11 de enero de 2010

Cafés franceses



Como casi todos los años, estuve ayer en Tarbes; como ya el pasado año hablé de esta coqueta ciudad de la región de Midi Pyrénées, no me volveré a extender sobre detalles de sus calles, monumentos y personajes que la pueblan. Pero sí me quiero referir a mi experiencia con las cafeterías en las que he entrado a lo largo de seis años visitando anualmente la villa.

No conozco París ni ninguna de las grandes ciudades francesas -Lyon, Burdeos, Marsella, Toulouse, ...- y mis viajes a Francia se limitan a las referidas visitas a Tarbes y una par de excursiones a Hendaya, San Juan de Luz y Biarritz, por lo que me guardaré mucho de generalizar, aunque me da la impresión de que mi visión de los cafés de Tarbes es extendible al resto de establecimientos galos del ramo, pues en el fondo sus caracteres creo que responden a la peculiarísima idiosincrasia de los gabachos.

Como el hombre suele ser animal de costumbres, cuando llegamos a la referida ciudad y tras aparcar en el parking de la Plaza Verdún, acudimos a tomar un café a un establecimiento ubicado en dicha plaza, el "Foch", que estaría dispuesto a apostar unos cuantos euros a que es la fotocopia de miles de cafés franceses: a la barra, una señora -imagino que la dueña- entrada en años, más bien seca y sin ninguna prisa, al fondo unos servicios bastante descuidados y con instalaciones de la época de la resistencia, unas mesitas pequeñas y con tabla de mármol y unas incómodas sillas, sólo para traseros de poca extensión, todo de madera frágil, por no hablar de unos taburetes de skay en la barra de los que eres arrojado cuando te intentas sentar.

En el mostrador no se veían ni bollos crujientes, ni croissants del día ni mini-bocadillos de jamón, tortilla o queso; por el contrario la barra estaba despejada y tan sólo se observaban unos recipientes, casi de la época de Eugenia de Montijo, llenos de terrones de azúcar envueltos en papeles semi-amarillentos, porque los azucarillos no vienen junto a la taza, sino que se los ha de buscar el comsumidor. Tan sólo vi unas bandejas preparadas con unos pequeños croissants con aspecto más bien rancio y pequeñas latas de miel y mermelada.

Eso sí, la materia prima era buena: el café me pareció excelente, lo que demuestra que es un problema más de modos, de estilo que de capacidad, de saber trabajar. En la misma Plaza está el Café "Le Moderne", cuyo mobiliario, servicios y hasta el billar de su interior no responden a su título; una vez más, buen café y ambiente frío, triste, cargado de dejadez. Es cierto que suelo ir a Tarbes en enero, y tal vez todo, incluído mi espíritu, ande contagiado del frío polar que reina en esa época.

No se si es un problema de cultura, de idiosincrasia, es posible que en España demos demasiada importancia a los bares y restaurantes, pero me llama la atención que falte esa chispa de ambiente, que no parezca exista interés por hacer apetecible el establecimiento, lo que en él se consume precisamente en la tierra del "Maxim's", de los vinos de Burdeos y Borgoña, en el lugar donde se asegura se hacen los mejores quesos del mundo. Y tengo la sensación que esta especie de abandono, de aires mortecinos, de ausencia de glamour, que no es incompatible ni con la calidad de sus productos ni la profesionalidad de sus agentes, es extendible a todo lo que rodea al país de más allá los Pirineos, a pesar de Versalles, a pesar de los modistos y a pesar de la "Grandeur".


9 comentarios:

annemarie dijo...

Incluído tu espíritu?! :)) Canción impecable, en todo caso...

Mª Pi dijo...

Modestino:
Sigo silenciosamente tu blog desde hace tiempo. Disfruto con las descripciones, los comentarios de libros, los rincones de mis queridas Zaragoza y Huesca(soy "fata" y estudié en Zaragoza).
Desde mis veranos en el valle de Benasque solemos hacer excursiones al sur de Francia y desde que tengo memoria, no ha faltado ese día a Luchon, Cominges, Albi, Toulousse. Me encanta repetir y disfrutar de sus tesoros medievales.
No se cual es el motivo o si son apreciaciones subjetivas, pero también noto un cierto aire de dejadez en esas visitas francesas. No suelo comer en establecimientos muy lujosos, todo hay que decirlo,(media docenica de hijos acotan bastante al "plat du jour"), pero siendo exquisita la calidad, todo está teñido de una cierta decadencia...bueno, a mi me sigue fascinando, tal vez por los recuerdos de infancia.Gracias por tus escritos casi diarios, de verdad.

Modestino dijo...

Te agradezco el comentario, entre otras cosas, porque tal vez has usado la palabra clave: decadencia; es lo que he notado yo. No me gustaría que el post hubiera quedado demasiado negativo para con los franceses, pues no lo pretendía. Simplemente, quería reflejar ese toque decadente que he notado y que tu has contado tan bien.

Jorge Orús dijo...

La descripción y las fotos cuadran los cafés franceses que conozco. No me extraña que unos amigos franceses, que nos visitan de vez en cuando, hagan el viaje Burdeos-Huesca en un fin de semana para quemar las naves en los bares españoles.
Vistos los cafés de Tarbes, vistos los de París, que por fuera tienen la misma estructura que en las fotos que muestran y por dentro, el aire desapacible que describes.
Ahora, caros sí que son. Tengo el inolvidable recuerdo del tique del café de La Paix (al que Battiato le tiene dedicada una canción), frente a la Ópera de París: 800 pesetas del año 99; en la terraza, eso sí. Pese a las vistas, no era para tanto.

Jorge Orús dijo...

El precio era en francos claro...

Modestino dijo...

Pedazo de cuenta¡¡¡; eso sí, no te arrepientas nunca, una minuta excesivamente cara nos puede llevar a no repetir, pero no deja de ser una experiencia más.

Todo lo que cuesta dinero, al fin y al cabo es barato.

Sunsi dijo...

Una novedad lo que cuentas/contáis. Me resulta chocante ... No hubiera pensado nunca que la dejadez o decadencia en establecimientos así fuera algo común en la France. Tengo debate para rato con "mon amie Marie Anne".

Un saludo, Modestino

Brunetti dijo...

Permíteme discrepar de ti, Modestino.

Todas las experiencias culinarias o similares que he tenido en suelo francés han resultado muy positivas y no se asemejan en nada a lo que relatas en tu post: el servicio, impecable, y la calidad, muy por encima de lo que estamos acostumbrados (al menos, aquí, en la costa, donde los hosteleros nos maltratan).

En el fondo, lo que debe de ocurrir es que cada uno cuenta la historia según le va: supongo que también habrá gente que despotricará del Louvre porque allí le robaron la cartera o se torció un tobillo.

En todo caso, convendrás conmigo en que Tarbes no es precisamente la ciudad más hermosa de Francia. Y, por lo que cuentas, sus cafés tampoco van a ser declarados patrimonio nacional.

Modestino dijo...

Sabía que hoy aparecería un post tuyo discrepante; una discrepancia, como siempre, elegante, atinada y bien expresada.

Ya he dejado claro que no conozco París, la primera ciudad del mundo que visitaría si tuviera que elegir; ni siquiera conozco Lyon, Limoges, ...

Pero hasta donde he visto he tocado ese ambiente que he descrito, aunque venga determinado por una experiencia limitada.

Por cierto, aprovecho para comentar una anécdota sucedida ayer: fui con la persona con la que viajé a la Catedral de Tarbes; nada más entrar nos encontramos con un grupo de personas mayores hablando animadamente en voz alta dentro de la iglesia, algo chocante con la politesse francesa ... descubrimos que pertenecían a una asociación andaluza de la villa y que habían acudido a ensayar el villancico "Los peces en el río" para la Misa del domingo siguiente ... hablaban en voz alta, eran españoles;).