
Cuando las grullas regresan hacia el norte quiere decir que se acerca la primavera; la naturaleza es mucho más sabia que los hombres y cada año podemos comprobar como se cumplen rigurosamente los mismos fenómenos que nos anuncian tiempos, acontecimientos y fenómenos variados: una muestra más del orden que Dios puso en el mundo y que solamente alteran y destrozan los hombres.
Al acercarse el invierno las grullas encuentran su lugar de descanso en Gallocanta, esa maravilla de la naturaleza cercana a Teruel, donde incluso los torpes en estas cosas de la naturaleza como el que suscribe descubren que existen lugares próximos al paraíso, y no solamente por el paisaje, sino por la paz, la luminosidad y el ambiente de sosiego. Llega un momento en el que las grullas deciden que es hora de volver al norte, de emprender un montón de kilómetros para recuperar su lugar habitual de residencia. Para ellas, felizmente ignorantes de las disquisiciones de los hombres, ésto no es más que su rutina periódica, y durante siglos han seguido haciendo lo mismo, siguiendo los instintos naturales y las costumbres ancestrales que les llevan a hacer en cada momento lo conveniente, una muestra más de cómo los animales nos dan ejemplo casi en cada paso que dan.
Aragón es una tierra privilegiada, en cuanto lugar de paso de muchas aves migratorias desde Europa y hacia ella a través de los Pirineos; así, además de la laguna de Gallocanta y los humedales del valle del Jiloca, también se puede ver pasar a las grullas en los pequeños embalses de la Hoya de Huesca, sobre todo el de La Sotonera, los humedales de Cinco Villas y la laguna de Sariñena, e incluso suelen observarse algunos bandos descansando días o semanas en pequeñas lagunas esteparias de Belchite, Bajo Aragón, Monegros, Campo de Borja y en arrozales o balsas del Cinca. Así, se convierten en animales gratos, que traen buenas noticias por estas fechas, como la llegada del buen tiempo.El paso de las grullas no es nada discreto, y a pesar de volar muy alto - se asegura que lo hacen a unos 2.000 metros, aunque algunas pueden hacerlo hasta a 10.000-, su atronador cacareo se oye en tierra como una cacofonía que anuncia la llegada real de la nueva estación, un anuncio mucho más auténtico y desinteresado que el que pueda hacer, pongamos por ejemplo, El Corte Inglés. En estos días me he estado informando, a través de internet y de personas que siguen el tema, de este fenómeno y, como tantas veces, he lamentado haberme perdido durante más de medio siglo un acontecimiento así, simplemente por ser tan de piso y tan de asfalto.
