Conocí en Tarragona a una persona bastante aficionada a los temas escatológicos; había leído mucho sobre apariciones, visiones y profecías de todo tipo y, aunque era bastante discreto y hasta tendía a hacerse el interesante limitándose a incoar sobrentendidos y sembrar alguna duda, más de una vez le escuché anunciar que nos acercábamos a "la catarata". Han pasado entre 25 y 30 años de estas advertencias, lo que me hace poner en cuarentena cualquier previsión a este respecto, además de que me parece que siempre han existido "expertos" apocalípticos que juegan con datos excesivamente generales, como los que en la década de los 80 anunciaban el inminente estallido de una guerra nuclear cuyo primer signo vendría determinado por una pretendida invasión de Yugoslavia por el ejército de la Unión Soviética ... al poco tiempo el citado país se hizo pedazos´, el Muro de Berlín se fue a pique y la Unión Soviética, con todo el telón de acero con ella, se disolvió cual azucarillo. No obstante, el Apocalipsis es un libro del Nuevo Testamento, el mensaje de Fátima merece muchísimo respeto y los actuales signos de los tiempos cabe calificarlos, cuando menos, de inquietantes.
La reciente renuncia de Benedicto XVI ha vuelto a traer a la palestra las míticas profecías de San Malaquías, un santo fraile irlandés que elaboró unas teorías que tienen a unos cuantos en jaque; según las predicciones -o cuando menos lo que de ellas se interpreta- del tal Malaquías el actual Papa es el penúltimo de la historia, por lo que, de ser ciertas, andamos a las puertas del último Santo Padre ... y por mucho que uno sea providencialista y cuente con la infinita misericordia divina, el tema no le parece baladí y la cosa no deja de producir una buena dosis de estremecimiento. A mí nunca me ha gustado hacer demasiadas elucubraciones de este tipo, tal vez porque tiendo a ser más bien "cobardón", además de que ya queda dicho que hasta ahora no he visto demasiado acierto en aquéllos a quienes en su día escuché teorizar pronósticos. Eso sí, tengo bien claro que el sistema sobre el que nos venimos sosteniendo a lo largo de la últimas generaciones se tambalea tanto que comienzo a dudar que la cosa tenga arreglo; y no cabe hablar exclusivamente, desde mi punto de vista, de una crisis de tal sistema, sino de una decadencia total de los valores, pues no hay más que ver tanto las continuos escándalos políticos y económicos que van estallando, como algunas de las reacciones a los mismos, protagonizadas por el insulto y la violencia ... Afortunadamente, al salir a la calle sigues encontrando personas de bien que consiguen que recuperes la fe en la humanidad.
En el ambiente se respira pesimismo, desánimo y tensión; no son momentos en los que resulte reconfortante realizar ningún tipo de planteamiento con respecto al futuro, por eso he hecho el propósito de no pensar más en la catarata. Si las cosas van mal, toca arrimar el hombro, quejarse lo justo, poner buena cara y tratar de hacer bien lo que te toca; y si el Papa dice que no se ve con fuerzas de asumir lo que viene -debe de ser gordo, pues- rezaremos por él, por el que ahora venga y por el resto de la gente ... que mal no nos vendrá.










