6 de noviembre de 2018

Un bocadillo de chorizo


Han pasado muchos años desde que hice el servicio militar ... 37 en concreto. Muchas cosas han ocurrido desde entonces: en el mundo, en España y en mi vida. Con frecuencia pasan por mi cabeza compañeros de fatigas del Paque de Artillería de Valencia -hoy desaparecido-, y me pregunto qué habrá sido de aquel muchacho de Santurce con tan buen corazón,  de un avispado furriel de Logroño o de aquél asturiano que provocaba a los jefes poniendo en el tocadiscos de la cantina canciones de Víctor Manuel. Hay quien critica la costumbre de aventar los recuerdos, pero yo sigo pensando que siempre forman parte de esa maleta que todos vamos llenando conforme pasan los años, que en momentos concretos nos viene bien darle carrete a la nostalgia, ... que añorar viejas vivencias nos devuelve parte de esa vida que se nos escurre entre los dedos.

Los recuerdos son caprichosos, y vete a saber porqué ha venido a mi memoria una costumbre que adquirí cuando, a última hora de la tarde, regresaba al cuartel, generalmente por exigencias de alguno de esos servicios que ahora tienen aires de rancios, efluvios de naftalina: guardias, refuerzos, retenes, imaginarias, ... Llegaba sin cenar, y antes de entrar por esa puerta metálica pintada de verde que parecía dar acceso al tunel del tiempo, acudía a un "bareto" ubicado en la parte de atrás del cuartel. Se trataba de un barrio alejado del centro, de nivel social más bien bajo, y el establecimiento respondía a ese ambiente: pequeño, oscuro, modesto y de nulo "glamour". Lo atendía un matrimonio mayor y, creo que sin excepción, siempre pedía un bocadillo de chorizo y una cerveza ... no se trataba de chorizo "Revilla", ni del llamado "de pamplona", sino de dos rudos trozos de ese chorizo redondeado, grasiento, frito en un aceite, vete a saber cuantas veces reutilizado, y colocado entre dos panes generosamente cortados. No puedo evitar que el recuerdo de tan sencillo y pobre "manjar" enternezca mis entretelas,  ... hasta desearía poder repetir idéntica experiencia.

Si el bocata y la caña de entonces pasara ahora por mis ojos, es posible que me parecieran bocados ridículos y rechazables, pero recuerdo muy bien que en esos inicios de los 80 se trataba de un momento esperado, que en la soledad de un oscuro bar de barrio, consumir el bocadillo de chorizo era instante esperado y disfrutado.

1 comentario:

Susana M dijo...

Lo comprendo perfectamente. Un beso