26 de julio de 2008

Sevilla tiene un sabor especial







Así lo dice la copla popular y ya no me cabe duda alguna de que es verdad. Es Sevilla una ciudad que no puede dejar indiferente; nunca te cansas de visitarla, de pasear por sus calles. Tiene un encanto permanente y siempre queda algo nuevo por descubrir.

Existe una Sevilla monumental, con joyas arquitectónicas de primera fila, como la Catedral, en la que se eleva majestuosa la Giralda, los Reales Alcázares, la Torre del Oro, el Parque de Maria Luisa o el Archivo de Indias. Espectaculares las iglesias barrocas como la del Salvador y la de San Luis, así como las múltiples capillas como la llamada “Capillita de San José” y la de Santa Marta, con mención especial, por su profundo significado, para las Basílicas del Gran Poder y de la Macarena. En Sevilla descubrí, extasiado, el Hospital de la Caridad, con cuadros de Murillo y Valdés Leal; dicen que hay en la capital hispalense más de 150 conventos de religiosos, la mayoría habitados y auténticas joyas.Uno puede encontrar arte en cualquier sitio, hasta en el cementerio, donde destaca el espectacular monumento de la tumba de Joselito el Gallo y la elegantísima de la gran Juanita Reina.

Pero junto a esa Sevilla grandiosa aparece otra más popular, cargada de gracia y salero, con zonas características como el Barrio de Santacruz, por cuyas callejuelas puedes pasear extasiado por el olor del azahar y el jazmín, por el encanto ambiental, a la vez que descubres la casa natal de Luis Cernuda o la Plaza de Doña Elvira; y el más populoso de Triana, cuna de artesanos, en el que aún subsisten los viejos alfareros y también abundan los orfebres, arte que se plasma en los ricos sagrarios que encuentras en cada iglesia que visitas. Más modernas son las zonas de Nervión, plena de establecimientos comerciales, y Heliópolis, con esos chalets que uno desearía adquirir del primer al último.

Y también te acabas encontrando una Sevilla profundamente religiosa, cargada de piedad y devociones; empezando por la Capilla de la Virgen de los Reyes, en la Catedral, donde da gusto rezar y en la que los seises despliegan toda su magia en la Inmaculada y en el Corpus; y la Macarena, punto y aparte en las devociones marianas, dueña de la ciudad y refugio de todo sevillano necesitado de ayuda o consuelo. Cuando callejeas por Sevilla se nota vivo el recuerdo de la Semana Santa más especial de todas, uno siente el eco de las saetas, los pasos y la estremecedora respiración de los costaleros, todo ese conglomerado de fervor religioso y pasión popular.

No podemos dejar de lado el arte y el folclore, en una tierra de toreros inolvidables, desde Juan Belmonte, cuya estatua luce en el Altozano, hasta Morante de la Puebla, pasando por el destino trágico de Joselito, por cuya casa natal en la localidad de Gelves pasé casi cada día, el valor de Diego Puerta, el arte de Paco Camino y, por encima de todos, el tarro de las esencias de Curro Romero, el Faraón de Camas; la Maestranza será siempre el centro académico del torero español. Y, al mismo nivel, el flamenco, las sevillanas, la copla y la profundidad excelsa del “cante jondo”.

Recorriendo Sevilla uno busca, y siempre acaba encontrando, el sentimiento especial de una tierra distinta, el encanto de una forma de ser: la prestancia de los sevillanos y la belleza de las sevillanas, una belleza que tiene mucho que ver con la gracia, con el donaire.

No tengo ninguna duda, cuando marchas de Sevilla tu primer pensamiento siempre será volver, porque uno se resiste a abandonar lo que ha visto y vivido y porque siempre quedan maravillas que contemplar.


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