13 de septiembre de 2016

Esa caja de corchetes


Hay recuerdos de infancia que reaparecen en tu mente sin saber porqué; cabría pensar que duermen en algún lugar recóndito del cerebro y vete a saber que extraña razón les mueve a volver a la vida activa. Es la única explicación que le encuentro al hecho de que mi cabeza haya revivido un antiguo sucedido realmente intrascedente, aunque al saborearlo hayan quedado ciertos rastros de ternura.

Corría un verano de la primera mitad de los 60 y en compañía de mi madre y hermanos nos dirigíamos, como otras veces, a la Gran Vía El destino final era la zona que en aquella época se bautizaba como Calvo Sotelo: allí nos encontrábamos con primos y algún que otro grupo similar que conocíamos. Al citado lugar solíamos acceder enfilando Hernán Cortés, pasando ineludiblemente por el viejo cuartel que había entonces, torciendo posteriormente por la calle Fita hasta llegar a  Doctor Cerrada, calle que alguien denominaba por entonces -ignoro si ahora también- "el camino de los cubos" y atravesando Laguna de Rins o Dato llegábamos a lugar deseado.

A mitad de camino entramos en una mercería de la calle Hernán Cortés, aunque no recuerdo cual fue la compra concreta. Lo que si conserva mi memoria es que la dependienta, de la que no sabría decir si era joven o madura, guapa o fea, rubia o morena, ... me regaló una caja de cartón como la que aparece al principio y final de mi post. No se si lo hizo por un natural amable, o al observar mi timidez o mis modos inquietos e impacientes, actitudes todas que me caracterizaban por aquella época y de las que sigo guardando secuelas. Puedo asegurar que el obsequio me hizo ilusión, tal vez porque no estaba acostumbrado a que nadie me regalara nada en mercerías, farmacias, tiendas de ropa y demás establecimientos comerciales, ... amen de que ¿a qué niño no le gusta que le den algo gratis?.

Contrariamente a lo que era lógico hacer, máxime en alguien de natural bastante curioso, no abrí la caja. La contemplé, la agarré con la mano y reemprendí el camino con mi familia orgulloso del presente conseguido. No se porqué razón  no pasó por mi cabeza lo que resultaba más lógico, ... prácticamente evidente: el que la caja estaba vacía y que el hecho de haber llegado a mi propiedad no era más que una simple alternativa  al cubo de basura.

Una vez llegados a nuestro destino, y mientras las madres de unos y otros hablaban de sus cosas sentadas en uno de los bancos de madera existentes, presumí de caja con el resto de chiquillería allí presente. Entre otros estaba el hijo de una amiga de mi madre, uno de esos niños pelirrojos y con pecas tan presentes en películas y anuncios televisivos, que sin ningún tipo de contemplación ni delicadeza intentó romper hechizos y me aseguró que la caja estaba vacía. Recuerdo mi rebeldía ante tal posibilidad, me resultaba inconcebible que el objeto no contuviera sorpresa alguna que satisfaciera mis ingenuas e injustificadas ilusiones y, siempre sin abrirla, me emperré en mantener la esperanza de un regalo sorpresa.

Imagino que más pronto que tarde confirmaría desolado lo que era lógico: dentro de la caja no había nada y lo único que había hecho la dependienta había sido tener un gratuito detalle de cariño, sin saber la pobre que lo que hacía era iniciar el camino de la decpeción de un niño fantasioso. 

No se si fue una enseñanza de la vida, y en tal caso tampoco si me sirvió de aprendizaje, pero no parece desacertado pensar que ese sencillo e inane episodio no es más que una parábola de la vida misma, cuando nos empeñamos en ilusionarnos y crearnos expectativas ante cosas que no son más que objetos inútiles llenos de aire, meras burbujas.


4 comentarios:

Anónimo dijo...

Lo veo desde una perspectiva totalmente diferente. Para mi una caja cerrada siempre tiene promesas en el interior. No estan vacias, lo que pasa es que son invisibles excepto para la imaginación.

Susana M dijo...

A veces una caja es el mejor juguete. Un beso.

Anónimo dijo...

Un libro cerrado cobra vida cuando lo abres. Una caja vacía puede estar llena de cosas, mientras no la abras.

Hasta un gato. Como Schrödinger.

Nélida G.A. dijo...

Una bonita historia.
Tampoco puedes saber a ciencia cierta qué pensó la dependienta al regalarte esa caja vacía. Yo creo y es una suposición, claro, que la señora creyó hacer un gran regalo, para un niño (y no tan niñ@s) las cajas son capaces de guardar grandes tesoros, aventuras, y recuerdos (como este que compartes).