8 de febrero de 2013

Cariños artificiales


Hay cariños tan evidentes como indiscutibles, casi innatos: el que da la maternidad o la paternidad, también en ocasiones el conyugal, el que tiene su causa en una amistad profunda; son afectos que reunen esas condiciones de incondicional, pleno e irreductible que lo hacen fuerte, a la vez que fortalecen también la relación en cuestión; son cariños que perduran, aunque aparezca la distancia o transcurra el tiempo, que sobreviven incluso a la muerte, ese final de la vida que algunos pensamos que no es más que el principio de todo. Y también hay ocasiones en las que sin sentirlo, incluso en ausencia de cualquier tipo de empatía, las circunstancias te obligan a fingirlo, a mostrar una cordialidad que no sientes interiormente, pero no se trata de una actitud necesariamente criticable pues así lo exige con frecuencia el protocolo, las relaciones sociales o la paz familiar o profesional.

Pero también hay cariños que engañan, por ejemplo los que son interesados; se trata de cariños que duran tanto cuanto dura ese interés oculto, la vigencia del puesto relevante de quien lo recibe o el cumplimiento o incumplimiento de una pretensión concreta. Y también hay cariños oficiales, cordialidades aparentes y sonrisas "Profidén", la de quienes adornan su cara con una sonrisa de la misma manera que se calzan los zapatos, se hacen el nudo de la corbata o se rodean el cuello con un collar de perlas. Yo siempre he tenido conciencia de ser algo ingenuo, aunque haya quien piense que no es así, por eso he caído bastantes veces en el error de considerar que todo el que te sonríe, te da una palmada en la espalda o te paga el café es porque te aprecia, y con los años uno termina comprobando que no es así, que ni siquiera la intensidad del cariño es proporcional a la parafernalia exterior. Recuerdo un sujeto que pululaba por las alturas de una importante institución catalana, alguien cuya sonrisa y cuyo mando me impresionaban, que me trataba con esa paternal actitud que uno un día comprende por fin que no es real, entre otras cosas porque no es ni natural ni sencilla. Existen, no tengo ninguna duda, afectos meramente decorativos, frecuentemente fruto de la displicencia, de ese mirar por encima del hombro de quien cree tener la exclusiva de las virtudes e incluso a veces te mira como quien dice: "ese muchacho ...", porque lo de muchacho lo he escuchado bastantes veces, sin cabar de ver precisamente trigo limpio en quien lo usaba.

Cuando se comienza a peinar canas -o sencillamente a no peinar nada- se tiene el peligro de caer en el escepticismo, en mirar todo con el cristal de quien está de vuelta, y es sin duda un error. Afortunadamente el planeta, incluida la concreta ciudad donde vives, está llena de personajes a los que descubrir, de hombres y mujeres buenos y que no tienen aristas. Pero esos años cargados a las espaldas, tantos que ya comienza a quedar lejano el ecuador de la vida, te enseñan a no fiarte de cualquiera, a ofrecer tu confianza y tu amistad no a quien lo pretende, sino al que entiendes lo merece. La caridad no tiene límites, no cabe tratar mal a nadie, pero que quede claro que uno elige a sus amigos, que la empatía existe.

7 de febrero de 2013

Aquellas tortas con apellido


Con el azúcar disparado, los desayunos han perdido casi todo su encanto; hace tiempo que me he resignado a la sacarina, el jamón de york y las galletas Fontaneda -nunca más de dos- y en mi vida ha desaparecido el incentivo de los cakes, las madalenas, los brioches y las tortas "mulliditas", ... a no ser que viole las reglas impuestas por mi endocrino, quien monta justificadamente en cólera si los resultados del "vampiro" reflejan que no me he portado bien. Hay que asumirlo como una de tantas limitaciones que las goteras del cuerpo provocan con el paso de los años. Y es que desde mi más tierna infancia he tenido notable debilidad por todo tipo de bollería. Y en mi Zaragoza natal -que no olvide nadie mis orígenes- tenían gran predicamento las Tortas de Muel, un producto de la época con forma redondeada y un aspecto exterior como de moño, de hecho en algún sitio he leído que las llaman "tortas de moño".

Se trataba de unos dulces bien sencillos, sin ninguna "virguería" y con la simple combinación de la harina, el azucar y el tostado del horno. Eran de esas en las que la miga es abundante y como reconcentrada, tanto que al mojarlas en el café con leche uno tiene la impresión de que el pedazo introducido va a chupar todo el contenido de la taza. Se podían untar con mantequilla y mermelada, incluso con "Nocilla", siendo igualmente aptas para combinarlas con el chocolate "hecho", con o sin nata al estilo vienés. La verdad es que no parece que las tortas de Muel hayan llegado a nuestros días con plenitud de fama y prestigio, pues me ha costado mucho encontrar algo sobre ellas en internet, pero dejo constancia de que al menos en su momento cumplían muy bien a la hora de satisfacer los caprichos de mis desayunos en mi época estudiantil. Existen otras tortas con denominación de origen, como las de Ayerbe, Calatayud, Olite, ... pero tiempo habrá de extenderse por la geografía "torteril española".

6 de febrero de 2013

Ese plumier ...


¿Quién no ha tenido un plumier?, de esos de madera, con tapa corrida y forma rectangular ... Mis primeros recuerdos escolares van unidos intimamente a objetos como éste, a batas de rayas, a pupitres de madera gastada, con agujero para el tintero -aunque no hubiera tintero- y alineados por parejas, con banqueta unida a la estructura, a cartillas de aprender a leer, cuadernos unidos por una ridícula grapa y tablas de sumar, restar y multiplicar, a lecturas en corro, mapas rancios colgados de la pared, láminas religiosas y pizarras trabajadas con el tiempo, con el "repelús" de la tizas y esos borradores deshilachados que incluso podían servir de advertencia lejana. Un plumier lleno de lapices de colores, que adquirían certificado de calidad cuando conseguías que te compraran unos "Alpino", y con un lapicero color "madera", chupado hasta el éxtasis, una goma de borrar que iba perdiendo brillo y forma y un sacapuntas de plástico que no siempre sabías usar con tino. ¿Quién puede regatear a la nostalgia de esos días "de diario", con zapatos "Gorila", cartera de plástico y el bollo y la chocolatina de la panadería de al lado? ... ¡qué deprisa pasaron esos tiempos!, a veces me parece que vivíamos como si siempre fuera a ser todo así, ingenuos, confiados, ajenos a la malicia, a la codicia y cualquier otro egoísmo distinto del propio: inofensivo y fácilmente superado.

A mí los primeros años escolares me mueven al agradecimiento, a esas personas que se esforzaron por enseñarme los rudimentos y algo más, a quienes tuvieron paciencia con mis simplezas infantiles y mis torpezas iniciales. Ahora hay quien le gusta hablar de traumas, de frustraciones, de infancias sumisas y represaliadas, e imagino que las debió haber, pero a mí ese pasado me suena a música celestial, a bondad, a calor de hogar, ecos de amistad y afán de enseñar bien y aprender mucho.

5 de febrero de 2013

Paul Gascoigne en picado

"El lamentable estado del futbolista en un acto en Northampton alarma a su agente: «Su vida está en peligro porque es alcohólico»"

Paul Gascoigne fue uno de esos futbolistas que parecían tocados por la mano de Dios: un auténtico genio; desde 1984 a 1992 su juego destacaba un fin de semana tras otro en la "Premier league", primero en el club donde se formó, el Newcastle United y posteriormente en el Tottenham Hotspur, uno de los tres grandes equipos de Londres junto a Chelsea y Ársenal. Gascoigne era un centrocampista elegante, de los que tienen buena visión de juego, un magnífico toque, gran regate y con una innata capacidad para conducir el balón, si a eso añadimos que sabía defender y marcaba unos cuantos goles, no aparecen dudas de que se trataba de un futbolista completo, un jugador llamado a ser santo y seña del fútbol inglés como en su día lo pudieron ser Stanley Matthews, Bobby Moore, Bobby Charlton o Kevin Keegan. Pero, por encima de sus enormes cualidades futbolísticas, Gascoigne tenía ese saber hacer, ese dominio de la escena futbolística, esa capacidad de brillar individualmente sobre el césped que está reservada a las figuras. Tras su paso por los "Spurs", Gascoigne se fue a Italia, jugando en uno de los grandes del "Calcio", la Lazio, un club que aparece y desaparece históricamente en la galaxia superior de la primera división italiana y donde el inglés no cuajó conforme a lo esperado, jugando allí dos años, tras los que regresó a las islas britániocas; allí inició un largo peregrinaje por el Glasgow Rangers escocés, el Middlesburgh, el Everton, el Brunley y el Boston, con una pequeña experiencia en el fútbol chino al fichar por el Gansu Tianma. El gran problema del jugador nacido en la localidad de Gateshead siempre fue su carácter díscolo y libertino, lo que unido a los frecuentes problemas con el alcohol, cada vez más graves, le llevaron a tener frecuentes incidentes en los entrenamientos y partidos , así comoy a convertirse en un habitual de la noche y de los conflictos: detenciones, borracheras, peleas, ... Así, Gascoigne pasó de ser uno de los jugadores "VIP" del mundo a convertirse en un personaje difícil, un futbolista irregular y un deportista frustrante.

La noticia que encabeza el hilo tiene origen en unas recientes declaraciones realizadas por el agente del futbolista, Terry Baker, quien incapaz de conseguir que el Gascoigne se deje ayudar, realiza un llamamiento desesperado pidiendo ayuda para un hombre que parece ir voluntariamente camino de la perdición y es incapaz de dejarse echar una mano. Era de esperar que el jugador inglés llegara a estos límites, pero no por ello resulta menos triste y digno de compasión. Gascoigne se une así a la larga lista de futbolistas convertidos en juguetes rotos, tal y como cabría definir casos como los del brasileño Garrincha, el alemán Libuda, el norirlandés George Best o el propio Diego Armando Maradona. La vida del futbolista suele ser corta, y en los tiempos actuales, por mucho que se tengan unas cualidades excepcionales, quien no se cuida ni triunfa en activo ni sobrevive dignamente una vez retirado. Esperemos que la buena voluntad de quien corresponda sea capaz de echar una mano a Paul Gascoigne y que, por una vez, un asunto de éstos termine medianamente bien.

4 de febrero de 2013

El reloj averiado


Encontré la frase de modo casual hace un par de días en internet y me llamó poderosamente la atención: "Incluso un reloj estropeado no lo hace todo mal: da la buena hora dos veces al día". La afirmación es, sin duda alguna, bien positiva, un ocurrente comentario que de inmediato nos mueve a pensar que nunca hemos de negarle a nadie la posibilidad de que algo de lo que lleva a cabo lo haga bien, es decir y dicho de otra manera, incluso el más villano o el más inútil de los seres humanos es capaz de ofrecer algo bueno de su interior. Y la idea llega en momento oportuno, pues ando en tiempos de esos en los que cuesta confiar en la bondad y, sobre todo, en la buena intención de mucha gente. Curiosamente, no puedo omitir la fuente, la "frasecita" la descubrí en la página de Facebook de un movimiento anarquista, un tipo de rincones que no suelo, precisamente, frecuentar.

Tal vez caemos con frecuencia en el error de etiquetar al personal, o, lo que viene a ser lo mismo, no somos capaces de evitar que a la hora de juzgar a la gente lo hagamos con ideas preconcebidas; y así a algunos les pueden predisponer contra alguien unas rastas, un pendiente, una vestimenta étnica, sus militancias o una forma concreta de expresarse, de la misma manera que "a sensu contrario" se puede mirar con encono al "pijo" de turno por un jersey color pastel, unos zapatos de marca o unos vaqueros modelo "snob americano". No es raro que se trate de rechazos frontales, de esos que tienden a radicalizarse, a convertirse en una especie de enmienda a la totalidad; y así unos y otros, recíprocamente, consideran al otro inarreglable e irredimible. Y es que puede que andemos en tierra de excesivos prejuicios, de valoraciones "a priori", de incapacidad para juzgar con sentido positivo. Así, cuando vemos un reloj averiado ya pensamos en tirarlo, nos parece un aparato inútil, un objeto que sobra ... y nos falta imaginación para darnos cuenta de que puede ser decorativo, tener valor histórico, recordarnos a una persona querida, un suceso agradable o una época añorada, ... y mil cosas más, y posiblemente, mucho más que imaginación nos falta capacidad de cariño y visión positiva de la vida.

La frase en cuestión nos puede llevar a mayores profundidades, y es que un reloj roto, de cualquier manera, es eso: un reloj que no sirve a su fin, y valorar que hasta un reloj estropeado es útil para dar bien la hora en dos ocasiones al día exige un esfuerzo: de comprensión, de renuncia a opiniones preconcebidas, de rendir la opinión ... Y eso es lo que son unas cuantas de las personas que nos encontramos por la vida: relojes rotos, porque se han dado a la droga o a la bebida, porque existen fundadas razones para incluirlos en la nómina de los sinvergüenzas, o tantas otras circunstancias: no han trabajado en exceso, el matrimonio no les ha ido bien, han terminado en la cárcel, no conocemos que se hayan portado bien con nadie, son unos psicópatas, ... Lo cierto es que a pesar de todo, hemos de saber descubrir lo bueno que queda en tanto reloj roto.


2 de febrero de 2013

"Schweppes" y el diseño

Desde siempre cuando se habla de tónica uno piensa en "Schweppes"; a lo largo de los años han ido apareciendo otras marcas que pretendían hacerle sombra como "Finley", la tónica que sacó "Coca-cola" en los años 70 y que perduró durante bastante tiempo, incluso sacando una versión mixta con naranja en la que invirtieron bastante dinero en publicidad; recientemente la propia "Coca-cola" inició una agresiva campaña para lanzar "Nordic mixt", una nueva tónica con la que los de la multinacional americana invitaban a los consumidores a ser infiel. Cuentan incluso que a los propietarios de los establecimientos hosteleros se les exigía adquirir "Nordic mixt" si querían ser provistos de la bebida de cola; a pesar de tanto impulso, parece que el experimento no tuvo éxito y el público siguió fiel a "Tónica Schweppes". También recuerdo otra marca, "Daily-Tónic", que hace unos cuarenta y tantos años lanzó una tónica embotellada en un envase pequeño y ancho que supuso cierta competencia a "Schweppes", acentuada con una campaña publicitaria imaginativa y divertida que protagonizaban nada menos que Tip y Coll. Pero "Daily" también terminó desapareciendo y dejando el monopolio a la de siempre. En los últimos años ha llegado la sofisticación al mundo de la tónica y entre expertos y sibaritas se conocen un buen numero dem marcas de tónica distintas: "Elderflower", "Original mint", "Broker's", "Feever tree", Indi & Co", ... de manera que hay establecimientos que incluso tienen a disposición de los clientes "cartas de tónicas".

Pero para quienes peinamos canas y hemos tenido una educación con injerencias de los anuncios de la tele, la tónica por naturaleza será siempre "Schweppes". Eso sí, los directivos de la empresa han debido pensar que tanta competencia exige una reacción y hace unos meses descubrí que ha desaparecido el botellín de siempre y ahora el producto viene presentado en uno de diseño, con la base abombada, el cristal traslúcido y nos ofrecen hasta cuatro tipos de tónica: "Azahar & lavanda", "Pimienta rosa", "Ginger & Cardamomo" y la de siempre, a la que cabe añadir la light e imagino que alguna más que ahora desconozco ... casi nada. Y es lógico, porque el que no se actualiza se queda rezagado, pero uno no puede evitar echar de menos su tónica de siempre.


1 de febrero de 2013

Trucos para ser feliz

La felicidad es una vieja aspiración del hombre: ¿quién no quiere ser feliz?; el problema está en que no todos lo consiguen y, cuando con mayor o menor intensidad se alcanza, la felicidad no es siempre completa. Podríamos entrar en grandes profundidades a la hora de filosofar sobre la verdadera felicidad, y hablar de cuestiones tan importantes y serias como el deseo de encontrar la verdad, la entrega generosa a los demás, el descubrimiento del valor y el sentido del dolor, la enfermedad y la muerte, la búsqueda de Dios o la conciencia de lo mucho que éste nos quiere. Pero no es ésto lo que pretendo; a estas alturas de la vida no tengo ninguna duda de que solamente la buena relación con el Creador nos puede hacer felices, con esa felicidad intensa y sin matices que es la auténtica, ausente de los espejuelos y fuegos de artificio que a veces la convierten en tan aparente como falsa. Pero junto a consideraciones de calado -¡qué poco me gusta este término!, pero ahora no se me ocurre otro- uno va aprendiendo determinados trucos a los que puede recurrir para llegar a esa paz interior que otorga la capacidad de sentirse feliz; son como una especie de secretos cuya fuente no se si encontrarla en una especie de recurso de autodefensa o en la simple experiencia de la vida.

Pienso en primer lugar que ser feliz tiene mucho que ver con aprender a vivir cara a los demás; no hay nada que enrancie más que la indiferencia; no seremos felices si no nos importa lo que le pasa al vecino, si pasamos de largo ante los problemas ajenos, si vivimos asumiendo lemas tan escuchados como ese de que "el que venga atrás que arree". No está de más pararnos alguna vez a preguntarnos cómo andamos de sensibilidad ante la enfermedad de familiares, amigos y conocidos, ante los dramas y desgracias de los desconocidos, el hambre en el tercer mundo, el paro en el nuestro o el maltrato a las mujeres y a los niños, ... entre otras muchas cosas. Son de admirar aquellas personas que, impulsados por razones diversas, dedican parte o toda su vida a intentar paliar los sufrimientos del prójimo; me temo que la sociedad en que vivimos nos ha vuelto tan excesivamente individualistas que hemos acabado haciendo algo de "callo" en neustra alma y quizá necesitemos que nos inyecten fuego en el corazón. Paradójicamente, también es posible que nuestra felicidad interior, nuestra satisfacción vital se incremente conforme nos preocupe más la de los otros. Conozco gente que dedica parte de sus ratos libres a ayudar en centros de discapacitados mentales, a entretener a ancianos ingresados en residencias o a ayudar a dar de comer o facilitar ropa a personas necesitadas, cosas que generalmente realizan, por cierto, sin tocar la campana, sin ponerse medallas y sin buscar dar lecciones a nadie.

Para ser feliz hay que tener también alguna vía de escape, alguna afición, costumbre o recurso que nos sirva para airearnos, desahogarnos y encontrar aire fresco. Y cuando hablo de aire fresco no me refiero exclusivamente a la montaña, que uno conoce personajes que piensan que el del Pirineo es el único camino de la alegría: es muy bonito -sobre todo el aragonés-, pero en ocasiones uno cree hallarse ante gente con plus de orejeras. De vez en cuando necesitamos nuestro rincón privado, el lugar donde reposar tensiones, casi un escondrijo; y no existen recetas únicas, que hay quienes se creen en posesión de la solución de todos los problemas y no se dan cuenta que no todos somos iguales ... afortunadamente. Jugar al mus o al guiñote, dormir un rato en un sillón orejero, callejear, escaparse a ver una puesta de sol, observar los movimientos de los animales, hablar sobre arte, historia o novela negra, compartir un cubata, un whisqui o un gin-tonic en un ambiente cálido, ... No hace falta irse de viaje a Punta Cana, ni hacer un safari ni conquistar el Himalaya en pleno para disfrutar de la vida, tampoco una semana de esquí en las Montañas Rocosas del Canadá, ... ni siquiera "atiborrarse" de electrodomésticos en Andorra. Y esto tiene mucha relación, pienso, con una actividad tan sencilla como aprender a disfrutar de las pequeñas cosas de la vida, descubrir el encanto de esos momentos que unas veces son habituales y otras surgen inesperadamente. La familia, la amistad, el trabajo, las aficiones, ... nos aportan ocasiones para comprobar que la felicidad, frecuentemente, está mucho más a mano de lo que parece.

Y un último truco: ser flexible; espero no rozar la herejía ni el anatema si afirmo que de dogmas, los justos. Vivir en sociedad exige asumir que no todos andamos con idénticas convicciones, y sin renunciar a ellas -faltaría más- nos vendrá bien ejercer lo que algunos cursis llaman transversalidad. Seguro que nos ahorramos muchos berrinches si asumimos las ideas y las formas de los demás, si tenemos esa capacidad de comprender y ni le damos importancia a detalles que a lo mejor no la tienen en la dimensión que pensamos, ni pretendemos imponer criterios u opiniones, ni caminamos como si nos llevaran en una metafórica silla gestatoria, mirando por encima a todo y a todos, sin ver el suelo, algo tan útil para evitar lo que los aragoneses llamamos "tozolones". Y que nadie piense que hago un elogio del relativismo, porque creo que existe la verdad, lo que pasa es que ésta se ciñe a lo esencial y no cabe extenderla más de sus límites, y me parece que no es malo sino relativizar, si desdramatizar. Los años nos deberían ayudar a, paralelamente a la inevitable pérdida de flexibilidad física, crecer en la de la mente.