15 de enero de 2010

Haití S.O.S.



De vez en cuando la naturaleza parece querer recordarnos que no tenemos todo controlado y castiga a alguna zona del globo con una catástrofe del calado del terremoto que hace dos días asoló Haití. Además, uno tiene la impresión de que casi siempre los perjudicados por este tipo de tragedias son los más pobres, los desfavorecidos de la tierra: así pasó, por ejemplo, con el tsunami que llevó la destrucción hace unos pocos años al este de Asia. Es cierto que buena parte de las gravísimas consecuencias de este seísmo tienen su causa en la fragilidad de las construcciones, por ser éstas de material pobre y de edificación deficiente; es decir vuelve a ocurrir eso de que la pescadilla se muerda la cola. Pasan los siglos y sigue habiendo, como decía la vieja canción de Joaquín Carbonell, quienes en dinero nadan y quienes "nada de nada".

Uno de los primeros razonamientos que posiblemente deberíamos hacernos, es el de que difícilmente nos podemos quejar demasiado de las cosas que pensamos nos faltan o de las desgracias que creemos nos pasan; uno recuerda la famosa fábula del sabio que recogía las hierbas que el otro dejaba y asume que con frecuencia se convierte no se si en un niño rezongón o en un desfasado cascarrabias. Ante un episodio como el que nos muestran estos días los medios de comunicación solamente cabe reaccionar agradeciendo lo que tenemos, asumiendo nuestras carencias y meditando en que, al fin y al cabo, todo es prestado y perecedero.

Por otra parte, uno tiene miedo a acostumbrarse, a que todo quede en un primer estremecimiento que da paso a una especie de rutinaria asunción de la desgracia ajena, admisión de hechos que puede ser más inmediata y completa si esa desgracia es lejana, si ha ocurrido a muchos kilómetros de distancia. No se si ésto es un daño colateral al paso del tiempo, porque me parece que de niños éramos más sensibles, más capaces de asumir en nosotros la pena ajena, de identificarnos con los que sufren y desear que se alivien sus penas; recuerdo por ejemplo el terremoto que asoló Nicaragua en 1972, o las hambrunas del Congo y Biafra en los años 60: no cuajaba en nuestros corazones infantiles, aún con el egoísmo propio de la edad, tan rápido ni la indiferencia ni el olvido.

¿Qué podemos hacer nosotros? ... imagino que alguna cosa más que poner cara de impresionados o verter alguna expresión compasiva; en el blog vecino del barullo su jefe ha facilitado los datos telefónicos y bancarios de la campaña "Cáritas con Haití", y es una gran iniciativa, y si cada uno piensa seguro que encuentra alguna idea positiva, aunque sea tan sólo rascarse el bolsillo, sin autojustificarnos con la célebre excusa de que uno no sabe si llega el dinero; porque no es nada perjudicial plantearse lo que está en nuestra mano hacer. Y en la de todos está el tener presentes a los que sufren; en el Evangelio queda claro que son los preferidos del Señor, y nosotros no podemos dejarles sólos: sería muy egoísta aparcar de nuestras oraciones a quienes ahora pueden estar sumidos en la desesperanza. Buena parte de nuestra grandeza radicará en nuestra capacidad de sentir su dolor como nuestro, sus necesidades como propias y paliar el drama de sus vidas como una de nuestras misiones de este momento.


2 comentarios:

ana dijo...

Certero post.
Gracias Modestino, por el tirón de orejas.

Sunsi dijo...

Los pobres entre los pobres. A ellos les azota siempre el enfado de la naturaleza. Y en Haití, el 70% de la población ya era paupérrima antes del tsunami.

Sí hay gente que se está volcando, Modestino. Los españoles, en general, somos de todo excepto indiferentes. El teléfono de la Cruz Roja no ha parado. Estoy orgullosa de nuestros paisanos... de los primeros en desplegar ayudas humanitarias.

Muchas gracias por el post y por tus reflexiones.

Un saludo