30 de enero de 2017

El dolor lejano


Las personas tendemos al egoísmo ... solemos andar mucho más preocupados de nuestras pequeñas batallas que de lo que le pasa al prójimo. No obstante, las penas de los demás, el dolor ajeno, a poco que tengamos algo de sensibilidad, mínima capacidad de querer, nos conmueve e incluso, si está en nuestras manos, andamos dispuestos al consuelo, al apoyo. Las lágrimas de un niño, una enfermedad grave, la soledad de alguien mayor, un brote de violencia sobre la mujer presenciado en vivo y en directo, ... son escenas, situaciones que pueden llevarnos a sentir un dolor casi propio.

Pero tenemos el peligro de vivir de espaldas al mal ajeno cuando éste nos pilla lejos. No cabe duda de que lo que nos enseña la tele, las redes o la prensa sobre la situación de los refugiados en Europa, el hambre el África o tantas villas devastadas por las guerras que se multiplican por todo el planeta, nos estremece, nos remueve y nos indigna, ... pero no es lo mismo. No tenemos experiencia directa y hasta nos puede pasar que tras la primera impresión suceda la tibieza y hasta el olvido. Esas cuitas personales que nos ocupan y preocupan a cada cual se convierten en causa principal y dejamos aparcadas las desgracias de los demás ... casi siempre mucho más graves ... no debería ser así.

Ese dolor ajeno existe, y no puedo dejar de admirar -y mucho- la generosidad de esos pocos que marchan en busca de ese dolor, para vivirlo cerca, para aliviarlo, para compartirlo. Me da igual que sea en nombre de Dios, de los derechos humanos o por cualquiera de esos valores que acredita que la naturaleza humana no es tan mala. Estoy seguro que ese dolor se ve de otra manera cuando se entra en la choza, se cura la herida, se acompaña en la pérdida, se llora piel con piel con el que sufre, ... se siente la impotencia de no poder hacer nada ... salvo "estar ahí".

Seguramente muchos no estamos en situación de emprender aventuras, de acercarnos al dolor ajeno, ... pero está bien que recordemos muy frecuentemente, cada día, que existe, que ellos, los que lo sufren en su carne son exactamente como nosotros, que nos pongamos en su lugar.

1 comentario:

Susana M dijo...

Muchos prefieren no pensar en ello. Un beso.