9 de enero de 2013

Un actor muy particular


El 23 de octubre de 1984 fallecía en un hotel de la localidad alemana de Marburg an der Lahn el actor austriaco Oskar Werner; un infarto ponía fin a la edad de 61 años a la vida de este actor de carrera irregular y de personalidad bien acusada. Al parecer las depresiones y la excesiva afición al alcohol tuvieron bastante que ver tanto con su temprana muerte como con sus largas épocas de inactividad cinematográfica. Recuerdo perfectamente la noticia de la muerte de Werner, y en concreto un laudatorio artículo de La Vanguardia en el que se hablaba del actor nacido en Viena con devoción, sin ahorrarle halagos. Para mí fue un descubrimiento, pues su nombre no me sonaba, pero al ver su foto comprendí que había visto alguna película suya. Recientemente vi un episodio de la vieja serie "Colombo" en el que a Werner le correspondía el papel de sofisticado asesino de su suegra, algo que devolvió a mi memoria a este hombre rubio, de ojos vivos y aspecto "interesante".

La primera vez que vi un film de Oskar Werner fue en 1970, cuando asistí en el viejo Cine Dorado de Zaragoza a la proyección de "Las sandalias del pescador" (1968), una película que, basada en una famosa novela de Morris West, dirigió Michael Anderson con un reparto notable: Anthony Quinn, Lawrence Olivier, Vittorio de Sica y David Jansen, entre otros; la película gira en torno a Kiril Lakota, un obispo ucraniano que termina siendo coronado Papa con el nombre de Cirilo I y a Werner le corresponde el papel del Padre David Telemond, un sacerdote que mantiene tesis heterodoxas sobre la fe católica y que está siendo sometido a un proceso canónico por el Santo Oficio, un personaje en el que muchos quisieron ver la figura del teólogo francés Teilhard de Chardin. Una película interesante y amena en la que el papel del actor austriaco no pasa, ni mucho menos, desapercibido.

Al leer la noticia de su óbito, descubrí que había visto una segunda película protagonizada por él: "El viaje de los malditos" (1976), uno de esos dramas de judíos en la época nazi que dirigió Stuart Rosenberg con otro reparto estelar: Max Von Sydow, Faye Dunaway, James Mason, Malcolm McDowell, Lee Grant, Orson Welles, Ben Gazzara, José Ferrer, Fernando Rey, ... Werner encarnaba a Egon Kreisler, un sofisticado y aristocrático profesor de origen judío que forma parte con su esposa, Faye Dunaway, del pasaje de un barco que deporta judíos a Cuba. El film es un dramón de "aquí te espero" y Oskar Werner desempeña uno de los papeles más lucidos del film, aunque fue Lee Grant quien terminó siendo nominada al Oscar. Lo curioso del caso es que, entre mi ignorancia cinematográfica y mi notable incapacidad para fijar parecidos, hasta la muerte del actor pensé que quien hacía el papel de Kreisler era Anthony Hopkins ... que nadie me pregunte las razones de la confusión, pues queda claro que ambos actores no se parecen precisamente demasiado.

Pero repasando la biografía de Oskar Werner se descubre que probablemente los momentos más importantes de su carrera tienen bastante que ver con François Truffaut, posiblemente el más importante y genuino representante del movimiento llamado la "nouvelle vague". Dos de las películas más representativas de Truffaut tienen a Werner como uno de los protagonistas principales. "Jules et Jim" (1962) fue una película de culto que convirtió al austriaco en un intérprete de proyección internacional; compartiendo cartel con una actriz tan interesante y enigmática como Jeanne Moreau y con Henri Serre, formaron los tres un triángulo amoroso y el film se convirtió en auténtico icono del cine europeo. La historia se desarrolla antes, durante y después de la I Guerra Mundial, está basada en un libro de Henri-Pierre Roché y al parecer relata hechos reales, pues los personajes existieron en la realidad.

La otra película en la que Werner trabajó para Truffaut fue todo un mito del momento: "Fahrenheit 451" (1966), una especie de ciencia ficción británica en la que alternaba con otra artista singular -y excelente, por cierto- como Julie Christie, ganadora de un Oscar por "Darling" (1965) y candidata a otros tres más. La película sitúa la acción en 1990, entonces un futuro más bien lejano, cuando la tarea de los bomberos ya no es apagar fuegos sino quemar libros: toda una idea tan atractiva como tremenda. Werner desempeñó el papel del bombero Montag y el rodaje supuso su distanciamiento total de Truffaut, con quien mantuvo graves disparidades en torno al guión, llegando al final de aquél a sabotear algunas escenas, hecho que supuso el fin de una larga amistad y el que no volvieran a trabajar juntos. La película también se fundamenta en una novela de éxito escrita por Ray Bradbury.

Otras dos películas importantes de Werner fueron "El barco de los locos" (1965), de Stanley Kramer, en la que actúa junto a Vivien Leigh, Simone Signoret, José Ferrer y Lee Marvin y donde encarna al médico de un barco de pasajeros alemán que parte de Veracruz con destino al puerto de Bremerhaven, en la República de Weimar y "El espía que surgió del frío" (1965), de Martin Ritt, basada en la novela de John Le Carré y en la que mantuvo un memorable duelo interpretativo con Richard Burton. "El traidor" (1951), un film menor de Anatole Litvak, en el que trabajó con Richard Basehart y Gary Merrill e "Interludio de amor" (1968), un drama dirigido por Kevin Billington en el que representa el papel de director de orquesta son otras dos películas reseñables del actor. Queda dicho que su carrera fue corta y su personalidad compleja, como lo demuestra que en la puerta de su casa llegara a colocar un cartel que decía "Concedédme que os pida de no visitarme sin previo aviso", el que cancelara un contrato de siete años con la "20th Century Fox" al año de firmarlo y que se mostrara como un convencido pacifista, luchador contra los nacionalismos y contra el antisemitismo. Cuentan quienes le oyeron en versión original que poseía una voz peculiar, de aire casi hipnótico, modulada de forma suave y poética y con un ligero acento vienés.

8 de enero de 2013

¿Y eso de la excelencia?


Para quienes llegamos al uso de razón en los años 60 la palabra "excelencia" nos retroatrae a antiguos telediarios y retransmisiones, cuando David Cubedo y demás colegas hablaban de "Su excelencia el Jefe del Estado"; de esta manera el vocablo tiene connotaciones de desfiles, pantanos, discursos navideños y Consejos de Ministros en el Pardo o en el Pazo de Meirás. Pero esto no deja de ser episódico y, además, una broma; ahora se oye hablar de la excelencia desde puntos de vista distintos, tales como la búsqueda de la perfección, la autoexigencia o el afán de superarse cada día en el propio quehacer. Y esto es bueno, por supuesto ... ¿qué sería de la humanidad si Fleming, Madame Curie, Edison o Iohannes Gutemberg no hubieran luchado constante y concienzudamente por llegar a conseguir lo que consiguieron?. Quede constancia, por lo tanto, que me parece excelente el esfuerzo por hacer las cosas con la mayor perfección posible.

Lo que pasa es que cuando en según qué ocasiones y a según qué personas les oigo hablar de la búsqueda de la excelencia me empiezan a entrar los sudores fríos -incluso, a veces, la risa tonta- y no puedo evitar plantearme cuál es la subjetiva idea que de tal concepto tienen. Porque hay casos en los que al oír la palabra "excelencia" no puedes evitar caer en la tentación de poner en cuarentena lo que en pura apariencia es un buen deseo, una positiva intención, pero que en pura realidad esconde la vanidad de quien la usa, algún complejo interior o la simple visión cuadriculada o maniática de la vida, que de todo hay en la viña del Señor. Los años me han enseñado a no fiarme de quien "predica" de manera que las bondades que explica parece atribuírselas a su propio mérito, y dirigiéndose a ti desde arriba, como quien anima a llegar a una cima que él mismo hace ya tiempo ha superado. A mí me atraen más las personas capaces de rectificar, de reconocer un error, de disculparse, de buscar ejemplos lejos de sí mismo y de su entorno, independientemente de atracciones más o menos obsesivas por la excelencia o palabras sinónimas; o dicho de otra manera, intuyo que por esta vía se encuentran caminos más honestos hacia esa excelencia.

Los afanes de excelencia, que considero, insisto, naturalmente buenos, tienen otros peligros; uno de ellos es el perfeccionismo, ese afán por afinar hasta el detalle que deriva en obsesión y termina convirtiendo la virtud en manía. Dios nos libre de los chapuceros, pero también de quienes encuentran pegas a todo, de quienes no saben ni comprender yerros, ni ser flexibles ni funcionar sin receta, porque hay ocasiones en las que el afán de orden, la necesidad de cumplir al milímetro, la capacidad de descubrir fallos, ... roza la psicopatía. Y no es menor el peligro del voluntarismo, ese ritmo machacón de algunos que puede cansar tanto como el esfuerzo propio; salta a la vista que ha de educarse la voluntad, que no hay nada peor que fomentar la dejadez y el pasotismo, pero cuando te tropiezas con un "voluntarista", muy especialmente si no es excesivamente espabilado, puedes terminar con los nervios rotos. Todos hemos escuchado alguna vez eso de que "lo mejor es enemigo de lo bueno", no es mal lema, al menos de vez en cuando.


7 de enero de 2013

Los primos de Pepito Grillo

En las redes sociales han proliferado en estos días festivos una serie de referencias y comentarios de tono negativo y pesimista que, centrados en la actual crisis económica y las injustas diferencias entre países desarrollados y no desarrollados, parecían querer echar jarros de agua fría sobre el ciudadano que se disponía a celebrar con mayor o menor esplendidez las fiestas señaladas del momento. Bien está que seamos conscientes de que no todo el mundo lo pasa bien, que alguien nos recuerde que somos unos privilegiados si podemos almorzar, comer y cenar y que procuremos estar a la altura y aprender a vivir con sobriedad y sin dispendios desproporcionados cualquier celebración: me parece que bienvenida será la crisis si nos acostumbramos a ejercitar la mesura y a abandonar derroches y abusos que me temo andaban demasiado generalizados. Pero lo que no me parece bien es que nadie se atribuya la condición de conciencia del resto del personal, que nos pretendan dar lecciones gratuitas de manera general, sin matices ni distinciones. Cuando, por ejemplo, me enseñan la foto de un niño africano desnutrido, siento que el corazón se me encoge y me mueve a pensamientos de dolor y también de deseo de enmienda, pero ni me siento especialmente culpable ni por ello voy a dejar de tomarme el ternasco de la comida de Navidad, si es que lo hay ni si procede, una reconfortante copa de licor. Y eso no quiere decir que no tenga conciencia, sino que pienso que todos tenemos derecho a que esa conciencia surja de la reflexión personal, de la conversación con aquellos a quienes quieres o de la propia confianza que ofrece la amistad, y no de quien, casi seguro que con buena intención, parece pretender hacer de Pepito Grillo y entrar en psicologías ajenas.

Muy frecuentemente he sentido removidas mi solidaridad y mi conciencia, pero esta reacción ha venido del ejemplo de muchas personas que, la mayoría de las veces movidos por sus convicciones y su fe, ha realizado acciones que incitan a la admiración y a la imitación. Pero también es cierto que tales acciones han estado casi siempre protagonizadas por la discreción, la elegancia y la búsqueda exclusiva del servicio y la ayuda hacia el prójimo, no por un afán de dar lecciones, evitando esa especie de exhibicionismo que, desde mi punto de vista, resta mérito a lo hecho. Tengo la impresión de que con frecuencia nos sobra indignación y nos falta reflexión; nos encanta descubrir entre nuestros conciudadanos personajes insolidarios, fríos y egoístas, algo que puede ser cierto en algunos casos, pero vete a saber si quien pasa con apariencia indiferente ante quien pide a las puertas del Mercadona está echando una mano a un hijo o yerno en el paro, colabora con el Banco de Alimentos, aporta buen dinero a una entidad benéfica o suelta algún billete gordo en el cepillo de la parroquia. Lo que pasa es que en ocasiones nos sobra algo de demagogia e incluso cierta capacidad de autocrítica, que lo que se trata es de ser felices y, por encima de ello, hacer que lo sean los demás, no de calentar conciencias ni de ponerse medallas.

5 de enero de 2013

La mejor selección polaca de la historia


El Campeonato del Mundo de Fútbol de 1974, celebrado en lo que entonces se llamaba Alemania Occidental, pasó a la historia por el triunfo final de la selección anfitriona, la Alemania de Beckenbauer, "Torpedo" Muller, Maier, Breitner, Overath y cía que, por cierto, las pasó canutas por el camino -derrota ante vecinos del Este incluida- y por la formidable aparición de la "naranja mecánica" holandesa, que con Michels y Johan Cruyff al mando, dio toda una lección de fútbol total, aunque al fin y a la postre ésta quedara sin premio. Pero no sería justo que el protagonismo de quienes terminaron disputando la gran final dejara en el olvido el magnífico papel desempeñado por la selección polaca, un conjunto que entrenaba Kazimierz Górski, un legendario ex-futbolista del Legia de Varsovia, y que después de 36 años fuera de las fases finales realizó un fútbol extraordinario y terminó obteniendo el tercer puesto.

A Polonia no le tocó un grupo fácil, pues además de la modestísima selección de Haití, auténtica cenicienta del grupo y a la que los polacos le endosaron un humillante 7-0, le tocó lidiar con dos clásicos del fútbol de selecciones: Italia y Argentina. Los transalpinos mantenían a varios de los subcampeones de Méjico-70 -Fachetti, Mazzola, Zoff, Rivera, Riva, Bonisegna, ...- amen de alguna nueva figura -Causio, Chinaglia, Capello, ...-, mientras los argentinos llevaron a Alemania un equipo con un centro del campo de ensueño: Babington, Wolff, Brindisi y una delantera eléctrica formada por el "Ratón" Ayala, Mario Kempes y Houseman; con este potencial en sus rivales los polacos no eran favoritos, aunque a la hora de la verdad se convirtieron en los mejores de un grupo en el que terminaron primeros. Polonia venció a Argentina por 3-2 en un encuentro que dominó siempre y en el que pudo haber endosado una goleada de escándalo a su rival, una selección anárquica en la que fallaron estrepitosamente sus veteranísimos defensas Sa y Perfumo. En el partido decisivo vencieron 2-1 a Italia, que solamente pudo marcar en el minuto 85 y terminó eliminada a las primeras de cambio; de nuevo Polonia fue una máquina y dominó siempre a unos italianos demasiado veteranos y poco imaginativos.

La selección polaca funcionaba como una máquina casi perfecta y el conjunto primaba sobre las individualidades; no obstante había dos jugadores que destacaban sobre el resto, dos auténticos "superclase": el volante y capitán Kazimierz Deyna y el goleador Grzegorz Lato. Deyna era un jugador excepcional, un centrocampista ubicado en la retaguardia del medio campo, pero que era capaz tanto de cortar el juego rival como de organizar el ataque polaco y rematar las jugadas, de hecho marcó tres tantos a lo largo del Mundial. Ver jugar a Deyna era un espectáculo: elegante con el balón en los pies, dominador del juego, con capacidad de hacer pases a 100 metros, de ver el compañero desmarcado y de serenar el juego cuando hacía falta y poseedor de un disparo notable. El capitán polaco tenía 26 años en el torneo alemán y su formidable rendimiento provocó que tuviera un buen número de ofertas de las mejores ligas europeas; pero en aquella época Polonia permanecía esclava del poder soviético y no era nada fácil que se permitiera a un futbolista salir del telón de acero; fue la gran desgracia de este jugador, que pudiendo formar parte del Bayern Múnich, Liverpool o Real Madrid tuvo que conformarse con continuar en el Legia de Varsovia. Solamente en 1978, ya con 31 años, se le permitió fichar por el Manchester City, si bien su periplo por la Premier League fue decepcionante: 40 partidos en tres temporadas, la oportunidad había llegado tarde para él. De Inglaterra fue a Estados Unidos, a un fútbol menor, donde jugó en un par de equipos de San Diego; por entonces los problemas económicos y el alcohol habían minado sus condiciones. El 1 de septiembre de 1989, cuando regresaba de entrenar a un grupo de niños, fallecía a los 41 años en un accidente de tráfico en San Diego; cuentan que el maletero de su coche se abrió a causa de la violencia del impacto, liberando decenas de pelotas de fútbol que rebotaron huérfanas en el asfalto.

Lato fue ante todo un goleador, un hombre que tenía esa especial habilidad para meter la pelota dentro que solamente poseen unos cuantos privilegiados; pero además tenía otras cualidades: era rápido, escurridizo, sabía llevar la pelota y no era nada torpe con el balón. En Alemania Grzegorz Lato marcó siete goles y fue el máximo goleador del torneo, además el extremo del Stal Mielec era de esos jugadores que tienen la virtud de marcar goles decisivos, de hecho los suyos fueron determinantes para el avance de la selección polaca en Alemania-84, culminando su actuación marcando el único tanto del encuentro para el tercer y cuarto puesto en el que Polonia arrebató el bronce al Brasil de Rivelinho, Jairzinho, Luiz Pereira, Dirceu, Leao, Leivinha, etc. Lato tuvo el mismo problema que Deyna, y no se le permitió salir al extranjero hasta que cumplió 30 años, si bien no militó en ningún equipo de campanillas, conformándose con jugar en el Lokeren belga, el Atlante mejicano y el Hamilton, un desconocido conjunto canadiense. Fue en dos ocasiones máximo goleador de la Liga polaca (1973 y 1975), marcando 111 goles en 272 partidos.

Había otros jugadores de primera fila en la selección polaca, comenzando por el portero Jan Tomaszewski, un meta de una planta espectacular -1,93 m.-, ágil y seguro, que en el Mundial alemán se hallaba en el momento más dulce de su carrera; Tomaszewski había jugado en el Legia, si bien la mayor parte de su carrera militó en el Lodz, llegando a jugar un año en el Hércules de Alicante aunque con poca fortuna. El centro de la defensa era de primer nivel con un gigante fornido, Jerzy Gorgon, del Górnik Zabrze, que imponía como central fijo y un defensa libre de gran clase, Władysław Żmuda, que jugaba en el Śląsk Wrocław, fue nombrado mejor jugador joven del torneo y llegó a disputar cuatro mundiales con Polonia; en los laterales los cubrían con acierto Antoni Szymanowski y Adam Musial, ambos del Wisła de Cracovia. Queda dicho que Deyna era el eje del equipo, pero contaba con dos interiores excelentes: Henryk Kasperczak, un jugador de técnica y fuerza que me recordaba mucho al entonces cerebro zaragocista Pablo García Castany y jugaba en el Stal Mielec y Zygmunt Maszczyk un jugador finísimo que militaba en el Ruch Chorzów. Los compañeros de Lato en la delantera eran también dos futbolistas extraordinarios; el ariete Andrzej Szarmach era un jugador espigado, con una melena y un bigote rubios que le caracterizaban y que poseía un magnífico remate de cabeza; Szarmach, que militaba en el Górnik Zabrze y jugaría posteriormente en el Auxerre francés, marcó cinco goles en la fase final del Mundial alemán. Mi debilidad era el extremo izquierda del Legia de Varsovia Robert Gadocha, a quien llamaban el "Garrincha polaco", un zurdo cerrado con un juego eléctrico, un disparo potente y un guante en la pierna izquierda; Gadocha se iría luego al Nantes y terminaría, como Zmuda y Deyna, jugando en el fútbol USA.

Durante una larga época Polonia siguió manteniendo su condición de selección puntera, incluso ocho años después, en el Mundial de España repitió el tercer puesto, pero nunca volvieron a deleitar como en Alemania.

4 de enero de 2013

Recuperar la frescura


Una vez pasada la barrera de la cincuentena, con más de media vida a cuestas, vas notando cómo los síntomas de la vejez comienzan a asomar; por supuesto que aún no eres un anciano, ni mucho menos, pero poco a poco van asentándose en el cuerpo -y en el alma- sensaciones que unos años antes ni te planteabas: hace tiempo que olvidaste lo que es dormir de un tirón, en mayor o menor medida acumulas secuelas más o menos graves en la salud, si un día comes más de la cuenta lo pagas con creces, en cuanto te descuidas caes en la impaciencia y el tedio antes situaciones que antes te divertían, hay estímulos antiguos que ahora te mueven a la ironía y el escepticismo y te empieza a cansar lo que antes te llevaba al entusiasmo. Es ley de vida y cada cual debe aprender a llevar tales situaciones con la mejor elegancia y decoro posibles, pero al mismo tiempo uno siente el deseo de que todo lo citado no termine convirtiéndote en un viejo gruñón, ni en un "enteradillo amargado", ni en un nostálgico de antiguos recuerdos generalmente edulcorados, es decir, necesitamos recuperar frescura, porque frecuentemente es cierto que uno no envejece por la edad sino por la actitud y nos conviene conservar el alma fresca.

No creo que haya recetas fijas, y cada cual tendremos que buscar la forma de revitalizar las arrugas del alma, pero pienso que hay dos planteamientos que están al alcance de cualquiera y tienen su atractivo. En primer lugar, me parece que es bueno intentar vivir manteniendo la ilusión ante las pequeñas cosas que nos ofrece la vida: una cena con los amigos, una partida de mus, un reencuentro con viejos conocidos, una película que en su día nos deslumbró, un libro recién publicado de un autor que nos gusta, o uno antiguo que nos apetece releer, un paseo a pie o en barco, un paisaje de montaña, una puesta de sol, el regreso a lugares donde vivimos hace muchos años, una colección recomenzada, un encuentro inesperado, un hallazgo evocador, una sonrisa bella y sincera de un niño, ... o de una mujer, ... es posible que el paso de los años haya desdibujado nuestra capacidad de asombro, gozo o esperanza y recuperarla puede ser la vitamina.

Por otra parte, no cabe duda de que buena parte de nuestras canas espirituales pueden pasar a ocupar papeles secundarios si encendemos en nuestro interior el deseo de ayudar al prójimo; en estos tiempos de crisis y desdichas no es experiencia poco grata el hallazgo de tanta gente que reacciona con la solidaridad: Cáritas, los Bancos de Alimentos, las asociaciones de ayuda, ... han aparecido como rocío escondido muchas personas dispuestas a gastar sus energías reparando en lo que pueden los que la crisis destroza. No tengo ninguna duda de que la solidaridad con los demás sirve de alivio no sólo a las carencias de quien está en situación precaria, sino al propio espíritu de quien ha decidido arremangarse y poner su granito de arena. Y en esas estamos, buscando la manera de recuperar la frescura.


3 de enero de 2013

Adios a un secundario de lujo


La pasada Nochebuena falleció en Manhattan a la edad de 89 años el actor Charles Durning, uno de esos grandes secundarios del cine norteamericano cuya cara suele ser más conocida que su nombre, gente con una calidad interpretativa a la altura de quienes figuran a la cabecera de los carteles de las películas que interpretan. Como notoria confirmación de lo que digo, debo confesar que al leer la noticia de su muerte, el nombre de Charles Durning simplemente me sonaba, pero nada más ver unas cuantas fotos suyas caí en la cuenta de que se trataba de un actor que había desempeñado papeles importantes en más de una de esas películas a las que pones la etiqueta de "favoritas". No obstante, como suele pasarme al escribir el obituario de los famosos, he descubierto una serie de facetas de la vida del "finado" que desconocía, fundamentalmente el hecho de que participó activamente en la 2ª Guerra Mundial, interviniendo en el Desembarco de Normandía y resultando herido en una de las batallas, el haber sido un consumado actor teatral y la circunstancia de que en el cine la gloria no le llegó hasta la edad de 50 años.

"El Golpe" (1973), la excepcional película de George Roy Hill que nos permitió contemplar un formidable duelo interpretativo entre Paul Newman y Robert Redford, fue el film que le lanzó a la fama; en el mismo dio vida a Lieutenant William Snyder, un policía corrupto que interpretó magistralmente con esa versatilidad que le hizo cosechar tanta gloria. Además de sus dos grandísimos protagonistas, "El Golpe" incorporaba a su reparto un muestrario de secundarios de primerísima fila, pues junto a Durning desfilaron nombres como Robert Shaw, Ray Walston, Eileen Brennan, Harold Gould, Dana Elcar, ... unos actores sin cuya presencia ni Redford ni Newman hubieran conseguido nada. Tras décadas de trabajo casi exclusivo en el teatro y notables dificultades para hacerlo en el cine, "El Golpe" se convirtió en la catapulta a partir de la cual Charles Durning trabajó sin descanso en la pantalla.

Un año después del film referido el actor fallecido cerró otro trabajo magnífico con "Primera plana" (1974), la réplica de Billy Wilder a "Luna nueva", una maravillosa comedia estrenada en 1940 por Howard Hawks; en "Primera plana" Durning complementaba a otra pareja de actores excepcional: Walter Matthau y Jack Lemmon, y daba vida a Murphy, uno de esos periodistas vociferantes y apalancados que pasan las horas bebiendo y jugando al póker en la sala de prensa de la cárcel de Chicago. El papel, bien distinto del anterior, le vuelve a venir como anillo al dedo al actor quien aporta su granito de arena, nada pequeño, al éxito de una comedia magnífica. Otros secundarios de oro como Alan Gardfield y Dick O'Neill comparten cartel con Durning.

La tercera película en la que recuerdo un gran papel de este actor se bastante posterior a las anteriores, se trata de "Tootsie" (1982), la célebre comedia de Sidney Pollack en la que que Dustin Hoffman da un recital haciendo de mujer y en la que además de Durning también aparecen en cartel nombres tan sólidos como Jessica Lange, Bill Murray y Geena Davis. Su papel de padre de Jessica Lange que se enamora torpe y equivocadamente del personaje que "falsifica" Hoffman es memorable, dentro de una película en la que Pollack consigue convertir en un acierto un tema que fácilmente podía derivar en otra cosa menos elegante. Charles Durning vuelve a demostrar que como se dice vulgarmente "vale tanto para un barrido como para un fregado".

He destacado tres películas porque son los tres recuerdos personales más firmes que tengo del actor, si bien no cabe olvidar que fue nominado en dos ocasiones al Oscar al mejor actor de reparto por sus papeles en dos films que no he llegado a ver: "La casa más divertida de Texas" (1982), una comedia en torno a un burdel de principios del siglo XX que protagonizan Burt Reynolds y Dolly Parton y la versión que dirigió Mel Brooks de "Ser o no ser" (1983). Pero Charles Durning aún me trae otros recuerdos, como su papel de capitán alemán en "Hindenburg" (1975), uno de esos films de catástrofes tan habituales en los 70, dirigida por Robert Wise y con George C. Scott y Anne Bancroft como cabeza de programa, o la del desaparecido senador Samuel Chapman en "El final de la cuenta atrás", ese film de ciencia ficción en plena 2ª Guerra Mundial que protagonizaron Kirk Douglas, Charlie Sheen y Katherine Ross y del que me había olvidado hasta hoy, en "Dick Tracy", ese héroe del cómic llevado al cine por Warren Beatty con un reparto estelar: el propio Beatty, Al Pacino, Dustin Hoffman, Paul Sorino, Madonna, Dick van Dycke o en dos películas de los Hermanos Coen: "El gran salto" (1994), junto a Tim Robbins, Jeniffer Jason leight y Paul Newman, donde borda en brevísimo papel de Waring Hudsucker, que se limita a aparecer, dar la nota y tirarse por el balcón y "O´Brother" (2000), una película en la que al principio me divertí mucho y al final me hice un lío y donde tiene un papel breve. Sin olvidar que también trabajó en "El genio del amor" (1994), un film en el que la presencia de Meg Ryan, Tim Robbins y Walter Matthau me llevó a engaño, pues la alquilé lleno de ilusión y terminó pareciéndome un pestiño.

No cabe olvidar la presencia de este actor en otras películas importantes, como "Tarde de perros" (1975), de Sidney Lumet, junto a Al Pacino y John Cazale, "Alerta misiles" (1977), de Robert Aldrich, con reparto clásico: Burt Lancaster, Richard Widmark, Joseph Cotten, "La furia" (1978), de Brian de Palma, "Confesiones verdaderas" (1981), de Ulu Grosbard, con Robert de Niro y Robert Duvall, "Detective con medias de seda" (1991), de Jeff Kanew, siendo coprotagonista junto a Kathleen Turner, "Un día inolvidable" (1996), de Michael Hoffman, junto a Michelle Pfeiffer y George Clooney, ... entre muchísimas otras, pues debe de ser uno de los actores que más ha trabajado en los últimos cuarenta años, amen de unas cuantas series de televisión. Un actor capaz de realizar todo tipo de papeles que ahora nos deja; descanse en paz.

2 de enero de 2013

Los últimos del año


He cerrado el año con cinco lecturas bien variopintas; en el ámbito de la novela policíaca han faltado los "clásicos" de la novela negra, de los que quedan unos cuantos pendientes, pero he vuelto a recurrir a una "habitual" que tenía abandonada, Mary Higgins Clark, además de dos muestras de la novela nórdica: la cuarta entrega de Harry Hole, el magnífico personaje creado por Jo Nesbo y mi primera !relación", que no será la última, con una nueva autora danesa, Inger Wolf. Empecé el mes teniendo en perspectiva a cuatro novedades de autores españoles de nivel: Cercás, Pérez-Reverte, Trapiello y Silva; comencé con la última novela de Javier Cercás, de la que esperaba más. El otro libro que ha caído ha sido un clásico, la historia del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde, cuya lectura confirma la necesidad de perseverar en la aventura de volver a siglos anteriores.

Hace ya bastante tiempo que me recomendaron las novelas policíacas de la escritora danesa Inger Wolf; como quien lo hizo tiene buena biblioteca y demostrada generosidad para el préstamo la recomendación vino acompañada de los dos primeros libros de la autora. A primeros de diciembre terminé "Un oscuro fin de verano", el relato con el que se estrenan los dos grandes protagonistas de la autora: el inspector de origen croata Daniel Trokic y la policía experta en informática Lisa Kornelius. Con el aluvión de novelas de intriga escandinavas uno termina seleccionando, por lo que, además de Mankell y Stieg Larsson, sólo considero "imprescindibles" Snojwall y Wahloo, Indridason y Nesbo, razón por la cual te vuelves exigente con cualquier otro. He de admitir que la primera entrega de Wolf ha pasado la prueba y me ha parecido una autora interesante que ha escrito una novela entretenida. El relato tiene su buena dosis de intriga y si bien ésta se desentraña unas cuantas páginas antes del final Inger Wolf consigue mantener la tensión con un desenlace en forma de thriller. La novela está construida con capítulos muy breves que la autora engarza bien y consigue que se lea con soltura y que no pierda el interés nunca. Ahora me queda devolver un libro que he tenido demasiado tiempo en la estantería y enfrentarme con la segunda entrega.

Entre noviembre y diciembre he concluido la cuarta entrega de la serie que el noruego Jo Nesbo dedica a Harry Hole, inspector de la policía de Oslo y protagonista principal de la misma. "El redentor", así se llama la novela, es, como las anteriores difícil de leer, razón por la que hay que estar muy atento para no perder el hilo y enlazar las historias paralelas a las que tan aficionado es Nesbo. La historia que nos cuenta es interesantísima, con un asesino a sueldo venido de Croacia de características muy especiales y, como suele ocurrir en los de su nacionalidad, marcado por la guerra de los Balcanes. Los distintos aconteceres derivados de las andanzas del mercenario croata, el resto de personajes y el propio Harry Hole se suceden sin pausa ni descanso y el autor sabe ir llevándote por recovecos literarios que impiden que pierdas el interés. No obstante he de admitir que no ha sido de los libros de este autor que más me ha entusiasmado, no se si por lo enrevesado de su forma de relatar o porque en ocasiones el que una lectura te llene también depende de cuestiones y estados de ánimo subjetivos. Eso sí, como siempre ocurre, al final se desmadeja el lío, se aclaran los enredos y, por supuesto, se deja algún cabo suelto para el siguiente tomo.

Últimamente tiendo a incluir algún clásico entre mis lecturas, así dediqué unos días a una novela tan significativa como "El extraño caso del Doctor Jeckyll y Mr. Hyde", la genial fábula de Robert L. Stevenson. Se trata de un breve relato, apenas cien páginas, que el escritor británico ambienta magistralmente en el Londres victoriano. Stevenson aprovecha para profundizar en una caso tan recurrente como el del hombre que despliega una doble personalidad, algo que, sin las connotaciones mágicas del libro, es mucho más real de lo que se podría pensar. El autor escocés profundiza en el alma humana que materializa en el Dr. Jeckyll, deseoso de delimitar la parte buena y la parte mala de la suya con las funestas consecuencias que sabemos. El libro está formidablemente escrito, con ese estilo elegante y detallista de los escritores ingleses de su época, consiguiendo que se convierta en una literatura que perdura. Sin duda "La isla del tesoro" es la gran obra de Stevenson, pero ésta novela, como también "La flecha negra" y sus magníficos cuentos, no le andan a la zaga.

Hace años que Javier Cercás se ha convertido en uno de los primeros espadas de la literatura española; tuvo un éxito inicial espectacular con "Soldados de Salamina", aunque a mi me gustaron más "La velocidad de la luz" y, por encima de todo, la magnífica y original versión del 23 de febrero de 1981 que supuso "Anatomía de un instante"; ahora ha recurrido a un tema tan interesante como la delincuencia juvenil española en la época de la transición con "Las leyes de la frontera", una novela que entretiene, pero no entusiasma. Cercas nos cuenta en primera persona la historia de un delincuente juvenil de finales de los 70, "El Zarco", nombre ficticio que nos lleva a esa época en la que se hicieron célebres personajes como "El Vaquilla", "El Torete" y otros; junto al tal Zarco el autor nos coloca al "Gafitas", un complejo adolescente que se inició en la panda de aquél y terminó siendo un conocido abogado penalista de Girona. El tema y la ambientación prometían y no es que Javier Cercas lo escriba mal, pero yo esperaba más y la novela me ha resultado en exceso reiterativa. Cercas tampoco nos da un final cerrado, posiblemente porque considere que no era necesario, pero uno se queda con la impresión de que ha quedado algo por contar.

Leer a Mary Higgins Clark esm para mí una especie de muestra de fidelidad, además de un "valor seguro"; por otra parte esta autora norteamericana, sencilla, entrada en años y habitual en los anaqueles de las librerías de cualquier estación o aeropuerto, fue la que me inició en el gusto por la novela policíaca hace ya un par de decenios y con permiso de la gran Agatha Christie. El día de Navidad terminé "¿Donde te escondes?", la penúltima obra de Mary Higgins, un libro que tampoco decepciona: un relato ágil, con un ritmo que nunca decae, buen número de personajes, casi todos sospechosos, giro final inesperado y una elegancia indiscutible en la forma de escribir. Desde luego, Mary Higgins Clark se aleja totalmente de la novela negra y siempre se mueve en ambientes selectos, con esa especial gracia para hacer acompañar la intriga de excelentes descripciones de los vestidos de los protagonistas, la decoración de salones y oficinas y la gastronomía que aquéllos disfrutan en medio del climax creado. En definitiva, literatura descomplicada, entretenimiento asegurado y una novela ideal para desintoxicar los disgustos de la vida.