7 de abril de 2010

"La hoja roja", Miguel Delibes


















A los pocos días de fallecer Miguel Delibes alguien con quien coincidí en León, bien cerca de las tierras que presenciaron la larga y fructífera vida del gran escritor, me comentaba que se sentía como si hubiera muerto alguien cercano, al escuchar esté comentario pensé que tenía razón, que era como el difunto fuera de la familia, alguien con quien has pasado muchos ratos. Esta es una de las razones por las que pienso que le debía a Delibes su presencia en esta sección de mi blog, aunque resultaba realmente difícil escoger un libro del autor vallisoletano entre tantas maravillas literarias que escribió a lo largo de su vida. Al final he optado por "La hoja roja", no porque sea el mejor -me parecería una temeridad afirmar que hay un "mejor"-, sino tal vez porque fue uno de los primeros que leí y es uno de los que recuerdo, si cabe, con más agrado.

Delibes es de aquellos escritores para quienes la novela ha ser de alguna manera un reflejo de la vida. Según sus palabras, "Una novela requiere, al menos, un hombre, un paisaje y una pasión. Sin ellos no puede haber una novela". "La hoja roja" tiene todos esos elementos y es un reflejo de la vida cotidiana de la época en que fue escrito, 1959, es decir cuando ya se había traspasado el tiempo de la posguerra y España entraba en los planes de desarrollo.

El libro tiene dos personajes centrales: Eloy, el viudo que acaba de jubilarse y vive con temor a una muerte que siente próxima ("A mí me ha salido ya la hoja roja en el librillo de papel de fumar») y "la Desi", la chica de pueblo que le hace los trabajos caseros, una persona simple y sencilla que mantiene la ilusión de casarse con "el Picaza", su novio pueblerino, que es rudo y violento y solamente la quiere porque le lava la ropa. En el fondo ambos comparten una soledad que es lo que les va uniendo conforme se desarrolla el argumento. Hay otros personajes que giran en torno a Eloy y Desi: Leoncito, el egoista hijo de Eloy, su amigo Isaías, cuya muerte incremente el temor del viejo a que le llegue el final y el citado Picaza.

Como siempre ocurre con Delibes, mucho más importante de lo que dice es cómo lo dice, y no porque la novela carezca de interés argumental, sino porque el escritor castellano se esmera hasta el límite en la perfección y agilidad del lenguaje. Es un libro de esos que uno se pone a leer y se le pasa el tiempo con una pacífica y deliciosa rapidez, con el que te sientes totalmente a gusto.

"La hoja roja" es una novela con un aura de tristeza, pero en absoluto amarga; lo precisa el propio Miguel Delibes: «lo que caracteriza a la Desi y Eloy, ambos víctimas de vidas y eventos difíciles y tristes, pero ambos personajes llenos de calor humano y de positiva vitalidad, quienes al final pueden juntar sus dos calores para calentarse mutuamente» (Miguel Delibes. Desarrollo de un escritor, Madrid, Editorial Gredos, 1975, p. 71). Por eta razón uno no se queda con mal sabor de boca cuando termina la lectura, por mucho que a los protagonistas las cosas no les salgan como hubieran deseado.

Aunque hoy en día "La hoja roja" es uno de los libros cumbre de la literatura española contemporánea, absolutamente imprescindible en cualquier bibilioteca medianamente decente, tuvo sus problemas editoriales, como se refleja de una carta enviada por Delibes a su editor, Josep Vergés: «Me da la impresión —escribe— de que La hoja roja no te ha llenado. Yo, en mi perpetua vacilación, no sé ya qué pensar del libro. He meditado sobre el título. Sospecho que la dificultad tuya proviene de la cuestión personal que tenéis los catalanes con la “jota”. Para un castellano, la cacofonía deliberada no le va mal, incluso puede ser un aliciente. De todos modos, he pensado que La antesala o La sala de espera, resume también la idea del libro» (Miguel Delibes, Josep Vergés, Correspondencia, 1948-1986, Barcelona, Ediciones Destino, 2002, p. 178), dato que he encontrado en unj excelente artículo de Guzmán Urrero Peña.

Recuerdo que este libro fue uno de los muchos que devoré en la mili -ya se sabe que el servicio militar consistía en no hacer nada, pero desde muy temprano- y queda en mi memoria, además de la conciencia de su calidad, de la perfección de lo escrito por Delibes, de la enorme ternura que me produjeron los personajes de Eloy y Desi, de cómo me quedé prendado de la sencillez, la bondad y la ausencia total de aristas que destilan ambos.


6 de abril de 2010

¿Donde está la buena gente?



Cuentan que cuatro siglos antes del nacimiento de Jesucristo moraba en Atenas Diógenes, un filósofo que vivía como un vagabundo y recorría las calles con una vela en busca de un hombre. En unos tiempos en los que casi todo lo que escuchamos nos habla de la maldad humana: crímenes, guerras, corrupción, enfrentamientos personales, venganzas, envidias, ... uno se siente tentado de emprender el mismo camino de tan antiguo personaje, un camino en búsqueda de la bondad, del amigo desinteresado, del ciudadano de quien te puedes fiar. Y creo que esta misión debería ser presidida por la esperanza, porque no tengo duda de que la bondad existe y que, aunque nos pase tantas veces como a Miss Marple, la encantadora anciana de Sant Mary Mead creada por Agatha Christie que resolvía los crímenes basada en su desconfianza de la naturaleza humana, siguen abundando hombres y mujeres a los que puedes mirar a los ojos y pensar: "éste, ésta no me va a engañar".

A los que creemos en Dios, evidentemente, nos es más sencillo tener esperanza, pues parte de nuestro asentimiento a la doctrina cristiana es asumir que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza; si participamos de la naturaleza divina es de cajón que la bondad tiene que estar entre nuestros atributos, lo que pasa es que a lo largo de tantos siglos hemos dado frecuentes muestras de tenerlos bien escondidos, por lo que en algunos casos nos podemos plantear si hay quien no los han tenido nunca.

A mí me parece que las personas tendemos a pensar que los "buenos" sólo están en nuestro bando: mi familia, mis amigos, mi grupo, mis paisanos, mi partido, mi parroquia, los que piensan como yo, ... y cada vez ando más convencido de que para encontrar esa bondad hay que salir a buscarla a la calle. ¿Por qué en ocasiones somos tan exclusivistas?, ¿tan difícil es encontrar lazos de unión?. No tengo ninguna duda de que, al menos en este país, andamos pagando los platos rotos de la partitocracia, que muchas veces seguimos encayados en el mito de las dos Españas y entre la visceralidad, el fanatismo y cierto aborregamiento nos perdemos la posibilidad de ensanchar nuestras amistades y los destinatarios de nuestro cariño. Y en el mismo saco cabría meter a la endogamia, a esa reducción de expectativas y planteamientos que supone encasillarse en cualquier grupo, sea político, social, cultural, religioso, étnico, etc ... Conocí a una persona obsesionada por lo que llamaba el "desarraigo": no digo que sea malo adaptarse al terreno, integrarse en la sociedad en que vives: todo lo contrario, pero me parece que puede ser tan dañina la existencia de ghettos de cualquier tipo, como la autocomplacencia en lo propio, la incapacidad de ver más allá del "Monte Gorbea", dicho en sentido metafórico.

Y hay otra cuestión, tenemos que asumir que nadie es perfecto, porque en ocasiones parece que buscamos al ser ideal, y éste, que a nadie le quepa la menor duda, no existe. Si hacemos ídolos en la tierra, éstos acabarán decepcionándonos y es posible que la culpa no sea suya por mostrar sus debilidades, sino nuestra por ignorar que las tienen. Quizá bastaría con poner con relación a los demás el nivel de exigencia y comprensión que tenemos con nosotros mismos; a la gente les podemos exigir coherencia, honestidad, lealtad, pero no un nivel de perfección que, entre otras cosas, choca con la propia naturaleza humana. En el tú a tú, cuando preside la nobleza y nadie se ha puesto un disfraz o juega al disimulo, somos capaces de mirarnos a los ojos con el otro y de encontrar todo lo bueno que se esconde tras una fachada deslucida por el tiempo y el polvo del camino.

Repito lo dicho, en nuestro trayecto diario, en nuestros viajes ocasionales, en el discurrir de nuestra vida, nos tropezamos con la buena gente, sólo se trata de saber y querer descubrirlos.




5 de abril de 2010

Nostalgia de la brisa



El sábado estuve en Comarruga; nos reunimos unos amigos para pasar el día y tomar juntos una buena paella en "Casa Víctor". He de reconicer que no tenía previsto acudir, pero a última hora me animé y  la cita valió la pena. No voy a decir que Comarruga sea Acapulco, y cualquiera que, sin salir de España, conozca las Rías Gallegas, Cabo Peñas, Cudillero, Llanes, Cantabria, La Concha o la Costa del Sol tendrá motivos para plantear que la localidad tarraconense no ese encuentra en la cabecera del hit-parade marítimo español. Pero a pesar de ésto, para quien ha pasado tanto tiempo por esos lares y tiene morriña de los aires marinos, unas horas en Comarruga fueron suficientes para tocar la fibra y abrir la caja secreta de la nostalgia.

La larga caminata, de ida y vuelta, por el Paseo Marítimo de Comarruga me llevó, ineludiblemente, de regreso a los años en los que no fueron pocas las veces que pisé ese mismo suelo, algunas con recuerdos muy vivos y muy intensos. Pero, por encima de todo, pisar Comarruga me trajo la añoranza de la brisa marina, ese privilegio de vivir cerca del mar. Tuve la suerte de disfrutar un día espléndido, lo que pudo ayudar a elevar la belleza del recuerdo, pero la luminosidad del ambiente, el olor propio de la playa, la suave brisa que arrulla y templa a la vez, la cercanía de la orilla, ... trajeron sensaciones olvidadas y crearon en mi interior esa mezcla de placer, ternura y desazón que surge cuando recuerdas lo que tuviste y desearías recuperar.  Es  entonces cuando te mueves entre la tentación de quedarte y el planteamiento de regresar para siempre, aunque al final se imponga el sentido común de agradecer haber disfrutado tantos años de la compañía del mar y comprobar que, como decía William Wordsworth, "la belleza permanece en el recuerdo".

Comarruga, además, trae a mi cabeza momentos llamativos de mis años tarraconenses, días de ilusión, emociones y desasosiego, personas que dejan huella, ratos en los que hubiera deseado que se detuviera el tiempo. Hay épocas de tu vida, ¡qué más da la razón concreta!, que vives con una intensidad especial, en las que ocurren cosas que te causan sentimientos encontrados, cuando crees estar jugándotelo todo a una carta, aunque al final la propia vida te devuelve a aguas tranquilas, con más experiencia, alguna herida, y recuerdos que, aunque alguno te ponga colorado, el tiempo ha convertido en entrañables, pues los ha puesto en su sitio. Por eso agradecí a Comarruga, barrio marítimo de El Vendrell, que me ayudara a revivir el pasado.

4 de abril de 2010

Sofía Loren versus Filomena Marturano



Si estuviera en la Real Academia Española de la Lengua me parece que propondría que en la definición de mujer se incluyera, escuetamente, sin más matices, el nombre de Sofía Loren. Recuerdo que la primera vez que tuve conocimiento de la existencia de esta actriz romana fue al verla en la portada de una revista que apareció por casa, y no se quien me aseguró que se trataba de la mujer más guapa del mundo: debió de ser una especie de trauma, porque me suena que en mi infancia yo pensaba que la palma se la llevaba Carmen Sevilla.

Pero salta a la vista que Sofía Loren es distinta, está muy por encima; una artista de los pies a la cabeza y una belleza auténtica; nada que ver con la sofisticación actual, pues no necesitó ni potingues, ni rellenos, ni artificialidad alguna. La presencia de Sofía Loren inunda la pantalla, se impone, se come a quien se le pone por delante. Dicen que la Loren afirmaba: “Las dos grandes ventajas que tuve al nacer son haber nacido sabia y haber nacido pobre”, e imagino que tendría razón, que por algo lo diría. Sofía Loren tenía una belleza especial, una página de internet la definía como "Vibrante, rotunda, carnal, enorme, genialmente italiana, ...", pero por encima de todo, destacaba un talento indiscutible para la interpretación. Sofía no ha sido considerada nunca tan sólo una mujer hermosa, sino también muy aguda; eran frecuentes sus irónicos comentarios haciendo gala de un sutil y fino sentido del humor como los referentes a su dieta "todo lo que ven, se lo debo al spaghetti” o la conocida sentencia “la fantasía del hombre es la mejor arma de la mujer”.

A Sofía Loren solamente la había visto en "La caída del imperio romano", película que tal vez no sea la más representativa suya; por eso ha sido toda una experiencia ver "Matrimonio a la italiana", el film producido por quien se convertiría en su esposo, Carlo Ponti y dirigida por el gran Vittorio de Sicca; en este film Sofía encarna a un personaje maravilloso: Filomena Marturano, una mujer salida del arroyo, que trabajaba en un prostíbulo y que tras conocer a Doménico Soriano, decide luchar, con fuerza, picardía y, por encima de todo con una fe inquebrantable y una conciencia notoria de sus derechos por recuperar su dignidad. El papel de Don Doménico, auténtico prototipo del bon vivant italiano, chulesco, machista, hipócrita y egoísta, lo encarna con idéntica maestría a la diva un enorme Marcelo Mastroianni. Filomena Marturano, que en España ha interpretado con brillantez Concha Velasco, es uno de los personajes de ficción cinematográfica que más me ha impresionado, al nivel del Rick Blaine de "Casablanca", el Rhett Butler de "Lo que el viento se llevó" o la Amanda Bonner de "La costilla de Adán". Filomena, una mujer de la vida, se impone moral y humanamente a Don Doménico, genuino representante de esa doble moral que tantas veces aparece en el haber de la alta burguesía; y es que por encima de todo Filomena Marturano posee una dignidad con la que se eleva con su accidental condición para imponerse como persona, como mujer y como madre. Sofía Loren fue nominada al oscar a la mejor actriz por este trabajo, auqnue al final se lo llevó Julie Andrews por "mary Popins", aunque la italiana ya lo había ganado en 1961, el año en que "West side story" se llevó diez estatuillas, por "Dos mujeres", también dirigida por Vittorio de Sica y en la que compartía cartel con Jean Paul Belmondo; Loren se impuso nada más y nada menos que a Natalie Wood, nominada por "Esplendor en la hierba" y a Audrey Hepburn, que competía por su trabajo en "Breakfast at Tiffany's".

Larga vida a Sofía Loren¡¡¡.


3 de abril de 2010

"Suzanne", Leonard Cohen (1967)



Escuché hablar por vez primera de Leonard Cohen en 1977; hacía por entonces 2ª de Derecho y recuerdo que me habló de él un estudiante de Románicas algún año mayor que yo. He de reconocer que tras oír un auténtico panegírico de esta cantautor canadiense, al escucharlo no sentí especial emoción y su nombre quedó en mi cabeza como uno de esos cantantes de culto que debían de ser buenísimos pero cuya música no alcanzaba a mis capacidades.

Evidentemente, a partir de entonces he seguido oyendo hablar mucho de Cohen y ha ido calando en mis entretelas que se trata de un autentico "number one"; el hombre debe de ser todo un personaje, además de un rato peculiar, como lo demuestra su ingreso en 1994 en un monasterio zen californiano. Leonard Cohen procede del mundo de la literatura, desde donde saltó a la música en 1967 con el disco "Songs of Leonard Cohen"; desde entonces atravesó varias temporadas irregulares que concluirían con su resurrección en 1988: "I'm Your Man". Sus inicios como poeta se notan en sus canciones, de manera que su amigo y confidente Alberto Manzano asegura que en Cohen "sus versos, musicados o no, son lo mismo, no encuentra distinción entre poesía y canción".

Por lo visto Cohen no es un hombre emocionalmente equilibrado, y se le ha bautizado como el "depresivo no químico más poderoso del mundo". En 1975, el cantante tocó fondo, y abrumado por sí mismo y por su responsabilidad, se retiró a la isla griega de Hydra, donde años atrás había conocido a una de las mujeres de su vida, Marianne. Sus canciones sobresalen particularmente por la fuerza y calidad literaria de sus letras e influyeron en la mayoría de cantautores contemporáneos.

"Suzanne" fue publicada inicialmente como poema dentro del libro "Parásitos del paraíso" y fue versionada musicalmente por vez primera por la cantante folk Judy Collins, quien introdujo a Cohen en los círculos musicales y a grabar sus primeros discos; fue John Hammond -famoso cazatalentos de CBS- el que dio el empujón definitivo a Cohen, tras ver actuar al canadiense en el Festival de Folk de Newport de 1966.

Con el tiempo, aunque he de admitir que he escuchado muy poco a Leonard Cohen, he aprendido a valorar su canción Suzanne, un tema intimista lleno de fuerza; Cohen ha pasado siempre de cualquier planteamiento comercial y de las grandes campañas promocionales y es, sin ninguna duda, no sólo un mito de la música moderna, sino un cantante peculiar y distinto.


2 de abril de 2010

El Cristo de Mantegna



Recuerdo que cuando estudié, en 6º de Bachillerato, "Historia del Arte" me impresionó este Cristo muerto, pintado por el artista italiano Andrea Mantegna que se encuentra en la "Pinacoteca de Brera", en Milán. Cuando uno piensa en las imágenes de Cristo tras la Pasión lo que más fácilmente se le viene a la cabeza es el Cristo crucificado, como el que pinto Velázquez, y es posible que sea por esta razón por la que este Cristo yaciente me llamó especialmente la atención.

El cuadro fue realizado entre 1457 y 1501, mide 68 cm. de alto por 81 de ancho.
En un fuerte contraste de luces y sombras, la escena transmite un profundo sufrimiento y desolación. Resulta original la perspectiva con que se realizó la pintura, dibujando la figura en un escorzo total y distorsionando los detalles anatómicos, en especial el tórax de Cristo. Es llamativo como los estigmas de manos y pies están trazados con un gran realismo, la sábana que cubre el cuerpo es del mismo tono que la piel, lo que contribuye a la sensación sobrecogedora del conjunto de la obra.

Nunca en la historia del arte se había visto una figura humana desde este punto de vista; Mantegna sorprendió y escandalizó en su época con este impresionante alarde de dominio de la perspectiva y la proyección geométrica y aplicó literalmente las leyes de las matemáticas al dibujar un cuerpo según el canon renacentista, perfectamente proporcionado, y proyectarlo hacia un punto de fuga central que nos muestra un violento escorzo del cadáver de Cristo. El espectador contempla las llagas de pies y manos, el vientre hundido y una faz dramática, con los labios entreabiertos y la piel amoratada.

Se cuenta que Mantegna pintó este Cristo para ser visto desde varios metros de distancia, de manera que si se contempla desde cerca uno se encuentra la figura de un hombre contrahecho, pero conforme se va alejando de la pintura, la figura del cristo yacente va adquiriendo perspectiva y, con ella, grandeza, lo que hace que se vaya suavizando la imagen y pase de una visión de un hombre casi monstruoso que mueve a la desolación a la de un Cristo sufriente, víctima de un sacrificio que permite abrir una puerta a la esperanza; así desde la desazón de la visión cercana, se pasa a la trascendencia conforme uno se aleja del cuadro.


1 de abril de 2010

3 magníficos ejemplos del género negro

"El extraño amor de Marta Ivers" Sinopsis. Iverstone en 1928. Un niño, Sam, sube a un vagón de tren en el que le espera una niña, Martha, junto a su gato para fugarse de casa. Su aventura terminará pronto porque la policía da con los pequeños, aunque a Sam le da tiempo a escaparse. En una gran mansión, vive la Sra. Ivers, la tía de Martha, a quien trata despiadadamente. Esa misma noche, en medio de una gran tormenta, la Sra. Ivers sube las escaleras de su casa para intentar sorprender a Martha, Sam y su amigo Walter, hijo del administrador de la Sra. Ivers. Los chicos se esconden y contemplan aterrorizados cómo la Sra. Ivers maltrata al gato de Martha sin motivo aparente. Martha, presa de ira, la golpea y la señora Ivers cae muerta. Todos los jóvenes dan una version accidental de la muerte de la Sra. Ivers y juntos juran no desvelar jamás el secreto. Han pasado los años, nos encontramos en 1946, Walter y Martha se han casado. Él abusa del alcohol y ella intenta recomponer su vida con su gran secreto, pero en sus vidas y después de tantos años reaparece Sam, convertido en un jugador y cuya presencia resucitará los fantasmas del pasado cambiando el orden establecido.

No recuerdo haber oído hablar de esta película hasta que me la recomendó mi amigo Tommy, pero tras verla comprendo que pusiera tanto  énfasis en lo aconsejable de su visión: te "pilla" desde el principio y no pierdes el interés en ningún momento. La escena inicial, cuando se plantea el suceso clave que va a condicionar el resto de la historia, está tremendamente lograda, me parece uno de esos momentos magistrales que nos permiten vivir algunas de esas películas antiguas.

Se trata de una película que trata con acierto una serie de cuestiones de enorme interés y muy aptas para el cine: la sospecha, el desamor, el miedo y la avaricia. Los personajes del mundo marginal, Sam y Toni, acaban mostrándose con mayor dignidad y valores que los que están bien situados socialmente, Martha y Walter. El film va marcando bien los tiempos, como si no hubiera prisa, sin precipitaciones, dejando que los sucesos vayan apareciendo y que las intenciones y los intereses de los personajes se vayan descubriendo.

La interpretación es magnífica y, en mi opinión, destaca por encima de todos una Barbara Stanwyck a quien corresponde un papel que le va como anillo al dedo: una mujer ambiciosa, fría y que no se para ante ningún obstáculo, un papel del nivel de sus intervenciones en películas como "La gata negra", "Las tres noches de Eva" (1941) o "Perdición" (1944). Junto a ella aparece un novel Kirk Douglas en un papel muy lejano a aquellos que le convirtieron en un "primer espada" de Hóllywood, pero que ya muestra sus excelentes condiciones. Buen trabajo de Van Heflin, ganador de un Oscar al mejor secundario con "Senda prohibida" (1942) de Mervyn LeRoy y que borda su papel de jugador aventurero, mientras que como partenaire de éste aparece Lizabeth Scott, una excelente actriz que no tuvo en su carrera los papeles que merecía. Interviene también en un breve papel Judith Anderson, la Sra. Danvers de "Rebeca", que vuelve a hacer de mujer perversa.


"Cara de ángel" Sinopsis: Frank Jessup es un enfermero de urgencias que acude a una mansión para atender a la señora Tremayne que, según parece, ha intentado suicidarse. Sin embargo pronto sospecha que en realidad alguien ha intentado asesinarla. Además Frank conoce su hijastra Diane, una mujer delicada y sensual, ante la que cae rendido inmediatamente.

"Cara de ángel" tiene tanta o más calidad que la anterior; dicen los que saben que la gran virtud de Otto Preminger, el director de este film estrenado en 1952, era la dirección de actores, y no hay duda de que es algo que ejerció con especial maestría en el rodaje de esta película, pues la actuación de Jean Simmons y Robert Mitchum es sencillamente formidable. La actriz recientemente fallecida está fantástica en un complicado papel de joven retorcida y manipuladora, mientras que Mitchum borda su personaje de conductor de ambulancias que oscila entre cierta condición de pardillo y una indudable ambición personal.

Hay bastante leyenda en relación a la escena en que Mitchum propina una bofetada a Simmons, existe quien mantiene que Preminger consideraba que Mitchum no se estaba empleando con la suficiente dureza y éste se sentía cada vez más cohibido ante las marcas que sus manos dejaban en el rostro de la protagonista, de manera que acabó perdiendo los nervios y, tras coger a Preminger de la pechera, le arreó una sonora bofetada seguida de un “¿Así le parece bien?”. Preminger montó en cólera y ordenó a Howard Hugues, mandamás de la RKO, que expulsara a Mitchum del rodaje de manera inmediata, pero éste, a quien el actor le caía bien y creía ver en él una especie de alma gemela, se puso de su parte y Preminger tuvo que tragar. Otra versión dice que simplemente tuvo que repetirla tantas veces que la Simmons acabó llorando de dolor.

Se trata de una película que se centra casi exclusivamente en el duelo entre los dos grandes actores citados, un Mitchum que comenzaba a aparecer como uno de los mejores cabezas de cartel de Hóllywood y una Jean Simmons en la plenitud de su carrera que probablemente cerró el mejor papel de su vida. No obstante, no podemos olvidar el buen trabajo de Mona Freeman, una actriz de carrera corta, que brilló tambien en "La heredera" (1949), de William Wyler y Herbert Marshal un excelente y ya entonces veterano actor que había destacado en films como "La loba" (1941), también de William Wyler y "Duelo al sol" (1946), de King Vidor.

"Cara de ángel" es una película imprescidible no sólo para los amantes del cine negro, ni exclusiva para quienes gustan del cine clásico, es un film que debe de ver todo el mundo.

"Más dura será la caída" Sinopsis: Un veterano periodista deportivo llamado Eddie Willis, eventualmente sin empleo, acepta una propuesta de un amigo suyo, Nick Benko, que domina un grupo de promotores de boxeo, para que actúe como agente de prensa de la operación que piensa montar con un gigante argentino que ha encontrado, llamado Toro Moreno, al que pretende hacer boxear para enriquecerse a su costa...

Humphrey vuelve a no decepcionar en esta película, que acabó convirtiéndose en la última del gran actor neoyorquino, quien fallecería al año siguiente víctima de un cáncer de garganta cuyas secuelas son nítidas en la cinta, pero que no impidieron que Boggy bordara su papel de periodista maniobrero. No obstante, no podemos hablar de una película definida por la actuación de Bogart, pues frente a él aparece un enorme Rod Steiger, un actor que siempre acertaba en los papeles de gangster o similar y que consiguió el Oscar al mejor actor en 1967 por "En el calor de a noche", tras dos intentos fallidos: en 1965, por "El prestamista" de Sidney Lumet y en 1954, en este caso al mejor secundario, por "La ley del silencio" de ELia Kazan. El duelo Bogart/Steiger es, sin lugar a dudas, uno de los principales atractivos del film.

El guión está basado en una novela de Budd Schulberg, de quien no hace mucho hablábamos aquí como autor de otro magnífico libro: "¿Por qué corre Sammy? y como autor del guión de "La ley del silencio". Entiendo que tal guión se convierte en un importante alegato en contra del boxeo; el ambiente que se describe en el film es agobiante, el deporte del ring aparece como un conglomerado de corrupción, manipulaciones y engaños, mostrándonos a los boxeadores como unos personajes utilizados que comienzan siendo explotados y acaban convertidos en juguetes rotos.

Por otra parte, y hecha la referencia al gran papel de Steiger, no puedo evitar rendirme ante Humphrey Bogart, que actúa ante la cámara con una soltura y un saber estar espectaculares; leyendo el pequeño librito que viene con el DVD me enteré de que el actor sufría ya entonces unos dolores terribles a consecuencia de su enfermedad y el propio Rod Steiger comentaba con admiración cómo Bogart se excedía en trabajar cada escena, con las repeticiones necesarias, sin la más mínima queja. EL papel de personaje frío, tramposo, directo y con su corazoncito le va como anillo al dedo.

El contrapunto femenino de Bogart es en esta ocasión Jan Sterling, en el papel de esposa honesta y responsable a la que no le gustan los manejos en los que se ha metido su "partenaire"; Sterling destacó también en películas importantes como "Belinda" (1948), de Rudolph Maté , "El gran carnaval" (1951), de Billy Wilder y "Con sus mismas armas" (1955), de Richard Wilson, donde compartía protagonismo con otro duro, Robert Mitchum. Junto a ellos desfilan dos antiguos campeones mundiales de boxeo: Max Baer, en el papel de brillante campeón del mundo y Jersey Joe Walcott, como entrenador de "Toro Moreno", el gigante argentino al que tratan de explotar.