21 de mayo de 2014

Cuando el tren era tren




Una de las conversaciones más fáciles de provocar y de mantener es la de alabar las ventajas del AVE; no cabe duda de que desde que la "alta velocidad" se ha ido imponiendo en nuestro país han cambiado radicalmente los planteamientos a la hora de viajar: se han acortado las distancias temporales entre muchas ciudades, el avión ha dejado de ser la panacea a la hora de buscar un viaje rápido y casi ha desaparecido esa especie de leyenda negra acerca de la impuntualidad de los trenes españoles. Fácilmente se escucha hablar con admiración de cómo viajar desde Zaragoza a Málaga o Sevilla se puede hacer en una mañana cuando antes habías de dedicar  toda la jornada, las ventajas de poder ir y volver a Madrid en el día o lo bien que se siente uno tratado por el servicio que atiende a los pasajeros.

Pero no se puede tener todo, y uno no puede evitar la añoranza cuando recuerda aquellos viajes en tren, los departamentos del tren "Express" en los que el personal comenzaba mirándose de reojo y terminaba contándoselo casi todo, a veces hasta las intimidades, cuando asomaban el chorizo y las hogazas de pan con la que se convidaba a quien hiciera falta, los trenes "Correo", con vagones de madera que parecía iban a descuajeringarse, los "Rápidos" y "Automotores", estos últimos con una apariencia que impresionaba en su tiempo, grandes y metalizados, aún recuerdo al "TAF", que llegaba de Valencia a la vetusta estación del Norte, o el "TER" y los "Electrotrenes", con colores azul y rojo que añadían cierto glamour al vehículo y, por supuesto, el "Talgo", que era el acabose, el último grito, casi un tren de ciencia ficción.

Entonces viajar en tren tenía su parte de aventura; los andenes estaban abarrotados, se accedía a ellos sin limitaciones, subir al vagón podía no ser fácil, había escalones altos y de difícil acceso, menudeaban los descuideros con chaqueta al brazo, el personal portaba maletones enormes, cestas de mimbre con viandas y hasta algún animalillo. En el tren muchos aprendimos a ser pacientes, a asumir retrasos, averías y paradas larguísimas. Eran tiempos de revisores serios y respetuosos, que ejercían su trabajo con ritmo premioso y seriedad llamativa, gente entregada al trabajo, de los que casi se podía decir que se habían casado con la RENFE.

Las estaciones eran lugar de despedidas emotivas y encuentros alegres, fuente inagotable de argumentos para una novela o guiones cinematográficos, Para un niño un tren era magia, ilusión, novedad, ... ¿quien no tuvo uno de esos trenes a pilas que daban vueltas constantes a una vía negra redonda y vulgar?, ¿y quién no aspiró a poseer uno de esos trenes eléctricos que eran unos cuantos escalones superiores a aquéllos?, trenes objeto de coleccionismo, de pasión de mayores, hasta de cierta locura. Hoy todo es más eficaz, se ha afinado mucho, pero la nostalgia nos devuelve, sólo en el recuerdo, en la memoria, en el pensamiento, otros tiempos de menos progreso y, quizá, algo más de encanto.




11 comentarios:

Ah! no ni mó. dijo...

De todas formas tal como dijo Rhetth BrunetTi Butler, en esa escena en la estación de Tara.

"Chicas:Gane o pierda el Sur siempre estaréis tan buenas como un tren"

Susana Moreno dijo...

A mí me encantaba viajar a Galicia en tren y pasar el día entero. Un beso.

Modestino dijo...

Bueno, a veces la cosa está entre un tren y un camión.

Modestino dijo...

He hecho unos cuantos viajes en tren a Galicia efectivamente el paisaje es precioso.

Anónimo dijo...

Me encanta ir en tren de hecho me encantan los viajes eternos en tren... dias en el tren, compartimientos abiertos, fiambreras tupers, señoras que suben al tren en una estacion y se vajan en la siguiente vendiendo croquetas y cosas por el estilo.
Hay una parte de los viajes que consiste en disfrutar del trayecto.

Driver dijo...

Recuerdo un rato muy agradable en tu compañia.
Tras un agape leridano donde mi hemano Tomae nos guio por el camino de la perdicion, nos apretamos unos gin tonics para recuperar el fuelle.
Una bella señorita nos acompañaba, y con frescura matutina nos relato un viaje que hizo en el Transiberiano.
No se si fueron la viandas, los combinados, la frescura de la dama, o las tres circunstancias unidas, pero escuche esa historia ferroviaria con intensidad y regocijo, de tal suerte que llegando a Vladivostok me entraron unas enormes ganas de abrir una botella de vodka y brindar por Siberia, las siberianas y las abogada guapetonas, todo al unisono.
Al fondo me parecio escuchar el tema de Lara, de la peli Doctor Zivago.
Sospecho que era mi hermano, que tarareaba mientras el Transiberiano atravesaba la estepa rusa.
Donde una dama relataba un hermoso viaje a traves de un paisaje nevado
Tan frio, como el gin tonic que nos estabamos apretando.

Modestino dijo...

Nunca había visto vender croquetas, sí navajas cuando el tren pasa por Albacete y mantecados cuando lo hace por Astorga.

Modestino dijo...

Recuerdo perfectamente esa conversación, gran recuerdo aunque ese mismo día, unas horas después, el Real Zaragoza consumaba su descenso a 2ª división.
Gran persona esa bella dama¡¡¡¡

Jorge Orús dijo...

Todavía queda algo de aquello. Hace un par de semanas viajé de Madrid y a Cáceres en tren. El recorrido (y casi el propio convoy, un tren pensado para media distancia en un viaje de cuatro horas) remitía a los tiempos que describes.

Modestino dijo...

Si, sí, quedan vestigios .... yo lo viví en un viaje a Santiago hace tres años ...

Anónimo dijo...

Donde este el ave que se quiten los tren chu-chu