7 de enero de 2010

"Paraíso inhabitado", Ana María Matute













"Paraíso inhabitado"
Ana María Matute
Destino Barcelona (2008)
296 páginas


«Nací cuando mis padres ya no se querían», recuerda Adriana, mucho después de que todo haya sucedido. Por ello, la niña se crea un paraíso propio, poblado por amigos imaginarios y una familia de su elección.
Esta felicidad a medida se ve perturbada cuando Adriana debe iniciar el periplo escolar y entrar definitivamente en el mundo de los adultos, un entorno que le resulta ajeno cuando no hostil. Sin embargo, siempre queda un refugio bajo las relucientes estrellas escondidas en los cristales de la lámpara del salón.



No tengo ninguna duda de que Ana María Matute es una de las primeras figuras de nuestra literatura moderna, contemporánea de un grupo de mujeres que han sentado cátedra a la hora si de escribir bien estamos hablando: Carmen Martín Gaite, Elena Quiroga, Carmen Laforet, Camen Kurtz, Dolores Medio, Concha Alós, Mercedes Salisachs, ... Pero lo cierto es que hasta ahora solamente había leído dos novelas suyas, de las que guardo un recuerdo excelente: "Los Abel" y "Primera memoria", con esta última había ganado el Premio Planeta y puedo asegurar que es de lo mejor que he leído en mi vida.

"paraíso inhabitado" supone el regreso de Ana María Matute después de un prolongado tiempo de silencio de ocho años, y ha sido un regreso brillante, cumpliendo las expectativas, a la altura de una grandísima escritora. Porque, ya de entrada, hay que afirmar que "Paraíso inhabitado" es, por encima de todo, una novela estupendamente escrita, literatura verdaderamente de la buena. No se puede decir que estemos ante una novela con un argumento que te engancha, ante un libro ameno, simplemente es literatura que se lee con agrado, que mantienes la lectura no por su interés, sino por su calidad, lo que no equivale, ni mucho menos, a una acusación de aburrimiento.

El libro tiene un personaje esencial: Adriana, la niña que vive sorprendida, perpleja y rebelde los sucesos que se van sucediendo en torno a ella. Como suele ocurrir en los libros de esta autora, se trasluce cierto aire de tristeza, de melancolía; la autora se enfrenta con la vida desde un innegable pesimismo, pero la forma como describe lo que ocurre convierte ese pesimismo en llevadero.

Se trata de un libro que pone en choque dos mundos, el infantil y solitario de la protagonista y el de los mayores, lo que Adri llama "el mundo de los gigantes", en el que todo parece artificial, engañoso y donde abunda el egoísmo y las apariencias; daría para todo un tratado elucubrar en torno a esta idea. Pero la niña, en su soledad, tiene sus aliados, sobre todo Gavrila, el hijo de una bailarina rusa y de no se sabe quien, con el que forma una relación donde todo es distinto a ese mundo de los gigantes, donde sólo existe cariño y desinterés. Y, además del niño, Adriana se refugia en ese especial microclima que se ha creado en la cocina donde se encuentran la "Tata María", que también lo fue de su madre, la cocinera Isabel, que le permite echarse un traguito de esa botella de la despensa "que alegra el corazón" y ocasionalmente la lavandera Tomasa; posiblemente sea este ambiente a la vez sencillo y afectuoso, creado por personas tan simples e incultas como buenas y capaces de querer, uno de los mejores logros del libro.

Paralelamente a la historia de Adri y su familia, se va desarrollando la España de la República y del inicio de la Guerra Civil, si bien Matute trata estos temas muy trasversalmente, sin profundizar en ellos ni darles protagonismo. Sí que existe una evidente crítica social de la época: los prejuicios sociales, la educación artificial que la niña recibe en las Monjas de "Saint Maur", el miedo de los padres de Adriana a separarse por el "qué dirán", ...

La novela aporta también otros personajes secundarios muy bien trazados, como la Tía Eduarda, una mujer avanzada a su tiempo, que se presenta conduciendo un viejo coche ("la cafetera"), algo completamente inusual en los años 20-30 y que ofrece a Adriana una visión diferente de la vida, basada en una mayor libertad, casi transgresora, o Teo, una especie de tutor de Gavrila, un personaje peculiar y ambiguo.

Leer "Paraíso inhabitado" creo que supone aprovechar una ocasión para llegar a la buena literatura, la que es imperecedera, la de siempre; Ana María Matute es una garantía de que no se va a perder el tiempo. Dejo enlaces de un excelente comentario de "elcultural.es" y de una entrevista con la autora.


5 comentarios:

Brunetti dijo...

A mí, esta novela me defraudó bastante. Por suerte, la Matute domina el lenguaje de manera formidable, de ahí que la lectura resultara, al menos desde ese punto de vista, provechosa.

Pero la historia que narra no acabó de cautivarme, quizá debido a la continua presencia de niños. Tantas peripecias infantiles hicieron que perdiera interés por el relato.

Salud!

Modestino dijo...

Sabía que no te había gustado; si no recuerdo mal tu comentario fue que te había aburrido o algo así; efectivamente no es una novela ágil en ese sentido.

Pero yo, que en algúna fase concreta del libro también noté cierto bajón del interés, me identifiqué bastante con el mundo infantil de la protagonista, conecté con el tema.

Sunsi dijo...

Hay otra Ana que conoce a esta autora al dedillo. Me doy cuenta de que Ana María Matute es un gran desconocida para mí. Habrá que ponerse al día. Gracias por la reseña, Modestino.

Un saludo desde Tarraco

Modestino dijo...

Ana María Matute es lo mejor de lo mejor en las letras españolas; ha tenido grandes épocas de silencio quie han hecho que su obra no sea muy extensa y que se la conozca menos de lo que merece, pero escribe de maravilla.

ana dijo...

¡Pero bueno! Brunetti, perdóname la confianza, pero si estuviéramos cara a cara y me dijeras que te ha resultado un libro poco atractivo, para tí tenías... ¡¡¡¡La turra que te iba a dar!!!... jajaja. Ya te iba yo a explicar explícitamente si fuera necesario párrafo por párrafo todo el mundo de Adriana...jajajaja.

Es un libro precioso!!!!

Sólo la frase del inicio es ya para quedarse absorto: "Nací cuando mis padres ya no se querían".

En esta historia no sólo está el "ruido" de la infancia, es todo lo que rodea a esa infancia. Nada es leve, sólo lo parece. Y en a trama, están muy presentes los adultos, nosotros, esos padres formidables que tantas veces nos olvidamos de lo "esencial".

Adriana es una niña que se inventa su mundo, sus amigos, su familia... por pura, simple, llana y aterradora soledad. Vive en un entorno que para ella es difícil, doloroso, absurdo y lleno de silencios. Silencios que son dolor.

Creo que estamos acostumbrados a decir, y así lo pensamos, que los niños lo superan todo, y yo pienso que no, que no todo lo superan, que muchas cosas las anidan en su alma con mucho sufrimiento. Lo que ocurre es que su sufrimiento no es sonoro, es incluso demasiado silencioso, y hay que estar muy atento para que encuentre sonido, para que puedas oirlo, para que no sea un sufrimiento tan abandonado y se encasquille tan desoladamente en su alma. Hay que estar muy pendientes de ellos... cualquier cosa les ronda todo el día por la cabeza, y lo que ocurre, no es como si no ocurriera... eso es lo que los adultos nos creemos: que no se enteran. Y vaya si se enteran...

... Y qué retahila me ha salido. Lo siento. Es que no lo he podido evitar. Y para mí Ana María Matute es una gran narradora del dolor de los niños... del mundo de la infancia.

Está muy bien este otro libro suyo: Algunos muchachos. Está compuesto por siete narraciones que abordan el tema de los niños, de los adolescentes en el tránsito hacia la vida adulta.

"La infancia no es una etapa. Para mí es un mundo, todo un mundo cerrado, redondo. Después te explusa, o te caes tú de él. Por eso he dicho que muchos adolescentes tienen carita de naúfrago, porque tienen que ir nadando, expulsados de esa isla o de ese mundo, hacia un continente donde no saben lo que les espera..."
Ana María Matute.

Y eso me digo, Modestino, que es una de las mejores. Su obra no es extensa... es cierto. Tuvo una depresión que le anuló la capacidad que tiene para darse en palabras, que le duró si no me equivoco, más de diez años de su vida. El dolor a veces es un compañero de escritura... ella esto lo sabe bien.

Lo dicho... de las mejores, humana y literariamente.

En fin... perdón por ser... tan pesadita.