20 de febrero de 2017

¿Quién tuvo más suerte, el gato o yo?


Corría la década de los 90 y había quedado a comer con unos amigos en un buen restaurante de Tarragona. Era uno de esos ubicado junto a la playa a cuyo encanto cabía añadir que ofrecía comida de calidad, un ambiente agradable y una atención adecuada. Llegamos al sitio pasadas las 2.30 del mediodía y nuestra mesa ya estaba preparada en un reservado.

Recuerdo que me fui a sentar en uno de los extremos de la mesa, y cuando comenzaba a depositar mis reales en el sillón noté que mi trasero se aposentaba sobre algo "mullidito", por lo que pensé que la dueña, una mujer muy profesional y amable, había puesto algún tipo de cojín o almohadón más ancho de lo habitual. Mi sorpresa fue cuando comprobé que la pretendida almohada cobraba vida  y salía disparada quien sabe hacia qué escondite. La citada dueña puso cara de circunstancias, sonrío tímidamente y dijo con media voz: "... el gato ...". La situación fue en un primer instante embarazosa, aunque no llegó a mayores: al fin y al cabo el peligro había pasado.

Desde entonces, cuando me viene a la cabeza el incidente, que se saldó sin daños personales por ambas partes, me planteo qué hubiera pasado de haberme sentado en la butaca con más energía de la mostrada. Es posible que el pobre felino hubiera quedado gravemente perjudicado con mi peso, que por entonces no era precisamente poco. Pero también se me ocurre, y entonces me entra como un sudor frío, que ante mi agresión, por involuntaria que fuera y el animal no tenía porqué saberlo, éste podía haber reaccionado con sus afiladas armas y haberme dejado las posaderas como un mapa, obligándome a dormir durante un tiempo cabeza abajo.

Todo quedó en anécdota "chusca", con los años divertida, pero en mi mente quedó la idea clara que por prudente que uno sea, nunca sabes por donde te puede venir el peligro.

2 comentarios:

Susana M dijo...

Qué gracia. Desde luego nadie se lo esperaría. Un beso.

Laurencia dijo...

Pobrecito. En su derecho estaba. Habría sido legítima defensa. :)

A veces erramos y hacemos daño sin querer pero, ya ves que, no habiendo voluntad, ninguno sale perdiendo.