6 de marzo de 2009

Restaurante "Las Torres", Huesca


Creo que ya he comentado por aquí la enorme calidad de la oferta gastronómica de Huesca. Creo que hay pocos lugares en España que puedan competir con la amplia gama de posibilidades que ofrece la capital del Altoaragón, donde puedes comer de maravilla con todo tipo de platos, precios y formas.

En la ciudad tenemos dos Restaurantes con estrella Michelín; uno de ellos, sin desmerecer en absoluto al otro, el que más me gusta a mí es el Restaurante "Las Torres", ubicado en la Calle María Auxiliadora y que está a la altura de los mejores establecimientos del país.

Si hablamos de "Las Torres" no estaríamos siendo justos si no mencionáramos a quien fue el auténtico alma de la casa, Fernando Abadía, un auténtico mago del mundo de la cocina que falleció tras rápida y cruel enfermedad hace pocos años, pero cuya impronta permanecerá siempre en en lugar. Su enorme capacidad creativa y su conocimiento profundo del mundo culinario fueron clave para convertir al Restaurante en el buque insignia del sector en la provincia. Afortunadamente, la cocina sigue en buenas manos, pues a Fernando le sucedió su discípulo, David Fernández, hijo de un buen amigo y excelente profesional de un sector bien diferente, y a quien conocí la semana pasada.

He comido dos veces en "Las Torres" en estos últimos siete días; la primera de ellas tuvo un sentido especial para un zaragocista atormentado e irredento como yo, pues lo hice con Víctor Fernández, a quien acompañaba su letrado, compañero mío de Facultad. Fue una comida deliciosa, también en lo humano, y confirmé la enorme calidad humana del antiguo entrenador del Zaragoza, con quien compartí confidencias y recuerdos. Pero como estamos en un hilo relativo a la pitanza, me referiré al menú, que fue excelente. Después de unos aperitivos riquísimos, combinamos dos platos de verduras: un cardo con almejas que respondió a la exigencia de quien como yo alega tener a dicho producto entre sus favoritos y unas alcachofas con foie que fueron, posiblemente, lo mejor del día, que ya es decir. En segundo lugar opté por la raya, servida con alcaparras y que elegí por eso de la novedad: estaba francamente buena, aunque aún mejor aspecto, y por lo visto realidad, presentaba el mero que se zampó el entrenador del Barrio Oliver. El postre lo protagonizaron unas fresas con calvados y helado de mango sencillamente maravillosos. Todo ello regado con Ribera de Duero y con la mejor atención y toda la discreción del mundo.

El pasado martes estuve en una comida organizada por unos amigos que hacen una cada año en "Las Torres"; yo asistía por vez primera y el resultado volvió a ser de matrícula de honor. Se comenzó por unas ostras, que no son mi debilidad precisamente, pasando luego a tomar una nécora y unas anchoas rebozadas que jugaban la Liga de Campeones. Tras los pescados vinieron un steak tártaro de ciervo y una costilla del mismo animal que es lo mejor que he tomado en carnes en muchos años. EL postre fue el mismo de la vez anterior y la compañía, también excelente.

Otro de los atractivos del sito es la variedad del menú; no tienen unos platos que permanecen muchos años en el tiempo, con lo que cada vez sueles encontrar novedades. De "Las Torres" recuerdo platos excelentes, como unas carrilleras de ternera, un plato de foie con trenza de Almudévar, un lomo de ternasco con especias y confitura de cebolla roja y un pez de carne similar a la del besugo cuyo nombre no consigo recordar.

No es un sitio barato, porque la calidad no suele costar poco, pero el precio, en mi opinión, es absolutamente razonable. En muchos sitios de Madrid o Barcelona, si fueran capaces de servir una comida así, te darían un sablazo notable.



Fotos: www.lastorres-restaurante.com; blogs.abc.es

"La reina", Pablo Neruda




Yo te he nombrado reina.

Hay más altas que tú, mas altas.

Hay más puras que tú, más puras.

Hay más bellas que tú, hay más bellas.

Pero tú eres la reina.


Cuando vas por las calles nadie te reconoce.

Nadie ve tu corona de cristal,

nadie mira la alfombra de oro rojo que pisas donde pasas,

la alfombra que no existe.


Y cuando asomas suenan todos los ríos en mi cuerpo,

sacuden el cielo las campanas,

y un himno llena el mundo.


Sólo tú y yo, sólo tú y yo, amor mío, lo escuchamos.


Neruda había nacido en la localidad chilena de Parral en 1904, falleciendo en la capital, Santiago, 69 años después, pocos días después del golpe de Estado que acabó con el gobierno de Salvador Allende y dio inicio a la dictadura del General Pinochet. Neruda fue un hombre importante en su país, comprometido políticamente ostentó cargos importantes en el Partido Comunista de Chile, siendo candidato a la presidencia de la nación y detentando el cargo de Embajador de Chile en Francia durante el gobierno de Allende, llegando a recibir la distinción de Doctor Honoris Causa de la Universidad de Oxford.

Pero ante todo, Neruda era un artista, un escritor lleno de sensibilidad, un poeta universal. El año 1971 recibió el Premio Nobel de Literatura, que recogió de manos del rey Gustavo Adolfo de Suecia; son famosas sus frases posteriores a la ceremonia y recogidas en sus "Memorias": “El anciano monarca nos daba la mano a cada uno; nos entregaba el diploma, la medalla y el cheque (...) Se dice ( o se lo dijeron a Matilde para impresionarla) que el rey estuvo más tiempo conmigo que con los otros laureados, que me apretó la mano con evidente simpatía. Tal vez haya sido una reminiscencia de la antigua gentileza palaciega hacia los juglares”. .

Posiblemente su obra más conocida son los "20 poemas de amor y una canción desesperada", ´también me han gustado siempre sus "Odas elementales", donde canta a cosas comunes con las cuales el autor tiene la gran virtud de construir un producto artístico. Son poemas realmente bellos y atractivos, que muestran la esencia del verdadero artista, aquel que sabe hacer de algo simple un hecho majestuoso. Un artista sensible a las pequeñas cosas de la vida diaria y a los simples ritmos de la naturaleza. Pero he optado por traer al blog un breve poema de amor que me ha parecido un reflejo maravilloso del amor puro hacia otra persona, de ese amor que pasa por encima de consideraciones más accidentales que pueden impresionar a quienes tienen una visión más superficial de la vida.

5 de marzo de 2009

La visión patrimonialista del poder



No cabe duda de que el resultado de las elecciones al Parlamento vasco celebradas el pasado domingo es uno de los temas que dominan los titulares de la prensa y que constituyen, a la vista de las grandes incógnitas que se plantean, un tema de debate para muchos foros. La posibilidad de que el PNV salga del poder tras más de 25 años de hegemonía y que ese poder sea ejercido por un partido no nacionalista sería una noticia lo suficientemente sonada como para asegurar que toda la expectación está justificada.

El secretario general del partido de Ibarretxe, Iñigo Urkullu, en una de esas frases que de vez en cuando sueltan nuestros políticos, tal vez por inconsciente necesidad de que se les vea el plumero, afirmó ayer que si el PSE opta por formar gobierno con el apoyo del PP estaría dando un golpe institucional. Detrás de semejante afirmación uno intuye una especie de torpe convencimiento de que en esa zona de España no hay más posibilidad de gobierno válido que el que tenga color nacionalista. Es curioso cómo en determinadas ocasiones los que ostentan el poder acaban identificándose tanto con éste que parecen acabar convencidos de que es de su propiedad.

Esta simbiosis con el aparato de mando se repite casi inevitablemente cuando ese poder se ejerce repetidamente durante muchos años -le pasó en su día al PP en Galicia y le pasa al PSOE en Andalucía- y se acentúa hasta formas enfermizas cuando el poder reviste color localista, no hay más que recordar la absoluta identificación que Jordi Pujol y sus muchos seguidores acabaron haciendo entre el Honorable y su partido y Cataluña, algo que se ha reproducido en el País Vasco y ahora, cuando ven que se les puede acabar la hegemonía, les está llevando al ataque de nervios.

Soy de los convencidos de que la alternancia es buena; el continuo ejercicio del poder por los mismos colores suele llevar al enfriamiento de las iniciales convicciones, al servilismo y a la endogamia, y ejemplos los tenemos por doquier. Y el peligro de patrimonización del poder se acentúa cuando surgen las mayorías absolutas; cualquier resultado electoral es sagrado, pues es consecuencia de la libre e incontestable elección del pueblo soberano, pero no creo que sea faltar al respeto debido a éste opinar que tales mayorías absolutas son peligrosas: la del PSOE acabó en Filesa y el GAL y la del PP con la entrada del país en la Guerra de Irak y la aparente consideración de España por algunos de sus gobernantes como propiedad de Génova, 13.

No soy un experto en "politología" -¿es correcta la palabrita?- y hace ya un tiempo que ha dejado de irme la vida en estas decisiones, pero estoy seguro de que es bueno que los nacionalistas dejen el puesto a otras personas, no porque sean intrínsecamente perversos, sino por mera higiene política y social; ni al pueblo le conviene tantos años con lo mismo ni a ellos mismos les viene bien no conocer otra cosa que el poder. Ya se que hay argumentos en todas las direcciones y que siempre hay que respetar la decisión de las urnas, pero nunca podemos olvidar que la perpetuación en el poder puede llevar al clientelismo y a la consolidación de círculos cerrados y pesebres.

El cogollo del problema puede encontrarse en que el poder es goloso, una especie de reducto de gloria que uno se resiste a abandonar, amen de determinados intereses económicos, sociales o de otro tipo que pueden ser compañeros inseparables de aquél. Pero pienso que quienes lo ostentan pueden acabar cayendo en esa especie de mesianismo que hace considerarse imprescindible, creerse el único capacitado para resolver los problemas y, por ende, considerar que los únicos valores válidos son los que se encuentran en el ideario de su partido.

No obstante, pienso que hay formas de luchar contra estos peligros y que, tarde o temprano, suele llegar un cambio que aporte oxígeno, aunque no es infrecuente que quienes lo traigan acaben cayendo en los mismos errores de sus antecesores. Lo que resulta chocante es que siga habiendo líderes políticos que parezcan reivindicar la propiedad privada del poder público.

Fotos: www.abertzale.eu; www.jordipujol.cat; tucasapress.wordpress.com; todobromas.com; www.laguia2000.com.


4 de marzo de 2009

El gol de Katalinski





















Desde que en junio todos los futboleros nacionales tocamos el cielo con el gran triunfo de nuestra selección, todos son glorias y parabienes, pero no podemos olvidar que la historia del equipo representativo de España en competiciones oficiales está trillada de disgustos y frustraciones. Los goles fallados por Cardeñosa ante Brasil (Argentina-78) y Julio Salinas frente a Italia (USA-94), la tarde gloriosa del yugoslavo Stojkovic que nos costó la eliminación en Italia-90, el fallo de Arconada en el Parque de los Príncipes de París en la final de la Eurocopa de 1984, el de Zubizarreta ante Nigeria en el Mundial de Francia-98 o la imposibilidad de llegar a semifinales por culpa de los penaltis frente a Bélgica en el Mundial de Méjico-86 y frente a Inglaterra en la Eurocopa de 1996 forman parte de los anales de las decepciones deportivas hispánicas.

Mis recuerdos infantiles incluyen la desilusión por no haber llegado a la fase final del Mundial en dos ediciones consecutivas: la celebrada en Méjico en 1970, cuando fuimos apeados por una sorprendente selección belga, donde brillaban Van Himst y Van Moer, dos enormes centrocampistas que marcaron época en el fútbol europeo y el delantero Devrindt, que fue nuestro verdugo -3 goles en dos partidos- y la que tuvo lugar en Alemania en 1974, que fue si cabe más dolorosa al haber caído en un partido de desempate celebrado en Francfort con Yugoslavia como rival y donde se produjo el gol que da título al hilo.

Las eliminatorias previas al referido Mundial alemán fueron enormemente disputadas; España logró dos importantísimas victorias frente a Grecia en partidos a cara de perro; recuerdo especialmente el partido disputado en Atenas, frente a una selección griega donde la gran figura era el interior Mimis Domazos, un hombre bajito y con pinta de gitano que jugaba como los ángeles y en la que también destacaban el ariete Antoniadis y el medio volante Eleftherakis. El partido se celebró en horario escolar y en mi colegio se habilitó un televisor en el comedor; la imagen iba y venía y a trancas y barrancas pudimos ver como España se acababa imponiendo 2-3 tras conseguir los griegos empatar en dos ocasiones; en dicho partido fue clave la actuación del valencianista Oscar Rubén Valdez, autor de dos goles, Valdez era un argentino de origen español que acabó desapareciendo de las convocatorias de Kubala, seleccionador de la época, cuando se comenzó a sospechar que tal origen era más falso que Judas.

El otro equipo del grupo era la selección yugoslava, el eterno rival de nuestra selección que en aquella época tenía una serie de jugadores de primer nivel, destacando el portero Maric, un auténtico felino, los laterales, el diestro Krivocucha y el zurdo Bogicevic, el medio volante Oblak, un típico todoterreno, el fino interior izquierdo Acimovic, el goleador Bajevic, típico ariete-tanque y, por encima de todos, el extremo izquierdo Dragan Dzajic, una de las figuras indiscutibles del fútbol mundial de la época, un dechado de exquisita técnica y auténtico líder de la selección. El primer partido se celebró en Las Palmas y España empató a última hora con un gol del azulgrana Asensi; se había adelantado nuestra selección con un tanto del veterano Amancio, pero los balcánicos reaccionaron con un juego excelente y Bajevic marcó dos goles que parecieron sentenciar a una selección que sólo pudo equilibrar el marcador a base de la histórica furia española. El partido de vuelta, celebrado en Belgrado, acabó con un empate sin goles; en dicho encuentro Ladislao Kubala hizo debutar a Uría, un prometedor extremo que jugaba en el Oviedo, a quien el mister hizo jugar en el lateral izquierdo y que acabó fichando por el Real Madrid para luego formar parte del mítico Sporting de Quini, Mesa, Joaquín, Ferrero, etc.

El equipo base de nuestra selección lo encabezaba José Angel Iribar, "El Chopo", un auténtico mito, indiscutible en la portería; la defensa estaba liderada por dos centrales duros y rocosos: Gallego, un sevillano que había hecho historia en el Barça, aunque ya comenzaba su decadencia y Benito, el racial central del Real Madrid; también contaba con el joven Macías que destacaba en un entonces boyante Málaga, el gallego del Barça Costas, el hispano-argentino Jesús Martínez, que jugaba en el Valencia y el zaragocista Violeta, auténtico líder de su equipo; los laterales eran para el valencianista Sol, un jugador con vocación ofensiva y el citado Uría; los dos grandes pilares del equipo estaban en la media: el madridista Pirri, genuino pulmón del equipo y el ya citado Juan Manuel Asensi, un interior técnico y de buena zancada que había fichado el Barça del Elche y que poseía un formidable disparo con la zurda, aunque -todo hay que decirlo- si el balón le venía a la otra pierna, éste podía acabar en el quinto anfiteatro. Completaba el centro del campo el luchador volante del Valencia Pepe Claramunt; el barcelonista Marcial y el jugador del Atlético de Madrid Irureta también jugaban de vez en cuando. Para la delantera Kubala solía recurrir a dos extremos bajitos: Amancio, que apuraba sus últimos años en activo, y el mencionado Valdez; el puesto de ariete tenía plaza fija para Gárate, un delantero con movilidad, elegancia y sacrificio; El bilbaíno Rojo I, el hispano argentino Roberto Martínez, Carlos Rexach y el goleador del Sporting Quini eran otras alternativas.

Al acabar España y Yugoslavia empatados en todo, hubo que jugar un encuentro de desempate; dicho partido se disputó el 13 de febrero de 1974 en el Waldstadion de Francfort y suponía jugarse el ser o no ser a una sóla carta, y ésta salió mal. El encuentro fue toda una demostración de impotencia por parte de nuestra selección, que salió derrotada por 1-0 y tiró por los suelos las ilusiones de los aficionados, acostumbrados de cualquier modo a sumar fracasos. El único gol los marcó el central Katalinski, un jugador de una presencia formidable que aprovechó un fallo de Iribar para adelantar a su equipo cuando se llevaban disputados 13 minutos de partido; el tanto supuso una losa que los jugadores españoles fueron incapaces de superar. Recuerdo como si fuera hoy la impotencia total de dos jugadores que medían menos de 1,70, los extremos Amancio y Valdez, estrellándose una y otra vez contra los laterales rivales, Buljan y Bogicevic, cuya estatura era cercana al 1,90: el espectáculo era patético. José Eulogio Gárate, que tampoco era muy alto, se encontraba perdido entre los centrales rivales, el fatídico Katalinski y un tal Hadziabdic. Por contra Oblak, Acimovic y Dzajic se hicieron con el control del partido y el extremo diestro Petkovic fue una auténtica pesadilla para Uría, que tuvo una actuación flojísima. Al estar lesionado Bajevic, en la punta
de ataque yugoslava actuó quien entonces era la gran esperanza del fútbol balcánico, un jovencísimo Ivica Surjak, quien luego sería una estrella mundial y en su última época jugó en el Real Zaragoza.

Josip Katalinski había nacido en Sarajevo el 2 de mayo de 1948, por lo que entonces contaba con 25 años, habiendo jugado hasta entonces únicamente en el equipo de su ciudad de origen, el Željezničar. Fue internacional por su país en 41 ocasiones, habiendo marcado 10 goles, cifra espectacular en un defensa. En 1975 tuvo su experiencia en la liga francesa al fichar por el Niza.

Al final España se quedó en casa y los españolitos aficionados al fútbol de aquella época vimos el Mundial sin pasión, pero, todo sea dicho, con gozo, porque ver jugar a Beckenbauer, Cruyff, Resenbrink, Luiz Pereira, Deyna, Lato, Overath, Rivelino y cía no fue moco de pavo.



3 de marzo de 2009

Justicia y perdón




"No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón."

(Mensaje de Su Santidad Juan Pablo II para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz. 1 de enero de 2002)


http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/messages/peace/documents/hf_jp-ii_mes_20011211_xxxv-world-day-for-peace_sp.html

Todos los años, el día 1 de enero el Papa ofrece al mundo su mensaje por la paz. Seguir las palabras del Santo Padre a favor de la paz se ha convertido en una tradición para muchos, de la misma manera que, en otro orden de cosas, también hemos incorporado a nuestra rutina del primer día del año el Concierto desde Viena y los saltos de esquí.

En el año 2002 aún estaban muy recientes los tremendos sucesos del 11 de septiembre anterior; toda la humanidad se había estremecido ante la masacre ocurrida en Nueva York y las palabras de Juan Pablo II, ya muy afectado de la enfermedad que llevó con entrega y ejemplaridad los últimos años de su vida, tenían ese año un significado muy especial. Y el Papa no defraudó: hablo de la paz, del terrorismo, de la Justicia Social y del perdón.

Arriba he dejado el enlace del discurso, pero solamente me quiero referir ahora a este último punto. Y es que últimamente he escuchado demasiadas veces frases que en cierta manera me rechinan. Y no es que no comprenda la situación, porque es humano que ante una muerte injusta, frente a un drama inesperado el corazón se rebele y uno acabe sintiendo la necesidad de vindicación. Es muy difícil encontrar el equilibrio, el punto justo que excluye la impunidad y no alcanza la venganza.

Creo que a quienes han sufrido en sus propias carnes el dolor no se les puede exigir ni serenidad ni mesura, algo que solamente puede ir llegando con la ayuda externa y el paso del tiempo; pero sí cabe pedir esta ponderación a quienes crean opinión, a quienes transmiten las noticias. Por poner un ejemplo reciente, no se si ha ayudado mucho a la salud social todo el despliegue mediático aparecido en torno al trágico suceso vivido recientemente en Sevilla. Hay que apoyar a los familiares, por supuesto, se ha de exigir a quien tiene que castigar que cumpla su obligación con eficacia, rapidez y la contundencia adecuada, pero tal como se han llevado las cosas, me temo que se ha conseguido que en ocasiones no se sepa distinguir la frontera entre "buscar justicia" y "ser justiciero".

A veces pienso que vivimos en una sociedad que no sabe perdonar; se niega la bondad de hechos como comprender, olvidar o reconciliarse. Somos demasiado individualistas, tendemos a vivir nuestra vida y podemos acabar siendo incapaces de ponernos en el lugar del otro. Así, con frecuencia aparecen manifestaciones de una sociedad deshumanizada, fría e implacable.

"En realidad, el perdón es ante todo una decisión personal, una opción del
corazón que va contra el instinto espontáneo de devolver mal por mal. Dicha
opción tiene su punto de referencia en el amor de Dios, que nos acoge a pesar de
nuestro pecado y, como modelo supremo, el perdón de Cristo, el cual invocó desde
la cruz: « Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen » (Lc 23, 34). "

Para los cristianos el perdón tiene raíces evangélicas; no me cabe ninguna duda que cuando al final de nuestros días terrenos tengamos que dar cuenta a Dios de nuestros actos, nuestra capacidad de disculpa, las veces que hayamos sabido pedir perdón y, sobre todo, perdonar serán unas de las mejores bazas a nuestro favor. En mi opinión, el gran drama de la sociedad europea actual consiste en la pérdida de los valores cristianos, esos valores que sirvieron para hacer crecer al continente, y la filosofía del perdón tiene mucho que ver con ésto.

"(...) el perdón es necesario también en el ámbito social. Las familias, los
grupos, los Estados, la misma Comunidad internacional, necesitan abrirse al
perdón para remediar las relaciones interrumpidas, para superar situaciones de
estéril condena mutua, para vencer la tentación de excluir a los otros, sin
concederles posibilidad alguna de apelación. La capacidad de perdón es básica en
cualquier proyecto de una sociedad futura más justa y solidaria. "

Creo que la frase del Papa Wojtyla es magistral; porque resalta que a la paz se llega por la justicia y porque deja bien claro que las palabras justicia y perdón está íntimamente relacionadas, no valen la una sin la otra.


Fotos: www.20minutos.es; www.lasegunda.com

2 de marzo de 2009

"A cada cual lo suyo", Leonardo Sciascia













"A cada cual, lo suyo"
Leonardo Sciascia
Tusquets. Barcelona, (2009)
156 páginas



http://www.negraycriminal.com/index.php?view=ficha&idl=7638


Tenía ganas de leer algo de este escritor siciliano fallecido en Milán hace 20 años. La frase que aparece en la vitola publicitaria de la novela, dicha por el creador del Comisario Montalbano, Andrea Camilleri es ya harto significativa: "Yo estoy muy lejos de alcanzar a Sciascia": salta a la vista que tenía que valer la pena.

Sciascia fue un personaje singular, rico en facetas y en personalidad; estudió magisterio y se dedicó a la enseñanza durante unos años, para trabajar posteriormente como periodista y acabar convirtiéndose en uno de los escritores italianos más importantes del siglo pasado. Sciascia era un hombre de izquierdas y simpatizó con el PCI, si bien acabó alejándose del mismo para mantener una postura crítica e independiente, hasta el punto de que escritores, políticos y público en general lo consideraran "conciencia crítica de Italia" por su implacable denuncia de la corrupción política y la violencia mafiosa.

"A cada cual, lo suyo" es una novela que se lee de un tirón, escrita con una maestría notable y con la que pasas unos ratos deliciosos. Nos muestra un fresco magnífico de la sociedad de una pequeña ciudad siciliana; la trama se centra en la investigación que realiza un peculiar profesor de instituto, Paolo Laurana, acerca del asesinato del farmaceutico del pueblo, Manno y del doctor Roscio. Capítulo a capítulos Sciascia va desgranando la cuestión y nos va llevando por caminos que, si bien no presentan excesivas sorpresas, sí aciertan en crear una crítica social demoledora.

El protagonista, el profesor Caruana, es un personaje con el que muchos se pueden identificar en algún aspecto: honesto, ingenuo, inquieto y enamoradizo va descubriendo la clave del crimen a la vez que se va metiendo en la trampa. Su condición de solterón que vive con una madre dominante aporta humanidad al personaje.

Junto a él van apareciendo los poderosos del pueblo: las dos viudas: la del farmaceutico, a quien las habladurías del pueblo laceran injustamente y la de Roscio, un personaje formidablemente descrito, el primo de ésta, el abogado Roselló y su tío, el arcipreste, un auténtico príncipe de la Iglesia a quien Sciascia contrapone con el párroco de Santa Ana, mucho más rudimentario.

El autor nos va mostrando, como en escenas de teatro, la personalidad de cada uno y el ambiente del lugar. Magistrales las escenas que se desarrollan en el Casino, con presencia del cabo Luigi Corvaia y el irascible y senil coronel Salvaggio y en el café "Romeris" con el Barón de Alcozer y sus señorías, los magistrados Mosca y Lumia.

Sciascia no puede evitar mostrar, con tanta elegancia como evidencia, su postura progresista y su actitud anticlerical. Pero por encima de los mensajes ideológicos, "A cada cual, lo suyo" es un formidable retrato de la sociedad siciliana, una maravilloso desfile de personajes, un libro francamente brillante.


Fotos: www.ucm.es; www.negraycriminal.com


1 de marzo de 2009

Desde la atalaya

Imagino que todos habremos conocido personas así, al menos yo ya he padecido unos cuantos; no creo. además, que nadie pueda decir la célebre frase: "de este agua no beberé" y no excluyo que yo mismo haya podido caer alguna vez en ese error. Y es que en el deambular por la vida hay ocasiones en las que te topas con personajes que lo saben todo, tienen una respuesta para cada cosa, tardan segundos en pasarte por la cara su experiencia y su saber hacer y más vale que tomes las precauciones oportunas, so peligro de que te organicen la vida y te apliquen sus terapias habituales: dar consejos que nadie les ha pedido, hacer favores que no se les han solicitado y dar opiniones acerca de temas sobre los que nadie les ha preguntado.

No tengo ninguna duda de que necesitamos a los demás, que pedir consejo o ayuda, buscar el ejemplo de otros o consultar la opinión de quien a priori tiene que saber más que tú son medicina adecuada para sacar adelante los problemas que la vida te plantea, pero tan importante como eso es gozar de la libertad necesaria para tomar decisiones, poder actuar sin sentirte permanentemente juzgado, sometido a las percepciones, en ocasiones poco flexibles, de quienes se han instalado en la atalaya de la infalibilidad. En ocasiones el argumento son las propias excelencias -ser ingeniero nuclear, haber sacado una oposición nivel A o dirigir una empresa que factura no se cuanto-, otras veces la medalla consiste en haber llegado a una edad, algo que a algunos les concede serenidad y respeto y a otros parece que les lleva al error de despreciar lo que no es viejo y, también, es frecuente encontrarse con esa especie de mezcla de orgullo y complejo de quienes repiten como una letanía eso de que "se han hecho a sí mismos".

Hay cosas que nos enseñan nuestros padres, otras las aprendemos en nuestra época de estudiantes, pero a partir de ahí quien nos da lecciones es la vida, algunas después de habernos pegado alguna que otra bofetada; y de estas lecciones aprendemos y podemos ayudar a que aprendan los demás, pero conforme uno cumple años asume responsablemente las consecuencias de sus actos y agradece tener amigos, gente en la que confiar y a la que acudir, pero puede acabar cargado de aguantar padrinos, vigías y "sabelotodos". Y el problema no está en que no nos vayamos a equivocar, que lo haremos, ni en que no necesitemos ayuda, que la necesitamos, sino en que, como aseguraba un periodista aragonés de los tiempos de mi infancia, Don Preciso se murió y desde la atalaya no siempre se ve todo perfecto, pues la visión panorámica puede impedir observar bien los detalles.

Creo que todos hemos acabado en alguna ocasión hartos del "yoyalodijismo", la reiterada mención de la experiencia personal, el indebido recuerdo de las propias obligaciones por quien no le corresponde y la advertencia o reproche en tiempo o lugar inoportuno.

Fotos: diariodeuntranseunte.files.wordpress.com; milimboblog.blogspot.com