ray Bradbury.
Otras dos películas importantes de Werner fueron "El barco de los locos" (1965), de Stanley Kramer, en la que actúa junto a Vivien Leigh, Simone Signoret, José Ferrer y Lee Marvin y donde encarna al médico de un barco de pasajeros alemán que parte de Veracruz con destino al puerto de Bremerhaven, en la República de Weimar y "El espía que surgió del frío" (1965), de Martin Ritt, basada en la novela de John Le Carré y en la que mantuvo un memorable duelo interpretativo con Richard Burton. "El traidor" (1951), un film menor de Anatole Litvak, en el que trabajó con Richard Basehart y Gary Merrill e "Interludio de amor" (1968), un drama dirigido por Kevin Billington en el que representa el papel de director de orquesta son otras dos películas reseñables del actor. Queda dicho que su carrera fue corta y su personalidad compleja, como lo demuestra que en la puerta de su casa llegara a colocar un cartel que decía "Concedédme que os pida de no visitarme sin previo aviso", el que cancelara un contrato de siete años con la "20th Century Fox" al año de firmarlo y que se mostrara como un convencido pacifista, luchador contra los nacionalismos y contra el antisemitismo. Cuentan quienes le oyeron en versión original que poseía una voz peculiar, de aire casi hipnótico, modulada de forma suave y poética y con un ligero acento vienés.
Para quienes llegamos al uso de razón en los años 60 la palabra "excelencia" nos retroatrae a antiguos telediarios y retransmisiones, cuando David Cubedo y demás colegas hablaban de "Su excelencia el Jefe del Estado"; de esta manera el vocablo tiene connotaciones de desfiles, pantanos, discursos navideños y Consejos de Ministros en el Pardo o en el Pazo de Meirás. Pero esto no deja de ser episódico y, además, una broma; ahora se oye hablar de la excelencia desde puntos de vista distintos, tales como la búsqueda de la perfección, la autoexigencia o el afán de superarse cada día en el propio quehacer. Y esto es bueno, por supuesto ... ¿qué sería de la humanidad si Fleming, Madame Curie, Edison o Iohannes Gutemberg no hubieran luchado constante y concienzudamente por llegar a conseguir lo que consiguieron?. Quede constancia, por lo tanto, que me parece excelente el esfuerzo por hacer las cosas con la mayor perfección posible.
Lo que pasa es que cuando en según qué ocasiones y a según qué personas les oigo hablar de la búsqueda de la excelencia me empiezan a entrar los sudores fríos -incluso, a veces, la risa tonta- y no puedo evitar plantearme cuál es la subjetiva idea que de tal concepto tienen. Porque hay casos en los que al oír la palabra "excelencia" no puedes evitar caer en la tentación de poner en cuarentena lo que en pura apariencia es un buen deseo, una positiva intención, pero que en pura realidad esconde la vanidad de quien la usa, algún complejo interior o la simple visión cuadriculada o maniática de la vida, que de todo hay en la viña del Señor. Los años me han enseñado a no fiarme de quien "predica" de manera que las bondades que explica parece atribuírselas a su propio mérito, y dirigiéndose a ti desde arriba, como quien anima a llegar a una cima que él mismo hace ya tiempo ha superado. A mí me atraen más las personas capaces de rectificar, de reconocer un error, de disculparse, de buscar ejemplos lejos de sí mismo y de su entorno, independientemente de atracciones más o menos obsesivas por la excelencia o palabras sinónimas; o dicho de otra manera, intuyo que por esta vía se encuentran caminos más honestos hacia esa excelencia.
Los afanes de excelencia, que considero, insisto, naturalmente buenos, tienen otros peligros; uno de ellos es el perfeccionismo, ese afán por afinar hasta el detalle que deriva en obsesión y termina convirtiendo la virtud en manía. Dios nos libre de los chapuceros, pero también de quienes encuentran pegas a todo, de quienes no saben ni comprender yerros, ni ser flexibles ni funcionar sin receta, porque hay ocasiones en las que el afán de orden, la necesidad de cumplir al milímetro, la capacidad de descubrir fallos, ... roza la psicopatía. Y no es menor el peligro del voluntarismo, ese ritmo machacón de algunos que puede cansar tanto como el esfuerzo propio; salta a la vista que ha de educarse la voluntad, que no hay nada peor que fomentar la dejadez y el pasotismo, pero cuando te tropiezas con un "voluntarista", muy especialmente si no es excesivamente espabilado, puedes terminar con los nervios rotos. Todos hemos escuchado alguna vez eso de que "lo mejor es enemigo de lo bueno", no es mal lema, al menos de vez en cuando.
En las redes sociales han proliferado en estos días festivos una serie de referencias y comentarios de tono negativo y pesimista que, centrados en la actual crisis económica y las injustas diferencias entre países desarrollados y no desarrollados, parecían querer echar jarros de agua fría sobre el ciudadano que se disponía a celebrar con mayor o menor esplendidez las fiestas señaladas del momento. Bien está que seamos conscientes de que no todo el mundo lo pasa bien, que alguien nos recuerde que somos unos privilegiados si podemos almorzar, comer y cenar y que procuremos estar a la altura y aprender a vivir con sobriedad y sin dispendios desproporcionados cualquier celebración: me parece que bienvenida será la crisis si nos acostumbramos a ejercitar la mesura y a abandonar derroches y abusos que me temo andaban demasiado generalizados. Pero lo que no me parece bien es que nadie se atribuya la condición de conciencia del resto del personal, que nos pretendan dar lecciones gratuitas de manera general, sin matices ni distinciones. Cuando, por ejemplo, me enseñan la foto de un niño africano desnutrido, siento que el corazón se me encoge y me mueve a pensamientos de dolor y también de deseo de enmienda, pero ni me siento especialmente culpable ni por ello voy a dejar de tomarme el ternasco de la comida de Navidad, si es que lo hay ni si procede, una reconfortante copa de licor. Y eso no quiere decir que no tenga conciencia, sino que pienso que todos tenemos derecho a que esa conciencia surja de la reflexión personal, de la conversación con aquellos a quienes quieres o de la propia confianza que ofrece la amistad, y no de quien, casi seguro que con buena intención, parece pretender hacer de Pepito Grillo y entrar en psicologías ajenas.
Muy frecuentemente he sentido removidas mi solidaridad y mi conciencia, pero esta reacción ha venido del ejemplo de muchas personas que, la mayoría de las veces movidos por sus convicciones y su fe, ha realizado acciones que incitan a la admiración y a la imitación. Pero también es cierto que tales acciones han estado casi siempre protagonizadas por la discreción, la elegancia y la búsqueda exclusiva del servicio y la ayuda hacia el prójimo, no por un afán de dar lecciones, evitando esa especie de exhibicionismo que, desde mi punto de vista, resta mérito a lo hecho. Tengo la impresión de que con frecuencia nos sobra indignación y nos falta reflexión; nos encanta descubrir entre nuestros conciudadanos personajes insolidarios, fríos y egoístas, algo que puede ser cierto en algunos casos, pero vete a saber si quien pasa con apariencia indiferente ante quien pide a las puertas del Mercadona está echando una mano a un hijo o yerno en el paro, colabora con el Banco de Alimentos, aporta buen dinero a una entidad benéfica o suelta algún billete gordo en el cepillo de la parroquia. Lo que pasa es que en ocasiones nos sobra algo de demagogia e incluso cierta capacidad de autocrítica, que lo que se trata es de ser felices y, por encima de ello, hacer que lo sean los demás, no de calentar conciencias ni de ponerse medallas.