7 de mayo de 2011

Madrugada en Valencia

Desde octubre de 1980 a setiembre de 1981, como ya he contado en más de una ocasión, estuve cumpliendo con la patria en Valencia; recuerdo que en las ocasiones en los que no me tocaba "pringar" el fin de semana con guardias, refuerzos, retenes y demás historias, los lunes me reincorporaba al cuartel a una hora muy temprana de la mañana. Como el Parque de Artillería de Valencia se encontraba en las afueras de la ciudad llegar hasta allí costaba rato y, si no recuerdo mal, tenía que enlazar dos autobuses salía de casa muy tempranito, casi cuando las calles aún no están colocadas. Y aún conservo ese recuerdo de las madrugadas silenciosas de Valencia, en un año que tuvo un invierno frío, unos momentos que me provocaban una cierta desazón, no se si porque pisaba un terreno que no era el mío, porque los tiempos de la mili llevan unida cierta zozobra o porque las 6 de la mañana son todavía horas de tinieblas. Siguen vivos en mi memoria los sonidos amortiguados de pasos y vehículos en torno al Paseo de la Alameda, a los puentes del Río Turia, las Torres de Quart y de Serrano, la Plaza de Zaragoza o el Miguelete, así como las siluetas calladas de quienes se incorporan a un trabajo que posiblemente no les gusta, quienes regresan de los empleos nocturnos o, ¿quien sabe?, de alguna que otra juerga prolongada. Son momentos en los que el anonimato pesa más que nunca, notas una a todas luces injustificada indefensión y añoras el calor de la casa propia y las personas queridas.

Tenía que acceder a la zona del río Turia y para ello atravesar una zona de pequeños chalets de los que conservo dos recuerdos muy vivos; eran lugares silenciosos, no había ni un alma por la calle y en sus casas la gente apuraba las últimas horas de sueño. En más de una ocasión me vi sorprendido por un enorme pastor alemán que custodiaba una de esas viviendas; yo caminaba serenamente por la acera e inesperadamente y tras escuchar un rápido ruido de pasos de animal, oía a mi lado un ladrido enorme que me provocaba un susto y un temor que no atemperaban ni la existencia de un muro entre el irracional y yo ni la certeza de que esos ladridos eran mera advertencia y no una declaración de intenciones. El suceso es irrelevante, pero lo intempestivo de la hora y la desolación momentánea de la calle lo aproximaban a un mundo mucho más oscuro.

En otras ocasiones, dos o tres, me encontré a una señora mayor que parecía vivir en la calle; se hallaba sentada junto a unas escaleras, rodeada de bultos y bolsas y con aspecto indudable de vivir de la caridad ajena. Me preguntaba la hora y, por lo que se ve, debía yo de poner cara de susto, pues añadía un "no tenga miedo", expresión que no dejaba de ser tan paradójica como entrañable. Tengo bien grabado que en una ocasión, tras señalarle la hora que marcaba mi reloj de pulsera, añadió que yo le parecía una buena persona, pues con anterioridad habían pasado otras personas que no le habían hecho ni caso. Yo iba con la empanada matutina y esa absurda tensión del momento, y el detalle con la pobre mujer se debía más a ello que a la bondad, pero siempre guardaré como grato el recuerdo de haber sabido responder una necesidad tan insignificante de alguien cuya vida saltaba a la vista no era excesivamente gratificante.

Con el paso de los años, todos los recuerdos se convierten en agradables; al cabo de treinta años, con la de cosas que han pasado en el mundo y en la vida personal de quienes "actuamos" en él suena a ridícula la tensión de circular temprano por una capital de provincia, pero cada día tiene su propio afán y entonces los acontecimientos me superaban de esa manera tan tonta.


10 comentarios:

Mª Asunción Balonga Figuerola dijo...

¡Que bonito post Modestino! Me gusta mucho cuando te pones intimista...y ese recorrido por Valencia que vas desgranando junto a tus mas personales sensaciones interiores, ¡gracias por compartirlo, amigo!
Asun

Modestino dijo...

Intimista ... sí, se puede llamar así ;).
Es curioso el que a veces nos acordemos de cosas bien poco trascendentes y a lo mejor se nos queden en el olvido otras más importantes. Somos así.

Brunetti dijo...

Hace poco más de un año fui a pasar un fin de semana a Valencia, porque era una ciudad casi desconocida para mí, a pesar de haberla circunvalado decenas de veces, camino del sur, y pese estar bastante cerca de la mía.

Y me sorprendió muy gratamente. No sólo por la espectacular zona de la llamada Ciudad de las Artes y las Ciencias (que también), sino por el encanto que tiene la zona del centro, muy recomendable para pasear, comprar y trastear (descubrí locales y espacios de ocio escandalosamente modernos y diseñosos).

Imprescindible tomar una cervecita con bocata de calamares en el "Bar Mundo", cuyo nombre me dijeron que se debe a un antiguo jugador del Valencia CF del que seguro que te acuerdas perfectamente (hay fotos colgadas en el local que parecen acreditarlo; creo que era un potente jugador negro o, cuando menos, achocolotado).

Me he prometido volver en cuanto pueda a Valencia.

Salud y suerte para mañana.

opinadora dijo...

Pues a mi me gusta ver las ciudades a esas horas.Parecen recien estrenadas (coincide que han limpiado tambien las calles), y ese silencio que suele haber,-si hace buen tiempo mejor-,unido a poca gente que deambula a esas horas ,me parece un momento estupendo.

Modestino dijo...

Valencia ha mejorado muchísimo desde aquella época en limpieza, orden y modernidad.

Te equivocas, amigo Brunetti, Mundo no es ni negro ni "achocolatado" -sí lo fueron Waldo, Walter, Chicao, ...- sino que nació en Baracaldo en 1916 y fue delantero titular del Valencia en los años 40, formando una delantera mítica con los tambien vascos Epi y Gorostiza en los extremos y los valencianos Amadeo y Asensi como interiores. Es el máximo goleador del Valencia en toda su historia y ganó dos "Pichichis", siendo el 5º máximo goleador de la historia de la Liga tras Zarra, Di Estéfano, Hugo Sánchez y Raúl.

Recuerdo que en uno de esos concursos televisivos de los años 70 se puso como prueba montar un equipo de fútbol que incluyera a una vieja gloria; los valencianos se presentaron con Mundo -Edmundo Suárez se llamaba-, a quien me acuerdo ver correr por el cesped con una barriga notabilísima.

Murió en 1978.

sunsi dijo...

Me da terror, Modestino. No Valencia... sino estrenar calles. Recuerdo la época de estudiante en Barcelona. Un domingo por la C/Ganduxer. Solo oía mis pasos hasta que empecé a escucharlos doblados... Eché a correr como en mi vida hasta que alcancé una boca de metro por la que también bajaba una señora. Y a la agarré del brazo. El personaje se detuvo y volvió a subir la calle. Cuando lo pienso aún siento la resonancia del temor...

Gracias por tu comentario en el blog... y por el ejemplo.

Un saludo afectuoso, jurisconsulto.

Modestino dijo...

Hay sucedidos que no sabes si la imaginación magnífica, pero que provocan momentos de mucho agobio.

Driver dijo...

Me has recordado una sensación, que tal vez por mi condición de emigrante, la he tenido que interiorizar y transformar de perturbadora en agradable.

Estrenar una calle a primera hora de la mañana.

Esa sensación de pisar los charcos de la calle recién regada, sólo es comparable a la de horadar con tu pie la arena virgen de la playa.

Cuando era joven y añoraba la seguridad del terruño, la calle recién estrenada se tornaba fría y hostil.

Después de tantos años en la meseta esteparia ese acto es algo tan habitual, que se ha transformado en agradable sensación de libertad.
...
Somos realmente seres extraños.
Es la costumbre la que nos hace transformar las sensaciones.

Disponemos de un cerebro tan potente, que es capaz de transformar al cabo del tiempo el miedo y la desazón, en magnificiencia y novedad.

Somos cuentistas que nos contamos historias a nosotros mismos.

Y cuanto más las sentimos, más nos la creemos.

...
El Señor nos la lio parda con la capacidad de mimetizarnos en un entorno.

Un regalo de primera.

Adaptación.

Anónimo dijo...

No me asusto de los perros, ni de los hombres que acechan... temo la indiferencia con que pasa la gente frente a una anciana que sólo pide la hora

Modestino dijo...

Desgraciadamente en los tiempos que corren se da demasiada indiferencia de esa.