10 de septiembre de 2016

Gestos vivos


Ayer comentaba en mi muro de Facebook la escena de uno de los libros que en estos días llevo entre manos. La protagonista se halla en la cama de un hospital acompañada de su madre, a quien hace mucho que no ve y con quien mantiene una relación tirante ... En un momento determinado su madre le habla y ella comenta: "Dejé de prestarle atención. Era el sonido de la voz de mi madre lo que más deseaba; lo que dijera no importaba". Partiendo de este relato consideraba que, dando por supuesto que lo correcto es escuchar a quien te habla, me parecía una bellísima muestra de amor la de quedar satisfecho escuchando la voz de aquél o aquélla a quien amas. Y añadía que "hay personas que ya te lo dicen todo con su voz. Y si esa voz es ya sólo un recuerdo, ¿qué puede resultar más consolador que su eco?.

Al regresar a mi mente este pensamiento he sentido la necesidad de ampliarlo. He pensado en la importancia de los gestos. He regresado al pasado y al rebobinar he revivido sonrisas, caricias, abrazos, actitudes comprensivas, miradas cariñosas, consejos atinados, despedidas sentidas, . Algunos de esos gestos ya no volveré a percibirlos en vivo y en directo, pero siguen "estando ahí", con la misma verdad y el mismo afecto que transmitía quien los tuvo. A veces no nos damos cuenta del bien que podemos hacer - ... o dejar de hacer- con simples ejercicios de empatía, sabiendo transmitir el cariño, el apoyo, la paz, ... que posiblemente nuestro interlocutor necesita. Por supuesto debe de ser sincero, para lo cual hay que mantener el deseo de saber querer y de proyectar lo bueno en el prójimo.

La vida "vivida" tiene una carga de recuerdos, no todos son buenos. Pero es un buen ejercicio el remover la memoria y redescubrir gestos, razones para estar agradecidos. Porque si fueron reales y verdaderos en su día, tal realidad permanece necesariamente y enriquece una vida que siempre, por encima de matices y circunstancias, vale la pena haber vivido.