10 de octubre de 2013

Ayer sentí pena


Activistas de Femen irrumpen en el Congreso al grito de 'aborto es sagrado'

"Tres mujeres con los pechos desnudos y pintados han interrumpido desde la tribuna de invitados la sesión de control al Gobierno en el Congreso. Las jóvenes, las tres de 21 años, presuntamente activistas de la organización Femen, han frenado en seco al ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, cuando empezaba a responder a la diputada de UPyD, Irene Lozano, gritando reiteradamente "aborto es sagrado"."

En otros tiempos una imagen como la vista ayer en el Congreso de los Diputados me hubiera producido enojo, la escena provocada por un trio de feministas radicales es tan lamentable como injustificable. Pero lo cierto es que el sentimiento ha sido sencillamente de pena, en la actuación de estas "señoritas" solo he visto odio, sinrazón y mero afán de provocar; no soy capaz de vislumbrar  actitud de defensa de derecho alguno, magnanimidad, altruismo ni sentimiento parecido.

Quien haya seguido con cierta regularidad este blog sabe cual es mi postura respecto al aborto, pero no voy a entrar ahora en debates profundos. La alteración del orden del Congreso por este motivo me parece un dislate, de la misma manera que nunca me han gustado nada determinadas formas de protestar contra el aborto, y bien que tal opinión me ha supuesto algún reproche de gente cercana. En cualquier caso, bien claro tengo que el aborto no es un derecho, que decir que es sagrado supone una aberración, que a veces pienso que en este país se ha esfumado, cuando menos para algunos, la palabra pluralismo y que las mujeres que algunas cadenas privadas que destilan sectarismo ponían ayer tarde como héroes no son más que unas pobres desgraciadas.

9 de octubre de 2013

El placer de leer



A través de la lectura uno aprende, se forma profesional y humanamente, adquiere cultura, se vuelve más espiritual y hasta mejora su forma de hablar y escribir; por eso leer es una costumbre sana y recomendable y resulta bien triste que el "Programa Internacional para la Evaluación de la Competencia de los Adultos" (PIACC) haya informado que España es el penúltimo de una lista de 23 países en, sólo por delante de Italia, en comprensión lectora. Algo hemos hecho mal para que ocurran estas cosas, porque el tema viene de lejos, mucho antes de que estallara la crisis que nos asola y parece que estamos más puestos en información deportiva, degustación de tapas y tele basura que en la lectura de libros.

Pero la lectura, al menos para mí, no es exclusivamente una fuente de formación y conocimientos. Evidentemente para andar preparado profesionalmente, ser ducho en historia, artes o ciencias o profundizar en temas relevantes es preciso seleccionar unos buenos textos y dedicar tiempo y esfuerzo a asimilarlos, pero leer libros ofrece además facetas distintas y menos utilitaristas: la simple posibilidad de disfrutar con lo que se lee. En ocasiones uno se tropieza con individuos que rechazan cualquier lectura que no reporte supuestos beneficios a la persona, aún recuerdo cierto sujeto que despreciaba cualquier novela con la que se topara bajo la acusación de lo que el llamaba "literatura efímera", o quien ponía la etiqueta de pérdida de tiempo a la costumbre de leer libros que, según sus entendederas, eran "intrascendentes". Ya no es sólo lo subjetivo que puede ser delimitar hasta donde llega la trascendencia de un libro, sino lo absurdo y, sobre todo, agotador que puede ser pretender rizar el rizo de la perfección hasta en el tiempo que uno encuentra para leer.

El hombre necesita descansar, dedicar algún tiempo a relajarse con actividades que le resten estress y preocupaciones; y muchos encontramos ese modo de sano y productivo relax sentándonos en un cómodo sillón -si es orejero, mejor- y, desplegando un libro que nos produzca deleite, sentirnos transportados a un séptimo cielo de placer, paz y tranquilidad. Evidentemente, cuanto mejor esté escrito, cuanto más nos enriquezca, ese placer de leer será más sólido y satisfactorio. Pero pienso que es bueno no poner puertas al campo, no pretender que la lectura de una novela, ensayo o poesía nos tenga que aportar necesariamente algo más que el simple placer de la lectura.

Recuerdo que mi etapa de opositor descansaba leyendo novelas de Agatha Christie, las clásicas que publicaba la editorial Molino, que tuve años después una época en la que vibraba con Pérez Reverté y que con los años me ha dado por la novela negra y policíaca, de la misma manera que hay quien disfruta con Shakespeare, quien es feliz desempolvando viejos novelones de autores que nunca morirán como Stendhal, Dickens, Dumas, Balzac o Galdós e incluso quien, como un vallisoletano que conocí hace unos años, no es capaz de coger otra cosa que Henry James. Y puestos a desvelar secretos, nuestro amigo Brunetti es feliz con ciertos autores americanos, muy especialmente el gran Auster, y con muchos franceses, y si la novela no pasa de las 150 páginas, mejor, mientras que a Tommy es un auténtico "polilector", pues gracias a él he descubierto las bondades de gente tan distinta como Donald Westlake, Jardiel Poncela o Julian Barnes, sin olvidar también a Auster, escritor que une los gustos de unos cuantos.

Y es que el placer de leer no se reduce al momento cumbre de poner cómodamente manos a la obra en un sillón, sino que la búsqueda de novedades, el hallazgo de libros de otros tiempos, la consulta de catálogos y suplementos, el cotilleo por las librerías -de "viejo" y de "nuevo"- o el mariposeo literario por internet también andan incluidos en el disfrute, incluso la contemplación de los lomos en los anaqueles, esa impaciencia por terminar el que estás leyendo para comenzar otro, el "puntazo" de comentar un nuevo descubrimiento literario a otro psicópata como tu. Hay que vivirlo para entenderlo.
 
 
 

8 de octubre de 2013

La promesa de un púgil

En los años 60 y 70 el boxeo era un deporte popular; aunque imagino que quien más quien menos se daba cuenta de los inconvenientes de entretener a la gente con dos tipos cruzándose guantazos, los combates se llenaban de espectadores, los grandes púgiles eran prácticamente unos ídolos de masas y la peleas más importantes se televisaban a toda España sin que el rigor con el que se te impedía ver según qué películas o programas alcanzara a este deporte. Los palacios de deportes, las plazas de toros, los polideportivos, ... se convertían determinadas noches en sedes de enfrentamientos entre una especie de gladiadores del siglo XX con calzón brillante y guantes almohadillados. Fueron los tiempos en los que el hispano-cubano José Legrá ganó en varias ocasiones el Mundial de los plumas para perderlo en seguida, donde vibramos con los tres míticos y polémicos combates entre Mando Ramos y Pedro Carrasco por el título mundial de los ligeros y en los que toda España contuvo el aliento con el artificial lanzamiento de José Manuel Ibar "Urtain" como sucesor del gran paulino Uzcudun en el trono nacional de los pesos pesados. Nombres como los citados, Fred Galiana, Miguel Velázquez, Domingo Barrera Corpas, Ben Alí, Juan Albornoz "Sombrita", el sordomudo José Hernández, Tony Ortiz, Dum Dum Pacheco, Bob Allotey o el zaragozano Perico Fernández tuvieron en su momento un predicamento equiparable al que puedan tener ahora Alberto Contador, Andrés Iniesta o Fernando Alonso, salvando si se quiere las distancias.

A principios de la década de los 70 se incorporó a la nómina de boxeadores con futuro un vizcaíno de aspecto rudo y serio llamado Agustín Senin; buscando en los pocos reductos que sobre el tema del boxeo hay en internet he descubierto que el mozo, como tantos otros, encontró en este deporte la forma de superar el ambiente pobre y duro en el que creció. Había nacido en 1946 en la popular calle de Las Cortes, en el barrio chino de Bilbao, conocido popularmente como "La Palanca". En un excelente blog sobre historia y deportes de un tal César Estornés he encontrado estos datos y otros que me han ayudado a conocer más a este personaje que en los primeros años 70 entró a formar parte de la nómina de deportistas que me llamaban la atención por conseguir títulos importantes para España. Quien quiera profundizar en los orígenes, vida e inicios profesionales de Agustín Senin tiene a su disposición un magnífico post en el blog citado:
http://memoriasclubdeportivodebilbao.blogspot.com.es/2011/01/senin-en-el-pesaje.html.

Pero el recuerdo relativo a Agustín Senín que me ha movido a convertirle en protagonista de esta entrada es la promesa que hizo el hombre en su día, una especie de voto que reflejó toda la prensa de la época y cuyo tenor quedó perfectamente vivo en mi memoria. Tras proclamarse campeón de España de los pesos gallos y hacerse indiscutible en dicho trono, el 10 de agosto de 1971 Senín tiene la gran oportunidad de su vida al poner esa fecha el título en juego el vigente campeón europeo de la categoría, el inglés Alan Rudkin, en la Plaza de Toros de Vista Alegre de Bilbao y haber sido designado el púgil vasco aspirante al mismo. Un par de semanas antes de celebrarse el combate Agustín Senín proclama públicamente estas sorprendentes palabras: "Si gano el título me cortaré el pelo e iré un mes a un convento. No es una chifladura, sino una promesa que me he hecho y cumpliré." Recuerdo que semejante declaración dio la vuelta a España y todos se hicieron eco de una decisión tan original. En aquella época yo era un ingenuo muchacho de 12 años e imagino que por no leer bien la noticia me quedé con la idea de que el hombre, de ganar, pensaba ingresar definitivamente en sede religiosa, quizá con la afianzada idea de que estas cosas eran para toda la vida. La cuestión es que él bilbaíno se impuso rotundamente al británico, con lo que hubo gran expectativa para saber si iba a cumplir lo prometido.

Senín era un hombre serio, y el ABC del 13 de agosto de 1971 dejaba constancia de que Agustín Senín había anunciado que ese mismo fin de semana se retiraría a un convento y que en tal sentido se iba a entrevistar con el padre prior; no he conseguido encontrar noticias relativas a la concreta entrada y salida del púgil en el convento ni al nombre y localización de éste. Ya se ve que el hombre tenía prisa por demostrar su honestidad, no sólo por la formalidad que eso suponía sino porque imagino que debería estar preparado cuanto antes para defender su título europeo, algo que hizo con éxito en dos ocasiones: por puntos frente al francés Guy Caudron en Barcelona y por retirada ante el italiano Antonio Sassarini en la localidad de La Spezia, en la región italiana de Liguria. Pero esto no quiere decir que Senin perdiera posteriormente el título, sino que, demostrando que además de cumplir sus promesas y ser alguien serio y discreto, era inteligente, supo retirarse a tiempo, cuando aún no estaba afectado por los golpes. El palmarés de Senín es espectacular: 43 combates, de los que ganó 42 y no perdió ninguno, pues su único "pinchazo" fue un combate nulo en Bilbao el 19 de abril de 1968 frente a un tal Manolín Alvarez. Semejantes números solamente están a la altura de grandes campeones como Rocky Marciano y el húngaro Laszlo Papp.

En la actualidad Agustín Senín, a quien llamaban "el tigre de Irala", regenta una peluquería de señoras en Bilbao, demostrando que es uno de esos pocos boxeadores que supieron colgar los guantes a su hora y prepararse una vida tranquila en el futuro.

6 de octubre de 2013

¿Qué será de los caóticos?

 
Ya he confesado varias veces que no soy un individuo metódico: de ingeniero no tengo ni la mentalidad. Y lo cierto es que no puedo buscar el consuelo a tamaña imperfección tratando de convertir en ventaja lo que no es sino una carencia notable: siempre digo que soy hombre de bastante pocas prestaciones. Hace ya mucho tiempo que me he resignado a tener la agenda de adorno, cada año me suelen regalar una de propaganda institucional que dejo encima de la mesa y tan sólo utilizo en algún arrebato de vergüenza y contrición que suele durar más bien poco. En una de esas sencillas carpetas de cartulina suelo dejar unos folios en blanco -de papel reciclado, por supuesto- donde dejo escritos los listados de asuntos pendientes, un sencillo método que me salva de retrasos e incumplimientos.

Los papeles, libros y objetos tienden a acumularse en cualquier mesa con la que tenga relación mínimamente íntima y solamente a base de esfuerzo consigo superar mi tendencia a la dispersión y el amontonamiento. Muchas veces he sentido envidia de los tipos pulcros y ordenaditos, algunos son tan correctos que no se les ve ni siquiera una arruga. Pero, ¡qué le vamos a hacer!, ya me gustaría tenerlo todo previsto, cada cosa en su sitio y un horario innegociable. Yo me apunté, debió de ser un destino fatal, a eso de vivir al día e intentar sobrevivir en medio del desmadre, entre montañas de papeles, objetos dispersados y documentos traspapelados. En cambio, uno tiene que soportar la presencia de gente que sabe siempre lo que tiene que hacer, que navega entre precisiones y perfecciones y que no pierde ni un minuto en las malditas improvisaciones.

¿Qué será de nosotros los caóticos, los que no hemos hecho del método nuestro dios mundano?. Recuerdo a una persona que cuando le conocí me dijo: "soy un maniático del orden" ... ¡madre mía y si lo era! ... y bastante insoportable también. Y es que las imperfecciones algo repartidas ya andan.

4 de octubre de 2013

Muere uno de los iconos del "spaguetti western"

 
 
El actor italiano Giulianno Gemma falleció el pasado 1 de octubre a los 75 años como consecuencia de un accidente de tráfico ocurrido en la localidad de Cerveteri, una pequeña ciudad ubicada en la provincia de Roma. Gemma se hizo famoso por sus trabajos en ese subgénero que tanto éxito tuvo en las décadas de los 60 y 70 que fue el spaguetti western, esas películas del oeste llenas de sencillez y con argumentos oxigenantes que debían su nombre al origen nacional de quienes las dirigían y producían y que se solían rodar en Cinecitá y Almería. El actor fallecido fue posiblemente, junto a Sergio leone el más significativo representante de este estilo, aunque no podamos olvidar a nombres como Terence Hill, Bruce Spencer, Elli Wallach, Lee Van Cleef, Peter Lee Lawrence o el español Fernando Sancho. "El País" nos cienta que Gemma trabajócomo 'stuntman' en "Cinecitá", gracias a lo cual se codeó con Charlton Heston en "Ben Hur" y John Barrymore en "Los cosacos".

A pesar de su presencia habitual en estos westerns "europeos", mi primer recuerdo de Giuliano Gemma se remonta a "El arquero de Sherwood", una versión de la historia de Robin Hood dirigida por Giorgio Ferroni en 1971 sin más pretensiones que divertir al los "cinéfilos" más jóvenes. Aunque Gemma tuvo un papel discreto en un film de la entidad de "El gatopardo" de Visconti, su éxito comenzó cuando interpretó a las órdenes de Duccio Tessari el papel de Ringo, un presidiario que se redime luchando contra unos forajidos, así protagonizó "Una pistola para Ringo" (1965), junto a los españoles Fernando Sancho, como siempre en el papel de villano, Antonio Casas y Nieves Navarro y "El retorno de Ringo" (1966), el ineludible "remake" con los mismos actores protagonistas;en ambas películas la música corrió a cargo del gran Ennio Morricone. El mismo 1966 se estrenó "Adiós gringo", esta vez a las órdenes de Giorgio Stegani. Otras películas parecidas fueron "Arizona Colt2 (1966), de Michele Lupo, "Los días de la ira" (1967), de Tonino Valerii, junto a Lee Van Cleef, "los largos días de la venganza" (1967) de Florestano Vancini, con Paco Rabal y Conrado Sanmartín en el cartel, "Wanted, no soy un asesino" (1967), de Giorgio Ferroni, con Teresa Gimpera y German Cobos, "El hombre del sur" (1967), también de Giorgio Ferroni y "Vivos o preferiblemente muertos" (1969), de Duccio Tessari, compartiendo protagonismo con Sidney Rome, una guapa americana a quien se relacionó años después con Julio Iglesias y el campeón mundial de los pesos medios Nino Benvenutti. En 1968 protagonizó una película ambientada en el siglo XX con la mismísima Rita Hayworth de compañera de cartel.

En los años 70 comenzó con "La muerte de un presidente" (1970), de Tonino Valerii, con Fernando Rey en el reparto, "Ben y Charlie" (1972) de Michele Lupo, compartiendo cartel con un icono del cine italiano de la época, Marisa Mell, "También los ángeles comen judías" (1973), de Enzo Barboni, convertido en un clásico por la presencia de Bud Spencer, "El blanco, el amarillo y el negro" (1975), de Sergio Corbucci y junto a un malo típico como Eli Wallach, "Safari Express" (1976), de Duccio tessari, con una guapa chica Bond del momento: Ursula Andress y un secundario de lujo: Jack Palance, "El desierto de los tártaros" (1976), deValerio Zurlini, con dos "españoles", Fernando Rey y Paco Rabal y dos excelentes actores en papeles secundarios, Jean Louis Trintignan y Max Von Sydow, "California" (1977), de Michele Lupu, en cuyo reparto llaman la atención Miguel Bosé y Paola Dominguín, "La fuerza del silencio" (1977), de Pasquale Squitieri, nada menos que con Claudia Cardinale y " Los jóvenes leones" (1978), una película de guerra dirigida por Umberto Lenzi y con cartel llamativo: Helmut Berger, Samantha Eggar, Giuliano Gemma, John Huston, Henry Fonda, ...

Los años 80 suponen un cambio de tendencia, con películas que se van alejando del estilo anterior: "Operation Leopard" (1980), de Raoul Coutard, "Un uomo in ginocchio" (1979), de Damiano Damiani, "Pájaros de ciudad" (1983), de José María Sánchez Álvaro, una producción española con José Luis López Vázquez y Assumpta Serna, "Círculo de pasiones" (1983), de Claude D'Anna, junto a Max von Sydow y Assumpta Serna, "La amante de Mussolini" (1984), de Pasquale Squitieri, junto a Claudia Cardinale, "Esperamos que sea mujer" (1986), de Mario Monicelli y junto a Liv Ullmann y Catherine Deneuve, "Al acecho", (1988), de Gerardo Herrero, junto a Amparo Muñoz. A partir de ahí proliferan sus intervenciones en series de televisión, con breves apariciones en películas como "un uomo perbene" (1999), de Mauricio Zaccaro, "Juana la Loca" (2001), de Vicente Aranda y "En busca de la tumba de Cristo" (2006), de Giulio Bassi, sin olvidar la serie de la televisión americana sobre Juan pablo II que dirigió John Kent Harrison y en la que compartió cartel con viejos "rockeros" como John Voight, Cristopher Lee y Ben Gazzara.

Nos cuentan que junto al cine su gran pasión fu la escultura, que estaba casado y tenía dos hijos y que era un hombre amable y simpatiquísimo. Descanse en paz.

3 de octubre de 2013

Golpeando donde más duele



Explota un artefacto bajo el órgano de la Basílica del Pilar sin causar heridos
 
"Un pequeño artefacto explosivo ha explosionado sobre las 13.50 en la zona central de la basílica del Pilar de Zaragoza sin causar heridos ni daños personales. Tan sólo algunos daños materiales, informan fuentes policiales. En el momento de la explosión la basílica se encontraba abierta al público."
 
A veces piensas que la insensatez humana tiene un límite, pero queda claro que no es así. Afortunadamente la bomba que ayer explotó en El Pilar era de fabricación casera, rudimentaria y quiero pensar que colocada sin el ánimo de hacer daño a las personas. Pero lo dicho no me sirve ni como disculpa ni como atenuante; tras el acto que ayer hirió con crudeza el corazón de los zaragozanos, los aragoneses ... y de todos, veo odio, insensibilidad, ganas de hacer daño y total ausencia de conciencia.
 
Quede aquí mi devoción, mi afecto y mi desagravio a la Virgen del Pilar, que ahora que se acerca su fiesta este hecho lamentable sea impulso para aumentar, si cabe, nuestra pasión pilarista, la de todos los hombres y mujeres de buena fe ... que somos casi todos.
 
 

1 de octubre de 2013

Libros de principio de curso


Durante el mes de septiembre he leído menos relatos policíacos que nunca, no podría asegurar si en mis hábitos lectores hay un cambio de tendencias o simplemente se trata de una circunstancia puntual. Algunos de los siete libros terminados ya los había comenzado a leer el mes pasado, pero ya se sabe que hasta que no concluyo la última página no los incorporo a un post. En esta ocasión puedo hablar de dos novelas verdaderamente magníficas, bien distintas por cierto: "El rector de Justin" y "Tu rostro será el último", junto a un testimonio impactante de los totalitarismos que arrasaron Europa el siglo pasado, otras dos novelas también recomendables, aunque esperaba más de "La sonrisa etrusca" -ya se sabe que el escuchar grandes loas de un libro tiene el peligro de que le exijas demasiado- y dos relatos de intriga diferentes: uno de pura evasión, como es habitual en Brian Feeman y otro con más pretensiones, una novela de Rosa Ribas con las novedades de que prescinde de Cornelia Weber Tejedor y escribe el libro a medias con otra autora.

El pasado mes de abril falleció José Luis Sampedro, un hombre de cuyos libros me habían hablado maravillas; me hubiera gustado hacer un post en su recuerdo, pero no habiendo leído nada suyo no acabé de decidirme y con el paso de los días consideré que el mejor homenaje podía ser leer de una vez algo escrito por él: opté por "La sonrisa etrusca", novela que junto a "El río que nos lleva" fue la que más alabanzas obtuvo por parte de aquéllos a quienes pregunté. Como muchos sabrán el libro nos cuenta los últimos meses de vida de un viejo campesino calabrés que, enfermo de cáncer, acude a Milán para vivir con su hijo; el encuentro del hombre con su nieto de pocos meses crea una relación deliciosa de cariño que contrasta con la total falta de "feeling" entre Salvatore Roncone -así se llama- y el estilo de vida de la gran ciudad. El libro está maravillosamente escrito y la historia que narra es sugerente y bonita, amen del indudable mensaje que lleva incorporado, pues en cierta manera no deja de ser una fábula moderna. No obstante, pienso que en algún momento el tono del relato termina siendo algo empalagoso, con toques algo cursilones, sin olvidar cierto maniqueísmo propio de escritores de claro compromiso ideológico, por mucho que no sea propiamente político. En cualquier caso, alta calidad literaria sin duda.

Ya es sabida mi confianza en la calidad de lo que publica "Libros del Asteroide"; de esta editorial es "Bajo una estrella cruel", de la escritora checa Heda Margolius Kovaly, fallecida en 2010 a los 91 años. No se trata de una novela, sino de un dramático y estremecedor testimonio sobre la vida de esta mujer, de origen judío y que durante la 2ª Guerra Mundial y durante la dominación nazi de su país fue deportada primero al guettho judío de la localidad polaca de Lodz y posteriormente al campo de concentración de Austwitz, donde falleció toda su familia y del que pudo huir heroica y milagrosamente. Tras regresar a su país y casarse con Rudolph Margolius, ambos ingresaron en el partido comunista, sufriendo las represalias y purgas stalinianas, pues Rudolph fue injustamente acusado de traición y ejecutado y ella proscrita. Una historia tremenda relatada en primera persona por su protagonista y que refleja el terror que se impuso en lo que entonces era Checoslovaquia, primero por los nazis y posteriormente por los comunistas. La redacción es simplemente aceptable, sin excesivos lujos ni literarios ni históricos, pero de un realismo y una carga sensible llamativos. En la editorial referida hay unos cuantos testimonios similares que habrá que ir leyendo poco a poco. De momento, éste cumple sobradamente las expectativas.

Tengo a Rosa Ribas por una de las mejores autoras españolas de novela policíaca; me gustaron mucho los dos libros que han pasado por mis manos de la trilogía protagonizada por la inspectora germano-española Cornelia Tejedor Weber así como esa curiosa novelita titulada "La detective miope". Este año Ribas, en unión de Sabine Hofmann, ha publicado "Don de lenguas", un relato que ha gozado de buena difusión y que ha supuesto la incorporación de la autora a "Siruela", una editorial puntera en el género y que suele garantizar mínima calidad. Con esta novela Ribas y Hofmann trasladan la acción a la Barcelona de comienzos de los años 50, con la perspectiva del "Congreso Eucarístico Internacional" y en plena efervescencia de la España franquista y de posguerra. Todos hablaban bien del libro y puedo confirmar que está bien escrito, que la intriga aparece perfectamente elaborada y que hay unos personajes de carne y hueso. Una novela policíaca, además de bien escrita, te tiene que "coger", y sin duda ésta lo consigue, con lo que queda constancia de que quien esto escribe considera que vale la pena, que el libro es recomendable. Eso sí, también quiero poner de reflejo que, desde mi punto de vista, el final no es satisfactorio, porque pienso que deja cabos sueltos y éticamente no me convence, de la misma manera que entiendo que las autoras han recurrido excesivamente a los tópicos y a las generalizaciones a la hora de delimitar "buenos y malos". Tras redactar este breve comentario, un lector del género del que me fío opina exactamente lo contrario que yo, que el final es mejor que el desarrollo ... constancia queda.

Hacía ya tiempo que descansaba en la sala de espera de mis libros "El rector de Justin", la novela más valorada del norteamericano Louis Auchincloss, un escritor caracterizado por su maestría para escribir sobre las grandes familias y clases dominantes de Nueva York y Nueva Inglaterra. En concreto, esta novela nos disecciona con arte superior la vida de Francis Prescott, un hombre forjado en la dureza de la gran guerra que dedicó su vida a St. Justin Martyr, un colegio de élite ubicado en Nueva Inglaterra que fundó y dirigió a lo largo de muchos años, aunque habrá que decir desde el principio que estamos ante un personaje de ficción, por mucho que muestre características de tantos que desempeñaron su misma función en la vida real. El libro es magnífico, uno de esos relatos que además de estar muy bien escritos son profundos, te hacen pensar y con los que disfrutas leyendo. La historia de Prescott nos la cuenta Auchincloss a partir del relato de un joven profesor que llega al college cuando su rector está ya cerca de la jubilación y a partir de ahí, sin un orden cronológico que tampoco se echa en falta, la vida del rector se completa con relatos de diversas personas que le conocieron, desde un amigo de la infancia hasta el abogado del colegio, pasando por su hija y diversos alumnos con los que mantuvo relaciones bien diferentes. Esta forma de narrar nos permite descubrir los claroscuros de Frank Prescott, alejándolo de esos personajes perfectos a la vez que consigue que mantengamos la admiración por alguien que dedicó su vida a la enseñanza. Es destacable la magnífica visión que ofrece el escritor de la mentalidad puritana norteamericana de la época -oscila entre finales del siglo XIX y los finales de la II Guerra Mundial-, pues los protagonistas son de religión episcopaliana. Un libro que deja huella, de esos que con los años a uno le gusta volver a leer y que, sin que haya en absoluto un argumento que intrigue, se lee sin perder en ningún momento el interés: no pasa nada en especial pero todo lo que pone es ameno. Y el final, magnífico, me pareció lleno de un deseable sentido positivo y optimista de la vida.

Paralelamente al anterior, he estado leyendo "La señora Parkington", una novela de Louis Bromfield de la que en los años 40 Tay Garnett hizo una exitosa adaptación cinematográfica que protagonizaron Greer Garson y Walter Pidgeon. Fue un libro que al ver su contraportada y alguna crítica de esas que dan confianza me entró por los ojos, y la verdad es que su lectura ha valido la pena. Al tratarse de un relato ambientado en USA y en época cercana a la de "El rector de Justin" no puedo evitar compararlos y opinar que literariamente me ha parecido superior el de Auchincloss, si bien el libro de Bromfield tiene la ventaja de la amenidad. La novela está centrada en el personaje que le da título, el de Susie Parkington, una mujer verdaderamente excepcional, alguien con unos orígenes muy humildes que tras casarse con un ambicioso "buscavidas" con éxito sabe estar a la altura de las circunstancias de principio a fin. La citada protagonista, ya viuda y con 84 años, nos ofrece una cruda y acertada descripción de su familia, su ambiente y sus circunstancias que consigue que no pierdas el interés en ningún momento. La narración va y viene en capítulos diferentes del presente al pasado del personaje principal y a la vez nos va mostrando al amplio resto de protagonistas, que también están muy conseguidos. Todos los que aparecen en la novela, muy especialmente la señora Parkington, no son personajes de cartón piedra, sino realmente de carne y hueso. Se agradece, además, la total ausencia de maniqueísmo, estamos ante una mujer de una categoría humana especial, que se casó con un sinvergüenza, a pesar de lo cual ella sabe perdonar, descubrir los valores ocultos de éste y tratar de ayudar independientemente de gustos y querencias personales. Se trata de un libro con contenido, de esos que hacen pensar y no se limitan a contar historias.

Brian Freeman es sin duda uno de los más prolíficos y llamativos representantes entre los autores del thriller de misterio norteamericano; ya leí en su día, y así lo reflejé aquí, las dos primeras novelas protagonizadas por el atormentado policía Jonny Stride, "Inmoral" y "Venganza"; para dar título a la tercera Freeman también ha optado por utilizar una única palabra: "Acosada". Y esta tercera entrega confirma lo que ya apuntaban las anteriores: acción continua, lectura entretenida, desenlace con giros inesperados y bastante crudeza. En una crítica que leí al comenzar mi lectura, quien la hacía afirmaba que se trataba de ese tipo de libros cuyo tema olvidas a las pocas semanas de terminarlos, lo que no voy a negar que es cierto, pero esto no le quita a su autor la virtud de escribir novelas entretenidas que cumplen a la perfección la misión de solventar esos momentos en los que uno necesita evasión. Eso sí, con relación a las dos anteriores novelas de Stride, ésta me ha parecido que complica en exceso la trama, tanto que el algún momento no me he aclarado del todo y que la temática concreta de "Acosada" convierte la novela en una lectura con momentos sórdidos, tal vez excesiva en algún contenido y por eso mismo no apta para sensibilidades afinadas.

Terminé leyendo "Tu rostro será el último" casi por casualidad; había leído hace meses una buena crítica sobre el libro, pero fue rebuscando en el internet del móvil mientras curioseaba por la "Casa del Libro" de Zaragoza cuando me entró la venada de hacerme con esta novela galardonada en Portugal y escrita por Joao Ricardo Pedro, un ingeniero luso que al caer en el paro decidió dirigir sus pasos por el mundo de la literatura. Es un relato breve -poco más de 200 páginas- y narra la historia de tres generaciones de una familia portuguesa a lo largo del siglo XX, la familia Mendes, con el abuelo, un médico de clase acomodada que decidió instalarse en una villa miserable para ejercer su profesión, el padre, Antonio, un hombre marcado por la guerra en Angola y el nieto, Duarte, un virtuoso del piano, junto a ellos van pasando una amplia muestra de personajes de lo más variado, llenos de humanidad y viveza. Se trata de un auténtico mosaico de sucesos, relatados sin orden cronológico alguno pero que van encajando formidablemente. Un libro que nos habla fundamentalmente de Portugal, de la peculiar idiosincrasia de sus gentes, lleno de poesía, auténticamente entrañable, a la vez que originalmente escrito. Van pasando sucesos históricos como la revolución de los claveles de abril de 1974, las guerras coloniales y, por encima de todo, los rincones más profundos y singulares de Portugal. Un libro distinto, que interesa, emociona y deja huella.