7 de junio de 2016

El olor del viejo Metro


Entre 1977 y 1979 viví en Barcelona, y los veintidós siguientes a cien kilómetros, con lo que fui usuario del Metro de esa capital con bastante frecuencia. Mis recuerdos de entonces  tienen poco que ver con las instalaciones y trenes modernos y bien cuidados de ahora, sino que lo que viene a mi cabeza lleva más un sabor a rancio, a viejo, ... Bajar por las escaleras de las distintas estaciones suponía adentrarse en un mundo oscuro, un agujero profundo en el que se mezclaban olores fuertes, aglomeraciones, ruidos metálicos, hombres y mujeres sin nombre, sin historia... un conjunto de sudores y miasmas que creaban un ambiente difícilmente respirable; la costumbre habitúa a estas cosas, pero resultaba novedoso y sorprendente para un zaragozano joven, simple y poco viajado.

Distintas circunstancias me llevaron a estaciones como Clot, Rocafort, Sagrera,Horta, Urquinaona, Atarazanas, Lesseps, ... de todas recuerdo ese ambiente gris, deshumanizado, impersonal, ... Vienen a mi memoria  esperas que se hacían más largas de lo que realmente eran, siempre en unos andenes muchas veces atiborrados de personas que no miraban a nadie, en torno a paredes desconchadas, rótulos enmohecidos, viejas e inútiles máquinas de tabaco y toscos y ancestrales recipientes de cristal repletos de esas bolas de distintos colores rellenas de chicle que vete a saber el tiempo que llevaban allí. También recuerdo la inmensa, inacabable estación de Plaza Cataluña, repleta de pasadizos habitados por mendigos, trabajadores que parecían abandonados a su suerte y artistas venidos a menos.

Tengo claro que se trata de una memoria pàrcial y subjetiva, que quienes han vivido más tiempo y han pateado más terreno tendrán una visión más amplia, y seguramente más positiva. Y, por encima de todo, el teimpo supera limitaciones y ahora Barcelona goza de un metro moderno y técnicamente casi perfecto.

Y, por supuesto, también caben recuerdos gratos, como aquel día en el que por los pasillos de vete a saber qué estación andaba delante mío una mujer con un bebé de meses en brazos; la criatura abrazaba a su madre mientras miraba a los que le seguíamos ... se me ocurrió hacerle una gracia y le squé la lengua, inmediatamente el niño sonrío de oreja a oreja, y en medio del anonimato de un montón de gente en un tunel oscuro y largo, brilló la luz de la inocencia y la alegría infantil, bastó una sonrisa para darle sentido y valor a una mañana amenazada por la rutina.


7 comentarios:

Nélida G.A. dijo...

Hay personas que tendemos a asociar los recuerdos a olores, a curiosas sensaciones que tal vez para otros pasarían más desapercibidas.
Tus descripciones me llevaron a estar allí: recorrer los mismos pasillos, sentir ese olor, las miradas vacías, la rutina, esa sonrisa inesperada, etc, etc, etc.
Feliz martes!!

Modestino dijo...

Feliz martes, Nélida¡¡¡¡

Anónimo dijo...

Este verano volvimos María y yo a Barcelona en recorrido nostálgico, con Santi, Andrés y Pedro(José no quiso venir). Dejamos el coche en el ensanche y nos movimos por la ciudad en metro. Éramos por tanto cinco zaragozanos simples, poco viajados y tres de ellos también jóvenes. Pude presenciar en directo por primera vez en mi vida, la “performance” de cuatro carteristas (por lo menos) actuando en equipo. No pasó de tentativa. Nos bajamos en Sagrada Familia, ellos siguieron su camino (iter criminis).

Anónimo dijo...

La vida no siempre huele a Chantilly, Modestino. Pero hay tanto encanto en ella cuando usted la describe...

Susana M dijo...

Me recuerda las viejas líneas de metro de Madrid. Un beso.

Modestino dijo...

La vida cada vez huele menos a Chantilly ... ;)

Antonio Ayala Payet dijo...

¡ Un muy grato saludo, Modestino, desde Barcelona ! Me ha encantado tu ameno artículo, con nobles retázos de vida cotidiana y sensibilidad. Esos ambientes tan singulares del Viejo Metro, que personas como tu y yo, hemos vivido. Con mi querida familia, emigramos a Barcelona a finales de los 60, desde Murcia y hubo de todo, como en Botica, con balance, más bien en positivo: pero es otra historia.
Pronto el Metro, se convirtió en nuestro medio de transporte más eficiente, rápido y seguro y en lo personal: estudios y trabajo:las estaciones de Virrey Amat y Horta, las usé mucho, en las horas puntas congestionadas aquellos olores, que parecían salir del subsuelo, casi de cine misterio y terror. La Línea 4, que me iría a dejar cerca de casa, es de principios de los 80...Y mucho más, en el Metro:, ligues simpáticos, de cabezadas, lecturas improvisadas y el Horno-Metro en Verano

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