15 de mayo de 2008

Aquella infancia en blanco y negro


Cuando estás llegando a la cincuentena asoma una cierta tendencia al recuerdo y, con él, a la nostalgia, a la añoranza; no se si esto se debe a la conciencia de que empieza a haber más camino recorrido que tramo por recorrer, a una escondida necesidad de entablar comparaciones entre los tiempos pretéritos y los actuales o, simplemente, a la constatación de que, con la lejanía de los años, todos los recuerdos se convierten en amables.

Yo soy de aquellos que desarrollaron su infancia y primera juventud en el transcurso de los años 60 y la primera mitad de los 70; mi generación dio sus primeros pasos y se adentró en el laberinto de la vida al impulso de los planes de desarrollo, mientras nos contemplaban los tableros de madera, los cines de sesión continua y la televisión en blanco y negro.

Eran tiempos felices que vivíamos tranquilamente, ayunos de incertidumbres y problemas graves; nuestra visión del mundo y del entorno era corta y condicionada, aunque no por ello dejamos de tomar conciencia de las noticias que conmocionaban a nuestros mayores: los asesinatos de John y Robert Kennedy y Martin Luther King, las guerras de Vietnam, el Congo belga o Biafra, la crisis de los misiles o los dramáticos sucesos que convirtieron en tragedia la Olimpiada de Munich de 1972. Eso sí, nada nos impresionó tanto como el inesperado fallecimiento de Walt Disney, a quien cada domingo veíamos en plena forma por la tele y cuya desaparición nos dejó en la orfandad a los niños de la época.

Fue una infancia sin problemas ni traumas, pero también sin excesos: el descanso, la práctica de deportes, las vacaciones, … venían teñidas de sobriedad, no cabían lujos, caprichos ni etiquetas; la diversión llegaba en forma de juegos en la calle, cines baratos, librerías de lance y monedas de duro bien aprovechadas.

Todos disfrutamos de “El Virginiano”, “Daktari” y “Super-agente 86”, aunque en ocasiones nuestros padres nos permitían ver “Ironside”, “Misión Imposible” y hasta “los Intocables de Elliot Ness”, en aquellas noches televisivas de concursos, teatro y rombos. Nos apasionaban las películas de romanos, en las que solía aparecer un centurión noble y aguerrido, alguna patricia de buen ver y el inefable “perverso” que siempre acababa mal, aunque no sería justo omitir a los westerns –John Wayne siempre estuvo presente-, Tarzán, el zorro y alguna que otra catástrofe en edificio, barco, o avión.

En nuestra torpe ingenuidad no dejamos de ser conscientes de vivir momentos históricos cuando Neil Armstrong piso por vez primera el suelo del único satélite de la tierra; aunque a la hora de la épica sentimos mayor emoción con el gol de Marcelino a Rusia o con el título mundial de los pesos pluma que Pepe Legrá arrebató al galés Howard Winstone en el Caney Beach Arena de Portchaw.

Esta mirada atrás quedaría incompleta sin un acercamiento a aquellas cosas que aprendiste y nunca hubieras debido olvidar: la nítida distinción entre el bien y el mal, el respeto a los otros, especialmente a los más mayores y a los más débiles, la lealtad a tu familia y a tus amigos, la importancia de la verdad, por encima de intereses, tácticas y egoísmos, la clara conciencia de error cuando estabas haciendo algo mal, con daño a terceros, y la disposición a corregirlo. Y, por supuesto, el pleno convencimiento de que para cuajar un futuro es necesario el trabajo constante y sacrificado.

Claro que, junto a lo aprendido, es aconsejable referir también aquello que no te enseñaron, al menos con la nitidez y extensión exigible; eran tiempos en los que ni todos podían expresarse libremente ni todos teníamos la largueza y madurez para leer y escuchar más allá de las palabras. Por ésto eché en falta una visión más objetiva, sin sesgos ni atajos, de la historia más reciente, una educación que entre los valores a transmitir incluyera también la devoción por los derechos y libertades, su importancia y alcance y el impulso valiente y creativo de la propia capacidad de autocrítica. Son valores que tuvimos que recuperar al cabo de los años, tal vez a trancas y barrancas; a veces me da miedo pensar que a los chicos de hoy les pueda estar pasando algo parecido.

Hay una última enseñanza, una realidad que solamente el paso del tiempo te permite adquirir y asimilar; desde esos años a hoy, muchos de los protagonistas de tu vida, los cercanos y los que pasaban a distancia, han ido desapareciendo. La realidad de la muerte, algo que a los siete, a los diez, a los catorce años no es más que una vivencia trágica que uno contempla como lejana y casi irreal, ha ido transformándose en algo tan vivo como inmediato, cada vez es más frecuente y te afecta más en directo. El retorno al pasado, la evocación de ese tiempo que no volverá, la añoranza de tu vida anterior va siempre acompañada de la presencia de los que ya no están, de quienes son causa eficiente de que esa nostalgia tenga cada vez más razón de ser, tal vez porque observas que las vidas de muchos de ellos tuvieron sentido y permanecen allí, como ejemplo y acicate.

Viene a mi memoria esa poesía del poeta británico William Wordsworth, esa preciosa estrofa que se convirtió en lema de la magnífica película de Elia Kazan “Esplendor en la hierba”, protagonizada por Warren Beatty y una espléndida Natalie Wood: “ … aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destello, que me deslumbraba. Aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no hay que afligirse, porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo”.