13 de agosto de 2013

El camarero del Ritz


Di mis primeros pasos profesionales en Barcelona; aunque ya contaba por entonces 27 años, mentalmente no era más que un chaval inexperto, ingenuo y pardillo, tanto que de vez en cuando me pongo colorado si me vienen a la cabeza mis reacciones de aquella época y las torpezas e inoportunidades que pude llegar a hacer o decir fruto de una mentalidad a la que faltaban poso, cierta apertura de miras y, sobre todo, experiencia en la vida. Recuerdo que esos primeros meses coincidieron con la jubilación de quien fue mi primer jefe, un hombre cargado de sabiduría y bondad; y como el referido jefe llevaba más de 25 años en la casa y era persona generalmente apreciada, para celebrar tal jubilación se tiró la casa por la ventana y, como colofón de una serie de actos, se organizó una cena en el mismísimo Hotel "Ritz", algo que al menos por entonces -año 1987- era el súmmum del lujo y la apariencia. Para un personaje como quien esto escribe, sin la menor idea entonces de protocolos sociales y rankings gastronómicos, semejante "movida" representaba su primera oportunidad de pisar moquetas de prestigio y aposentar sus reales en sillas que durante años habían sido depósito de traseros ilustres.

La verdad es que del acontecimiento sólo conservo una fotografía y un número escaso de recuerdos: señoras de peluquería, bastantes modeletes de "nueva planta" y alguno que otro desempolvado del desván y que conservaba mezclados los olores del pasado y la naftalina, camareros con frac, un aperitivo que no acababa nunca y discursos agotadores, ... escenas que entonces me eran novedosas y que el paso de los años ha convertido en escenografía rutinaria. Pero, por esas cosas de la memoria cuya razón no terminas nunca de explicarte, la imagen de esa singular noche que con más facilidad viene a mi cabeza cuando la rememoro es la de uno de los camareros que atendían el coctel previo a la cena; se trataba de un hombre de mediana edad, muy menudo, con la tez oscura y, creo recordar, barba de un par de días, cara redonda, ojos pequeños y un aspecto que me recordaba a un sujeto que acompañaba por las alcantarillas de París a Herbert Lom cuando interpretó el papel protagonista de una versión de "El fantasma de la Ópera". El referido camarero portaba un plato que contenía unas croquetas pequeñas y redondas, de un aspecto que podía hasta hacer sospechar que le habían sido entregadas por razones de simetría. El hombre aparecía silenciosamente entre los corros dformados por quienes asistíamos al evento y sin decir palabra alguna ofrecía el plato con sus viandas a la vez que mostraba una mirada que parecía vacía, sino pasota o hastiada; fue la primera vez que viví en directo una experiencia así, esa especie de indiferencia recíproca entre quienes siguen hablando mientras les sirven una copa, unas gambas, unos canapés o unos fritos, prescindiendo de quien lo hace como si éste -o ésta- fuera un mueble más y quien cumple su trabajo pasando de grupo en grupo sin distinguir jóvenes y viejos, hombres y mujeres, tirios y troyanos.

Como es lógico nunca volví a ver a ese camarero, y si lo hice fue sin ser consciente de ello, perdido en el anonimato de paseantes o multitudes, pero de vez en cuando me paro a pensar en él, a darle vueltas acerca de su aspecto lúgubre, planteándome si era una pose, una actitud o una simple forma de ser y hacer; a lo mejor el tipo era un feliz padre de familia que se ganaba su sueldo -o vete a saber si un sobresueldo- en el mejor hotel de la City, o si, como no se porqué razón tiendo a pensar, era un personaje solitario y triste que tras desempeñar la función a la que la vida y un contrato le había llevado, guardaba el frac en una vetusta taquilla, se incorporaba a la calle como anónimo ciudadano y se marchaba a un solitario y modesto piso de cualquier barrio de las afueras de Barcelona, un lugar pequeño donde tal vez viera la tele o leyera una novela de Marcial Lafuente Estefanía de segunda mano, mientras se reía de la fatuidad de quienes, luciendo corbatas de "Hermes" o "Loewe", collares de perlas o pendientes con diamantes, había de sortear y atender para que pudieran catar las croquetas del Ritz.

4 comentarios:

susana dijo...

Me gusta que te fijaras en el personaje anónimo que pasa desapercibido. Dice mucho de ti. Un beso.

Modestino dijo...

El personaje era anonimo, pero singular. Otro beso!

Anónimo dijo...

O tal vez era el padre de una familia numerosa que tenía dos trabajos para pagar la universidad de sus hijos; que con el paso del tiempo se han convertido en prestigiosos abogados que se pueden permitir de sobra invitar a sus padres al Ritz por su aniversario de boda :)

Modestino dijo...

Posiblemente, tal vez tendamos a optar por la versión complicada de las cosas y de las personas.