14 de marzo de 2010

En recuerdo de Fernando Krahn



Esta semana me he enterado de que el pasado 18 de febrero falleció en Barcelona el dibujante chileno Fernando Krahn. Si se profundiza en la red se encuentran mil detalles de la trayectoria profesional de este hombre que destacó en el área del dibujo caricaturesco y la ilustración infantil, y que antes de llegar a nuestro país trabajó en publicaciones importantes de los Estados Unidos e incluso realizó carteles para obras teatrales de Broadway.

En España ha publicado sus dibujos en diversos medios -"La Vanguardia", "El País", "Triunfo", "Por Favor", "Muy Interesante", ...- si bien mi recuerdo se limita a las penúltimas páginas que publicó durante muchos años en la revista semanal de "La Vanguardia"; recuerdo que durante mis 24 años en Cataluña leí muy pocas páginas del diario barcelonés, pero cada domingo no dejaba de mirar el chiste de Krahn, que tenía su algo de absurdo, que incluso a veces tenía un toque surrealista y hasta macabro, pero que siempre ponía de manifiesto una imaginación y un arte indudables. Krahn jugaba mucho con el espacio y tenía una originalidad notable.

Por eso, como Krahn, a su manera, tuvo su limitado protagonismo en tantos domingos de mi vida en Cataluña, dejo constancia en el blog de que ya no está entre nosotros y reivindico su memoria con dos de sus chistes que he hallado buscando en google; del primero recuerdo perfectamente que fue protagonista un domingo de la página de Krahn, el segundo también lo debió de ser, aunque creo que es la primera vez que lo veo.






13 de marzo de 2010

Muerte de un escritor



Ha muerto Miguel Delibes y con él se va una parte importantísima de la historia reciente de nuestra literatura; nos queda su obra, un auténtico tesoro del que no podemos cansarnos de disfrutar. Pienso que Miguel Delibes ha sido el mejor escritor español de los últimos 75 años, nadie como él ha cuidado la lengua castellana de esa manera; nadie ha sabido describir el paisaje y sus gentes ni hablar de los hombres, de sus grandezas y sus miserias, con la fineza y la clarividencia del vallisoletano. Delibes afinaba al configurar sus personajes, con esa preferencia por los desheredados, los pobres del mundo, a los que era capaz de sacar toda la grandeza que esconden, una grandeza que le hacía grande a él mismo.

Ya hablé en su día de la obra de Delibes -en el "noreste" del blog hay un enlace a esa página-, pero no podía dejar de realizar mi particular homenaje a un hombre que, junto a su maestría literaria, nos ha dejado un colosal ejemplo de sencillez y honestidad; Delibes encarnó toda la sobriedad castellana, el saber estar, la discrección, la elegancia de la que deberían aprender tantos ególatras que se piensan que por dos requiebros literarios son el acabose.

Ahora Miguel Delibes ya tiene, para toda la eternidad, su sitio preferente en la historia de las letras españolas; desde ese premio Nadal a su primera creación, "La sombra del ciprés es alargada", Delibes no ha parado de aportarnos vida, ideas y sentimientos a quienes disfrutamos con lo que está bien escrito, bien hecho: "La hoja roja", "Cinco horas con Mario", "Aún es de día", "Señora de rojo sobre fondo gris", "Diario de un cazador", "Mi idolatrado hijo Sisí", "Parábola de un naúfrago", "Las guerras de nuestros antepasados", "Los santos inocentes"; "El príncipe destronado", "Las ratas", "La mortaja", ... en el cielo hay un hueco preferente para quien nos ha dejado tanto.


12 de marzo de 2010

Sobre juicios y etiquetajes



" (...) Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: "El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra." E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos (... )"

Juan 8,1-11



Hace ya bastantes años, cuando vivía en Tarragona, un amigo, compañero de trabajo, me comentó que pensaba que yo era en exceso "criticón", insistiendo en que era ese mi mayor defecto; de entrada no me hizo ninguna gracia esa apreciación, pero acabé comprendiendo que, como decía una vez nuestro amigo Brunetti, los buenos amigos son los que te dicen que se te ven los mocos, y que este buen amigo -una excelente persona, tan inteligente que su cabeza va mucho más deprisa que la del resto del mundo- me estaba haciendo un favor con el comentario. No diré que desde entonces he dejado de serlo: no es nada fácil superar viejos defectos, pero sí que lo he intentado y que el consejo, por mucho que me picara, me ha venido muy bien.

Hay una versión del juicio al prójimo que es el cotilleo, o dicho con más tecnicismo, la murmuración. Tenemos una gran facilidad para despellejar al contrario, muy especial y cobardemente cuando no está delante. Y el cotilleo puede presentar formas bien diferentes, desde los simples comentarios de comadre parlanchina hasta las valoraciones hechas con la excusa de "ser justo", "precisar un tema" o "dejar las cosas en su sitio", argumentos que con frecuencia no ocultan sino las ganas que tenemos de poner en evidencia a quien no nos ha caído en gracia o entendemos "nos debe una". Y es que hay cotilleos que tienen su origen en la debilidad, la superficialidad o la ligereza y otros que esconden, sencilla y llanamente, "mala leche" ... o maldad a secas.

Hay otras formas de asumir la condición de "juzgadores" del prójimo; una de ellas es el hábito de etiquetar a la gente; pienso que es una costumbre demasiado extendida, que esta extensión recorre ambientes y personas bien distintas y esconde razones muy diversas. Hay quien etiqueta porque su léxico no incluye el término pluralismo y le parece mal todo aquél que se aleja de los cuatro criterios con los que funciona; otros lo hacen por complejo, algunos por encono y no pocos porque piensan que ellos están por encima del bien y del mal. Hay personajes con mentalidad profesoral, que siempre han de explicar y, sobre todo, corregir; y otros son una especie de guardianes de la ortodoxia, esos que siempre tienen que hacer precisiones, que no pueden evitar sentar cátedra de rigorismo y van con la lupa a todas partes, auténticos psicópatas de la última palabra.

Es demasiado fácil desacreditar, y se puede hacer de muchas maneras. En ocasiones lo hacemos sin maldad, frívolamente, y en otras con toda nuestra mala uva; en el ámbito profesional no nos damos cuenta de que con una simple frase peyorativa podemos hacerle mucho daño a alguien, y a lo mejor nos faltan datos o es una simple opinión; hay quien borra a otras personas porque son de izquierdas o de derechas, porque son unos "pijos" o unos "ratas", porque mean agua bendita o porque no van a Misa, .... y así podríamos extendernos con ejemplos hasta el infinito. Y esas desacreditaciones varían según los lugares, porque como cada cual somos de nuestra padre y de nuestra madre y nos movemos en ambientes y trabajos que también tienen sus peculiariedades, tenemos nuestros modos de tachar, de convertir a otros en leprosos de la vida; por eso no viene mal recordar eso de la primera piedra.

Hay juicios temerarios, hay juicios excesivos y hay juicios inoportunos; mejor nos iría asumiendo que no somos quienes para juzgar al resto, para emitir valoraciones sobre los actos y las intenciones ajenas; evidentemente un profesor tendrá que valorar un examen, un juez, unos hechos o los miembros de un tribunal de oposición unas aptitudes, pero deberán hacerlo ateniéndose a unos datos objetivos, a unas pruebas, a unos resultados, y malo sería que por esa condición asumieran un papel de árbitro del prójimo que no les corresponde. Si tuviera que resumir los medios que tenemos para aprender a no ser ni descalificadores, ni críticos ni intransigentes, hablaría de tres cosas: la necesidad de aumentar nuestra capacidad de ponernos en la piel de los demás, algo que exige querer al prójimo, única manera de comprenderlo; lograr la humildad precisa para ser consciente de que estamos lejísimos de ser mejores que nadie y no poseemos la verdad absoluta y adquirir cierta aptitud para la autocrítica, algo que me temo enseñan en pocos sitios.


11 de marzo de 2010

"Bella sin alma", Richard Cocciante (1975)



Mi primer recuerdo de esta canción es de cuando yo hacía COU (Curso 1974-75); eran tiempos de ciertos cambios en los gustos musicales y comenzaban a sonar algunos jóvenes italianos que vendieron discos como rosquillas: Claudio Baglioni, Sandro Giacobbe, ...; entre estos se encontraba también Richard Cocciante, un tipo enjuto, más bien bajito y con aspecto curioso que aunque no había nacido en Italia, se había criado personal y profesionalmente en Roma. Cocciante había nacido nada menos que en Saigón (1946), siendo su padre francés y su madre italiana.

La canción con la que arrasó en la España de la época se titulaba "Bella sin alma", y entre mis recuerdos de adolescente se encuentran los comentarios que escuchaba entre amigos y conocidos que valoraban el tema como algo tremendamente atrevido, como el no va más de la sensualidad. Al cabo de 35 años, salta a la vista que la letra de "Bella sin alma" se ha convertido casi en ingenua, pero en aquella época que mezclaba las circunstancias propias de la pubertad con la peculiariedad del tiempo y del país, ese "cuando te haga el amor, te pedirá más y más", o "ahora desnudate como ya sabes tú" o el "tú me desearás bella sin alma", nos sonaba a algunos a la manzana de Eva.

Richard Cocciante cantó otros temas de éxito del momento, como "Margherita" o "...E io canto", y su carrera ha ido perfeccionándose, contando con un triunfo en San Remo (Año 1991) con "Se stiamo insieme", habiendo interpretado duetos excelentes con Mina y Mónica Naranjo, con quien grabó en 1995 la canción "Sobre tu piel" y siendo el compositor de un musical de éxito internacional: "Notre Dame de París". No obstante, para los nostálgicos siempre será el inolvidable intérprete de "Bella sin alma"


10 de marzo de 2010

"El castellano viejo"



Hace ya bastantes entradas que hablé de Larra; es un escritor de la época romántica pero pienso que muchos de sus escritos conservan no sólo su valor, sino también plena actualidad hoy y ahora. Si tuviera que elegir uno, me quedaría con "El castellano viejo", un magnífico relato que recuerdo perfectamente me llamó por vez primera la atención en clase de literatura. Un magnífico profesor que me dio clase en 6º de bachiller y COU -también le dediqué en su día un post- leyó el texto en clase, y lo cierto es que todos disfrutamos con él, aunque no se si fuimos capaces de asimilar todo lo que "Fígaro" quiso decir con el mismo ni de tener el mínimo de autocrítica para aplicarnos el cuento.

"¿Sabes que mañana son mis días? -Te los deseo muy felices. -Déjate de cumplimientos entre nosotros; ya sabes que yo soy franco y castellano viejo: el pan pan y el vino vino; por consiguiente exijo de ti que no vayas a dármelos; pero estás convidado."

He aquí una primera muestra de algo que nos encontramos con frecuencia: la hospitalidad agresiva, la exigencia de aceptar convites, la obligación imperativa de acudir a una fiesta; no se si en verdad es propio de "castellano viejo", pero me parece que es actitud extensible a personajes originarios de otros puntos de España; sin ir más lejos no hay más que leer cómo describe Galdós la hospitalidad cazurra de los maños en su "Zaragoza", uno de sus Episodios Nacionales" más brillantes. No pocas "melopeas" ni escasos "atracones" evitaríamos si supiéramos decir que no a insistencias que no infrecuentemente resultan impertinentes. Aún recuerdo esas meriendas infantiles en que las madres de tus amigos te obligaban a comer bocadillos de aspecto gigantesco o mantecados enormes con argumentos tan definitivos como que "están hechos en casa" o que "son de pueblo".

"No hay que hablarle, pues, de estos usos sociales, de estos respetos mutuos, de estas reticencias urbanas, de esa delicadeza de trato que establece entre los hombres una preciosa armonía, diciendo sólo lo que debe agradar y callando siempre lo que puede ofender. Él se muere «por plantarle una fresca al lucero del alba», como suele decir, y cuando tiene un resentimiento, se le «espeta a uno cara a cara». Como tiene trocados todos los frenos, dice de los cumplimientos que ya sabe lo que quiere decir «cumplo» y «miento»; llama a la urbanidad hipocresía, y a la decencia monadas; a toda cosa buena le aplica un mal apodo; el lenguaje de la finura es para él poco más que griego: cree que toda la crianza está reducida a decir «Dios guarde a ustedes» al entrar en una sala, y añadir «con permiso de usted» cada vez que se mueve; a preguntar a cada uno por toda su familia, y a despedirse de todo el mundo; cosas todas que así se guardará él de olvidarlas como de tener pacto con franceses."

Aquí podemos hablar de la verborrea, del hablar de más; cuanta inoportunidad, cuanto sabelotodo y cuanta capacidad de meter la pata se encuentra uno conforme va cumpliendo años. Hay que ser sincero, por supuesto: siempre con la verdad por delante, pero con mucha frecuencia recuerdo lo que un viejo conocido llamaba las "verdades innecesarias", aquellas afirmaciones en las que alguien queda mal, que disgustan o perjudican sin arreglar nada; en ocasiones existe quien insiste machaconamente en dejar en evidencia so capa de honestidad y nobleza. Cabe incluir aquí la afición de algunos a decir la última palabra, a apostillar; suelen estar en este capítulo esas personas que están tan seguras de sí mismos que tienen bien claro que nunca se equivocan, los que van por la vida de expertos o veteranos y algunos a los que tal vez les falte algún herbor y no son conscientes de las consecuencias de sun indiscrección.

Los días en que mi amigo no tiene convidados se contenta con una mesa baja, poco más que banqueta de zapatero, porque él y su mujer, como dice, ¿para qué quieren más? Desde la tal mesita, y como se sube el agua del pozo, hace subir la comida hasta la boca, adonde llega goteando después de una larga travesía; porque pensar que estas gentes han de tener una mesa regular, y estar cómodos todos los días del año, es pensar en lo excusado. Ya se concibe, pues, que la instalación de una gran mesa de convite era un acontecimiento en aquella casa; así que se había creído capaz de contener catorce personas que éramos en una mesa donde apenas podrían comer ocho cómodamente. Hubimos de sentarnos de medio lado, como quien va a arrimar el hombro a la comida, y entablaron los codos de los convidados íntimas relaciones entre sí con la más fraternal inteligencia del mundo. Colocáronme por mucha distinción entre un niño de cinco años, encaramado en unas almohadas que era preciso enderezar a cada momento porque las ladeaba la natural turbulencia de mi joven adlátere, y entre uno de esos hombres que ocupan en el mundo el espacio y sitio de tres, cuya corpulencia por todos lados se salía de madre de la única silla en que se hallaba sentado, digámoslo así, como en la punta de una aguja. Desdobláronse silenciosamente las servilletas, nuevas a la verdad, porque tampoco eran muebles en uso para todos los días, y fueron izadas por todos aquellos buenos señores a los ojales de sus fraques como cuerpos intermedios entre las salsas y las solapas.


Y aquí surge el tema de las formas, de las cuestiones protocolarias; pienso que a esto de la corrección hay que darle importancia en su justa medida: no podemos ser esclavos de protocolos y reglamentos y el exceso en su seguimiento pueden llevar al amaneramiento y la rigidez; he visto a gente que ha convertido una comida y una cena en una especie de representación barroca y almidonada. Pero, al mismo tiempo, tengo cada día más claro que cuando menos uno debe de conocer los rudimentos esenciales del comportamiento en público. Estamos en tiempos en que se ha bajado la exigencia, algo que siempre que a uno le hayan enseñado el respeto por el prójimo puede ser hasta positivo; pienso que ahí comienza la necesidad de ser exigente con las formas: en conseguir que nuestros modos y maneras en la mesa, en una reunión, en una recepción o en un lugar público no se convierta en algo molesto para los demás. Nunca está de más saber qué tipo de vestimenta es adecuada a una boda, cómo se usan los cubiertos, qué lugar le corresponde a uno en un acto protocolario o en qué ocasiones conviene hacer un regalo de agradecimiento. Por supuesto que no se trata de ser esclavo de las formas ni de vivir encorsetado, simplemente de ser consciente de que existe una ciencia del saber estar.

Larra era un "dandy", posiblemente en exceso: lo que, hablando en "román paladino" llamaríamos ahora un "pijo"; junto a Espronceda, Bécquer y Rosalía de Castro forman la élite del romanticismo literario español. En sus escritos hay excesos, el propio artículo de castellano viejo, que me parece magistral, tiene sus dosis de exageración, cierto tufillo clasista, pero creo que define muy bien un tipo de personas que, adecuados al tiempo que ahora corre, siguen existiendo hoy en día.




9 de marzo de 2010

Eurovisión 1978: Apareció Israel



En 1978 el Festival de Eurovisión aún tenía cierto predicamento; evidentemente, no estaba en la cabecera de la calidad musical y eran tiempos en los que nuevas apariciones como Mike Oldfield, Pink Floyd o Supertramp, por citar algunos, habían entrado con fuerza en los gustos musicales de medio mundo, pero todavía eramos muchos los que manteníamos el hábito de preocuparnos por quien nos iba a representar en el Festival y asumíamos la noche del sábado en que se celebraba como momento de reunión. Ese año RTVE había elegido para asumir la representación de España en el Festival a un joven canario llamado José Velez, un hombre espigado y con sonrisa "Profidén" que había cosechado muy buenas ventas discográficas con dos canciones de corte melódico y más bien "dulzonas" tituladas "Vino griego" y Romántica".

El gran triunfo en la edición de 1974 del grupo sueco Abba con su célebre "Waterloo" dio inicio a la época de los grupos musicales, así en 1975 vencieron los holandeses "Teach-In" con "Ding-a-Dong" y en 1976 el grupo británico "Brotherhood of Man" con "Save Your Kisses For Me"; 1977 había supuesto un regreso a los solistas de corte romántico y Francia se había llevado el gato al agua con una melódica "L'oiseau et l'enfant" -los franceses hablan mucho de pájaros y niños en sus canciones- que interpretó Marie Myriam. Pero en 1978 casi la mitad de los veinte países participantes pusieron más de un intérprete sobre el escenario; el triunfador fue, por vez primera en el Eurofestival, Israel, país que había debutado en 1973 y que en 1978 consiguió el primer puesto con una canción original y pegadiza: "A-Ba-Ni-Bi", interpretada por el actor y cantante Izhar Cohen al que acompañaba el grupo "The Alphabeta". El triunfo de un país con las especiales circunstancias del judío fue todo un acontecimiento en la historia del certamen.




Los países de habla francesa seguían recurriendo a las baladas tiernas y romanticonas; es el caso de Jean Valleé, el cantante belga que ya había representado a su país en le edición de 1970, cuando Julio Iglesias se puso el traje de terciopelo azul y cantó Gwendolyne, y que en el 78 interpretó un tema que a mí me gustó muchísimo -ya abrí una entrada con esta canción-: "L'amour ça fait chanter la vie", que se puede traducir algo así como "El amor hace cantar a la vida". Valleé realizó una magnífica interpretación, acompañándose al piano, suficiente para alcanzar la segunda posición, pero incapaz de hacer sombra al grupo israelita, que venció rotundamente.



Francia jugaba en casa, pues eran los ganadores del año anterior y el Festival se celebró en el "Palais des congrès de Paris"; para la ocasión los franceses mantuvieron la tradición y optaron de nuevo por la melodía romántica, para lo cual llevaron a un solista joven y "guapetón" llamado Joël Prévost, quien interpretó un tema titulado "Il y aura toujours des violons" ("Siempre habrá violines"), una canción que cantó con ímpetu y que consiguió un meritorio tercer puesto, pasando de los cien votos -algo que solamente lograron los cuatro primeros- y dejando al país organizador en una posición honrosa, pues ya se sabe que al menos en aquella época era casi misión imposible que una nación repitiera triunfo ... aunque al año siguiente Israel rompiera la tradición y se impusiera de nuevo con el célebre "Hallelujah" de Gali Atari & Milk & Honey.



José Vélez no tuvo excesiva suerte; desde el éxito de Mocedades, que mereció un premio que perdió por cuatro votos, España había desfilado con más pena que gloria por el Festival, y Peret, Sergio & Estíbaliz, Braulio y Micky habían pasado con más pena que gloria por el concurso; Vélez, que´cantó un vals: "Bailemos un vals", quedó clasificado en 9º lugar con 65 votos, doce de los cuales se deben a la sorprendente máxima puntuación que nos dio Dinamarca. "Bailemos un vals" era un tema de los que se llaman pegadizo, aunque sonaba, la verdad, bastante cursi. No obstante, la canción y su actuación en Eurovisión sirvieron al cantante canario, que realmente se llama José Velasquez, para coger fama y dar un impulso a su carrera.



No se si alguien guardará recuerdo de algo más del certamen del 78, yo aún tengo grabadas tres actuaciones más, no tanto por su calidad -ya sabemos que el certamen eurovisivo era más bien escaso en ella- sino por determinadas circunstancias. Tal vez la aparición que hizo más ruido fue la del grupo que presentó Luxemburgo, un dúo formado por dos españolas: Mayte Mateo, nacida en Logroño y Marian Mendiola, originaria de Madrid, ambas eran bailarinas y se conocieron al coincidir en el ballet de TVE, formando un dúo que obtuvo un inesperado triunfo en 1977 con el tema "Yes Sir, I Can Boogie", que llegó a ser "number one" en Reino Unido y con "Sorry, I'm A Lady", que se oyó muchísimo en centroeuropa. La fama adquirida llevó a los mandamases de la televisión luxemburguesa a llevarlas a Eurovisión, donde lucieron su descaro y su belleza, indudable, con "Parlez-vous français?", una canción agil que parecía a priori que llegaría algo más lejos que al 7º puesto que al final obtuvieron las dos españolas.



Italia, que solamente había logrado destacar hasta entonces en Eurovisión con Gigliola Cinquetti, también eligió en esta ocasión un grupo, presentando a Ricchi e Poveri, cuatro genoveses que cantaban con buen ritmo y bastante gusto; la canción se titulaba "Questo amore" y no pasó de un triste 12º lugar. No obstante el conjunto italiano mantuvo un importante caché en la música europea y tuvo éxitos con canciones tan oídas como "Será per que t'amo", "Mamma María" y "Me enamoro de tí". El grupo genovés destacaba, además de por su buen hacer profesional, por desplegar una simpatía notable.



Dejo para el final lo que para mí fue la nota curiosa del Eurofestival, el toque pintoresco y original del mismo. Grecia, cuyo idioma peculiar nunca había favorecido la buena clasificación de sus representantes, llevó ese año a la cantante Tania Tsanaclidou, que había destacado en su país como actriz de teatro y que cantó un originalísimo tema titulado "Charles Chaplin", para lo cual tuvo la genial ocurrencia de salir al escenario disfrazada como el genial actor británico que daba título a la canción. La simpática intervención de la cantante griega fue correspondida con 66 votos, los cuales le permitieron ocupar un digno 8º lugar en la clasificación final.




8 de marzo de 2010

Británico y pendenciero



Hace un tiempo aseguré, a lo mejor con exceso de alegría, que los mejores actores se "fabricaban" en Gran Bretaña; si uno pasa lista puede comprobar que la afirmación no es descabellada: Charlie Chaplin, Lawrence Olivier, Richard Harris, Peter O'Toole, Richard Burton, Alec Guiness, Michael Caine, Anthony Hopkins, Glenda Jackson, Julie Christie, Vanessa Redgrave, Emma Thompson, ... confirman que las islas británicas han aportado calidad en cantidad al mundo del celuloide. También hay algunos británicos que no han tenido la condición de estrella indiscutible, pero cuyo currículum ha sido amplio y llamativo, es el caso de Oliver Reed, nacido en Wimbledon en 1939 y fallecido 61 años después en La Valette; Reed, además, fue todo un personaje cuyas andanzas más allá del plató, sin ser precisamente ejemplares, dan para escribir largo y tendido.

Oliver Reed, que dicen era descendiente directo del rey Guillermo IV, comenzó a trabajar en el cine en los años 50, si bien la primera vez que tuve conocimiento consciente de su existencia fue en la película "Oliver", donde encarna magistralmente a Bill Sikes, el más aventajado y malvado discípulo de Fagin; por esta razón tal vez, siempre he identificado a este actor con el siniestro personaje de Dickens. Recuerdo que antes de ir a ver el film vi el reparto y me llamó la atención que entre los actores figurara uno con el mismo nombre de pila que el protagonista, álgo que por uno de esos extrañas y absurdos razonamientos infantiles me inclinaba a pensar que el tal Reed habría de interpretar un papel de "bueno", de ahí mi sorpresa cuando comprobé que llamándose en la realidad como el héroe de la película, le hubiera tocado el papel de villano, de "malo-malísimo".

Curiosamente, otro papel que tengo bien grabado del actor inglés fue el de Próximo, el jefe y maestro del grupo de gladiadores donde acaba Máximo tras huir de Comodo en la "Gladiator"; fue precisamente durante el rodaje de esta superproducción donde le sobrevino la muerte a Oliver Reed a consecuencia de un infarto; dice la "leyenda" que Reed murió tras haber bebido tres botellas de ron jamaicano, ocho botellas de cerveza alemana, numerosos whiskies dobles y haber retado a echar pulsos a cinco jóvenes marinos ingleses de la Royal Navy en el bar "The Pub", el cual pasó a llamarse entonces "Ollie's Last Pub". También se cuenta que en su funeral sonó la canción "Consider Yourself", la que Oliver y el "Gran Truhan" cantan por las calles de Londrés poco después de haberse conocido.

Quienes saben del tema aseguran que su primer gran papel fue en la película "La maldición del hombre lobo" (1961), de Terence Fisher. Durante la década de los 60 Reed intervino en más de veinte películas, lo que supone una actividad notable, amen de su presencia en series de TV como "El Santo". Destacan sus trabajos con Ken Rusell: "The Debussy Film" (1965), en la que hace el papel de Claude Debussy y "Mujeres enamoradas" (1969), película en la que aparece como Reed y Alan Bates pelean desnudos, escena de la que se cuenta dio lugar a una enconada polémica entre los dos actores, que acabaron discutiendo sobre el tamaño de su miembro viril. En 1968 hizo la referida "Oliver", dirigida por su tío Carol Reed, que muy bien le debía conocer para encargarle el papel de Sikes. Con el director Michael Winner realizó "El sistema" (1964) y "El último obstáculo" (1969).

En la siguiente década el actor destacó por interpretar el papel de Athos en las películas que sobre los 3 Mosqueteros realizó Richard Lester: "Los tres mosqueteros" (1973) y "Los cuatro mosqueteros" (1974), completándose la trilogía con "El retorno de los mosqueteros" (1989). Es destacable su trabajo protagonista en "El príncipe y el mendigo" (1977), de Richard Fleischer, con un reparto sonado: Charlton Heston, Mark Lester, Raquel Welch, George C. Scott, Rex Harrison y Ernest Borgnine. En estos trabajo de neuvo con Ken Rusell en la polémica "Los demonios" (1971), así como en "Tommy" (1975), un musical basado en el disco de The Who. También son de destacar "Detective privado" (1978), de Michael Winner, donde aceptó un papel breve para poder actuar con su ídolo Robert Mutchum y "Cromosoma 3" (1979), de David Cronenberg, con la que Reed regresaba al cine de terror. No obstante yo le recuerdo especialmente por su papel protagonista en una versión de una de las novelas estelares de Agatha Christie, "Diez negritos" estrenada en 1974 bajo la dirección de Peter Collison y con nombres llamativos como Elke Sommer, Richard Attenborough, Herbert Lom, Charles Aznavour y Orson Welles, a los que habría que sumar los españoles Teresa Gimpera y Alberto de Mendoza.

A partir de 1980 se abre una época complicada en la vida del actor, protagonizada por los escándalos, el alcohol y las rupturas matrimoniales. No obstante, comenzó con un buen trabajo en "El león del desierto" (1978), de Moustapha Akkad, donde hizo hizo un interesante papel como el general Graziani y compartió escena con Anthony Quinn, Irene Papas, Rod Steiger y Raf Vallone. También protagonizó "Robinson Crusoe por un año -Castaway-" (1986), de Nicolas Roeg y "Las aventuras del Barón Munchausen" (1988), de Terry Gilliam, donde hizo el papel del dios Vulcano. Antes de cerrar su vida, profesional y personal, con "Gladiator", Oliver Reed hizo buenos papeles en "La isla del tesoro" (1990), de Fraser C. Heston, interpretando al capitán Billy Bones y en "Los comediantes (Funny Bones)" (1994), de Peter Chelsom.

Antes de comenzar su carrera como actor trabajó como portero de un club y como extra, mientras que su carácter pendenciero ya se mostró de muy joven, pues a principios de los años 60 tuvo intervención importante en una pelea desarrollada en un famoso pub londinense en el que los cristales de una botella marcaron su cara, que necesitó más de treinta puntos de sutura. Para Oliver Reed el alcohol y las mujeres eran un modo de vida y se asegura que una fiesta que organizó con 36 amigos y un equipo de rugby terminó convirtiéndose en titular de prensa cuando se supo que en una noche habían consumido cerca de 200 litros de cerveza, 32 botellas de whisky, 17 de ginebra, cuatro cajas de vino y una botella de perry.

Oliver Reed, por otra parte, fue un actor muy local y nunca quiso jugar la carta de Hóllywood; rechazó entre otros papeles importantes en películas como El golpe (1973) y Tiburón (1975), siendo ocupado su papel por Robert Shaw. También pudo haber protagonizado el rol de James Bond, pero al final los productores Albert R. Broccoli y Harry Saltzman optaron por Sean Connery, a causa de la mala prensa de Reed. Steve McQueen contaba que en 1973 había viajado al Reino Unido para discutir con Reed el proyecto sobre una película; Steve fue invitado por éste a salir por los pubs de Londres, acabando la juerga con una vomitona de Reed encima de McQueen. También se cuenta que mientras hacía una gira de promoción de "Castaway" apareció en un programa de la BBC con una gran jarra en la mano, de algo que no debía de ser zumo de naranja, pues parece que el actor llegó a los estudios directamente de algún pub.

Vete a saber porque me ha dado por hablar de Oliver Reed; puestos a contar sobre actores británicos desaparecidos que le daban al frasco podría haber hablado de Richard Burton, con siete nominaciones al Oscar, de Peter O'Toole, con ocho y uno honorífico o de Richard Harris, que aspiró en dos ocasiones a ganar la estatuilla, pero ha salido así y hoy dejo constancia de un individuo nada ejemplar, pero que por encima de sus defectos, sus pasiones y sus vicios, nos ha dejado para siempre el recuerdo de sus trabajos cinematográficos, que no fueron precisamente deficientes. Y, además, no olvidemos que, como ha quedad reflejado, fue capaz de dar vida con acierto a personajes creados por Alejandro Dumas, Charles Dickens, Robert Louis Stevenson, Daniel Defoe y Mark Twain, entre otros ... casi nada.