24 de mayo de 2008

Detrás del mostrador

Siempre he admirado a aquellas personas a quienes su trabajo profesional exige estar permanentemente cara al público: dependientes, camareros, enfermeras, taxistas, … a todos ellos les toca la frecuentemente difícil y poco agradecida tarea de enfrentarse diariamente al ciudadano, alguien que, por desgracia no pocas veces, tiende a mostrar su cara menos amable, a desarrollar los rasgos más feos de su carácter, cuando se convierte en cliente.

Quien tiene que atender al público viene obligado a mostrar siempre un rostro sonriente, una actitud atenta y una disposición absoluta a satisfacer lo que se le demanda; no es esto algo que a simple vista haya de incluirse en la nómina de lo indeseable: la amabilidad y la laboriosidad no dejan de ser virtudes notables. Pero el mérito aparece cuando quien ha de ofrecer un servicio con esas características tiene que hacerlo con la máscara de la satisfacción y la alegría colocada de modo permanente, sin posibilidad de receso, también cuando llueva o truene. Quienes trabajamos protegidos por la discreción de un despacho tal vez no valoremos lo suficiente el privilegio de la intimidad, de poder poner mala cara cuando no estamos para dar botes por razón de dolores exteriores o interiores sin que nadie nos pueda reclamar lo contrario.

En una escena de “Con la muerte en los talones”, el magnífico thriller cinematográfico dirigido por Alfred Hitchcock, Cary Grant, a quien retienen dos esbirros en el interior de un vehículo, emplea como último argumento para reclamar libertad a sus secuestradores el que “existen unos cuantos camareros que dependen de mí”. No me cabe la menor duda de que aún circulan por esos mundos personas que viven y actúan con el convencimiento de que cualquier empleado que les sirve desde el otro lado de la barra ha de someterse a sus órdenes y, todavía peor, a sus caprichos: todos hemos sido testigos en más de una ocasión de la paciencia que debe ejercitar quien atiende la mesa en un restaurante ante la puntillosidad de alguno con relación al punto del solomillo, la etiqueta del vino o la temperatura del café.

Con frecuencia el problema radica en la errónea conciencia de que el pagar da derecho a todo; siguen existiendo personas que al entrar en un establecimiento se erigen al instante en señores y dueños de quien les atiende. En ocasiones la actitud viene caracterizada por un trato arrogante y despótico, propio de quien, siempre injustificadamente, se siente superior, de quien todavía utiliza como argumentos incontestables apelaciones tan trasnochadas como las realizadas a la cuna, el cargo, los años o el poder de cualquier tipo.

Otras veces se muestra el más rancio paternalismo , dedicando al empleado de turno la irritante condescendencia de aquellos a quienes gusta compaginar una falsa inquietud social con la arraigada costumbre de mirar por encima del hombro.


Tenemos mucho que aprender y, en ocasiones, que rectificar: y es que nos preocupa mucho la educación de los más jóvenes y olvidamos la necesidad de enmendar la nuestra. No pocas veces hemos suspendido la asignatura del respeto: tratar a los demás como nos gustaría que lo hicieran con nosotros, como a ciudadanos iguales, sujetos de los mismos derechos y obligaciones. Debe cuajar en nuestro interior el convencimiento de que al otro lado del mostrador hay una persona, con su humanidad, sus sentimientos y sus problemas, alguien capaz de sufrir y alegrarse, a quien lo que hagamos y digamos no le va a dejar, para bien o para mal, indiferente. Es posible también que a veces nos olvidemos de utilizar una capacidad tan importante como poco onerosa: la de ser agradecidos, incluso con la palabra.

Repito: todo mi respeto y mi cariño a aquellos que tienen la paciencia y la disposición de servirme cada día.

2 comentarios:

Tommy dijo...

A la luz de la cita de Hitchcock que ilustra tu comentario, ahí va otra de John Ford. En "Pasión de los fuertes", Henry Fonda, que interpreta al durísimo Wyatt Earp, le pregunta a un camarero típico de saloon del Oeste si se había enamorado alguna vez, y le contesta: "No, yo he sido camarero toda mi vida".

Anónimo dijo...
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