21 de septiembre de 2012

La comba vive

Me encontraba el pasado domingo en la Estación Intermodal de Huesca; esperaba el autobús de las 11.15 y en un momento determinado aparecieron por el anden una joven madre con dos gemelas preciosas de unos 7 u 8 años. En el lugar estábamos unos cuantos viajeros impacientes, pues el bus llegaba con cierto retraso y las niñas sacaron vete a saber de donde una comba, esa cuerda sujetada en los extremos por una especie de mangos con la que en nuestra niñez vimos jugar a hermanas, primas, amigas y vecinas. Mientras la mamá y una de las gemelas daban vueltas a la cuerda, la otra niña saltaba sobre ella y las tres cantaban una rítmica canción infantil que hablaba de enviar una carta a Miguel, de la querida Isabel, que se encontraba "malita en la cama y no se puede mover". Tanto el juego como la melodía la iban repitiendo continuamente, a la vez que las niñas cambiaban alternativamente su lugar, bien sujetando un extremo de la comba o bien saltando en torno a ella; y he de confesar que descubrí que me hago mayor, pues hubo un momento que el retintín del cántico y los sonidos de la propia cuerda y los zapatos de la niña saltarina sobre el piso me comenzaron a agobiar, asomando esos inicios del "cabreo" que tiende a aparecer cuando algo te fustiga por dentro.

Afortunadamente tuve reflejos para cortar de raíz mi inicial encono; ¿quién era yo para fustigar interiormente el inocente juego de unas niñas alegres y simpáticas con el que colaboraba su paciente madre?; rechacé cual tentación diabólica esa inicial reacción de malestar y comprendí que, por el contrario, había que congratularse de la vitalidad infantil y, muy especialmente, de comprobar que por mucho que la vida evolucione, algo tan sencillo como jugar a la comba sigue siendo uno de los más válidos argumentos para mantener entretenidas a un par de niñas con necesidad de esparcimiento. Una comba y una canción, no se puede pedir más para regresar al pasado, para alegrarse de que determinados iconos de nuestra infancia sigan plenamente vigentes y para rectificar esas inclinaciones que nos vuelven egoístas y viejos, que aún no es tiempo.

8 comentarios:

susana dijo...

Te comprendo. A mí también me cansan los niños y tengo que convencerme de que es natural que salten y griten y es bueno que lo hagan. Un beso.

Modestino dijo...

A mí me preocupa que me cansen los niños ... es como una alerta de envejecimiento.

Brunetti dijo...

Te puedo asegurar que una tarde entera persiguiendo a Lupita de aquí para allá equivale a correr una media maratón.

Por cierto, ¡Viva Santa Tecla!

Salud!

Modestino dijo...

Viva Santa tecla ... pues con Lupita no os queda mili ni nada.

Mª Asunción Balonga Figuerola dijo...

¡Que entrada más entrañable Modestino, en serio! Me encanta tu capacidad de convertir lo cotidiano en bello. Me ha hecho mucha ilusión saber de ti, muchas gracias, no tengo ni idea de lo que pasa con Blogger.
Pues dos cositas más: de niña me encantaba saltar a la comba pero para mi desgracia lo hacia muy mal porque continuamente se me caian las gafotas que llevaba entonces y otra: habiendo criado cinco niños que ya son casaderos ¡estoy deseando que vengan los nietos y me los dejen! ¿Seré masoquista?
Un beso querido
Asun

Anónimo dijo...

Cuando se jugaba mas a la comba ,la goma,polis y cacos ,etc.Los niños no estaban tan obesos y se relacionaban mas entre ellos.Este mundo de "comodidades"es lo que nos ha traido

Modestino dijo...

Los nietos son la corona de los abuelos, dicen por ahí.

Modestino dijo...

Polis y cacos era todo un clasico.