
18 de abril de 2012
La Kirchner nos toca las narices
17 de abril de 2012
Resaca del sábado por la mañana
16 de abril de 2012
El verdor del cesped
14 de abril de 2012
Adios a una de esas presentadoras de continuidad
13 de abril de 2012
El día que atravesé por vez primera la frontera oscense
Soy de una generación que ni hacía "Erasmus" ni tenía grandes ocasiones de ir al extranjero, incluso viajar por España era una posibilidad reservada para unos cuantos privilegiados. Por eso las excursiones que organizaba el colegio se convertían en una especie de aventura a la que te enfrentabas con una ilusión y expectación que se extendía en las semanas anteriores al día señalado. Corría el año 1968, hacía yo cuarto de primaria, lo que por entonces llamaban "Ingreso en el bachillerato" y tenía a la sazón 9 años, recuerdo que el año anterior la excursión primaveral de cada año había consistido en una romería a la ermita de Nuestra Señora de las Viñas, ubicada en Aguarón, un pueblo cercano a Cariñena y en esta ocasión nos habían anunciado a bombo y platillo que iríamos al castillo de Loarre, del que el profesor de turno nos habló unas maravillas que la realidad confirmó plenamente. Ir a Loarre suponía, además, traspasar los límites de la provincia de Zaragoza y en mi caso, entrar en la de Huesca por vez primera en mi vida. Del día pasado en el magnífico castillo oscense no recuerdo demasiadas cosas, sólo que salimos de la Plaza San Sebastián, que subir al vetusto edificio me pareció una odisea y que jugamos un partido de fútbol, aunque no consigo recordar con exactitud la localidad donde estaba instalado el campo en el que dimos unas cuantas patadas al balón, ... tal vez Ayerbe. Pero ese día de ilusiones y exparcimiento infantiles quedó grabado en mi memoria por un suceso de carácter internacional del que tuvimos noticia al llegar a nuestro destino y que sin ninguna duda tuvo su importancia en el devenir histórico de la época.
Tengo perfectamente grabado en la memoria cómo cuando estaba llegando al castillo en compañía de uno de los profesores que nos acompañaban, alguien que ya estaba arriba gritó a dicho profesor: "se han cargado a Kénnedy": efectivamente, era el 5 de junio y en el Hotel Ambassador de Los Ángeles un joven palestino de 24 años llamado Sirhan Bishara Sirhan disparaba contra el entonces senador Robert Kénnedy y sus acompañantes y le causaba unas heridas que le ocasionaban la muerte horas después. Al llegar arriba un compañero de colegio me explicó que "un estudiante había disparado" contra Robert Kénnedy e inmediatamente mi cabeza evocó la muerte también violenta de su hermano John el 22 de noviembre de 1963 en Dallas cuando era presidente de los Estados Unidos, estaba yo entonces en la cocina de mi casa y mi padre pronunció ante mi madre la misma frase que ahora escuchaba a mi profesor. Robert Kénnedy llevaba una carrera triunfal para la nominación como candidato del Partido Demócrata a las elecciones presidenciales de ese año y su muerte puso fin a las expectativas que dicho partido tenía: en noviembre el republicano Richard Nixon se imponía a un candidato con mucho menos punch, Hubert Humphrey. Un par de meses antes había sido igualmente asesinado el líder religioso y ciudadano martin Luther King y en uno y otro caso fui consciente de la importancia de estos crímenes, de estar viviendo acontecimientos de calado histórico.
Corrían entonces, como ahora, tiempos complicados en el mundo; en París ese año había estallado con toda su fuerza el mítico Mayo del 68, en los Estados Unidos un buen número de idealistas llevaban años luchando por los derechos civiles de los afroamericanos, aún sepultados en la segregación y la más absoluta desigualdad, a la vez que la Guerra del Vietnam partía familias y conciencias, mientras en nuestro país la banda terrorista ETA daba sus primeros coletazos y el régimen imperante era incapaz de dar paso alguno que supusiera una mínima apertura. La figura de Robert Francis Kénnedy era tremendamente atractiva, elevada sobre el mito de su asesinado hermano, a quien con el tiempo se acabó bajando del pedestal e incorporando al mundo de los políticos con pies de barro. Robert era entonces, al menos yo en mi inocencia e ignorancia infantiles lo veía así, un personaje que aportaba esperanza, que parecía capaz de influir para que el país más poderoso del mundo, enfrentado no lo olvidemos al "monstruo" soviético en esa famosa guerra fría, estuviera en condiciones de influir de una manera más noble y generosa en el mundo occidental. Yo entonces era un niño ingenuo y nada placeado, viajar a Loarre era ya todo un acontecimiento y, como tantas veces en la vida, son los hechos insignificantes los que hacen el papel de recipiente en el que conservar el "tempo" de los hechos relevantes en nuestra memoria.
12 de abril de 2012
Caramelos de eucalipto
A mí los caramelos de eucalipto me llevan inmediatamente a esa infancia zaragozana de la que hablo con frecuencia; una señora que conocían mís padres -tremendamente simpática, por cierto- tenía una especie de tienda de herboristería en el Tubo, si no recuerdo mal muy cerca de la Plaza de Sas, y de vez en cuando la entrábamos a visitar. La mujer, que ya he dicho que era afable y cariñosa como pocas, nos solía obsequiar con caramelos de eucalipto, que vendía a granel; eran blanquecinos y bastante grandes, y los solía meter dentro de una bolsa de papel de estraza color blanco. Me acuerdo perfectamente que me llamaba la atención la generosidad de la señora, pues no se limitaba a darnos cuatro o cinco caramelos, sino que nos entregaba un paquete bastante lleno. Supongo que para su negocio tal donación no supondría ninguna mengua, pero para unos niños "modelo años 60" el regalo parecía todo un lujo. Ya he comentado en otras ocasiones que la memoria es selectiva y caprichosa, y en ella quedó grabada para siempre la bondad de esa mujer a quien uno agradecía que te mirara, sonriera y tratara con un cariño que no podía ser fingido; hace decenios que no se de ella, y vete a saber si aún estará viva y si en su cabeza aún se conservarán los recuerdos de cuando era capaz de compartir lo que tenía entre manos.
11 de abril de 2012
En la muerte del crooner español
9 de abril de 2012
Una truculenta historia de toreros
El mundo del toreo no sólo lleva frecuentemente consigo arte, casticismo, riesgo y brillantez, sino que también es propenso a la historias "chuscas", a hechos capaces de servir de argumento a películas de pasiones, venganzas y amoríos. El 8 de marzo de 1985 un tal Oswaldo Hernández invadía el domicilio particular de José Gómez Carrillo y, con la complicidad de una segunda persona, asestaba a éste tres puñaladas que según el parte médico "le causaron heridas de poca extensión superficial". Hasta aquí la noticia no debería haber tenido en su día trascendencia alguna, si no llega a ser porque quedó acreditado que tal agresión había sido encargada por el torero jerezano Rafael de Paula para satisfacer con ella sus deseos de vengarse del amante de su mujer. La historia, que acabó costándole al diestro una sentencia judicial que le condenó a dos años de prisión, parece un argumento de novela española del siglo XIX, una historia de la que podrían sacar mucho jugo Fernán Caballero, Pérez Galdós o Pedro Antonio de Alarcón. A lo largo de los meses que siguieron al incidente, los medios de comunicación hablaron mucho del suceso; no solamente era una cuestión propia de la página de sucesos de los periódicos de mayor tirada, sino que como era de esperar, la noticia dio carnaza a la prensa más sensacionalista y salieron a la luz todo tipo de teorías sobre lo que había ocurrido en El Puerto de Santa María.








































