17 de diciembre de 2009

Metafórico Forges



Dedicado, con todo cariño y enorme comprensión, al nuevo Obispo de San Sebastián.


16 de diciembre de 2009

Nos deja otro de los actores de siempre



Francisco Piquer falleció en Madrid el pasado viernes a los 87 años y tras una larga enfermedad; es posible que haya muchos a quienes no les suene este nombre, pero a mí me devuelve a los años de la tele en blanco y negro, a las "Novelas" por capítulos de las tardes entre semana, a esos "Estudio-1" a los que deberían resucitar, ... a esas caras que de tan vistas se hacían familiares: Pablo Sanz, Luisa Sala, Lola Gaos, Jaime Blanch, José Bódalo, María José Goyanes,Manuel Galiana, Elisa Ramírez,... Piquer, como los citados y muchos otros más era uno de esos grandes profesionales que trabajaban a destajo, hiciera frío o calor, pudieran elegir o no su papel y aunque tuvieran 40º de fiebre.

De sus trabajos en TVE recuerdo especialmente dos en "Estudio-1"; la primera fue una excelente interpretación de "Macbeth" (1966), bajo la dirección de Pedro Amalio López y teniendo como compañeros de reparto a otros "Clásicos" como Julio Núñez, Irene Gutiérrez Caba, José María Escuer y Tomás Blanco; también en "Estudio-1" estuvo brillante en "El proceso de Mary Duggan" (1974), una obra de Bayard Veiller adaptada a la tele por Gustavo Pérez Puig y en la que compartía cartel con Jaime Blanch, María Luisa Merlo, Fernando Delgado, José María Escuer y María Silva. En el espacio "Novela" cubrió con acierto el papel del Jefe de los mosqueteros, Señor de Treville, en "Los tres mosqueteros", junto a Sancho Gracia, Víctor Valverde, Elisa Ramírez y Maite Blasco, entre muchos otros.

En el cine tuvo intervenciones destacadas en "Las manos sucias" (1957), de José Antonio de la Loma, "Cita imposible" (1958), de Antonio Santillán, protagonizada por Arturo Fernández y Josefina Güell y en la que encarnaba a un siniestro payaso, amen de papeles secundarios en películas de aluvión como "Lola espejo oscuro" (1966), de Fernando Merino, basada en la novela de Darío Fernández Florez, "Soltera y madre en la vida" (1969), de Javier Aguirre, "El relicario" (1970), de Rafael Gil y "Matrimonio al desnudo" (1974), de Ramón Fernández. Su última intervención notable lo fue en "El abuelo" (1998), de José Luis Garci. También intervino en el doblaje, destacando su trabajo en películas tan importantes como "Psicosis" y "Los 7 magníficos".

No obstante, fue en el teatro donde demostró toda su valía, trabajando en obras de auténtica calidad y exhibiendo una profesionalidad, sobriedad y constancia muy significativas. Así tuvo un papel importante en "Anillos para una dama" (1973), de Antonio Gala, estrenada bajo la dirección de José Luis Alonso y que recreaba la situación de Doña Jimena tras morir el CId, en lo que algunos interpretaron como una alegoría del régimen español, con un Franco cercano a la muerte y en la que también intervenían María Asquerino, José Bódalo, Armando Calvo, Charo López, Margarita García Ortega y Estanis González; "El botín" (1984), de Joe Norton, con versión de Luis Antonio de Villena; "Cristal de Bohemia" (1996), de Ana Diosdado, trabajando con Jaime Blanch y Qieta Claver, entre otros; "Dulce pájaro de juventud" (1999), de Ténesse Williams, dirigido por Alfonso Zurro y con Analía Gadé y Pep Munne como cabezas de cartel; "Flor de otoño" (2005), de Rodríguez Méndez, sin olvidar la magistral interpretación del papel de abuelo en la versión de la gran obra de Alejandro Casona, "Los árboles mueren de pie" realizada por Gerardo Malla y representada en 1999 en el Teatro Alcázar junto a la gran Amparo Rivelles, Víctor Valverde, Amparo Pamplona, Pilar Sanjose y Jorge Seoane.

En 2007, tras más de seis décadas sobre las tablas, le llegó un papel que significaba el broche de oro a su larga carrera, al debutar con la Compañía Nacional de Teatro Clásico en 'Del rey abajo, ninguno', de Rojas Zorrilla, en el papel de Belardo. Buen conocedor del teatro clásico, el propio Piquer decía de la obra: "Amor, despotismo y deseo son los ingredientes de todos los dramaturgos de la época". Este mismo 2009 estrenó junto a Emma Ozores y Manuel Galiana el éxito de Broadway 'Desnudos en Central Park', de Mark Rowell. A mitad de la gira, Piquer tuvo que abandonar debido a su delicada salud.

Los teletipos hablan de la muerte de un viejo galán, pero fundamentalmente hay que hablar de un excelente actor y de un profesional que ha estado al pie del cañón hasta el final.


15 de diciembre de 2009

¿Por qué corre Sammy", Budd Schulberg












"¿Por qué corre Sammy?"
Budd Schulberg
Acantilado. Barcelona (2008)
355 páginas




Sammy Glick quiere ser un «ganador». Es agresivo, despiadado, extraordinariamente egocéntrico y no tiene principios. Consigue ascender, de chico de los recados neoyorquino, a magnate del Hollywood de los años treinta. En su figura, parece difícil no reconocer la sombra de alguno de los nombres fundacionales de la industria cinematográfica.


Decidí leer este libro tras ver una crítica del mismo en un blog vecino; su autor, Budd Schulberg fue además el guionista de "La ley del silencio", película con la por cierto que ganó el Oscar al mejor guión, algo que suponía una garantía añadida. Tras concluir el libro puedo confirmar que esta vez la intuición no me falló y la novela es excelente. Ante todo es una disección formidable de una época, la inmediatamente anterior a la 2ª Guerra Mundial, de un lugar, los Estados Unidos y de un mundo, el de los grandes magnates de Hollywood; de todo ello Budd Schulberg da muestras de un magnífico conocimiento.

El protagonista de la novela es Sammy Glick, alguien a quien si le corresponde un epíteto significativo es el de "trepa"; Glick es el típico "self made man" y es capaz de pasar en un vuelo de chico de los recados a número uno de entre los productores cinematográficos. Para alcanzar sus metas Sammy Glick no se para ante nada y ante nadie, y es capaz de robar guiones, dejar a cualquiera en la estacada, traicionar a sus amigos y pisar a quien corresponda. El libro narra al detalle el ascenso vertiginoso de Glick desde el ambiente de la máxima miseria hasta los lujos del Hollywood más dorado.

El libro es narrado en primera persona por Al Manheim, el primer jefe que tuvo Sammy en el periódico donde comenzó a trabajar y que es el contrapunto de éste: sensato, moderado y con un mínimo de ética. Manheim va narrando la carrera de Glick y en un momento dado descubre, y nos descubre a los lectores, la propia historia de Sammy, sus orígenes que explican lo que viene después. De la mano de Al Manheim y conforme avanza la lectura se adquieren los mismos sentimientos del narrador, que comienza asombrado ante las maneras del protagonista, continúa aborreciéndole por su absoluta falta de escrúpulos y acaba compadeciendo a Sammy.

Schulberg se muestra como un perfecto conocedor del mundo de Hollywood en los años 30, e imagino que cualquier experto en cine podrá poner nombres y apellidos reales a los distintos personajes que van apareciendo en la novela.

No me resisto a dejar constancia de un párrafo que puede resumir muy bien el grueso del libro:

“Hay dos clases de hombres hechos a si mismos y acomplejados: los que disfrutan recreándose con los patrióticos detalles de su ascenso de chicos de los recados a limpiabotas, y los que ascienden cada nuevo escalón como si fuera el único que conocieran, y avanzan con tanta prisa que tienen vergüenza, miedo de mirar atrás y ver de dónde vienen. Los primeros son unos pelmazos; los segundos, unos canallas”.

Por cierto, dicen que el gran capital, en la figura de Sammy Goldwyn, le ofreció dinero a Schulberg para que no publicara esta novela y que meintras la progresía le acusó de antisemita, John Wayne, que parece representaba a la ultraderecha, lo retó a un duelo.


14 de diciembre de 2009

Callejear



Me gusta callejear, y no se porqué; incluso hay quien se sorprende de ello y considera que el hombre debe ser sociable por naturaleza y resulta raro eso de andar solo por la ciudad. Pero, en ocasiones, ese andar en solitario, sin tener ni siquiera un destino determinado, se convierte en una manera de desintoxicarse, de despejar la cabeza, de soltar lastre. Evidentemente un paisaje de montaña, una puesta de sol en el mar o un paseo nocturno por París tienen mucho más de encanto para los sentidos, pero éstas son cosas que no tienes todos los días al alcance.

La calle te pone en contacto con los demás humanos, cuando menos con los más próximos, y aunque te cruces con cientos de desconocidos, siempre habrá un nexo de unión con las señoras del visón que ocupan demasiada acera, la parejita de adolescentes que se hace cucamonas sin disimulo, el matrimonio que discute al salir de una tienda donde al parecer ella ha desenfundado en exceso la VISA o la chica que pasea orgullosa a su primer vástago en el cochecito recién estrenado; casi sin quererlo te conviertes en testigo de la vida ajena, en guardián de sus costumbres, en cómplice de sus transgresiones.

A veces uno busca las calles estrechas, que con frecuencia aportan cierto aire de misterio, de tensión contenida, muy especialmente si se trata de esos inviernos en que anochece pronto e incluso baja la niebla; acabas encontrando cierto encanto en el silencio de esas calles, en la intimidad de sus portales opacos, en el exclusivo sonido de tus pisadas. Y vas descubriendo las luces que interrumpen ocasionalmente la oscuridad: la minúscula tienda vacía, el bar en el que cuatro desocupados matan la tarde, una academia de medio pelo, una librería de lance, cualquier negocio de esos que regentaron muchos y a ninguno les fue bien.

Pero hay ocasiones en las que el ubi es más imponente, en el que dominan las luces de Navidad, los escaparates de lujo, los edificios con apellidos, las fachadas cualificadas, ... paseos que uno busca para deleitar los sentidos, para sentirse a gusto, propios de momentos de serenidad, de paz interior, hasta de euforia. Callejear entonces es algo más que descargar tensiones, es adquirir aire, reforzar seguridades, encontrar, de una u otra forma, la belleza, el arte que es capaz de crear el hombre y la propia mano de Dios en el mundo. El Paseo de Recoletos, el Paseo de Gracia, el nuevo Bilbao, el centro de Oviedo, el Paseo de la Independencia, ... hay tantos sitios de España donde uno puede encontrar ese estilo, esa etiqueta distintiva.

Salir a la calle en determinados lugares te permite también enfrentarte con la historia, volver a pisar el mismo suelo que pisaron los soldados de Flandes, los conquistadores de América, los moros que vivieron 8 siglos, los escritores clásicos, los pintores del Siglo de Oro, los Habsburgo y los Borbones, los pícaros y los nobles, ... Porque ¿quien desprecia perderse por Toledo, Cáceres, Segovia, Córdoba, Sevilla, Salamanca, Girona, Burgos o León, y observar catedrales, museos, iglesias, fachadas, puentes y universidades sin más explicación que la que nos da el instinto ni más guía que nuestra propia necesidad de conocer y contemplar?.

Uno se puede encontrar con la paradoja de que pasear por las calles, con frecuencia repletas de gente, no es más que el desahogo de la necesidad que surge a veces de estar solo, el ansia de esa soledad buscada, deseada y necesaria. Junto a la compañía de tantos que se cruzan contigo, de nombre ignorado y presencia instantánea, que son compañía efímera y desconocida, uno camina consigo mismo, a la vez que se topa con quienes no acaban siendo más que testigos de esa soledad añorada.

¿Por qué paseamos?, ¿qué hay detrás de ese "dar una vuelta", "tomar el fresco", "echar un garbeo" que hemos dicho y escuchado tantas veces?; podríamos elucubrar mil teorías, pero posiblemente ninguna dé en el clavo, tal vez porque todas tendrían parte de razón y ninguna la tendría del todo.



13 de diciembre de 2009

Marcelino García Toral



La directiva del Real Zaragoza ha puesto punto final a la trayectoria de Marcelino García Toral como entrenador del primer equipo del club; ha sido la crónica de una muerte anunciada y una vez más la cuerda se ha roto por el lado más débil. Pienso sinceramente que el problema del Zaragoza no ha sido Marcelino, sino una pésima planificación de la plantilla: cuando se subió de nuevo a 1ª División el pasado mes de junio, cualquier persona medianamente entendida de fútbol sabía que el Zaragoza contaba con un plantel limitado, de poca calidad y absolutamente insuficiente para encarar con mínimas garantías una temporada en la máxima categoría; en el Zaragoza no se entendió así y se ficharon cuatro retales de medio pelo. Y no intento decir que deberían haberse gastado un montón de euros en refuerzos, sino que había que haber imitado a otros clubs que han sabido trabajar bien el mercado -vgr. Osasuna, Sporting o Getafe-.

Marcelino tendrá sus defectos -es cabezón, como la mayoría de los entrenadores, y en ocasiones habla fuera de tiempo-, pero en Zaragoza ha demostrado, como ya lo hiciera en Huelva y Santander, que trabaja muchísimo, que sabe conseguir un equipo comprometido y que prepara cada partido a conciencia, algo que no ocurría en épocas de otros entrenadores zaragocistas. El ascenso que se consiguió la pasada temporada es un logro casi exclusivo del mister asturiano, quien consiguió convertir un equipo roto y desmotivado en once hombres que hicieron una 2ª vuelta espectacular y devolvieron a las gradas de La Romareda una ilusión que, por desgracia, ahora se ha vuelto a esfumar.

Pienso que a Marcelino le engañaron este verano; le prometieron reforzar adecuadamente el equipo y, unos personajes que ni son del fútbol ni han sido zaragocistas hasta que han llegado al Palco le torearon, a él y a la afición, con palabras bonitas y promesas grandiosas que ahora estoy seguro nunca tuvieron intención de cumplir. Ayer , en la enésima decepción en La Romareda, se vio a un equipo comprometido, que se vació, pero que juega sin delantera y sin aportaciones de calidad en medio campo, con una defensa insegura y un portero irregular, y de todo ello Marcelino tiene muy poca culpa; la principal es la de unos dirigentes que están dejando que se hunda el club, dando la impresión de que les importa un bledo el Zaragoza y todo lo que representa.

Marcelino quedará en la pequeña historia del Zaragoza que todos los aficionados llevamos dentro como un hombre serio, que devolvió a los seguidores blanquillos la fe en el equipo y al que una panda de indocumentados, trepas y medradores le han cortado las alas.


12 de diciembre de 2009

"La importancia de las cosas", Marta Rivera de la Cruz













Marta Rivera de la Cruz
"La importancia de las cosas"
Planeta. Barcelona (2009)
414 páginas


La pacífica existencia de Mario Menkell –un tímido profesor universitario autor de una única y exitosa novela– cambia de golpe cuando tiene que hacerse cargo de los efectos personales de su inquilino, Fernando Montalvo, que acaba de suicidarse. El atribulado Menkell descubrirá que el piso del que es propietario está abarrotado de los objetos más variopintos: una colección de vitolas de puros, un lote de gramolas antiguas, porcelanas, miniaturas, huchas de cerámica, soldados de plomo... Tras el desconcierto inicial, Menkell entenderá que las cosas de Montalvo pueden ser un generoso guiño del destino, que por una vez parece haberse puesto de su parte. Ayudado por Beatriz, la mujer a la que ama en secreto desde hace años, Mario Menkell será capaz de reconstruir la misteriosa existencia de Fernando Montalvo y encontrará así una historia excepcional que puede brindarle la gran oportunidad de su vida.

Mata Rivera de la Cruz es una grata aparición en el panorama literario español; ya había leído "Hotel Almirante" en el verano de 2008 y este nuevo libro no ha hecho sino confirmar que estamos ante una autora a la que hay que seguir de cerca. "La importancia de las cosas" es una novela que contiene ternura, humanidad y cierta intriga, un libro que se lee con gusto y sin sobresaltos. Con esta autora uno se encuentra con un tipo de literatura elegante, tal vez sin excesivas pretensiones y que te ofrece una historia grata, amable, aún con la dosis de drama que todo libro exige. Se trata, además, de una novela que está bien escrita, con una redacción cuidada en la que no hay estridencias literarias, aunque si un poco de excesivas explicaciones en algún momento.

"La importancia de las cosas" es, ante todo, una historia de amor y yo soy de los que piensan que una historia de este tipo nunca está de sobras ... siempre que termine bien, por supuesto. Los personajes de Rivera de la Cruz suelen ser poco complicados, gente sencilla y honesta, hombres y mujeres buenos. La autora convierte a su protagonista, Mario Menkell, en alguien entrañable, en un personaje con el que te identificas, por mucho que en ocasiones llegue a enojarte su candidez y su falta de iniciativa.

El libro contiene también su parte de crítica social, en concreto en la figura de Claudio Saldaña, rector de la Universidad privada "Luis de Camoens"; la condición de trepa hipócrita del tal Saldaña y el carácter de centro acogedor de niños de papá con el que se presenta la citada Universidad contribuyen a dotar a la novela de un tono irónico y divertido que es de agradecer.

Hay libros que uno necesita leer para calmar la ansiedad, otros para adquirir conocimientos sobre temas concretos, algunos para entretener los ratos de ocio y otros, es el caso que nos ocupa, simplemente para disfrutar leyendo algo bien escrito con paz y serenidad. Marta Rivera de la Cruz es una autora que sigue viva en mi lista de autores a tener en cuenta.

http://www.que-leer.com/858/marta-rivera-de-la-cruz-hombre-bueno-y-literario-busca-final-feliz.html

http://perdidaentrelibros.blogspot.com/2009/04/marta-rivera-de-la-cruz-la-importancia.html

http://lepisma.liblit.com/2009/04/03/marta-rivera-de-la-cruz-la-importancia-de-las-cosas/


11 de diciembre de 2009

La seguridad perdida

Hace poco leí esta idea, posiblemente aquí mismo, en algún comentario de alguien que ahora no caigo quien era; me refiero a esa seguridad que sentíamos de niños cuando estando enfermos nos visitaba el médico y, tras su examen y diagnóstico, quedábamos con la plena seguridad de que nos íbamos a curar. Recuerdo perfectamente que yo tenía condiciones de hipocondríaco, era un aprensivo de narices y ante un dolor de cabeza pensaba en un tumor cerebral, ante uno de tripas en un apendicitis y ante uno de rodilla en una posible amputación, por eso la venida del médico o una visita al mismo suponía, automáticamente, recobrar la calma, la serenidad: veíamos al galeno como un ser infalible que nos garantizaba que de esa no moríamos.

Con los años fuimos perdiendo incluso esa inocencia, ahora ya sabemos que los médicos se pueden equivocar, que a veces lo hacen de medio a medio, o que en cualquier caso existen las mentiras piadosas, la ocultación de la verdad cuando ésta es dramática. Es una pena, pero no tanto por la crudeza de la realidad, sino porque poco a poco ha ido desapareciendo de nuestra vida esa seguridad, esa plena confianza: la que tuvimos en nuestros padres, en el médico de la familia, en nuestro primer profesor o en ese amigo del alma. Es posible que nos hayamos ido volviendo, poco a poco, desconfiados, cáusticos, que hayamos ido adquiriendo unas aristas sembradas tal vez por el desengaño, las curvas de la vida o, simplemente, por la experiencia que aporta el paso de los años. Y en ocasiones uno echa de menos esa despreocupación de la infancia, cuando dos y dos siempre eran cuatro, nos creíamos todo a pies juntillas y el futuro que se nos echaba encima nos parecía sencillo y lógico, como escrito de antemano.

No creo que sea malo intentar recuperar, en cierta manera, la ingenuidad infantil, enfrentarnos a la vida como algo más sencillo y menos alambicado de lo que nos puede parecer en algunos momentos, pero a la vez me planteo que el problema puede residir en que anhelamos una seguridad que no se puede dar, que incluso no nos conviene. Dicen que muchos españoles aspiramos a converirnos en funcionarios como una meta deseable, como un final feliz de nuestras metas profesionales, y vete a saber si ese afuncionariamiento que acaba protagonizando nuestra vida no es más que una búsqueda equivocada, que es mucho más apasionante la incertidumbre del día a día, el riesgo de vivir sin necesitar tenerlo todo previsto.


"Fijaos cómo crecen los lirios del campo:
ni trabajan ni hilan
y os digo que ni Salomón en todo su fasto,
estaba vestido como uno de ellos"

Mateo, 6,24-34


¿No se venden acaso cinco pájaros por dos monedas?
Sin embargo, Dios no olvida a ninguno de ellos.
Vosotros tenéis contados todos vuestros cabellos:
no temais, porque valeis más que muchos pájarillos".

Lucas, 12, 1-7