9 de agosto de 2009

Muerte de un futbolista



El mundo del fútbol está conmocionado con la noticia del repentino fallecimiento del futbolista Daniel Jarque, capitán del Real Club Deportivo Español. Jarque murió súbitamente ayer en un Hotel de Florencia cuando se encontraba en la concentración de pretemporada con su equipo.

No es la primera vez que un jugador de fútbol muere en circunstancias similares; todos tenemos en la cabeza el desplome de Antonio Puerta en el primer partido de la temporada 2007-2008 que concluyó con su muerte pocos días después, y a mis recuerdos de infancia acude el recuerdo del también sevillista Pedro Berruezo que cayó fulminado en enero de 1973 cuando disputaba un encuentro con su equipo en el viejo estadio pontevedrés de Pasarón. En el fútbol mundial también ha habido casos parecidos, entre otros el paraguayo José Roberto Rodás, el ruso Sergei Perjun, el camerunés Marc-Vivien Foé, el húngaro Miklos Feher y el brasileño Serginho.

Jarque era un defensa central formidable; con una buena planta, dominador del juego aéreo y que sabía salir con el balón jugado y la mirada al frente, señal inequívoca de calidad futbolística. Jarque ya llevaba siete temporadas en primera división y aunque no había sido internacional tenía capacidad suficiente para jugar al máximo nivel con la roja. Cuando en esas elucubraciones a las que somos tan aficionados los hinchas del fútbol me he planteado los fichajes que me gustaría hiciera el Real Zaragoza, muchas veces he tenido en cuenta al malogrado jugador.

Los futbolistas que, aunque algunas veces parezcan unos niñatos egoístas y superficiales, son humanos manifiestan su dolor, su consternación; no hay más que ver los telediarios, escuchar las gacetas deportivas de la radio o bucear por internet para comprobar miles de manifestaciones de dolor y solidaridad. El minuto de silencio que, por ejemplo, se guardó ayer al comenzar el 2º tiempo en el Trofeo Colombino de Huelva y que presencié en directo, fue estremecedor. También es cierto que, como suele ocurrir en casos como éste, hemos escuchado demasiados tópicos, alguna cursilada y comentarios en exceso "políticamente correctos", pero me quedo con el dolor sincero y la solidaridad honesta de la gente de a pié.

Cuando, como en este caso, se produce el fallecimiento de un hombre célebre, joven y en pleno éxito podemos hacernos muchas consideraciones negativas, pero junto a ese dolor de quienes le querían y esa ausencia que no se puede evitar, es posible que no esté de más recordar que Dios siempre sabe más y que la muerte, tarde o temprano, es compañera de viaje.


Foto: elpais.com.

4 comentarios:

Sunsi dijo...

La muerte súbita...Es una incógnita, Modestino. Humanamente no la podemos despejar. Ese día, esa hora, en ese momento... Y no encuentras respuesta. Me lo decía mi hermano ayer... Un abogado muy amigo suyo con el que solía comer con frecuencia ... lo mismo. Desplomado...hace apenas dos semanas.

No sé tú...Yo, en estas circunstancias, me da por pensar cuáles son los mínimos para seguir "el viaje" ligera "de equipaje", como decía Machado. Tantas cosas que crees que son vitales, importantísimas... y luego te pones a contar y no llegan a los dedos de una mano.

También es inevitable hacer balance.Cuánto de bueno hay, de verdad, para poder cerrar los ojos con paz en ese traspaso. Dios sabe por qué elige ese momento y no otro... Aunque nos cuesta creer que ese momento es el mejor.

Un saludo y gracias por el post.

Modestino dijo...

Creo que hay que asumir que la muerte es una realidad que vendrá tarde o temprano. A mí me impone y mucho, pero intento no caer en el error que veo en muchos que es no planteársela.

Tommy dijo...

¿Y qué hay de la iniciativa de no pocos españolistas para que el nuevo estadio reciba el nombre del finado? Claro que, teniendo en cuenta su ubicación, también podría llamarse estadio del quinto pino (o del quinto... lo otro).

Modestino dijo...

Se trata de una iniciativa movida por el dolor y por el cariño, pero no se sí es lo más oportuno.
Yo recuerdo con nostalgia el viejo campo de la carretera de Sarriá, por donde pasé muchas veces camino de la Facultad de Derecho de Barcelona. Montjuich ha sido un auténtico destierro para los periquitos.