23 de febrero de 2012

Ecos de Gibraltar



Cuando leo que García Margallo, nuestro actual Ministro de Asuntos Exteriores, parece haber desempolvado el tema de Gibraltar me parece regresar al pasado, a esos años en los que el famoso Peñón aparecía como un auténtico icono de las más históricas y relevantes reivindicaciones españolas. Uno de los recuerdos más vivos de aquellos telediarios de la década de los 60, protagonizados por las armónicas voces de Jesús Álvarez, David Cubedo y un entonces jovencísimo José Luis Uribarri, es el del Ministro de la época, Fernando María Castiella peregrinando de aquí para allá en busca de algún avance en el tema Gibraltar. Eran, evidentemente, otros tiempos, existía ese aislamiento, esa visión parcial de la vida y de las cosas que originaba ciertos fervores patrióticos y unas aspiraciones que posiblemente fueran utópicas y, sobre todo, menos trascendentales de lo que nos parecían.

La crisis de octubre de 1969 supuso la caída en desgracia de hombres como Fraga, Solís Ruiz y el propio Castiella y Franco entregó la cartera de este último a Gregorio López Bravo, quien superó a su antecesor a la hora de salir día sí día también en la tele, pero, al menos yo lo recuerdo así, se habló muchísimo menos de Gibraltar y el nuevo ministro se dedicó a viajar por otros lugares del mundo. Desde aquellos años la cuestión de Gibraltar perdió protagonismo, y como consecuencia lógica se destiñó esa aspiración común de los españoles respecto a un territorio que considerábamos ilícitamente sustraído. También es cierto que vinieron tiempos en los que nos ocuparon asuntos de enorme trascendencia, con la transición, el fenómeno terrorista, las sucesivas crisis económicas, los escándalos de todo tipo, sin olvidar que de unos tiempos a esta parte ya tenemos los éxitos deportivos para hacer patria.

Hace cuatro veranos me di una vuelta por Gibraltar, y allí sentí algo distinto, no era lo mismo que conocer Salamanca, Santiago de Compostela, Ronda, Toledo o San Sebastián, ... ni siquiera París o Roma, era pisar un terreno que en mi infancia tenía un significado bien especial. De vez en cuando ha seguido oyéndose hablar de incidentes, discusiones, desencuentros diplomáticos, pero hasta ahora no parecía que hubiera excesivo interés en recuperar los tiempos de las reivindicaciones. Intuyo que ahora no hay más que escarceos, palabras y gestos, entre otras razones porque llevamos entre manos cuestiones mucho más graves y preocupantes que la titularidad de un montículo de tierra. Pero no deja de sonar bien eso de pretender que los ingleses nos devuelvan algo.


22 de febrero de 2012

En busca de los otros brotes verdes


Hace un tiempo una vicepresidenta económica de este país hablaba de "brotes verdes" para referirse a la pretendida existencia de ciertos signos de recuperación económica que, al parecer, el tiempo se encargó de desmentir. No se si tales palabras se debieron a un arrebato de optimismo y buenas intenciones o a un intento de confundir al personal, pero de cualquier manera no voy a hablar de economía. Desgraciadamente seguimos en crisis, y no da la impresión de que esto mejore en los próximos meses, con lo que de brotes verdes es mejor callar si de macroeconomías y microeconomías hablamos.

Tengo la impresión de que la crisis económica nos ha puesto una venda en los ojos y acabamos pensando que lo único importante es reducir cuanto antes el número de parados, recuperar posiciones en Europa y que vuelva la confianza a los mercados, cuando, sin negar importancia a algo tan grave como la existencia de gente que no llega a fin de mes, desde hace bastante más tiempo que la económica nos asola una crisis de valores de unos efectos igual de desoladores. Creo sinceramente que nos equivocamos si avivamos la idea de que, en España y en Europa todo marchaba sobre ruedas hasta la llegada del crack económico, pues en realidad el camino de la gran catarata cuyo final ahora parecemos enfocar se inició mucho antes.

Por esta razón he tomado la decisión de salir a la calle en busca de esos brotes verdes, no en forma de datos financieros, sino con rostro y forma humana. Me temo que corramos el peligro de desinflar nuestros ánimos y energías comprobando que las noticias solamente hablan de corrupción, incremento de la delincuencia y conflictos de todo tipo, a la vez que uno tiene la sensación de enfrentarse a una sociedad agresiva, desconfiada y dada a la visceralidad y el aspaviento. Y seguro que no es así, y pateando pueblos, calles y caminos se pueden seguir encontrando tantas historias que hablan de hechos mucho más reconfortantes, quizá el problema estribe en que no nos terminamos de quitar las orejeras que nos impiden ver el panorama en su totalidad, con la perspectiva adecuada. En España siempre hemos tendido a ejercitar ese visceralismo del que piensa que "el que no está conmigo está contra mí", mentalidad que me temo más de uno, desde las dos posiciones -si es que sólo hay dos- dominantes y opuestas, se ha encargado de acentuar en los últimos tiempos. Creo que haríamos bien en dejar de buscar enemigos en cada uno que se cruza en nuestro camino, no vaya ser que no sean más que pacíficos e inofensivos molinos de viento. Y creo que soy el primero que tendría que aplicarme el cuento.

Hay que descubrir esos otros brotes verdes, los que nos hablan de solidaridad, de trabajo abnegado, de amor al prójimo, de capacidad de agradecer, de amistad sincera, ciega y desinteresada, de servicio a los demás sin esperar réditos, de gente que mira de frente, a la cara y de manos estrechadas con energía, de una sonrisa que no va más allá de lo que es: una sonrisa, de miradas que dan a entender que a quien la realiza le importas sin tener en cuenta -en absoluto- lo que tienes o lo que le puedas dar ... no se si pido mucho, si me he puesto romántico, cursi o "sermonero", pero ando cansado del rigorismo de unos, la visceralidad de otros, el resentimiento de algunos, la mala uva de bastantes, el retorcimiento de más de uno ... y mis propios demonios personales.

21 de febrero de 2012

La tapa y la croqueta



Hace ya tiempo que escuché el sabio consejo de que a partir de una edad conviene cambiar los hábitos alimenticios, y siempre, evidentemente, para tender a la moderación y la reducción de todo lo que suponga calorías, grasas, proteínas, etc. Pero he de reconocer que habitualmente he sido un paciente difícil y obstinado si de renunciar a determinados placeres gastronómicos se trata; por esta razón ante la impepinable -y plausible desde mi punto de vista- costumbre de proceder con cierta frecuencia, cuando menos semanal, a disfrutar de un buen aperitivo a base de caña o vinito y una buena tapa -o dos- he sido recalcitrante a la hora de considerar que las mejores tapas siempre vienen a base de fritos, de manera que he sido esclavo de croquetas, empanadillas, calamares a la romana y todo tipo de productos pasados por la sartén y embadurnados de aceites, harinas y similares.

Pero ya va siendo hora de asumir eso de que "de los 50 para arriba no te mojes la barriga" y comenzar a aprender que existen alternativas excelentes a esa serie de productos que, por sabrosos que estén, lo único que hacen es incrementar hasta límites inadmisibles tus índices de colesterol y triglicéridos, convulsionar tus vasos sanguíneos y, en definitiva, atentar contra tus expectativas de vivir el mayor número de años posible. En esta cuestión hay maestros -y maestras- consumados, aunque uno haya tardado en aprender a compaginar la buena vida con el respeto a la propia salud: ha llegado la hora de asumir que la tapa es una opción válida, pero no así la croqueta, una opción cuya periodicidad debería ser nunca.

Cuando se contemplan, en ocasiones extasiado, las excelentes exhibiciones de tantos muestrarios de las barras de bares y restaurantes, es bueno aprender a prescindir de tanta "maravilla rebozada" y comprobar como unos buenos boquerones, unas anchoas bien aliñadas, algún tipo de tapa protagonizada por el atún de calidad, unas gambas a la plancha -¡no con gabardina!- o todo tipo de pequeños placeres que el arte culinario y la imaginación humana son capaces de elaborar pueden dar satisfacción en igual o mayor medida que las croquetas de jamón, las empanadillas de bonito o los sandwiches de jamón y queso que entran con primor pero inciden en el organismo como una plaga destructora.

Sirva esta pequeña disquisición como elogio y exaltación de la buena costumbre de ofrecer de vez en cuando al cuerpo una satisfacción tan placentera como lícita desde el punto de vista gastronómico a la vez que se respetan los mínimos necesarios para evitar que del disfrute se pase a la agonía.

19 de febrero de 2012

En la muerte de Enrique Sierra



De nuevo nos encontramos con una muerte prematura en el mundo de la música, pues en la mañana del sábado nos hemos levantado con la noticia difundida por los teletipos del fallecimiento de Enrique Sierra de su guitarrista Enrique Sierra, uno de los fundadores del grupo junto a los hermanos Auserón. Sierra falleció en Madrid a la edad de 55 años, pasando a engrosar la leyenda de la nueva ola musical que a finales de los 70 y principios de los 90 revolucionaron el por español, como en su día la engrosaron Antonio Flores, Enrique Urquijo y Antonio Vega.

Radio Futura es uno de los grandes grupos de su época, tal vez junto a Nacha Pop y El último de la fila los auténticos líderes de ese momento histórico de la joven música de nuestro país. La vida de Radio Futura se prolongó hasta 1990, fecha de caducidad del grupo en la que sus componentes se buscaron cada uno la vida por su cuenta. El grupo, con Enrique Sierra a la cabeza, formó parte de la célebre y tantas veces mencionada movida madrileña, que como nos cuenta la wikipedia fue "un movimiento contracultural surgido durante los primeros años de la Transición de la España posfranquista, que se generalizaría y convertiría muy pronto en la Movida española y se prolongó hasta mediados de los años ochenta, comenzando con el renombrado Concierto homenaje a Canito promovido por los que posteriormente se convirtieron en Los Secretos y teniendo su primer refrendo multitudinario en 1981 con "El Concierto de Primavera" de la Escuela de Arquitectura.".

La canción más célebre de Radio Futura fue, sin ningún género de duda, "Escuela de calor", sin olvidar el pegadizo "Enamorado de la moda juvenil", si bien la canción que a mi me ha gustado siempre más es "Veneno en la piel", que traigo aquí en homenaje al músico fallecido. Descanse en paz.




18 de febrero de 2012

Marta Rivera de la Cruz en su línea


"La vida después"
Marta Rivera de la Cruz
Planeta. Barcelona (2011)
384 páginas





Sinopsis
Victoria lleva en Nueva York la que parece una vida envidiable: da clase en la universidad, tiene un marido rico y guapo y un ático en el Upper East Side. Cuando recibe la noticia de la muerte de Jan, su mejor amigo, regresa a Madrid para asistir al funeral. Allí se encontrará con la sofisticada Chloe, antiguo amor de Jan; con su hija, la rebelde Solange; con Marga, su esposa; con su excéntrica suegra, Shirley… Un giro de los acontecimientos obligará a Victoria a permanecer en Madrid, donde tendrá que enfrentarse a la desconfianza de cuatro mujeres que nunca creyeron que su amistad con Jan fuese del todo sincera.
La vida después es una novela sobre los amigos y el afecto, y también sobre las relaciones entre mujeres. Una historia en torno al complicado mapa de los sentimientos donde hay lugar para los conflictos, los celos y la envidia, pero también para el cariño, la lealtad y la entrega.

Ya había leído dos novelas de esta autora: "Hotel Almirante" y "La importancia de las cosas", dos excelentes relatos que fueron suficientes para convencerme llegar a dos conclusiones, que Marta Rivera de la Cruz escribe muy bien y que su lectura resulta grata y entretenida; varias personas de cuyo buen gusto me fío me han asegurado que su mejor novela es "Que veinte años no es nada", aunque antes de enfrentarme a ésta un regalo de reyes me ha llevado a la lectura de "La vida después", el último libro que ha sacado al mercado. Quedan confirmadas las afirmaciones que he realizado antes, por mucho que en el ranking de novelas la dejo en la medalla de bronce, algo que no significa ni que no me haya gustado ni que su calidad sea inferior a las otras, pues ya se sabe que la satisfacción por una lectura puede depender de circunstancias y matices que van mucho más allá de cuestiones puramente objetivas.

Tal vez el inconveniente mayor que he encontrado ha sido el salto en el tiempo, el lugar y la historia que la autora realiza en un momento concreto de la narración, impresión puramente personal pues es posible que a otros el cambio de escenario y personajes les parezca lo mejor de la novela. De cualquier manera, he de insistir en que Rivera de la Cruz me parece un auténtico descubrimiento en un momento en el que la literatura española necesitaba alguien capaz de ir más allá de posturas beligerantes, relatos ideologizados u obsesiones revisionistas. "La vida después" viene a plantearnos problemas de ordinaria administración, y así nos habla de las complicadas relaciones entre cuatro mujeres afectadas de distinta manera por la muerte de un hombre y pone sobre el tapete una cuestión tan interesante como es la posibilidad de que arraigue una amistad entre un hombre y una mujer sin necesidad de que cuajen atractivos físicos, es decir, sin que ocurra nada más que el hecho de "ser amigos", un tema que me parece tiene su interés y su atractivo, así formulan la cuestión los editores: "una historia de ternura sobre la que gravita una pregunta fundamental: ¿es posible que dos personas de distinto sexo se quieran sin amarse? ¿Pueden un hombre y una mujer ser nada más que amigos?".

Marta Rivera de la Cruz es, en mi opinión, una autora a seguir: me parece una persona inteligente, escribe con una elegancia deliciosa y lo que nos dice en sus relatos acaba siendo llamativamente sugerente; sus novelas no aportan ni suspense, ni tragedias ni pasiones, por mucho que siempre van acompañadas de un toque notable de sorpresa y encantos, pero es que las novelas de esta autora no necesitan toques de drama ni misterio, basta una forma de contar refrescante y ágil para convertir la lectura en un momento deseable donde se disfruta mucho.

17 de febrero de 2012

¿Y qué hay del espíritu carnavalesco?



Esta última Navidad se pusieron de moda en algunos ambientes, en las redes sociales, en ciertas manifestaciones de personajes mediáticos, en el aire que se respiraba en general ciertos vientos de rechazo a la Navidad; recuerdo perfectamente un comentario en facebook de alguien que aseguraba que "la Navidad me estomaga", a la vez que había quien parecía pretender generalizar la crítica al espíritu navideño. Existe, por supuesto, la libertad de expresión y si de lo que se trata es de criticar la conversión de unas fiestas entrañables, para muchos de un profundo significado, en algo superficial y derivado hacia el consumismo, me uno a la crítica; pero detrás de algunas de estas actitudes yo intuyo más bien una más o menos oculta obsesión por atacar los sentimientos cristianos de bastantes, por arrinconar las manifestaciones religiosas más tradicionales y confundir la deseable aconfesionalidad del Estado con un sectario y agresivo laicismo.

Por eso, ahora que llega el Carnaval me pregunto si ese afán desmitificador se va a extender también hacia esta costumbre que, por mucho que se pretenda remontarla a tiempos muy pretéritos, no tiene ni de lejos la tradición y el arraigo de la Navidad. Si el gran argumento para echar jarros de agua fría a quienes nos gusta ejercitar ese espíritu propio de las últimas fiestas del año fue la crisis y el desánimo ciudadano que ésta causa, no parece que en estos momentos andemos tampoco como para echar cohetes y ejercitar el arte de disfrazarnos y montarnos en coloridas carrozas, a pesar de lo cual no he leído ni escuchado comentarios peyorativos hacia ello. Y no pretendo denostar los carnavales, pues pienso que cada cual puede hacer lo que le venga en gana, incluso me parece delicioso ver como se disfrazan los niños más pequeños de superman, de espadachín o de hada, pero además de que uno no tiene ya ni edad ni humor para irse a cenar vestido de arlequín, domador o conejo, me gustaría saber si también se ponen de los nervios los enemigos de la Navidad.


16 de febrero de 2012

El caso "Arancha"



Se habla mucho estos días de la polémica surgida a raíz de la inminente salida al mercado de las memorias de Arancha Sánchez Vicario; en ellas la tenista pone de "chupa de dómine" al resto de su familia, en especial a sus padres, a quienes acusa de haberle anulado como persona y poco menos que haberla dejado en la ruina. La madre de Arancha hizo pública una nota en la que contestaba a su hija y aseguraba que lo que ésta decía era completamente incierto, acusándola de buscar humillarles a ella y su marido, quien al parecer se encuentra muy delicado de salud, en tratamiento de un cáncer y en los inicios del Alzheimer. El affaire, como era de esperar, ha abierto el celo de la prensa y cada día se cruzan declaraciones y comentarios sobre la situación.

Durante días me he resistido a hablar de un caso que me parece que se les ha ido a todos de las manos; puedo comprender la situación de quien fuera en varias ocasiones ganadora de Roland Garrós y se convirtió hace dos décadas en uno de los pocos referentes deportivos de la época en nuestro país, pero no me parece, de entrada, correcto el airear las intimidades familiares publicándolas en un libro, algo que entre otras consecuencias establecerá sobre la cabeza de la autora la permanente sospecha de publicar sus desencuentros familiares para sacar con ellos tajada económica. Pero como la noticia me llevó en cuanto la leí a rememorar de inmediato un encuentro del pasado y a sacar a continuación una conclusión que me parece interesante, he decidido sacar el tema en mi rincón particular.

Hace ya muchos años, entre 1986 y 1987 -trabajaba yo en Barcelona y de ahí la fijación aproximada de fecha- coincidí en un viaje en tren de Tarragona a Barcelona con la madre de Arantxa Sánchez-Vicario; ambos viajábamos en el mismo vagón y en asientos contiguos. Yo no sabía que esa señora era la madre de los famosos tenistas, pero ella se encargó enseguida de que me enterara: no paró en la hora y pico de trayecto de contar en voz bien alta las hazañas de sus retoños; me llamó poderosamente la atención la forma en que la mujer hablaba de sus hijos, como si fueran de su nuda propiedad, intuía en sus manifestaciones tanto una especie de afán de presumir de las virtudes -en este caso deportivas- de aquéllos, algo disculpable en una madre, y cierta voluntad de dominio de sus vidas, algo que ha facilitado que, tras leer la noticia, volviera inmediatamente a mi memoria este encuentro ferroviario completamente casual.

A raíz de todo ésto, salvando por supuesto el hecho de que me faltan datos y no soy quien para entrar en las concretas desventuras familiares de nadie, sale a la palestra el problema de los padres posesivos, de esas personas que parecen abducir a sus hijos para convertirlos en lo que a ellos les gustaría que fueran y vigilar sus pasos hasta el agobio. Ser padre es algo muy difícil y conlleva la responsabilidad legal de velar por los hijos hasta la mayoría de edad y la moral de no volverles nunca la espalda, pero para educarlos no bastan los principios y las atenciones, hay que sumar algún elemento más, entre otros uno llamado libertad. Eso sí, me produce una enorme tristeza el que alguién que debería predicar con el ejemplo no sepa lavar en casa los trapos sucios.