Comencé a leer a Mary Higgins Clark hace 15 años; descubrí sus pequeñas novelas editadas en Plaza & Janés y cada vez que se ha publicado una nueva he sentido la urgente necesidad de leerla- Recuerdo que la primera que cayó en mis manos fue "Mientras mi preciosa duerme", ambientada en el mundo de la moda de Nueva York y siguieron "El ojo avizor", "No llores más milady", "La cuna caerá", "Perseguida por toda la ciudad", "Un extraño acecha", "Le gusta la música, le gusta bailar", "¿Dónde están os niños?", "Un grito en la noche", ... creo que he leído todas las novelas de la escritora nacida hace 81 años en el Bronx.
Mary Higgins Clark se lee muy fácil; no posee la genialidad de los míticos escritores de la novela negra americana (Dashiell Hammett, Ross MacDonald, Raymond Chandler), ni la riqueza de personajes y ambientación de las grandes damas británicas (P.D. James, Ruth rendell, Susan Hill) ni la novedosa crítica social de los escandinavos (Henning Mankell, Stieg Larsson, Karim Fossum), pero posee una elegancia especial y ofrece una lectura amena que te coge desde el primer momento.
Las novelas de Higgins Clark suelen tener una serie de elementos en común; la protagonista suele ser una mujer, generalmente inteligente, emprendedora, elegante y marcada por un pasado bien triste, bien misterioso. La novelista tiende a aprovechar el libro para tratar temas colaterales: el mundo de la prensa, las clínicas de reproducción asistida, el fenómeno de los videntes, el problema de la amnesia, la telepatía o los testigos protegidos, entre otros.
En "La misma canción" Mary Higgins nos adentra en el drama de un hombre que padece sonambulismo; la protagonista de la novela, Kay Carrington, se ha casado con Peter, un hombre atormentado por esa enfermedad que él mismo teme es la causa de un pasado lleno de sospecha, pues se le atribuye la muerte violenta de una vieja novia y de su primera mujer. La novela relata el trabajo de su protagonista en busca de acreditar la inocencia de Peter. En la misma adquieren también papel relevante el investigador Nicholas Greco, la madrastra de Peter, Elaine Walker y su hijo ludópata Richard, el factotum de Peter Carrington, Vicent Slatter y los empleaods de su casa, Gary y Jane Carr, quienes parecen tener un pasado oscuro.
Como todas las novelas de Clark, "La misma canción" te absorbe y la lees con placer y atención. Es la lectura ideal para descansar un fin de semana.
Desde el pasado lunes Bernd Schuster ya no es entrenador del Real Madrid; la caída del polémico mister germano no es más que una nueva manifestación de la fugacidad del éxito, de la facilidad que tenemos en este país para crear y destruir mitos y de lo olvidadizos e ingratos que tendemos a ser los aficionados al fútbol. Hace unos meses Schuster era un auténtico ídolo por haber ganado brillantemente el título de Liga; hoy, con los bolsillos bien cubiertos eso sí, ha sido colocado en el punto de penalti y enviado de un puntapié al pozo del olvido.
Schuster ha tenido una brillante trayectoria como entrenador; en España hizo unas excelentes temporadas en el Jerez Deportivo y se consagró en el Getafe, llevando al equipo azulón a Europa tras practicar un juego excelente. Al Madrid le llevó a la gloria a la primera, pero cuando han venido mal dadas de nada ha servido todo su expediente. Pienso que a esta situación también ha contribuido la poca mano izquierda del alemán con la prensa: y es que hoy en día uno de la juega si no actúa de manera políticamente correcta con los plumillas.
El pasar del infinito al cero, de la gloria al averno, del olimpo a la cueva no es algo nuevo en el mundo de los entrenadores de fútbol; en Zaragoza ya hemos vivido en dos ocasiones cómo Víctor Fernández, aragonés y zaragocista, era puesto de patitas en la calle por los malos resultados a pesar de haber sido quien llevara al equipo a su título más importante y quien tras su regreso a casa, devolvía al equipo a Europa vía Liga, cosa que no se conseguía desde la célebre campaña de Chechu Rojo en la que estuvimos con opciones de ganar la Liga hasta la última jornada.
Y casos como los citados se ha producido también con hombres de la talla de Guus Hiddink, Lotina, Camacho, Javier Clemente, Carlos Bianchi, Claudio Ranieri o Árrigo Sacchi; hasta el mismísimo Luis Aragonés estuvo en la picota antes de alcanzar el cielo en la Eurocopa, incluso después de hacerlo, tras fichar con el Fenerbache turco y no comenzar la Liga con el impulso que se le suponía.
El fútbol español ha llegado a un nivel de sofisticación, mercantilización y capricho que lo ha convertido en un circo; hace una semana asistí a un foro futbolístico celebrado en Huesca que tuvo como protagonista a nuestro flamante seleccionador nacional Vicente del Bosque; me pareció éste un hombre sensato, prudente y con un sentido común y un saber estar por encima de la media, pero cuando alabó la realidad de nuestro fútbol y la calidad humana de nuestros futbolistas no pude evitar cierto disentimiento.
Si Del Bosque me asegura que los jugadores de la selección son unos chavales formidables, no lo dudo porque le creo, si pondera la calidad de los entrenadores españoles lo admito porque me consta, pero a la vez observo que en general los futbolistas, cuando menos en apariencia, se muestran como unos jóvenes más bien malcriados, a los que se les ha subido la fama a la cabeza y no han acabado de encajar la altura a donde les hemos encaramado. de la misma manera me da la impresión de que todo el entorno del fútbol está niquelado de palabras huecas, intereses ocultos e inconfesables, mercantilismo puro e hipocresía global. Y lo que es más triste, me temo que los aficionados no nos enteramos de nada.
Poco a poco va avanzando el mes de diciembre, los cuadros de otoño, con los arboles vestidos en tonos ocres y amarillos, las hojas caidas por el suelo y los ultimos destellos de los retazos de sol y calor de un verano rezagado han quedado atrás y se acerca implacable el día 21 que, junto a la esperanza de la suerte y la ilusión de la Navidad, nos enfrenta con el frío, la dureza del ambiente y la incesante búsqueda de refugio y calor.
La llegada del invierno me produce nostalgia, la de los días de mi infancia, las llegadas al colegio embozado en abrigos, bufandas, pasamontañas y guantes de lana; la niebla tradicional de Zaragoza que te acompañaba al ritmo de tus pasos; unos pasos que rompián el silencio de las calles estrechas, la castañera de la esquina, parada obligada en la que te proveías también de un calor que consolaba las manos; la nieve, que era como una invitada especial que no siempre acudía y a quien se recibía como la artista estelar, la guinda del pastel.
He vivido muchos inviernos: inviernos ilusionados, infantiles, alegres, otros sumidos en la añoranza y el recuerdo, alguno agobiado y expectante y casi todos con la esperanza de reencuentros, buenas noticias y cariño ajeno. Recuerdo los inviernos de Tarragona, que casi no parecían inviernos, con los abrigos descansando en el armario, la bonanza climática acompañando los pasos y el mar como dulce amenaza permanente, irrepetible compañero de viaje. Las ciudades se preparan para la Navidad, un tiempo que nos evoca muchas cosas, algunas las sentimos, otras las deseamos, incluso algunas parece como si las apartáramos preventiva e injustificadamente de nuestra vida. La agresividad del mercado, las exigencias de los compromisos sociales, las costumbres rebajadas al mero protocolo .... nada de eso nos debe alterar ni las convicciones, ni las ilusiones, ni los buenos deseos.
Brasil, por supuesto, no es solamente fútbol, y su música cautiva el corazón con más fuerza -y con más constancia- que los goles y las fintas de Pelé, Zico o Ronaldinho. La samba, el bossa-nova o el choro son ritmos que se escuchan sin cansarse.
Dentro del "bossa" siempre me ha gustado "Manhã de Carnaval", tema que hace referencia a la marcha del martes de Carnaval para dar paso al Miércoles de Ceniza, y con él, a la Cuaresma.
Manhã, tão bonita manhã Na vida, uma nova canção Cantando só teus olhos Teu riso, tuas mãos Pois há-de haver um dia Em que virás Das cordas do meu violão Que só teu amor procurou Vem uma voz Falar dos beijos perdidos Nos lábios teus
Canta o meu coração Alegria voltou Tão feliz a manhã Deste amor
(Luiz Bonfá/António María)
La primera versión que escuché de esta canción la encontré en un disco de Joan Baez que corría por casa de mis padres. Posiblemente no es la canción más representativa de la cantante folk de Staten Island, que interpretó temas tan importantes como " Blowin' In The Wind ", "Donna, donna", "We shall owercome", "La casa del sol naciente" o "Gracias a la vida", pero su interpretación es igual de magistral.
Joan Baez es todo un símbolo de su época y se convirtió en la cantautora más genuina de la llamada canción protesta, surgida en los años sesenta al calor de la Guerra de Vietnam. Su repertorio, no obstante, abarca también lo puramente tradicional, el country y el pop-rock.
Considero que hablando de un tema brasileño, no podía faltar la versión de Astrud Gilberto, cantante brasileña de bossa nova, samba y Jazz.Su éxito cantando "Garota de Ipanema" la catapultó como una de las intérpretes más conocidas de una época de oro de la música brasileira. A partir de entonces emergió como nombre reconocible en todo el mundo y comenzó una larga carrera artística. La versión que he subido se convirtió en la banda sonora de la película "Orfeu negro" y la cantante se recrea con la canción. La referida película fue dirigida por Marcel Camus, con guión de este mismo y del gran Vinicius de Moraes, y consiguió en 1959 el Oscar a la mejor película extranjera y la Palma de Oro del Festival de Cannes.
La tercera interpretación es bien distinta a las anteriores; se trata de un dueto verdaderamente espectacular: el gran Luciano Pavarotti, uno de los tres tenores, con su voz maravillosa y el gran cantante brasileño Caetano Veloso. Dos estilos bien diferentes se conjugan y consuman una interpretación verdaderamente inolvidable. Pienso que no exagero si aseguro que este vídeo que corre por internet está a la altura de las grandes colaboraciones entre genios de la canción que hemos escuchado tantas veces.
El 60º aniversario de la aprobación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos por la Asamblea General de las Naciones Unidas es mucho más que una efeméride histórica.
La Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada en París el 10 de diciembre de 1948, ha producido bibliografía innumerable en el ámbito del Derecho Internacional.
Muchos quisieron ver en esta Declaración la existencia de un nuevo Derecho de Gentes, un Derecho cuyo protagonista es el ser humano, en contraposición al Derecho Internacional clásico, en el que el centro había sido la soberanía de los Estados. Pero hoy en día siguen siendo muchos los países que siguen identificando el Derecho Internacional con la primacía del principio de la soberanía estatal. En la introducción de la Carta de la ONU se hace referencia a “reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres”. Sin embargo, en el artículo primero, relativo a los propósitos de las Naciones Unidas, los derechos humanos ocupan un lugar secundario como uno de los ámbitos de la cooperación internacional. El hecho de que la Carta no contuviera una relación de derechos fue uno de los motivos para elaborar la Declaración, aunque ésta no estuviera dotada de carácter jurídico. Pero era evidente, como asegura la jurista norteamericana Mary Ann Glendon, que los derechos humanos en la Carta apenas representaban “un hilo vacilante en una red de poder e intereses”.
La Carta de Derechos humanos tuvo sus opositores; así Vladimir Koretsky, profesor de Derecho Internacional y representante soviético en el comité redactor del proyecto de Declaración, se dio cuenta enseguida del valor de los derechos humanos como arma ideológica. En su informe al Kremlin señaló que la futura Declaración “haría más sencillo intervenir en los asuntos internos de los Estados soberanos”. Su rechazo a la declaración provenía de su convencimiento de que el hombre carece de derechos en oposición a la comunidad.
No sólo los hoy trasnochados soviéticos se oponían a una Declaración que entendían no respetaba la soberanía estatal.. También estaba en contra una teocracia como Arabia Saudí, pues sus dirigentes veían en ella una imposición de los estándares occidentales en los artículos referentes al matrimonio y a la libertad religiosa.
Por su parte, la Sudáfrica del "apartheid" se oponía al término “dignidad” contenido en el artículo primero, y rechazaba estar violando la dignidad humana por la existencia de una normativa que obligaba a las diferentes razas a vivir en territorios separados. Por estas y otras razones saudíes, sudafricanos y seis regímenes comunistas se abstendrían en la votación final.
El proyecto de declaración fue elaborado por un comité de ocho personas; Eleanor Roosevelt, viuda del presidente, y el jurista francés René Cassin figuran entre las personalidades más conocidas del mismo, aunque entre todos destaca la figura del filósofo y diplomático libanés Charles Malik (1906-1987), quien luego sería presidente del Consejo Económico y Social y presidente de la Comisión de Derechos Humanos. No era un político profesional ni un experto en leyes, mas su formación filosófica y su fe de cristiano ortodoxo hicieron de él una persona adecuada para comprender el alcance real de la Declaración y lo que la humanidad se jugaba en ella. Malik sería el principal artífice del artículo 18, relativo a la libertad religiosa, donde consagró el derecho a cambiar de religión, así como el derecho individual y colectivo de manifestar la propia religión o creencia en privado y en público. Malik dedicó su vida diplomática y universitaria a la defensa de una concepción iusnaturalista de los derechos humanos. Esto justifica su insistencia en afirmar que la pregunta insoslayable al hablar de los derechos es: ¿Qué es el hombre?. Se oponía así al colectivismo comunista, aunque también a la visión de un individuo portador de derechos radicalmente autónomo como preconizaban algunos países occidentales, muy seguros de que la riqueza y la prosperidad bastaban para satisfacer las ansias del ser humano.
Malik, al igual que los soviéticos, consideraba la Declaración como una potente arma ideológica, en su caso la de quien valoraba el hombre y su libertad individual por encima de todas las cosas. En su discurso la libertad ocupaba un lugar central, tal vez influenciado por la historia de su país, Líbano, en la que las minorías siempre lucharon por la libertad de sus conciencias. Es lógico, en consecuencia, que en sus obras e intervenciones públicas sean frecuentes las alusiones a la necesidad de seguir libremente los imperativos de la conciencia. Malik era consciente del individualismo que invadía al hombre moderno, una situación ocasionadora de que el concepto de verdad se redujera a un asunto de pragmática conveniencia.
El propio Malik mantenía que el estado debía permanecer siempre al servicio del hombre y reforzaba la importancia de las instituciones intermedias entre éste y aquél, como la familia. Llegó incluso a advertir que si la Declaración no creaba las condiciones necesarias para que el hombre desarrollara sus lealtades respecto a esos cuerpos intermedios, “habríamos legislado no para la libertad del hombre sino para su virtual esclavitud”.
Como contrapunto de los derechos, el filósofo reconoció la importancia del artículo 29, en el que se habla de los deberes de toda persona respecto a la comunidad, puesto que sólo en ella puede desarrollar libre y plenamente su personalidad. Malik consideraba que era un matiz adecuado, porque los derechos no se tienen respecto a cualquier comunidad, y menos cuando se pretende convertir al Estado en equivalente a la comunidad, como ha hecho el totalitarismo “duro” o “blando”.
La conclusión de lo dicho es que la forma organizada de la sociedad, el Estado, tiene que estar al servicio del hombre, y no al contrario. No obstante, Malik asumía la difícultad de convencer al hombre sobre cuál habría de ser su escala de valores en una época de creciente intervención del Estado. Porque el hombre acabará por terminar por buscar sus derechos no en un orden natural, sino en su gobierno o en las Naciones Unidas. Se acogerá incluso para obtenerlos al “último estadio de la evolución”. Una intuición que se cumple hoy cuando se concibe a la ley positiva como única fuente de todos los derechos. Es la consecuencia última de la verdadera crisis de los derechos humanos. Según Malik, se llega a ella cuando las personas dejan de creer en que tienen “derechos naturales, inherentes e inalienables”.
¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras? ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío, que a mi puerta, cubierto de rocío, pasas las noches del invierno oscuras?
¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras, pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío, si de mi ingratitud el hielo frío secó las llagas de tus plantas puras!
¡Cuántas veces el ángel me decía: «Alma, asómate ahora a la ventana, verás con cuánto amor llamar porfía»!
¡Y cuántas, hermosura soberana, «Mañana le abriremos», respondía, para lo mismo responder mañana!
Quienes han recorrido la biografía del genial poeta y dramaturgo, reconocen la sinceridad con que, en su soledad y vejez no siempre feliz, el escritor recurría a la plenitud expresiva del arte poética para confesar confuso por qué atrevidos recovecos se empeñó en conducir su propia vida.
Este soneto constuituye una maravillosa manifetasción de oración sincera y profunda ante Dios, ante un Dios visto como figura paterna, comprensiva, que perdona. De siempre ha sido una poesía que aporta consuelo y esperanza.
En esos años sesenta y setenta, cuando llegaba noviembre y con él el día de difuntos, se convirtió en costumbre irrenunciable que en el programa "Estudio-1" se representara "Don Juan Tenorio", la obra en la que José Zorrilla elabora de nuevo el célebre "Burlador de Sevilla", de Tirso de Molina, dando a éste, de acuerdo con las esencias del romanticismo al que representa, un nuevo sentido. Mientras en Tirso el Don Juan es un libertino irredento, con Zorrilla se convierte en un hombre reflexivo, capaz de arrepentirse y al que el verdadero amor que al final siente por Doña Inés le alcanza el perdón divino y la salvación eterna.
Cada año se realizaba una nueva versión, con los mejores realizadores de la época: Juan Guerrero Zamora, Pedro Amalio López, Manuel Aguado, Alberto González Vergel, ... a la vez que iban pasando por la pequeña pantalla los actores y actrices más importantes; de esta manera vimos encarnar a Don Juan a profesionales del nivel de Juan Diego, Julio Núñez o Carlos Larrañaga, mientras que en el papel de Doña Inés se estrenaron, entre otras, Emma Cohen y María José Goyanes.
El año 1966 tuvo lugar una de las mejores realizaciones televisivas de la obra de Zorrilla. La dirección y realización corrió a cargo de un auténtico maestro, Gustavo Pérez Puig, uno de los habituales de la época que con el tiempo llegaría a ser Premio Nacional de Teatro. Pérez Puig tendría con los años , además, una notable influencia política en tiempos de la transición por su buena amistad con Adolfo Suárez.
Los papeles protagonistas correspondieron a dos grandes de nuestra escena: Paco Rabal y Conchita Velasco; ambos tenían en común ser dos enormes actores y prodigarse muy poco en la televisión del momento. Los dos se dedicaban mucho más al cine. Ambos compusieron unos personajes creíbles que interpretaron con convicción.
En el Tenorio hay dos personajes anejos a los principales de una gran importancia: Don Luis Mejía, el compañero de fatigas de Don Juan, que en esta ocasión fue interpretado por Fernando Guilén, uno de los actores más constantes de la escena española, y el de Marcos Ciutti el pícaro y fiel criado del Tenorio, al que representa con su maestría y gracia habitual Juanjo Menéndez.
Junto a los citados intervenían unos cuantos secundarios de la época, de entre los que destacan Maruchi Fresno, una veterana actriz que solía encarnar a mujeres sufridoras, Tota Alba, una mujer con aspecto feroz y notable fuerza interpretativa, José María Escuer, uno de los que más freceuntaba la pequeña pantalla, Ana María Vidal, a quien recordamos en papeles importantes como el de Eugenia de Montijo, Irene Daina y los veteranísimos Julio Gorostegui y José Sepúlveda.
Uno no puede evitar sentir nostalgia ante estos programas, e incluso a veces cae en la tentación d epensar por qué no se vuelve a tener este tipo de iniciativas.