8 de diciembre de 2009

"Hai que roelo"

De pie: Cobo, Irulegui, Batalla, Alvarez, Calleja, Vallejo
Agachados: Neme, Martín Esperanza, José Jorge, Antonio y Odriozola.

Sí en los años 60 había un equipo simpático en 1ª división ese era sin duda el Pontevedra C.F.; había ascendido por vez primera en su historia a la máxima categoría el año 1963 y, tras bajar el primer año y volver a subir al siguiente, se mantuvo contra todo pronóstico cinco temporadas seguidas más entre los grandes. Jugaban en el aún vivo estadio de Pasarón y sus jugadores ponían tanto entusiasmo y luchaban tanto que se hizo famoso el dicho de que para conseguir vencer al equipo gallego había que "roelo".

El Pontevedra convirtió el estadio de Pasarón en un feudo inexpugnable y en la temporada 1964-65 llegó a ser líder dos jornadas consecutivas, proclamándose campeón de invierno. Cuentan que el diario soviético Pravda llegó a resaltar en su portada que en la aburguesada y millonaria liga española el líder era un equipo de proletarios cuyo capitán conducía un autobús; efectivamente, su capitán era el lateral izquierdo Cholo, un jugador bajito y aguerrido que trabajaba de chófer de un autobús urbano pontevedrés.

El cuarteto defensivo del equipo gallego era duro, serio e infranqueable; el portero era Cobo, que procedía del Sporting de Gijón, un espigado y sobrio guardameta cuyo suplente era el catalán Celdrán, quien había jugado en el Elche y acabaría sus días deportivos en el San Andrés, un equipo de Barcelona que jugó varios años en 2ª División; en el lateral derecho jugaba José Antonio Irulegui, un veterano zaguero que se había formado en la cantera del Eibar y había destacado en la Real Sociedad y que con el tiempo fue un prestigioso entrenador que dirigió a equipos de primera como Real Sociedad, Español y Murcia. En la izquierda jugaba el citado Cholo y el central era Batalla, que aunque había nacido en Amposta (Tarragona) fue fichado del Orense; Batalla era un seguro de vida en el centro de la defensa y fue protagonista de una curiosa anécdota: el jugador tenía una quiniela con 13 aciertos y solamente quedaba por disputar precisamente el encuentro que su equipo jugaba en La Romareda el domingo por la noche -TVE televisaba en aquella época a las 8 de la tarde-; el Pontevedra vencía claramente por 0-2 a falta de 5 minutos, pero dos fallos de la defensa gallega permitieron el empate final de los maños ... Batalla le había puesto una "X" el partido; las suspicacias, lógicamente, fueron abundantes durante días.

En aquellos años la llamada línea de medios volantes era importantísima; se jugaba con cinco delanteros, y aunque los interiores bajaban hasta el centro del campo, sobre los dos medios -uno ofensivo y otro defensivo- pesaba buena parte del juego de todo el equipo. La media tradicional del Pontevedra la formaban Calleja, un castellano seguro, bastante duro y que cerraba perfectamente el campo por detrás, formado en el Plus Ultra, como se llamaba entonces el filial del Real Madrid, y Vallejo, que había jugado en el Atlético de Madrid, auténtico motor del equipo y pieza clave en los dos ascensos. A éste último le sustituyó en la titularidad Antonio, un jugador con unas grandes condiciones y que prometía mucho; Antonio fue vendido al Sevilla en el verano de 1970, pero no triunfó en el Sánchez Pizjuan y terminó regresando a jugar en 2ª con el Pontevedra, falleciendo en un trágico accidente de coche durante la temporada 1971-72. Norat y Roldán I fueron otros volantes que también tuvieron partidos.

Los dos jugadores con más calidad del equipo eran probablemente Neme y Martín Esperanza; el primero fue un salmantino que jugaba de interior o extremo zurdo y tenía un fácil regate y un gran facilidad de desmarque, era lo que hoy llamaríamos un media punta; Neme llegó a debutar con la selección española en un encuentro que perdimos 0-2 ante Inglaterra. Martín Esperanza, también formado en la cantera madridista y que había sido fichado del Betis y fue el autor del primer gol de Pontevedra en 1ª División; era el cerebro del equipo, tenía un guante en la pierna derecha y clase por arrobas. Tanto Neme como Martín Esperanza terminaron siendo entrenadores, el salmantino llegó a entrenar en 1ª, con poco acierto, al Salamanca, mientras Martín Esperanza, que fue internacional B, tuvo mucho nombre en el grupo catalán de la 2ª B. En la última época pontevedresa en 1ª destacó un interior zurdo fichado del Numancia, Plaza, un jugador con buena conducción de balón y excelente disparo desde lejos, que acabaría triunfando en el Depor de principios de los setenta.

El Pontevedra tenía buenos extremos: por la derecha solía jugar José Ramón Fuertes, el típico jugador pequeño, rápido y ratonil que acabó convirtiéndose en la gran esperanza del equipo, siendo traspasado por una buena cantidad al Valencia, equipo en el que ganó la Liga, aunque no acabo de consolidarse como titular. Odriozola fue durante muchos años titular indiscutible del equipo, decían que le sobraba un regate, pero era muy rápido y garantizaba un buen número de goles, llegó a Pasarón del filial del Valencia, aunque se había formado en el Racing de Santander; Nando Yosu era un veterano extremo zurdo que había jugado buenas temporadas en el Valencia y el Atlético de Bilbao y llegó a Pontevedra para terminar su carrera deportiva prestando buenos servicios a los gallegos, con el tiempo Yosu destacó como entrenador de confianza en el Racing de Santander.

Como arietes del Pontevedra destacaron Iglesias, un jugador que solamente estuvo un par de temporadas, el asturiano José Jorge, titular indiscutible en los primeros años de la máxima categoría y el zaragozano Ceresuela, un hábil jugador que fue el autor del gol decisivo en el primer ascenso y llegó a Pasarón procedente del Real Burgos. Pero posiblemente el mejor goleador que tuvo el equipo fue Roldán II, un espigado ariete que fue traspasado al Málaga, donde estuvo varias temporadas en la lista de los mejores goleadores de 1ª. Los laterales Azcueta y Alvarez, el interior Fernández y el extremo Cacho también fueron jugadores de esa época dorada.


Arriba: Cobo, Batalla, Cholo, Irulegui, Calleja y Roldán I.
Abajo: Ceresuela, Neme, José Jorge, Antonio y Yosu.


Pero cuando se habla de equipos modestos la gloria no dura eternamente y el Pontevedra, que tuvo a entrenadores de la talla de Ochoa, Luis Bello, Héctor Rial y Marcel Domingo, entre otros, acabó perdiendo fuelle: algunos jugadores se hicieron mayores, otros -Roldán II, Fuertes, ...- fueron traspasados y los que vinieron -los sevillistas Hachero y Polo, el valenciano Huertas, el argentino Rivero, el vigués Barros, ...- no pudieron dar el nivel de los de siempre y el Pontevedra acabó descendiendo a 2ª en la temporada 1969-70. Desde entonces no ha vuelto a aparecer en la Liga de los mejores, pero quien sabe si algún día volveremos a hablar de que "hai que roelo".



7 de diciembre de 2009

El drama de Chamberlain



Neville Chamberlain nació en Brimingham en 1869 y fue Primer Ministro británico entre el 28 de mayo de 1937 y el 10 de mayo de 1940; y fue famoso por su política de apaciguamiento con respecto a la Alemania nazi y la Conferencia de Múnich de 1938.

En el ABC de ayer leí un amplio y estupendo artículo de Fernando García de Cortazar titulado "El castigo de la historia"; dicho artículo se extendía en muchas cuestiones relativas a diversos errores políticos cometidos a lo largo de la historia, pero hoy quiero mencionar una referencia concreta al político conservador inglés: "Es el destino de Neville Chamberlain, que mientras Churchill alertaba un año sí y otro también, un mes sí y otro también, sobre la siniestra amenaza de la Alemania nazi y las exigencias de Hitler, abrazaba el pacifismo y postulaba que para evitar problemas y, Dios no lo quiera, una guerra, había que apaciguar al Führer. Chamberlain murió enseguida, poco después de que el jerarca nazi comenzara la guerra más devastadora que ha conocido el mundo, aplastado por la conciencia de su insondable ceguera".

No creo que haya que ser inmisericorde con un hombre que tenía buena voluntad y que ya hace casi setenta años que rindió cuentas ante Dios y la Historia, pero me parece que cabe aprender la lección que reflejan las palabras del autor del artículo mencionado. El pacifismo es atractivo, y ejemplos formidables y solventes de su ejercicio están en la mente de todos: Gandhi, Nelson Mandela, ... pero pienso que son de temer determinadas posturas que pueden suponer no enfrentarse de cara con el problema, dejarse engañar por los habituales lobos vestidos de cordero o, simplemente, airear como verdades incontestables posturas que no son más que slogans superficiales o vacíos.

En el mundo nos enfrentamos a amenazas que no son precisamente ni livianas ni improbables; el terrorismo islámista, por ejemplo, es una realidad que pone los pelos de punta solamente con pararse un poco a meditar sobre lo que sabemos y sobre lo que intuimos, sobre las cosas que han pasado y las que pueden pasar. Y frente a una amenaza de esta naturaleza uno siente cierto estremecimiento ante esa doble tentación que, al menos en apariencia, parece sobrevolar algunas mentes de los políticos más importantes: el descuido de los argumentos de defensa y ataque y cierta condescendencia que hace intuir algún signo de debilidad.

Con demasiada frecuencia asoma el electoralismo, o lo que es lo mismo, la realidad de que la necesidad de mantenerse en el sillón condiciona posturas, criterios y decisiones. Cada vez quedan menos hombres de Estado, como lo fueron, con sus errores, que los tendrían, Winston Churchill, Franklin E. Roosevelt, Konrad Adenauer, Charles de Gaulle o Alcide de Gásperi. ¿Qué buscan algunos?, ¿la palmadita en la espalda?. ¿no enfrentarse con nadie?, ¿un puesto en la historia entrando por la gatera?, ¿un Nobel de la Paz demasiado barato?. Los poderosos del mundo tienen que administrar su poder en servicio de los demás, no son modelos que lucen en la pasarela, ni estrellas de Hollywood en busca de glamour y estatuillas, ni siquiera banqueros ansiosos de dominio; son servidores del resto de ciudadanos y eso exige responsabilidad, visión elevada de las cosas y disposición a sacrificar lo propio en beneficio del grupo.

Chamberlain parece que no midió el peligro latente en las decisiones y los planteamientos de los dirigentes nazis, que no supo calibrar las consecuencias que una ideología tremenda iban a traer al mundo, algo que a posteriori nos parece hoy de Perogrullo; no tuvo previsión, no supo percibir globalmente el problema y el futuro y no calculó ni tiempos ni distancias. Confiemos en que quienes ostentan hoy las máximas responsabilidades no caigan en la ingenuidad, la imprevisión y la torpeza.


6 de diciembre de 2009

La Constitución llora a uno de sus padres



Hace seis años asistí a una conferencia que en torno a la Transición dio Jordi Solé Tura en el Salón de ACtos de la Caja Rural de Huesca; ya entonces presentaba un evidente deterioro físico y su discurso era lento y entrecortado, aunque aún conservaba una lucidez que años más tarde perdió definitivamente al acelerarse el Alzheimer que sufría. Ayer, 4 de diciembre, a dos días de la celebración del 31º aniversario de nuestra vigente Constitución, quien fuera uno de sus autores perdía finalmentela batalla con esa dura enfermedad.

Aparte de esa última conferencia, más bien dispersa e inconcreta, no tuve nunca contacto con Solé Tura, cuando llegué a la Facultad de Derecho de Barcelona ya había cursado los dos años de Derecho Político, que se dan en 1º y 2º; por esta razón mis impresiones sobre este hombre, tan alejado de mis opiniones pero con ese encanto especial de los políticos legendarios, se centran en pocas cosas.

En la biografía de Solé Tura hay una cuestión que me ha llamado la atención, positivamente, por encima de todas: fue un hombre al que le costó llegar, alguien hecho a sí mismo: trabajaba de panadero en Mollet del Vallés y empezó tarde a estudiar, haciendo el bachiller y la carrera de Derecho en menos de 8 años, algo que dice mucho de su constancia, de su afán de superación y, evidentemente, de una capacidad y una inteligencia fuera de lo común. En un ambiente de gente como el de las facultades de Derecho de entonces, cargado de gentes -como el menda, por cierto- que siempre habían comido caliente, hay que destacar historias como ésta.

Esa costancia de Jordi Solé Tura también se puso de manifiesto en su lucha por conseguir la cátedra en un ambiente contrario, en un régimen en el que su condición de militante comunista convertía en imposible su misión de llegar al máximo en su profesión de enseñante universitario, sufriendo exilio y cárcel exclusivamente por su ideología. Manuel Jiménez de Parga, que fue quien le introdujo en la Universidad y en el Derecho Político, hablaba de ello ayer en el ABC, a la vez que resaltaba su condición de hombre bueno.

Y no es cosa de poca importancia su condición de padre de la Constitución; en estos tiempos, resulta oxigenante hablar de un catalán convencido que supo en su momento, por un lado, estar dispuesto a ceder para llegar a un acuerdo satisfactorio para todos y, por otro, mantener una lealtad institucional que choca con estos tiempos de chantajes, provocaciones y desatinos. Estoy seguro de que Jordi Solé Tura nunca hubiera cuestionado, presionado ni amenazado a una institución pública para condicionar una decisión importante.

La muerte de Jordi Sole Tura nos enfrenta, además, con dos cuestiones que a mí me hacen pensar; de una parte cómo determinadas enfermedades nos llevan al aislamiento y el olvido, cómo personas otrora brillantes, geniales, incisivas, se convierten en seres inanes y dependientes: nunca aprenderemos lo suficiente a prepararnos para algo tan real; de otra, la inevitable realidad de que conforme cumples años ves como poco a poco van desapareciendo quienes fueron protagonistas de los hechos más relevantes de tu infancia y juventud, porque el transcurso del tiempo y lo que éste trae consigo no deja de ser una lección más para aprender.




4 de diciembre de 2009

La batalla del crucifijo



Parece que determinados grupos, sospecho que con menos representatividad de la que aparentan, siguen encelados en su particular batalla para hacer desaparecer cualquier símbolo religioso que pueda estar ubicado en sitio visible. Como decía un antiguo jefe mío, no son muchos pero como tienen un spray parece que están por todas partes. Ahora se ha abierto la polémica acerca de los crucifijos en la escuelas, pues los seguidores del señor de bigotes de la zona de Baix Camp ha planteado la iniciativa de hacerlos desaparecer de las aulas españolas.

No deja de ser paradójico que quienes para otras cuestiones asumen la condición de caudillos de la tolerancia, inicien una guerra para impedir algo que, desparecida ya hace año cualquier imposición en un país donde están claramente separadas la Iglesia y el Estado, no deja de ser un signo cultural de nuestra civilización y el tenerlo puesto, un simple ejercicio de libertad.

Yo me pregunto, ¿por qué les molesta tanto un crucifijo?, ¿qué les amarga?. ¿qué les recuerda?. Yo, detrás de esta iniciativa, veo fundamentalmente dos cosas: un reticente y ancestral anticlericalismo, matizado por una arraigada visceralidad a todo lo que suene a religión, algo que el sentido común debería haber hecho desaparecer tras episodios históricos lamentable y, por otro lado, una larvado deseo de controlar las ideas, de no permitir que nadie vaya más allá de los planteamientos oficiales.

Parece que se ha dado freno a la cuestión, cosa que me alegra, aunque no deje de darme pena como campan a sus anchas cuatro impresentables que se creen el oráculo de Delfos.


2 de diciembre de 2009

Eduardo Mendoza

Eduardo Mendoza es un autor al que tardé en conocer. En algún momento de mi vida descubrí la calidad y el encanto de sus obras, pero hasta entonces mis lecturas andaban circunscritas a un más bien limitado sector de autores españoles que tenía -y sigo teniendo- en un altar: Delibes, Fernández Santos, Aldecoa, Martín Gaite, ... Todavía no había extendido mi mirada hacia los nuevos genios que iban apareciendo  en nuestro panorama literario.

Mendoza es una de esas personas que en su momento tuvo la valentía de dar un cambio radical a su vida. Nacido en una familia acomodada y clásica, su padre era Fiscal y su madre ama de casa, se educó en colegios religiosos y estudió Derecho. Como abogado trabajó en casos tan sonados como el de la "Barcelona Traction", uno de esos escándalos financieros que historica y periodicamente surgen entre bastidores de la burguesía catalana, y fue asesor del Banco Condal. Son datos que nos permiten adivinar una buena estabilidad profesional. Pero se ve que Mendoza no se sentía realizado en esta situación, y el 1 de diciembre de 1973 abandona Barcelona para instalarse en Nueva York como traductor de la Organización de Naciones Unidas (ONU). A partir de entonces se produce el cambio y el hoy escritor deja de ser uno más en el organigrama social de Barcelona para emprender la aventura literaria, algo que le llevaría a la gloria y a la riqueza, aunque por un camino distinto y más complicado que el previsto.

Su primer libro fue "La verdad sobre el Caso Savolta", y he de confesar que fue el que más me gustó  de los que he leído.  En el libro ya se ve clara la capacidad de Mendoza de utilizar hábilmente diferentes discursos y estilos narrativos, siendo para muchos esta novela la precursora del cambio que daría la sociedad española, la primera novela de la transición democrática. Mendoza narra el panorama de las luchas sindicales de principios del siglo XX, mostrando la realidad social, cultural y económica de la Barcelona de la época. En 1976 el escritor obtuvo el Premio de la Crítica por la novela. La semana trágica, la huelga revolucionaria, los enfrentamientos entre la CNT y la patronal, la ley de fugas, la lucha anarquista, ... son cuestiones históricas de calado que aparecen en la obra. Formidable la técnica de la doble narración, con capítulos en primera persona por el protagonista y otros en tercera por alguien desconocido, a lo que cabe añadir el recurso de incluir documentos judiciales y transcripciones de interrogatorios, algo que luego han seguido utilizando con éxito autores de la talla de Andrea Camilleri, entre otros.

Dicen que "La ciudad de los prodigios" es la obra cumbre de Eduardo Mendoza. Imagino que será así y no cabe duda de que se trata de una novela redonda, aunque pienso que no supera a la primera. Es una novela sobre Barcelona, lo que de entrada es ya toda una garantía, pues Barcelona da muchísimo de sí a cualquier novelista medianamente bueno. Un libro que trate de Barcelona me atrae por sí solo: Mercedes Salisachs, Merçé Rodoreda, Vazquez Montalbán, González Ledesma, Juan Marsé, ... pueden dar buena fe de ello. En "La ciudad de los prodigios" se muestra la evolución social y urbana de la capital catalana  entre las dos exposiciones universales -1888 y 1929-. En 1999 fue adaptada al cine por Mario Camus y protagonizada por Emma Suárez y Olivier Martínez. El libro tiene un protagonista genial, Onofre Bouvila, un siniestro y conseguidísimo personaje: sórdido y cruel, sin escrúpulos, que atesora poder y bienes gracias a sus maniobras inteligentes pero también salvajes. Junto a él van desfilando una serie de personajes secundarios, caricaturescos y que llevan unida una sagaz y aguda crítica social.

Mendoza tuvo también la ocurrencia -y la genialidad- de crear un detective, pero no es éste un detective cualquiera, sino un individuo peculiar, sin nombre, que está habitualmente internado en un manicomio y ha crecido y vivido siempre en un ambiente de lumpen y marginalidad. Con este personaje Mendoza cerró una trilogía inolvidable, tres novelas de esas que sirven para disfrutar de una lectura oxigenante a la vez que de literatura de calidad. "El misterio de la cripta embrujada" (1979), "El laberinto de las aceitunas" (1982) y "La aventura del tocador de señoras" (2001) son tres novelas policíacas a las que no se si calificar de hilarantes, intrigantes o sencillamente geniales, pues tienen un poco de todo. Hay quien opina que el autor mezcla en esta trilogía dos géneros: el de la novela negra con el de la gótica.

Otro libro tan desternillante como acertado es "Sin noticias de Gurb" (1990), una breve novela publicada previamente por entregas en "El País". El libro cuenta la historia de un extraterrestre que aterriza cerca de Barcelona y se dedica a contemplar la situación catalana con ojos asombrados. La novela se lee de un tirón y uno no puede evitar ir soltando inevitables carcajadas prácticamente en cada capítulo. Posterior es "Una comedia ligera" (1996), otra incursión en Barcelona, esta vez en la época de la posguerra. El libro comienza aparentando ser una especie de novela burguesa de costumbres, pero la aparición del crimen y la intriga policial le dota de caracteres detectivescos con un notable contenido de crítica social. La novela tiene el problema de que uno la suele leer tras los dos primeros libros citados, y resulta muy difícil competir con ellos, aunque el autor consigue mantener el exigible nivel de calidad literaria.

"La isla inaudita" (1989), "El año del diluvio" (1992)y "El último trayecto de Horacio Dos" (2001), esta última también publicada por entregas en El País, son otros tres libros que seguro que son de primer nivel, aunque aún se encuentran en mi lista de pendientes. Tampoco he leído todavía sus tres últimas creaciones: "Mauricio o las elecciones primarias" (2006), "El asombroso viaje de Pomponio Flato" (2008) y la recientísima "Tres vidas de santos", pero seguro que tampoco me decepcionarán.


1 de diciembre de 2009

Fallece el Boris Karloff español

El actor Paul Naschy falleció hoy en Madrid a la edad de 75 años; un cáncer ha acabado con la vida del que ha sido el más significado actor de cine de terror nacido en España. Naschy nació en Madrid el 6 de septiembre de 1934 y su verdadero nombre era Jacinto Molina; tal vez no sean muchos los que sepan que antes de dedicarse al mundo del celuloide el actor fallecido estudió arquitectura y fue campeón de España nada menos que de Halterofilia. Era un hombre de una constitución física impresionante, lo que facilitó que pudiera trabajar como extra en grandes producciones de Hollywood como "Rey de reyes" (1961) y "55 días en Pekín" (1963).

Paul Naschy fue un actor que monopolizó su carrera dedicándose a interpretar películas de terror; fue un auténtico experto y recibió numerosos galardones por ello: el premio "George Meliès" del Festival de Ciencia Ficción de París por "El jorobado de la Morgue" (1972), en el célebre Festival de Sitges por "La maldición de la bestia" (1975) y en el "Fantasporto" de la ciudad portuguesa de Oporto por "El retorno del hombre lobo" (1980). Naschy tenía una facilidad enorme para interpretar todo tipo de personajes "de miedo", como se demuestra con sus películas "Jack el destripador de Londrés" (1971), "El gran amor del Conde Drácula" (1972) y "La venganza de la momia" (1973); en todas ellas, por supuesto, a Paul Naschy le correspondía el papel de "monstruo protagonista".

No obstante, si hubo un personaje que interpretó hasta la saciedad Jacinto Molina fue el de hombre lobo, hasta convertirse en uno de los "peludos" más famosos del cine; su primera película fue "La marca del hombre lobo" (1968), donde encarno por vez primera su personaje mítico: Waldermar Daninsky, y posteriormente volvió a hacer de "licántropo" en muchas más ocasiones, destacando "Las noches del hombre lobo" (1968), "La noche de Walpurgis" (1971), con Leon Klimovski, uno de sus directores favoritos y "El Doctor Jeckyll y el hombre lobo" (1972).

Tras su etapa como actor, Paul Naschy dirigió un buen número de películas, todas ellas, por supuesto, dentro del género fantástico, con referencia destacada a films como "Inquisición" (1975), que supuso su debut como director, "La bestia y la espada mágica" (1983), en una co-producción hispano japonesa y "El aullido del diablo" (1987). Ninguna de sus películas pueden ser consideradas como mñíticas, pero en su conjunto constituyen yun trabajo serio y honesto que le convierten, junto a sus trabajos como actor, en auténtica leyenda del cine de terror en España.

En 1997 el actor publicó su autobiografía, cuyo título no podía ser otro: "Memorias de un hombre lobo". Gozó de la amistad y la confianza de personajes tan importantes como Quentin Tarantino y Christopher Lee y fue de los que solamente tuvo una mujer, Elvira Primavera. Otras películas significativas fueron: "Los ojos azules de la muñeca rota" (1973) de Carlos Aured, "El mariscal del infierno" (1974) de León Klimowsky, donde nació otro personaje importante: Alaric de Marnac, "El espanto surge de la tumba" (1973) de Carlos Aured, y "Latidos de pánico" (1983) de Jacinto Molina ... es decir, el propio Naschy.

El destino ha querido que precisamente estos días la XIII Muestra de Cine Independiente y Fantástico de Toledo rendía homenaje a Naschy, junto al recuerdo cinematográfico a Narciso Ibáñez Menta (1912-2004). Hoy ese homenaje se universaliza con el recuerdo de alguien que nos hizo disfrutar con el horror, ser felices a pesar del miedo.


Eurovisión 1972: una mujer elegante, una canción romántica



En 1972 el Festival de Eurovision aún tenía algo de importancia; en primavera siempre había un sábado por la noche en el que toda España permanecía fiel al televisor para ver como se comportaba el correspondiente representante español y que país se llevaba el gato al agua. En 1971 había ganado la cantante Severine, quien , en representación de Mónaco, había interpretado el tema "Un banc, un arbre, une rue"; por esta razón el escenario elegido para la edición del 72 fue la glamourosa ciudad de Montecarlo.

En esta ocasión, el vencedor fue inapelable; en penúltimo lugar y en representación de Luxemburgo actuó Vicky Leandros, una cantante nacida en Corfú (Grecia), hija del músico y compositor Leo Leandros y que ya había representado al minúsculo país centroeuropeo en 1967 con "L'amour est bleu", aunque en aquella ocasión la gloria fue para Sandie Shaw y sus "Marionetas en la cuerda" y se tuvo que conformar con el cuarto puesto. En cuanto Vicky interpretó "Apres toi" quedó claro que era la gran favorita, y los jurados no dieron cancha a la sorpresa.

En la tradicional rivalidad anglo-francesa -entonces no había demasiada chance para los latinos de Italia y España- el inicio de los 70 ofreció cierta hegemonía de esas canciones francesas que siempre hablaban de amor en tonos melódicos y "Apres toi" respondía a ese tipo de canción esencialmente romántica, interpretada con sentimiento y sin demasiados excesos. Vicky Leandros salió al escenario con dominio absoluto de la situación y se mostró segura, entonada y, sobre todo, elegante. Comprendo que no estamos ante una canción legendaria, emblemática, pero "Apres toi" se convirtió a partir de ese momento en una de mis canciones favoritas y, a diferencia de otras, no ha dejado de serlo.



En segunda posición quedó el grupo australiano The New Seekers con el tema "Beg, steal or borrow" en representación de Inglaterra; lo que tal vez sepan pocas personas es que se trataba de un grupo que había estado al borde de la desaparición y que resurgió con un anuncio en el que "Coca-cola" felicitaba la Navidad: a los de mi generación seguro que les suena eso de que "al mundo entero quiero dar un mensaje de paz, y junto al árbol revivir la alegre Navidad". La canción que interpretaron, cuyo título puede traducirse como "mendigar, robar o pedir prestado" -toda una exhortación a la caradura- era una simple canción pegadiza muy lejos, desde mi punto de vista, de la calidad de la ganadora.



Alemania fue tercera con Mary Roos, que interpretó "Nur die Liebe läßt uns leben" y otro "clásico" del certamen, Holanda, consiguió el cuarto puesto con el dúo Sandra & Andres que cantó "Als 't om de liefde gaat"; pero posiblemente la única canción que realmente podía superar a "Apres toi" fue la que interpretó el gran Nicola di Bari, quien ya había ganado San Remo con "Il giorni dell'arcobaleno", un hermoso tema de amor que había escandalizado a los "puretas" de la época. Era la época dorada del cantante de Apulia, pero ese tipo de canciones no eran adecuadas para triunfar en este festival: ya se habían estrellado en su momento auténticos grandes de la música italiana como Sergio Endrigo, Gianni Morandi, Iva Zannichi y el mismísimo Doménico Modugno; Di Bari terminó en una honrosa sexta posición, pero la canción merecía mucho más.



Televisión Española eligió para repreentara nuestro país aquel año a quien por entonces era el eterno aspirante a hacerlo, el valenciano Jaime Morey, un hombre experto en canciones tan románticas que frecuentemente se convertían en cursis. Morey no duró en la cresta de la ola de la canción pop española más allá de este Festival y desde entonces solamente se ha hecho famoso por su implicación en el caso "Gescartera". Interpretó "Amanece", compuesta por el entonces omnipresente Augusto Algueró y que incluso dio lugar a algún chiste, como ese de Forges en el que un verdugo amenazaba al preso con poner "Amanece" si éste continuaba en plan reivindicativo. Jaime Morey acabó en un digno 10º puesto.




Al final, en mi lista de canciones para recordar quedaron la ganadora -cualquier canción romántica en francés suele acabar en mi zurrón nostálgico- y el tema que interpretó Nicola di Bari, un cantante de primer nivel.

Dejo un vídeo sobre el programa que TVE emitió tras el Festival en el que aparece gente tan inefable como José Luis Uribarri, Karina, Conchita Bautista y Paco Gento.