19 de abril de 2016

El lado oscuro del fútbol

Toda la prensa nacional se ha hecho eco de una entrevista en la que Julio Alberto, aquél magnífico lateral izquierdo del Atlético de Madrid y el F.C. Barcelona de los años 80, relata su dura experiencia con las drogas, su ruina económica, las secuelas que todo eso ha dejado en su salud, además de alguna triste experiencia infantil, como la separación de sus padres y uno de esos lamentables episodios de abusos sexuales que tanto daño hacen a quien los sufre. El ex-futbolista no descubre nada nuevo, pues desde su retirada han sido frecuentes las noticias relativas a su convulsa vida personal. Pero la sinceridad de Julio Alberto, quien relata sus andanzas de manera tan descarnada como honesta, nos viene bien para recordarnos que ni es oro todo lo que reluce, ni el camino del éxito es fácil, ni éste llega necesariamente por la vía del "glamour" , de las burbujas que se engordan tan deprisa como explotan ni de esos espejuelos que deslumbran con tanta fuerza como falsedad. El mundo del fútbol, como el de algún otro deporte, aparenta estar edificado sobre la movediza base del dinero excesivo, las trampas y el rápido endiosamiento de quienes corren el riesgo de terminar sufriendo el vértigo de quien llega demasiado rápido a la parte más alta del pedestal.

Recuerdo hace muchos años, más de 20, un reportaje en el suplemento dominical de La Vanguardia en el que Julio Alberto, junto a su tercera esposa, enseñaba con orgullo el ático en el que vivía en una de las zonas más nobles de Barcelona -creo recordar que Bonanova-. Las fotos, ubicadas en la sección de decoración de la referida revista, era espectaculares: ventanas grandiosas, armarios enormes repletos de vestidos, zapatos y ropa aparente, salón decorado con moderna elegancia, escaleras interiores, ... al lector ignorante -que éramos la mayoría- todo sonaba a éxito personal, a vida brillante, a hombre hecho a sí mismo, ... Pocos meses después, el mismo periódico resaltaba la noticia de la ruina del ex-jugador, abandonado por su esposa y desquiciado por las drogas y los negocios fallidos. Era toda una lección de hasta donde puede llevar la falta de mesura y cómo una apariencia opulenta puede no ser más que la careta que oculta la mayor de las desgracias.

Julio Alberto, entre otras cosas, tiene la virtud de no escurrir el bulto, de no buscar culpables mayores que su propia irresponsabilidad, y eso le honra. Afirma que le duele sentirse frecuentemente juzgado, y le comprendo y apoyo, pues en la sociedad actual tenemos el triste hábito de aficionarnos a etiquetar a los demás con tanta frivolidad como ligereza a la hora de pasar por alto las miserias propias: cuando vemos la desgracia y el dolor en el otro, es posible que sera mejor emprender el camino de la comprensión y la gratitud por lo recibido.

http://www.elmundo.es/deportes/2016/04/18/5713c131468aeb681f8b4613.html

2 comentarios:

Nélida G.A. dijo...

Una triste historia, espero que de ahora en adelante su vida sea más clara y limpia y más feliz para él.
Esta entrada tuya me hizo pensar en dos refranes-ideas-conceptos:
- "Antes de juzgar a alguien, ponte sus zapatos".
Como bien dices, es tendencia en este país el juzgar y encasillar a la gente, con demasiada rapidez y sin reparos. A la ligera.
- Y lo otro, no es un refrán sino más bien una idea mía propia: Y es que nadie, absolutamente nadie tiene la felicidad completa. Por mucho que veamos entrevistas con casas de lujo, de un tren de vida aparentemente inmejorable, nunca es oro todo lo que reluce. Y nadie, es feliz del todo. Probablemente esa persona de imagen perfecta e idílica, no está conforme con su vida al 100% por no decir de aquellos casos en que "lo tienen todo, y no tienen nada" que son muchos también.

Gracias por compartir tus impresiones y hacernos pensar a los demás.
Abrazo.

gloria dijo...

El mundo del futbol, tiene un lado muy oscuro. Llegan chicos muy jovenes, antes, sin formación, con muchas carencias y q son manejados por muchos intereses. Julio Alberto es uno de los casos conocidos, pero hay tantos q se han perdido en nuestra memoria