Estoy terminando de leer "La marcha Radetzky", la ópera prima de Joseph Roth y un magnífico y demoledor dibujo de la decadencia del Imperio Austro-húngaro; en dicha novela, de la que no tardaré en hablar extensamente, se nos muestra a unos personajes que sobreviven en medio de ese declive, inconscientes del mismo y aferrados a una vida y unos usos caducos e insalvables, erradamente convencidos de que nunca pasa nada y ajenos al drama que se les viene encima. A mí esa situación me ha recordado a la Europa actual y, más en concreto, en cuanto es algo que contemplo en vivo y en directo, a nuestro país. Cada vez estoy más seguro de que estamos viviendo el final de una época, de que muchas de las cosas que hasta ahora nos parecían intocables no sólo han comenzado a desestabilizarse, sino que están muy cerca de derrumbarse definitivamente. Hasta hace bien poco instituciones como la Monarquía, la democracia parlamentaria o el sistema financiero las considerábamos indiscutibles, andábamos por la vida seguros de vivir en el lugar ideal y de estar firmes y arraigados en la zona próspera del planeta. Ha bastado una crisis económica de dimensiones llamativas para que todo haya entrado en zozobra, la duda se haya instalado en el ambiente y seamos cada vez más conscientes de que la tierra que pisamos no es firme sino inclinada y pantanosa. Y pienso que el gran problema no es precisamente tal crisis, sino la ausencia de soportes morales que nos hace incapaces de reaccionar y nos somete frecuentemente a un miedo al futuro derivado de la contemplación de la fragilidad de lo que entendíamos sólido.Mi generación, como las posteriores, ha vivido siempre envuelta en la comodidad y la ausencia de problemas importantes; las guerras las hemos vivido de lejos y, con mayor o menor holgura, la inmensa mayoría hemos tenido siempre las judías en el plato, la enseñanza accesible, la playa cercana y la televisión puesta. Quienes como yo nacimos avanzada la década de los 50 vivimos casi todos una infancia feliz, ajenos primero a las veleidades políticas y expectantes e interesados después en los sucesivos eventos que trajeron consigo la transición democrática y tantos acontecimientos de todo tipo ocurridos en nuestra historia reciente. Por eso nos puede suceder que empiecen a flaquearnos las piernas cuando llegan los tiempos de la inquietud y los sudores fríos, y es que en el fondo nos entra el miedo a perder privilegios, a que la vida ya no sea tan cómoda y a que lo que hasta ahora parecían argumentos demoledores e irrefutables ya no lo sean tanto. Pero me temo que estamos ya en el punto de no retorno y ya no cabe recurrir a nuestra posición, a nuestros logros y a nuestros derechos adquiridos, porque cada vez se cuestiona más casi todo y nos acercamos a una época nueva, radicalmente distinta a la vivida hasta ahora, esa forma de vida que nos parecía la única válida. El problema está, desde mi punto de vista, en el peligro de que el cambio llegue con la fuerza de una riada que asola por donde pasa mientras se han evaporado los principios morales sólidos y no aparecen líderes válidos y creíbles para enarbolar su bandera.
Yo soy más bien cobarde y poco amigo de que cambien las cosas, pero no puedo negar que detrás de eso se esconde ese egoísmo tan propio de la naturaleza humana; por eso me voy haciendo a la idea de que muy posiblemente nos toque comenzar a vivir de maneras muy distintas a las que hemos conocido hasta ahora y que más vale agarrarse a la fe, que en el fondo es lo que nos tiene que sostener pues no se si Dios andará contento de nosotros, pero más vale que contemos con El, que vienen curvas.















