
Cuando leo que García Margallo, nuestro actual Ministro de Asuntos Exteriores, parece haber desempolvado el tema de Gibraltar me parece regresar al pasado, a esos años en los que el famoso Peñón aparecía como un auténtico icono de las más históricas y relevantes reivindicaciones españolas. Uno de los recuerdos más vivos de aquellos telediarios de la década de los 60, protagonizados por las armónicas voces de Jesús Álvarez, David Cubedo y un entonces jovencísimo José Luis Uribarri, es el del Ministro de la época, Fernando María Castiella peregrinando de aquí para allá en busca de algún avance en el tema Gibraltar. Eran, evidentemente, otros tiempos, existía ese aislamiento, esa visión parcial de la vida y de las cosas que originaba ciertos fervores patrióticos y unas aspiraciones que posiblemente fueran utópicas y, sobre todo, menos trascendentales de lo que nos parecían.
La crisis de octubre de 1969 supuso la caída en desgracia de hombres como Fraga, Solís Ruiz y el propio Castiella y Franco entregó la cartera de este último a Gregorio López Bravo, quien superó a su antecesor a la hora de salir día sí día también en la tele, pero, al menos yo lo recuerdo así, se habló muchísimo menos de Gibraltar y el nuevo ministro se dedicó a viajar por otros lugares del mundo. Desde aquellos años la cuestión de Gibraltar perdió protagonismo, y como consecuencia lógica se destiñó esa aspiración común de los españoles respecto a un territorio que considerábamos ilícitamente sustraído. También es cierto que vinieron tiempos en los que nos ocuparon asuntos de enorme trascendencia, con la transición, el fenómeno terrorista, las sucesivas crisis económicas, los escándalos de todo tipo, sin olvidar que de unos tiempos a esta parte ya tenemos los éxitos deportivos para hacer patria.
Hace cuatro veranos me di una vuelta por Gibraltar, y allí sentí algo distinto, no era lo mismo que conocer Salamanca, Santiago de Compostela, Ronda, Toledo o San Sebastián, ... ni siquiera París o Roma, era pisar un terreno que en mi infancia tenía un significado bien especial. De vez en cuando ha seguido oyéndose hablar de incidentes, discusiones, desencuentros diplomáticos, pero hasta ahora no parecía que hubiera excesivo interés en recuperar los tiempos de las reivindicaciones. Intuyo que ahora no hay más que escarceos, palabras y gestos, entre otras razones porque llevamos entre manos cuestiones mucho más graves y preocupantes que la titularidad de un montículo de tierra. Pero no deja de sonar bien eso de pretender que los ingleses nos devuelvan algo.








