20 de octubre de 2016

Hablar con los seres queridos


Ando leyendo una novela deliciosa de Antonio Tabucchi. Se trata posiblemente de la mejor obra del autor italiano fallecido hace cuatro años y su título es "Sostiene Pereira". De mis impresiones ya hablaré en esta misma "sede" cuando lo termine, aunque no puedo evitar referirme a unas escenas que me han conmovido. El protagonista, Pereira, es un periodista que dirige la sección de cultura de un imaginario diario luso llamado "Lisboa". Por cierto, el personaje lo encarnó maravillosamente Marcello Mastroianni en el film del mismo título, y es una suerte poder ir pasando las páginas del libro poniéndo al protagonista el inolvidable rostro del gran actor italiano.

La mujer de Pereira había fallecido unos años antes víctima de una enfermedad infecciosa, y  la  casa donde vive  está presidida por su retrato. A ese cuadro se dirige frecuentemente nuestro personaje, manteniendo unos diálogos llenos de ternura, sentimiento e inteligencia. Se trata de escenas, relatadas con el primoroso estilo de Tabucchi, que me están llegando al alma y me recuerdan que por el camino, cada vez más -¡es ley de vida!-, van quedando muchos seres queridos, más o menos cercanos, y corremos el peligro de que su recuerdo se limite a un anhelo del pasado, sentimiento que incluso a veces tiene el riesgo de evaporarse. Me ha gustado el ejemplo de Pereira, simple personaje de ficción por supuesto, que nos enseña a mantener vivo ya no sólo el recuerdo, también la relación con quienes en su día formaron parte más o menos protagonista de nuestras vidas.

Cuando alguien fallece es recurrente esa frase de "la vida sigue", pero convencido estoy de que no lo hace solamente para nosotros, también para quien se va. Y no me parece un dislate pensar que esas "conversaciones" como las de Pereira, nos pueden servir tantas veces de consuelo, de apoyo ... y hasta de compañía.

2 comentarios:

Susana M dijo...

Es bonito pensar que hay alguien al otro lado. Un beso.

Brunetti dijo...


En general, las vidas se esfuman, querido Modestino. Una persona muere y poco a poco todo rastro de su vida desaparece.

La única forma de retrasar esa desaparición es recordarla. Pero cuando, a su vez, fallecen las personas que recordaban a las que fallecieron antes, ya no queda nada de aquéllas.

Al menos, en esta vida.

Venga, ánimo, que es fin de semana.