7 de diciembre de 2015

De sufrimientos y soledades


En las últimas semanas he estado en contacto con personas sobre las que ha caído la dura carga del sufrimiento, algunos están siendo sujetos directos, otros lo reciben a través de sus seres queridos. Ante esta realidad solamente caben los sentimientos de cariño y solidaridad, a los que sumo el propósito de vencer ese egoísmo que  llevamos tan escondido en el interior y nos lleva a engrandecer desproporcionadamente nuestras cuitas, a la vez que nos impide ser conscientes de las más graves y tristes que padecen los demas. 

El sufrimiento existe, y es bueno buscarle una razón, un sentido ... aunque me da miedo caer en la tentación de dar lecciones o clases magistrales, algo que puede ser demasiado cómodo desde la distancia, esa postura de quien cree tener remedios para todo. Es posible que el consuelo venga más por la compañía silenciosa, por la solidaridad de quien -sencillamente- sabes que "está ahí".

Quien sufre el dolor es fácil que sienta también soledad, algo que no deberíamos consenti, pues los lazos de sangre o amistad, el hecho de compartir trabajos e ilusiones, deberían equivaler a que no somos indiferentes: lo que le pasa al otro nos importa. Y me temo, es experiencia propia, que nuestras loables reacciones de sentimiento e impresión tienden a ser efímeras, y dejamos a quien sufre a solas con su dolor.

3 de diciembre de 2015

De fraudes, cejas y galas


"El fraude del ‘taquillazo’ simulaba pases y se inventaba espectadores"

Desde hace una semana la prensa se viene haciendo eco de un fraude de notables dimensiones que afecta al cine español. Al parecer, exhibidores, distribuidores y productores engordaban las cifras para acreditar taquillas importantes, y con esta falsedad se conseguía incrementar las subvenciones recibidas del Ministerio de Cultura. Habrá que respetar la presunción de inocencia, andar con pies de plomo y no anticipar condenas hacia nadie en concreto, pero no puedo evitar llegar a conclusiones y alimentar ideas y opiniones, entre otras que ni es oro todo lo que reluce ni da la impresión de que cierta hipocresía ande ausente de algunos de nuestros más afamados y peleones representantes del mundo de la gran pantalla.

Al leer estas noticias me vienen inmediatamente a la cabeza las sonadas ceremonias de entrega de los Premios "Goya" del cine español con las que los astros locales del celuloide nos vienen obsequiando desde hace tiempo; se trata de sesiones que no he llegado a ver en directo, pero de las que siempre acabas teniendo cumplida información en su momento, entre otras cosas porque ya se encargan algunos de sacar el "tam-tam" y airear a los cuatro vientos el espectáculo anual, que suele ir bastante más allá del espectáculo "strictu sensu". Desde hace más de una década los más insignes representantes de la farándula cinematográfica se han dedicado a alardear de altura moral y responsabilidad cívica, aprovechando estas ceremonias para protestar por guerras, recortes, privatizaciones, legislación y todo lo que hiciera falta. Se trataba, sin duda, de una actitud legítima y no discuto su mayor o menor justificación, pero también es cierto que ahora queda -o puede quedar- en evidencia esa superioridad moral que exhibían unos personajes que surgían envueltos en una nube ubicada por encima del bien y del mal, que deambulaban por el escenario de con la sonrisa en la boca y el machete en la mano como si fueran inmaculados quijotes contemporáneos.

A la hora de la verdad sospecho que ni todo el monte es orégano, ni las actitudes son muchas veces desinteresadas ni el personal tan puro y noble como quiere aparentar. Alguna escama debería desprenderse de nuestros ojos.

1 de diciembre de 2015

Libros de noviembre


En noviembre he seguido con la tendencia a los libros no excesivamente largos, así como a variar los géneros literarios. Creoi que he mantenido el buen nivel de autores, con dos franceses históricos -Víctor Hugo y Chateaubriand-, una de las mejores plumas actuales en lengua inglesa -Ian McEwan-, un prolífico escritor de medio oriente como Yasmina Khadra que tiende a tratar temas actuales y quien es posiblemente el mejor autor español del género policíaco -Eugenio Fuentes-. Lo he completado con las entretendias memorias de un actor inolvidable y una policíaca escrita por un policía, que evidentemente tiene mucho que decir sobre el tema.

El británico Ian McEwan es uno de los autores de habla inglesa contemporáneos de mayor prestigio;  hace ya tiempo que tenía en la cabeza la idea de leer algo suyo, de hecho novelas como "Sábado", "Expiación" u "Operación Dulce" las tuve en su día en cartera, aunque al final las dejé para otra ocasión. "La ley del menor" es su última obra publicada  y tras coincidir un argumento interesante con la recomendación de un par de lectores de confianza he logrado cumplir por fin mi propósito ... algo a lo que también ha ayudado el que se trate de una novela más bien corta (216 páginas). La protagonista del libro es Fiona Maye, una jueza de familia londinense que tiene que enfrentarse con un problema del calado de un adolescente con leucemia que necesita una transfusión a la que se niegan sus padres, Testigos de Jehová.  El relato va más allá del simple tratamiento del problema, pues McEwan nos habla también de la crisis  conyugal de Fiona y la resolución de otros asuntos, lo que termina siendo una excelente exposición de la forma de funcionamiento del sistema procesal británico. La prosa es magnífica y la novela está muy bien estructurada y resuelta, eso sí con cierto mal sabor de boca final, pero la buena literatura no tiene porque exigir necesariamente un happy end.

Alfredo Landa fue sin duda un personaje interesante; en la Biblioteca de Huesca encontré "Alfredo el Grande", una especie de  memorias en las que el actor navarro, ya fallecido, nos cuenta su vida, especialmente a través de sus películas, con la inestimable ayuda de Marcos Ordóñez, un escritor y periodista barcelonés, que hace crítica teatral en "El País" y del que leí en su día "Un jardín abandonado por los pájaros", un testimonio de la vida española durante su infancia -paralela a la mía- que me encantó. Imagino que la redacción final será atribuible a Ordóñez, aunque Landa habla permanentemente en primera persona. Aunque nos cuenta sus primeros años y recuerdos, nos habla de su familia, de su boda y sus hijos, las 311 páginas del libro se centran en la trayectoria profesional de un actor que comenzó destacando en esas míticas "españoladas" de los 60 y 70 -la llamada época del "landismo"- para acabar destacando en películas de enjundia y éxito. Alfredo Landa no se muerde la lengua a la hora de opinar sobre directores, productores y compañeros, algunos de los cuales no salen excesivamente bien parados en el libro. El actor no puede evitar caer en ese "tic" tan habitual en quien habla de su vida de recargar méritos, aunque el relato me ha parecido bastante honesto. Por las páginas del libro van pasando nombres ilustres de nuestro cine como Garci, Fernan Gómez, los Ozores, Elías Querejeta, Concha Velasco, Mario Camus, Paco Rabal, Gracita Morales, José Luís Dibildos, ... hasta una lista interminable. Con ellos Landa destila tanta sinceridad como cariño.

Víctor Hugo es uno de los grandes de la literatura universal; novelas como "Los miserables" o "Nuestra Señora de París", por citar las más famosas, son auténticas obras maestras. Por eso no tenía perdón de Dios el no haber leído todavía nada de este escritor  nacido en la localidad francesa de Besanzón. Curioseando por librerías de viejo encontré algunos libros de viaje, entre los que me llamó la atención "Pamplona", un brevísimo volumen de 56 páginas donde nos cuenta lo que más le impresionó de una estancia en Pamplona el año 1843 -él había nacido en 1802-. Víctor Hugo era hijo de un general de Napoleón que había vivido con su familia en Madrid al servicio de José Bonaparte durante su breve reinado español; el escritor era un niño y conserva el recuerdo del viaje de   regreso a Francia, cuando entre otras ciudades pasaron por Pamplona. De esta manera, el libro refleja el contraste entre los recuerdos infantiles de Víctor Hugo y su visión de la ciudad ya maduro y versado en la cultura. Se trata de un relato evidentemente limitado, con una descripción incompleta y bastante subjetiva de la ciudad; incluye el trayecto realizado desde San Sebastián, con parada en la localidad de Tolosa. Literariamente es una joya, además de contener descripciones, comparaciones y valoraciones interesantísimas redactadas por un auténtico genio literario.

Eugenio Fuentes, ya lo he dicho en otras ocasiones, es en mi opinión uno de los mejores autores de novela policíaca de España, desde un punto de vista de la calidad literaria posiblemente el número uno. La mayoría de las novelas del género que ha publicado están protagonizadas por el detective privado Ricardo Cupido, residente en la imaginaria localidad de Breda. Con el citado personaje como protagonista ya habían pasado por mis manos "El interior del bosque", "Las manos del pianista" y "Cuerpo a cuerpo", sin que ninguna de las tres veces me haya sentido decepcionado. Por una vez he incumplido mi costumbre de leer por orden las novelas de un mismo investigador y he optado por anticipar la lectura del último caso de Cupido, "Mistralia", un relato que nos cuenta la investigación en torno al asesinato de una ingeniera en un molino de una zona de energías renovables. En alguna crítica hallada en la red se alababa la novela comentando que en ella queda reflejado el hecho de que Fuentes escribe cada vez mejor, afirmación que comparto plenamente. La novela ha confirmado mis mejores expectativas, nos presenta a un Ricardo Cupido cada vez más humano y con vida propia, narra un caso creíble, sabe desarrollar adecuadamente la intriga y la concluye acertadamente, con los giros necesarios y un desenlace logrado, por mucho que al menos a mí, la opción elegida por Fuentes para concluir la narración no me dejara buen sabor de boca.

Aunque pueda mover a confusión, Yasmina Khadra no es una mujer, sino el pseudónimo del escritor argelino Mohammed Moulessehoul, un excelente autor por cierto. De Khadra leí en su día "El atentado", un relato impactante que te da una visión interesante del conflicto palestino; en cartera tengo desde hace tiempo su "Trilogía de Argel", con tres relatos policiales, y  "Lo que el día debe a la noche", novela de la que me han hablado maravillas. Tras leer en "Babelia" la crítica de su última obra, "La última noche del Rais", decidí pasar por encima de los citados y enfrentarme a este breve relato  -176 páginas- en el que, con personajes reales y datos históricos, nos cuenta unas imaginarias últimas horas del líder libio Muamar El Gadafi. En mi opinión Yasmina Khadra ha cerrado una narración magnífica, ha conseguido dar una medida notable de quien rigió sin obstáculo Libia durante más de 40 años,  quien nos es presentado como una especie de "monstruo" con dosis de humanidad, "un desequilibrado que sabe lo que hace". El relato combina la angustia y desesperación de Gadafi y sus hombres de confianza ante el asedio de los rebeldes que terminarán acabando con su vida, con sus recuerdos de infancia y juventud, así como su imparable ascensión al poder y todas la vicisitudes sufridas en los largos años de su ejercicio.  Gadafi se presenta como alguien a la vez despiadado y familiar, implacable y romántico, añadiendo dosis de desequilibrio, como su obsesión con Van Gogh o los sueños en los que se le aparece, entre otros, Saddam Hussein. Un libro breve, editado en letra grande y que se termina devorando en cuanto puedes enlazar un par de horas disponibles.

Supe por vez primera de la existencia de Rafa Melero Rojo cuando asistí a una mesa redonda sobre policías-escritores que tuvo lugar en Huesca hace ya unos cuantos meses; el tema era interesante, pues no cabe duda de que quienes en la vida real ejercen la profesión de policía tienen mucho que decir en materia de novela negra. Melero es mosso d'esquadra y nos habló entonces de su primera novela, "La ira del Fénix", protagonizada por agentes de su cuerpo y que compré al salir de dicha sesión. En una reciente comida en la que se encontraba Lorenzo Silva, quien también intervino en aquella mesa redonda, éste incluyó "La ira del Fénix" entre sus novelas recomendadas dentro del panorama español del género, especificando que el autor reflejaba muy bien lo que es una investigación puramente policial. Tener en casa un ejemplar y la recomendación de Silva fueron argumentos suficientes para emprender la lectura de este libro, en el que verdaderamente se refleja la experiencia directa del escritor y que tiene la virtud de saber desarrollar perfectamente la intriga concreta, tanto que he de admitir que la novela la he leído de un tirón: no está mal 476 páginas en una semana. En un artículo publicado en el blog de "Getafe negro", certamen que dirige,  Silva afirmaba también que "La ira del Fénix" estaba muy bien escrita, y aquí -con todo mi respeto a quien sabe más que yo de intrigas y literatura- discrepo parcialmente con el gran escritor madrileño, pues a mí me ha parecido un relato que literariamente no pasa de discreto, tal vez porque le ha faltado un último repaso, a la vez que me ha parecido pobre de vocabulario. Rafa  Melero Rojo ha sacado una segunda novela que queda en cartera. Y un apunte final: se agradece que el autor haya prescindido de contarnos la vida sexual de los protagonistas.

François René de Chateaubriand, además de diplomático y político, fue  un formidable escritor, considerado por muchos el fundador del romanticismo en la literatura francesa. Desde hace bastantes años no he parado de escuchar alabanzas de sus "Memorias de Ultratumba", aunque la gran extensión de la obra provoca que vaya retrasando una lectura que estoy seguro no me va a decepcionar. Para ir abriendo boca, he leído un pequeño ensayo publicado hace unos años por "Acantilado" con el título de "De Buonaparte y de los Borbones". Se trata de un relato breve, pues suma  143 páginas, de las que las 43 primeras son una magnífica introducción de Césare Garboli y las 13 últimas dos apéndices, uno del propio autor y otro del editor. Chateaubriand nos ofrece un auténtico alegato en contra de Napoleón, a quien atribuye todo tipo de defectos y adjudica la culpa de los males de la Francia de entonces. Frente a ello, realiza un panegírico de la monarquía, promoviendo el regreso de los Borbones en la persona de Luis XVIII, un nombre que me trae inevitablemente a la cabeza la breve pero sólida interpretación que de él hace Orson Welles en el film "Waterloo". Al parecer, estas opiniones de Chateaubriand son parcialmente matizadas en las antes referidas memorias. En cualquier caso, una delicia leer al escritor francés, todo un ejemplo de destreza literaria y elocuencia.

28 de noviembre de 2015

Entre la tapa y la gratitud


En Huesca andamos estos días de concurso de tapas. Ya en 2001 comenzó un certamen del que la ciudad fue pionera y que permite disfrutar de recorridos gastronómicos en los que ejercitar la amistad y catar productos de calidad sin gastar demasiado.

Ayer, a la salida del trabajo, conseguí engatusar a un compañero y amigo para tomar alguna vianda y juntos visitamos un par de establecimientos cuyas tapas de concurso tienen desde hace años merecida fama. Comenzamos por el "Biloba", un bar que no tiene muchos años y anda ubicado en la Avenida de Monegros de Huesca. Si no me equivoco ya ha obtenido varios premios en certámenes anteriores y en el presnte, si no gana alguno no creo que ande muy lejos.

Probamos las dos tapas "participantes", destacando un excelente huevo frito con panceta  presentado de forma muy original y cuyo sabor estaba a la altura de lo mucho que se puede esperar de algo tan típico y tan nuestro. La otra tapa era de bacalao y también nos gustó.

Pero a mi lo que me dejó más satisfecho fue la atención prestada, el servicio, la simpatía y soltura de la joven que deambulaba al otro lado de la barra. De entrada a mi amigo y a mí, que andamos más próximos a los 60 que a los 50, nos llamó "chicos", término que puedo asegurar me hace feliz y sentirme aún con esa mínima juventud que tan bien nos viene, amen de que la chica lo expresaba de ese modo tras el que se ve sinceridad y cordialidad a partes iguales.

Y también me encantó cuando, en una conversación con otro cliente y al hablar de los ajetreos de esta semana de concurso, la moza le comentó que ella se lo pasaba bien sirviendo tapas, pero lo que más le gustaba, por encima de éxitos y posibilidades de triunfo, era ver el interés y la forma de disfrutar de los clientes. Un comentario que te hace recuperar el crédito respecto a la bondad de la gente, aprender que siguen existiendo por esos mundos de Dios -¡por esos bares de Dios!- hombres y mujeres con humanidad.

¡Y es que si no fuera por esos momentitos!.

24 de noviembre de 2015

Palmira en el Interfacultades (Año 1975)


"Palmira (en árabe تدمر Tadmor1 o Tadmir) fue una antigua ciudad situada en el desierto de Siria, en la actual provincia de Homs a 3 km de la moderna ciudad de Tedmor2 o Tadmir, (versión árabe de la misma palabra aramea "palmira", que significa "ciudad de los árboles de dátil"). En la actualidad sólo persisten sus amplias ruinas que son foco de una abundante actividad turística internacional. La antigua Palmira fue la capital del Imperio de Palmira bajo el efímero reinado de la reina Zenobia, entre los años 268 - 272.

Palmira fue elegida como Patrimonio de la Humanidad en 1980. El 20 de junio de 2013, la Unesco incluyó a todos los sitios sirios en la lista del Patrimonio de la Humanidad en peligro para alertar sobre los riesgos a los que están expuestos debido a la Guerra Civil Siria."

Esto es lo que cuenta la Wikipedia sobre Palmira, una información que tiene que ser completada con las recientes y tristes noticias de la destrucción de buena parte de sus ruinas, incluido el Arco de Triunfo que fue reducido a escombros por el Estado Islámico. 

A partir del pasado sábado, la antigua ciudad de Palmira aporta otros recuerdos  más intrascendentes y personales; celebraba con varios más de curso en el "Gran Hotel" de Zaragoza la fiesta que conmemoraba los 35 años de nuestra promoción de Derecho. Entre otros se encontraba una compañera que desde hace varias décadas ejerce como magistrada en Barcelona, alguien a quien recuerdo como una de esas alumnas brillantes, a la vez que responsable y estudiosa. Al decirle mi nombre -con el paso de los años y los inevitables cambios físicos fue frecuente la necesidad de identificarse- me comentó que recordaba que el primer día de clase, allá por octubre de 1975 en el que entonces -no se ahora- se denominaba "Edificio Interfacultades", coincidimos sentados uno junto a otro, asistiendo a una clase de Derecho Romano que nos daba D. José Luis Murga Giner, un sevillano original y entregado a la enseñanza que falleció hace unos años. El profesor Murga, me contaba, nos habló de la entrada de las legiones romanas en la ciudad de Palmira, algo que al parecer le dejó cautivada.

He de reconocer que en mi memoria, que aún no es mala, no había quedado nada de eso, y aunque de ella me acordaba perfectamente, no me sonaba haber coincidido el primer día y, sin ninguna duda, no estaba grabada en mi "disco duro" referencia alguna a Palmira ni al ejército de Roma. Me quedé con la idea de que, al menos en aquellos tiempos, la madurez y sensibilidad femeninas eran mayores, al menos en el caso de ambos, y mientras una joven alumna recién sacada del colegio se emocionaba con el recuerdo de antiguas ciudades y viejos sucesos, un chavalote como yo, a quien quedaba un mes para cumplir los 17, debía estar mucho más pendiente de asuntos intrascendentes y posiblemente ajenos a los temas de la carrera que iniciaba.

Y este sábado por la noche, a la vez que disfrutaba de la grata compañía de quienes ya son -somos- hombres y mujeres próximos a los sesenta, que daba juego a la nostalgia del pasado y la belleza del momento,  lamenté no haber aprovechado bien las enseñanzas históricas y jurídicas de entonces, no haber tenido la sensibilidad que sí tuvo esa joven estudiante que ahora es una brillante profesional, una mujer cordial y de grata conversación y madre de hijos que inician el camino universitario que ella y yo recorrimos hace varias décadas, ... en circunstancias y situaciones bien distintas, por supuesto.


20 de noviembre de 2015

El violín y la tensión


El  de la música es, sin duda, uno de los mundos más maravillosos que existen. Dedicarse, profesionalmente o como simple afición, a la música es un privilegio al que se llega tanto por los dones recibidos como por el esfuerzo personal, pues salta a la vista que a la excelencia musical solamente se llega con trabajo, constancia, renuncia, ... Quienes forman parte de una orquesta, un grupo musical, una coral, ... suelen afirmar -y saben lo que dicen- tanto que tal pertenencia exige sacrificio y abnegación, como que se trata de una experiencia tremendamente reconfortante, un sueño, una fuente inagotable de satisfacciones.

Siendo un lego absoluto en la materia, y asumiendo que en cualquier orquesta o similar todos y cada uno de sus miembros, cada instrumento musical tienen una importancia capital para el buen resultado final de una pieza, una interpretación, no puedo evitar reflejar mi experiencia, como simple espectador, al presenciar cómo en diversas ocasiones y en distintos grupos he observado la concentración extrema de quienes tocan el violín. Ya de entrada se trata de un instrumento que exige una postura francamente incómoda, el mantener un equilibrio con ambas extremidades superiores, las dos ocupadas, a la vez que no perder nunca la atención de quien dirige todo. Cuando me he fijado en los violinistas he notado reflejada en sus caras, en sus ojos, en su actitud, una tensión llamativa, los cinco sentidos puestos al servicio de la perfección y el éxito de una interpretación. ¿Qué hay detrás? ... imagino que muchas horas de ensayo, la responsabilidad de hacerlo bien, de no fallar ni decepcionar a un grupo que más que nunca tiene que funcionar al unísono, la materialización de la virtud y el arte y, ¿por qué no?, el deleite supremo de quien se siente un privilegiado.

P.D. Dedicado a muchos y a muchas que me provocan sana -muy sana- envidia.

19 de noviembre de 2015

El zaguero Williams



El rugby es uno de esos deportes de los que lo ignoro casi todo. En los años 70 seguí con cierto interés lo que entonces se llamaba "Torneo 5 naciones" y que con el tiempo se ha ido ampliando a unas cuantas más; allí aprendí lo que era una melee, la "touche", el ensayo, la transformación y poco más. Me consta que el equipo lo forman 15 jugadores y que entre ellos hay una posición importantísima: el zaguero. Este es el último defensor, quien inicia el primer contraataque y suele precisar de brazos largos, piernas largas y una capacidad de dar la patada efectiva para alejar el peligro y meter presión al equipo contrario.

En esos años citados mi equipo favorito era el de Gales, que si no me equivoco solía ser además el más brillante de todos. La posición de zaguero era ocupada por John Peter Rhys Williams, un "mocetón" que se caracterizaba por sus grandes patillas, su melena al viento, unas largas piernas y la permanente costumbre de jugar con las medias bajadas del todo. De Williams recuerdo su liderazgo, su habilidad para lanzar con tino el balón y meterlo entre los palos, el hecho de haber llegado a realizar cinco ensayos con su selección, algo francamente excepcional en un zaguero y una gravísima lesión que le tuvo fuera de la actividad deportiva durante muchísimo tiempo.

Ahora, evocando mis recuerdos del rugby de su época y del propio personaje, descubro que en 1977 fue galardonado con la Orden del Imperio Británico por sus servicios al Rugby y que Williams era Doctor en medicina, hecho que trae a mi memoria la ya célebre comparación entre fútbol, deporte de caballeros jugado por villanos y rugby, deporte de villanos jugado por caballeros.