18 de mayo de 2015

Bendita infancia¡¡¡


Hay fines de semana que, sin hacer nada del otro mundo quedan en la memoria como recuerdos muy gratos. A lo mejor las buenas sensaciones del domingo por la tarde, ... y hasta de este lunes tan lunes, tienen su razón última en el buen punto que sacó el Real Zaragoza en Girona, pero prefiero pensar que si he conseguido templar el alma, oxigenarme interiormente  la causa principal se ubica en las bondades de la amistad y el ejemplo de los infantes.

El viernes por la tarde llegaron a Huesca unos amigos míos acompañados de su hija de 4 años; hasta su marcha en la mañana del domingo no hicimos nada especial, ninguna actividad relevante, pero bastó la compañía, la conversación y esa complicidad intrínseca a la amistad para pasar dos días estupendos. Pero sobre todo lo que iluminó la visita fue esa niña simpática, espontánea y lista, que nos enseñó que lo importante en esta vida es tener la inteligencia descubrir la magia y el valor de las cosas más sencillas. A ella le bastó conocer a una amiguita llamada Carla, a la que posiblemente no verá nunca más, algún chupa-chups gratuito, un par de columpios, un tobogán, una casita de Blancanieves y un parque para entender un fin de semana en Huesca como una aventura inolvidable ... ah, y por supuesto, estampar cuatro sellos de tinta en un despacho y mostrar el "orgullo de tener un hotel propio", ... a veces no nos damos cuenta que la felicidad no está allí donde nos lo quieren vender.

La mañana del domingo asistí a una primera comunión; el evento me trajo a la memoria mi primera comunión, de la que precisamente se habían cumplido 50 años el sábado, un acontecimiento que recuerdo al milímetro, y que me llena de sentimientos encontrados, entre otras cosas porque de quienes ahí estaban quedan bastante pocos en pie. La ceremonia fue larga, estuve de pie y hacía calor, pero dio igual, muy por encima de estas circunstancias brilló la ilusión y la sonrisa de unos niños en su día señalado. Mi conclusión es la misma, no debería ser tan difícil funcionar sin más meta que aprovechar lo que la vida te ofrece e intentar ser buena gente.




5 comentarios:

Anónimo dijo...

La búsqueda de la felicidad (junto con la supervivencia, naturalmente) debería ser la meta y el objetivo más importante del ser humano.

El sufrimiento y la pena, por el contrario, no es necesario buscarlos porque ya vienen solos, sin necesidad de ser llamados.

Modestino dijo...

Vienen solos y si aciertas al buscar la felicidad, se amortiguan algo.

Marta Máster dijo...

Hola. coincido totalmente con tu reflexión. La felicidad está en el valor de las cosas más sencillas. También recuerdo mi Primera Comunión como un momento de felicidad por estar toda la familia reunida... Seguimos en contacto

Ana dijo...

Cuánto disfruto leyendo tu blog!!
Amistad e infancia, ¡qué bonita combinación!
Yo también recuerdo el día de mi Primera Comunión, siempre que escucho " una espiga dorada por el sol el racimo que corta el viñador....." me traslado directamente a ese día

Driver dijo...

Una cosa me sorprende, aunque me deja un poco mosca también.
Conformo cumplo años, me comunico mejor con los niños y con los ancianos, teniendo serias dificultades con las edades intermedias.
El domingo me di un paseo andando con una señora de 85. No hicimos nada del otro mundo. Ella quería ver verde, y la llevé a un parque.
Simplemente estar junto a seres humanos que no ocultan nada, no tienen ningún interés especial en convencerte de ninguna milonga, nada piden y todo lo dan, se convierte en un frenazo en seco en esta carrera estúpida de adulto, donde andamos viviendo tan rápido que la prisa nos impide vivir.
....
A veces conviene.
Pisas a fondo el pedal del freno, y bien o te sale el pie por el piso del coche, o te rompes los piños contra el cristal del parabrisas.
Simplemente, porque ibas demasiado rápido.
Hacia las mismísimas Conchinchinas.