
Dedicado, con todo cariño y enorme comprensión, al nuevo Obispo de San Sebastián.
"La salvación de nuestro mundo se encuentra en el corazón de las personas, en su humildad, responsabilidad y capacidad de reflexión". Vaclav Havel

En el cine tuvo intervenciones destacadas en "Las manos sucias" (1957), de José Antonio de la Loma, "Cita imposible" (1958), de Antonio Santillán, protagonizada por Arturo Fernández y Josefina Güell y en la que encarnaba a un siniestro payaso, amen de papeles secundarios en películas de aluvión como "Lola espejo oscuro" (1966), de Fernando Merino, basada en la novela de Darío Fernández Florez, "Soltera y madre en la vida" (1969), de Javier Aguirre, "El relicario" (1970), de Rafael Gil y "Matrimonio al desnudo" (1974), de Ramón Fernández. Su última intervención notable lo fue en "El abuelo" (1998), de José Luis Garci. También intervino en el doblaje, destacando su trabajo en películas tan importantes como "Psicosis" y "Los 7 magníficos".


La calle te pone en contacto con los demás humanos, cuando menos con los más próximos, y aunque te cruces con cientos de desconocidos, siempre habrá un nexo de unión con las señoras del visón que ocupan demasiada acera, la parejita de adolescentes que se hace cucamonas sin disimulo, el matrimonio que discute al salir de una tienda donde al parecer ella ha desenfundado en exceso la VISA o la chica que pasea orgullosa a su primer vástago en el cochecito recién estrenado; casi sin quererlo te conviertes en testigo de la vida ajena, en guardián de sus costumbres, en cómplice de sus transgresiones.
A veces uno busca las calles estrechas, que con frecuencia aportan cierto aire de misterio, de tensión contenida, muy especialmente si se trata de esos inviernos en que anochece pronto e incluso baja la niebla; acabas encontrando cierto encanto en el silencio de esas calles, en la intimidad de sus portales opacos, en el exclusivo sonido de tus pisadas. Y vas descubriendo las luces que interrumpen ocasionalmente la oscuridad: la minúscula tienda vacía, el bar en el que cuatro desocupados matan la tarde, una academia de medio pelo, una librería de lance, cualquier negocio de esos que regentaron muchos y a ninguno les fue bien.
Pero hay ocasiones en las que el ubi es más imponente, en el que dominan las luces de Navidad, los escaparates de lujo, los edificios con apellidos, las fachadas cualificadas, ... paseos que uno busca para deleitar los sentidos, para sentirse a gusto, propios de momentos de serenidad, de paz interior, hasta de euforia. Callejear entonces es algo más que descargar tensiones, es adquirir aire, reforzar seguridades, encontrar, de una u otra forma, la belleza, el arte que es capaz de crear el hombre y la propia mano de Dios en el mundo. El Paseo de Recoletos, el Paseo de Gracia, el nuevo Bilbao, el centro de Oviedo, el Paseo de la Independencia, ... hay tantos sitios de España donde uno puede encontrar ese estilo, esa etiqueta distintiva.
Salir a la calle en determinados lugares te permite también enfrentarte con la historia, volver a pisar el mismo suelo que pisaron los soldados de Flandes, los conquistadores de América, los moros que vivieron 8 siglos, los escritores clásicos, los pintores del Siglo de Oro, los Habsburgo y los Borbones, los pícaros y los nobles, ... Porque ¿quien desprecia perderse por Toledo, Cáceres, Segovia, Córdoba, Sevilla, Salamanca, Girona, Burgos o León, y observar catedrales, museos, iglesias, fachadas, puentes y universidades sin más explicación que la que nos da el instinto ni más guía que nuestra propia necesidad de conocer y contemplar?.
Uno se puede encontrar con la paradoja de que pasear por las calles, con frecuencia repletas de gente, no es más que el desahogo de la necesidad que surge a veces de estar solo, el ansia de esa soledad buscada, deseada y necesaria. Junto a la compañía de tantos que se cruzan contigo, de nombre ignorado y presencia instantánea, que son compañía efímera y desconocida, uno camina consigo mismo, a la vez que se topa con quienes no acaban siendo más que testigos de esa soledad añorada.


Hace poco leí esta idea, posiblemente aquí mismo, en algún comentario de alguien que ahora no caigo quien era; me refiero a esa seguridad que sentíamos de niños cuando estando enfermos nos visitaba el médico y, tras su examen y diagnóstico, quedábamos con la plena seguridad de que nos íbamos a curar. Recuerdo perfectamente que yo tenía condiciones de hipocondríaco, era un aprensivo de narices y ante un dolor de cabeza pensaba en un tumor cerebral, ante uno de tripas en un apendicitis y ante uno de rodilla en una posible amputación, por eso la venida del médico o una visita al mismo suponía, automáticamente, recobrar la calma, la serenidad: veíamos al galeno como un ser infalible que nos garantizaba que de esa no moríamos.
Con los años fuimos perdiendo incluso esa inocencia, ahora ya sabemos que los médicos se pueden equivocar, que a veces lo hacen de medio a medio, o que en cualquier caso existen las mentiras piadosas, la ocultación de la verdad cuando ésta es dramática. Es una pena, pero no tanto por la crudeza de la realidad, sino porque poco a poco ha ido desapareciendo de nuestra vida esa seguridad, esa plena confianza: la que tuvimos en nuestros padres, en el médico de la familia, en nuestro primer profesor o en ese amigo del alma. Es posible que nos hayamos ido volviendo, poco a poco, desconfiados, cáusticos, que hayamos ido adquiriendo unas aristas sembradas tal vez por el desengaño, las curvas de la vida o, simplemente, por la experiencia que aporta el paso de los años. Y en ocasiones uno echa de menos esa despreocupación de la infancia, cuando dos y dos siempre eran cuatro, nos creíamos todo a pies juntillas y el futuro que se nos echaba encima nos parecía sencillo y lógico, como escrito de antemano.
No creo que sea malo intentar recuperar, en cierta manera, la ingenuidad infantil, enfrentarnos a la vida como algo más sencillo y menos alambicado de lo que nos puede parecer en algunos momentos, pero a la vez me planteo que el problema puede residir en que anhelamos una seguridad que no se puede dar, que incluso no nos conviene. Dicen que muchos españoles aspiramos a converirnos en funcionarios como una meta deseable, como un final feliz de nuestras metas profesionales, y vete a saber si ese afuncionariamiento que acaba protagonizando nuestra vida no es más que una búsqueda equivocada, que es mucho más apasionante la incertidumbre del día a día, el riesgo de vivir sin necesitar tenerlo todo previsto.